El mayor peligro de Bolsonaro, su vicepresidente

Como reacción a la crisis del sistema político, el 28 de octubre de 2018 Brasil eligió presidente al muy controvertido ex-militar, derechista y candidato anti-sistema Jaïr Bolsonaro. Constituyó un cambio dramático para el país suramericano en varios sentidos. Bolsonaro es el presidente ubicado más a la derecha que ha visto América Latina en democracia, ha decidido terminar con el sistema de presidencialismo de coalición y gobernar en minoría y ha sumado a una considerable cantidad de militares a su Ejecutivo; entre ellos, su vicepresidente, el general Hamilton Mourão (PTRD).

Aunque Bolsonaro asumió la Presidencia el 1 de enero con un gran apoyo, desde entonces su popularidad ha caído rápidamente. Le está pasando factura su su falta de preparación y una serie de pequeños y grandes escándalos que involucran al presidente y sus hijos, que también son políticos. De agravarse esta tendencia su mandato podría peligrar, en particular porque no cuenta con una coalición de mayoría ni con un escudo legislativo contra un eventual juicio político. Una crisis presidencial también aumentaría la relevancia de su vicepresidente, Mourão. 

Presidentes y vicepresidentes

En la mayoría de los países latinoamericanos, el vicepresidente no goza de una posición importante dentro del Gobierno más allá que la de ser el sucesor constitucional en caso de vacancia. Sin embargo, si la Presidencia afronta una crisis, la Vicepresidencia toma el centro político y puede convertirse en un arma para la oposición.

El vicepresidente es la única persona dentro del Ejecutivo que el presidente no puede destituir, y al mismo tiempo es el único miembro del Gobierno que tiene algo que ganar con la caída de un presidente. Por estas razones, un candidato presidencial debe buscar un segundo que le sea leal. La lección ha sido bien aprendida en América Latina, donde durante los siglos XIX y XX el vicepresidente solía votarse de manera independiente de la elección presidencial o como el segundo con más sufragios. Estas fórmulas aseguraban una legitimidad democrática al ‘vice’, pero también hacían difícil la relación en el Ejecutivo, ya que frecuentemente presidente y vicepresidente eran contrincantes políticos.

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La inestabilidad derivada condujo a cambiar la fórmula para elegirlos en la misma lista. En los comicios la lealtad es importante, pero lo es más todavía ganar la Presidencia. Consideraciones electorales y de gobernanza a menudo llevan a un candidato a escoger un número dos que primero le ayude a llegar a la Presidencia sumando votos y, segundo, que le ayude, junto con su partido, a formar una coalición que le garantice gobernabilidad. 

Brasil y la importancia de los vicepresidentes

Brasil es, después de EE.UU., el país donde más vicepresidentes han llegado a ocupar la Presidencia por la vía de la sucesión (en vez de la de elección). En la Vieja República (1891-1930), tres vicepresidentes sucedieron a sus presidentes, y dos más fueron elegidos números uno después de haber servido como doses). Mientras que Getulio Vargas abolió la Vicepresidencia (1930-1945), la Segunda República (1945-1964) vio a dos vices suceder a sus presidentes (Café Filho, tras el suicidio de presidente Vargas en 1954, y João Goulart, tras la renuncia de Jânio Quadros en 1962). En la Nueva República (1985-), tres han llegado a ocupar la Presidencia; el último fue Michel Temer, tras el impeachment de Dilma Rousseff. En total, ocho casos de sucesión entre elecciones presidenciales en Brasil (por nueve en Estados Unidos).

La sucesión presidencial y la Vicepresidencia también fueron importantes como pretextos para el golpe de estado y la entrada del Gobierno militar en 1964. En 1961, la elección separada de presidente y vicepresidente convirtió a Joao Goulart, de la izquierda, en vicepresidente de Jânio Quadros, de la derecha, y cuando éste renunció Brasil se encontró con un Gobierno de izquierda en plena Guerra Fría. Dos años después, los militares dieron un golpe de estado para «salvar al país del comunismo». 

Aunque en la Constitución de 1988 se optó por elegir al presidente y vicepresidente en la misma lista, probablemente para evitar incongruencias como la de Quadros y Goulart, el sistema de partidos de Brasil y el deseo de los candidatos de sumar votos conspiran contra el diseño constitucional. En un sistema multi-partidista, como es en extremo el de Brasil (la Cámara de Diputados tiene 30 partidos), es común que el vicepresidente venga de otro partido. Todos los vicepresidentes electos en Brasil desde el retorno a la democracia venían de un partido diferente del presidente. Un estudio reciente demuestra que el 38% de los vicepresidentes electos en América Latina desde 1978 han pertenecido a un partido distinto al de su presidente.

En tiempos normales, un vice de otro partido le asegura más votos en el Congreso y puede ayudar al candidato presidencial a resolver problemas. Cuando Lula se presentó por tercera vez en 2002, por ejemplo, los mercados temían la radicalización del sistema. Para calmar a los votantes y a los mercados, Lula escogió como vicepresidente para su lista al empresario José Alencar, del Partido Liberal.

El vicepresidente y su partido también pueden contribuir a la gobernabilidad, especialmente si controla muchos votos en el Congreso. Así se entiende que Dilma Rouseff forjara una alianza con el PMDB a través de la Vicepresidencia de Michel Temer. En tiempos de crisis, sin embargo, un número dos no leal al presidente puede constituir un peligro para la supervivencia de éste último.

La Vicepresidencia en tiempos de crisis

Cuando la presidenta Dilma Rousseff (PT) fue destituida, víctima de un juicio político en 2016, acusó a Temer de ser un traidor. Tanto éste como su partido, el PMDB, que formaban parte de la coalición de Gobierno, apoyaron el juicio político contra Dilma. En el marco de la crisis económica, las élites apostaron por Temer, esperando que protegiera sus intereses, amenazados por las investigaciones de corrupción que involucraban a toda la cúpula política brasileña. El PMDB, que ofrecía a Rousseff una garantía de gobernabilidad y un escudo contra ataques del Congreso, se convirtió en un arma letal para ella.

Algo semejante había ocurrido en Paraguay cuatro años antes, cuando el presidente Fernando Lugo (2008-2012) hizo similares acusaciones a su vicepresidente, también de otro partido (Federico Franco, del PLRA), que apoyó el juicio político contra aquél para luego tomar las riendas del poder. De hecho, de los 43 presidentes elegidos con un vicepresidente independiente o de otro partido, 10 (el 23%) han caído antes de terminar su periodo presidencial, mientras que ese porcentaje baja al 8% cuando ambos comparan formación política.

Entre Bolsonaro y su vicepresidente, ¿quién es el peor opción?

Consciente de estos factores y de la experiencia de Dilma y Temer, Eduardo Bolsonaro (PSL), hijo del presidente Jaïr Bolsonaro, recomendó a su padre escoger un vicepresidente que desaliente el impeachment. Según su lógica, Hamilton Mourão era el candidato ideal porque nadie querría ver a un militar asumir el poder. Siendo militar, el general Mourão probablemente sumaba credibilidad a las propuestas políticas de mano dura y de orden de Bolsonaro, y le podía agregar el voto nostálgico de los tiempos de la dictadura en Brasil.

Sin embargo, para Eduardo Bolsonaro (y probablemente para Jaïr), el consejo del presidente Richard Nixon («el vicepresidente no te puede ayudar, sólo hacerte daño») también pesó, probablemente, en la selección de Mourão. A falta de lo que el brillante politólogo Aníbal Pérez-Liñán llama un escudo legislativo contra el juicio político, Bolsonaro apostó, como defensa, por un vicepresidente con menos posibilidades de gustar que él mismo. 

Pero Mourão, que es un político-militar no menos controvertido que Bolsonaro, no considera su Vicepresidencia de la misma manera, y ya en la campaña demostró que tenía ambiciones propias. Con Bolsonaro en el hospital por el ataque que sufrió, Mourão se ofreció sin consultarle a tomar su lugar en los debates presidenciales y dijo que no quería ser un vicepresidente decorativo.

Si los problemas de Bolsonaro continúan, pueden generar discordia entre ambos y frustrar las ambiciones políticas de la mayoría súper-conservadora del Congreso. Si esto sucede, los intereses de Mourão y la mayoría del Congreso pueden alinearse, colocando al primero en el dilema entre su declarada lealtad al presidente y sus ambiciones políticas. Si toma la misma decisión que Michel Temer, la Presidencia de Bolsonaro correrá peligro.

Es pronto para concluir que ésta ha entrado en crisis. No obstante, llama la atención que su luna de miel haya sido tan breve y su popularidad haya caído desde un apoyo del 75% (según Ibope) en diciembre a sólo del 39% en marzo. Es una caída espectacular en muy poco tiempo, incluso mayor que la sufrida por Collor de Melo en 1990 (que, dos años después, tuvo que pasar por un juicio político tras un escándalo de corrupción).

Por el momento, parece que los escándalos del presidente Bolsonaro y su familia no remiten, por lo que, sin una coalición con mayoría, tendría pocas defensas en un Congreso que no necesita más que un pretexto para someterle a un juicio político.

Es posible que Eduardo Bolsonaro tenga razón y que ningún congresista quiera ver a otro militar (distinto del presidente) en el palacio presidencial. Sin embargo, si los escándalos persisten y la popularidad de Bolsonaro sigue bajando, es posible que lo único que tenga que hacer Mourão es presentarse como el único adulto en palacio (the only adult in town). Después de todo, Bolsonaro prometió orden ante el caos reinante, y si no lo logra un ex capitán, no sería imposible que el Congreso lo busque en un general. 

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