2019: cuando la geopolítica irrumpió en la empresa

Históricamente, la geopolítica ha sido transcendental en muchos momentos empresariales, aunque el 2019 quizá marque un cambio incremental al respecto.

Tradicionalmente, la geopolítica ha afectado a las empresas internacionales dedicadas a recursos naturales en los países recién descolonizados. Así, encontramos numerosas nacionalizaciones de empresas de este tipo a lo largo de la historia como, por ejemplo, la nacionalización en 1916 por el estado británico de la petrolera AngloPersian (actual BP) en plena guerra por el oro negro y por conseguir una mayor influencia en Medio Oriente; o la expropiación por Egipto del Canal de Suez a franceses y británicos en medio de un nudo político entre europeos, americanos, panarabistas y el bloque socialista.

Este último año el riesgo geopolítico ha evolucionado y ya no se trata de expropiaciones estatales ni de golpes de estado, sino que además se ha configurado como un factor más a tener en cuenta en el desarrollo de cualquier tipo de empresa. Hoy en día las confrontaciones no solo se desarrollan en terceros países que sirven de arena para la competencia geopolítica. Los eventos geopolíticos del 2019 han afectado a empresas de casi todos los sectores y las grandes potencias han chocado directamente entre sí.  

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La fiebre sancionadora y tarifaria del gobierno Trump ha golpeado a muchas industrias, tales como la tecnológica y la del automóvil. A pesar del reciente acuerdo entre China y EEUU, la tarifa media americana sobre productos chinos seguirá al 19%, cuando a principios del 2019 estaba en el 3%. Esto ha supuesto que, por un lado, las empresas han tenido que aprender rápido a navegar en el oscuro y discrecional proceso de concesión de exenciones a sanciones y tarifas que gobierna el Departamento del Tesoro de EEUU y, por otro, han tenido que analizar en detalle sus cadenas de valor para detectar vulnerabilidades y sortear las barreras. Las empresas han respondido de diversas formas: con la sustitución de proveedores y la redirección de inversiones, por ejemplo, de China a Vietnam; con la suspensión de operaciones, como ha hecho la suiza Allseas con el gaseoducto Nordstream 2 que conecta Rusia y Alemania, sancionado por EEUU; etc.

Este nuevo escenario geopolítico se da también en los flujos financieros. Así, si bien es cierto que China siempre ha dirigido, formal e informalmente, la entrada de capitales, cerrando sectores enteros a la recepción de inversión extranjera directa (IED), ahora se suma EE.UU con un fuerte incremento en el número de bloqueos a inversiones internacionales. El Committee on Foreign Investment in the United States (CFIUS) se ha vuelto especialmente activo en los últimos años, duplicando el número de casos investigados y exigiendo, por ejemplo, que un propietario chino desinvirtiera de la app de citas gay Grindr.

La UE, no se ha quedado quieta, aunque sus maniobras han sido las más respetuosas con el rule of law y el multilateralismo. No obstante, la UE se está planteando crear su propio mecanismo de control de entradas de IED, mientras la Dirección General de Competencia investiga el poder de mercado de las tecnológicas americanas y se compromete a inspeccionar si los inversores internacionales gozan de privilegios y ayudas estatales en su financiación o en sus mercados domésticos.

A todo lo anterior se añade un resurgir explícito del capitalismo de estado en todo el mundo. Como ejemplos, el acuerdo de este mes entre China y EEUU exige la compra china de $50B de productos agrícolas americanos; o también, en el corazón de la propia UE, el caso FIAT, quien se tuvo que contentar con fusionarse con Peugeot (cuyo 13% es de propiedad del estado francés), una vez el propio gobierno francés vetara con anterioridad la fusión de FIAT y Renault (15% de propiedad estatal) al no recibir garantías de que la sede y la producción industrial se mantendrían en Francia.

Mientras China sigue defendiendo firmemente su modelo de capitalismo de estado y el mercantilismo está plenamente asentado en Washington DC, la UE lanza su New Green Deal, que intentará conjugar política industrial, competencia y política medioambiental. A nadie se le escapa que esta estrategia europea, al margen de sus buenas intenciones, entrelaza aún más la política con los negocios, lo que podrá ser interpretado por terceros (véase China y EE.UU) como una operación de proteccionismo. Todo ello unido a que, por primera vez en dos décadas, no existirá la cobertura jurídica del órgano de disputas comerciales de la OMC –que se paralizó el 1 de diciembre pasado por el veto de EE.UU.

Todo ello hará de 2020 otro año muy geopolítico para las empresas. Los directivos de hoy tienen que conocer detalladamente la cadena de valor de sus empresas, tendrán que identificar los puntos sometidos a posibles choques tarifarios y sanciones, así como diseñar estrategias que permitan flexibilidad y capacidad de maniobra en caso de problemas regionales. En resumen, han de tener un buen conocimiento político en Beijing, Bruselas y DC para anticipar posibles problemas y participar en la política pública. En los años venideros, más que nunca, toda nueva inversión deberá someterse al test de posibles escenarios geopolíticos.


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