5 Stelle, el experimento populista en disolución

Desde que, en septiembre de 2019, comenzara la andadura del Gobierno de coalición entre el Partito Democratico (PD) y el Movimento 5 Stelle (M5S), un matrimonio de conveniencia que fue posible gracias al miedo de un Matteo Salvini con el 36% de intención de voto, el Ejecutivo ha padecido una coyuntura de crisis cíclica; de momento ninguna determinante, pero cada vez más gente se pregunta cuál será la definitiva. Un nuevo capítulo lo ha representado el Mede (el Mecanismo Europeo de Estabilidad, o MES en italiano), cuya reforma en el Parlamento y el Senado ha podido desembocar en la convocatoria de elecciones anticipadas. Finalmente se ha aprobado, pero cada día que pasa está más claro que el Movimiento 5 Estrellas, el experimento político más importante desde el de Forza Italia de Silvio Berlusconi, en 1994, se deshace lentamente ante la atenta mirada de ciudadanos y partidos políticos.

Es sorprendente que no se haya debatido la solicitud o aplicación del Mede, sino la aprobación de la reforma que los distintos ministros de Economía de la eurozona pusieron encima de la mesa hace ya un año. Un debate mediático que, sin embargo, ha generado cacofonías en los pasillos de las instituciones. El Mede se usó para rescatar a Grecia y Portugal, y el M5S ha dudado. El partido que surgió contra la austeridad y la clase política se ha enfrentado a sus fantasmas del pasado, con una actitud dubitativa que ha motivado el posicionamiento del resto de partidos del arco parlamentario para presionar al eslabón más débil del Gobierno actual: los discípulos de Beppe Grillo.

El M5S lleva todo 2020 fuertemente dividido desde que su anterior líder, Luigi di Maio, renunciara al puesto. Desde entonces, saltaron las costuras de un armatoste populista que lleva desde las elecciones de 2018 (en las que cosechó más del 32%) en una fase de indefinición ideológica que amenaza con ocasionar su desaparición (actualmente, se sitúa en una media del 15% en intención de voto). Las dos almas del Movimiento se pueden resumir en dos posicionamientos radicalmente distintos: uno más populista, representada por Alessandro di Battista, que quiere volver a los orígenes impugnatorios y que abogaría por volver a la oposición con la esperanza de pescar en río revuelto; y otra alma institucional o continuista, claramente personificada por Di Maio, la cual admite que el experimento populista ha acabado. Ahora tocaría, según los seguidores de esta corriente, solucionar el mayor problema que está teniendo el partido: la institucionalización. Generar identidad partidista para sobrevivir el próximo ciclo electoral.

Independientemente de estas vicisitudes internas, que no se solventaron en los Estados Generales (el Congreso del Movimiento 5 Estrellas) de mediados de noviembre, lo que está claro es que el partido que surgió de las cenizas de la protesta y desafección política está en sus horas más bajas. Esta aura de barco hundiéndose ha dado alas a un transformismo político que ha sido una constante en Italia y que ha acabado traduciéndose en 24 diputados abandonando las filas del M5S en el Congreso desde 2018, con destinos que van desde la Lega de Salvini hasta el Grupo Mixto. Los apoyos parlamentarios de la coalición entre el PD y el M5S eran ese año 333; hoy, 44 menos. Éste es un motivo más que suficiente para entender el momento de tensión que se ha vivido con la aprobación de la reforma del Mede; tanto fue así que Di Maio (líder en la sombra) y Vito Crimi (líder interino) tuvieron que amenazar, tanto mediática como internamente, a todos aquellos parlamentarios que dudaban de la orientación de su voto.

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En realidad, todos estos elementos son consecuencia de una posición política que desde sus comienzos desbordó los límites auto-impuestos por el partido populista: el límite de los dos mandatos, los gobiernos a un lado y otro del espectro ideológico, la apuesta por alianzas con el Partito Democratico en las últimas elecciones regionales y, ahora, la reforma de un mecanismo económico con un historial de austeridad. El Movimiento lleva años cabalgando entre contradicciones y su cuerpo electoral se ha resentido. No debe olvidarse que, desde marzo de 2018, el M5S ha gobernado con dos partidos a los que prácticamente duplicaba en votos y escaños. Sin embargo, tanto la Lega de Salvini como el PD de Nicola Zingaretti han conseguido imponer, al menos para el imaginario de la sociedad italiana, sus agendas políticas a los grillini. La imagen general es que, con la pretensión de aferrarse al poder, son capaces de aliarse con cualquier partido político.

Y es aquí donde surge el problema que debe afrontar el M5S desde hace tiempo: su indefinición política. El mensaje pretendidamente neutro contra la casta y el ‘establishment’ no da más de sí. El eje populista de competición electoral (o el soberanismo-globalismo) que sirvió para forjar la coalición Salvini-Di Maio ha dado paso a un retorno del tradicional eje ideológico izquierda-derecha, con poca cabida para los posicionamientos intermedios o divisivos. La alianza del M5S con el PD en las últimas regionales parece probarlo. No hay espacio para una disonancia populista, sólo para el realineamiento ideológico, en el que el M5S ha elegido al partido de centro-izquierda. La debilidad de ambos tiene nombre compuesto (Salvini-Meloni) y es lo que los mantiene unidos.

A pesar de ello, Matteo Renzi pretende hacerse un espacio en esos términos. La figura del presidente del Consejo entre 2014 y 2016 quiere jugar la carta de la oposición dentro del Gobierno para volver a la primera línea política, y la crisis del Mede le ha dado la justificación que más ansiaba. El líder de Italia Viva ha aprovechado la efervescencia del momento para trasladar el debate desde la reforma del Mecanismo Europeo de Estabilidad hasta la utilización de los fondos de recuperación (Recovery Fund), poniendo contra las cuerdas al primer ministro, Giuseppe Conte, el bote salvavidas del Movimiento 5 Estrellas.

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Desde que la crisis sanitaria le alzara en popularidad, los de Di Maio se han agarrado a la figura de Conte como el último muro que es capaz de contener a Salvini y Meloni. No obstante, el tiempo de gracia del primer ministro se ha acabado. Sus índices de popularidad han vuelto a niveles previos de marzo, las medidas del Consejo de Ministros ya no cuentan con la simpatía de la ciudadanía italiana y Renzi avisa: «Si la reforma del Mede no pasara, Conte debe dimitir».

En Italia, todos los grandes actores se queman rápidamente. Salvini era el hombre fuerte hace un año con el 36% de intención de voto; hoy está a tan sólo tres puntos del PD. Conte disfrutaba de tanto beneplácito que se intuía la creación de un partido personalista en torno a su figura; hoy está entre la espada y la pared. El Movimiento 5 Estrellas ha perdido más de la mitad de votos en tan sólo dos años. Y Renzi sigue descolgado con una Italia Viva que no levanta el vuelo en las encuesras.

En este páramo, sólo destaca una mujer, Giorgia Meloni, presidenta de Fratelli d’Italia, que ha conseguido multiplicar por cuatro sus expectativas electorales en los últimos meses; hoy está cerca de disputar la segunda posición a un Partito Democratico incapaz de rentabilizar haber vuelto al poder. Junto con el líder de la Lega, ambos actores de derecha suman cuatro de cada 10 votos. Todo puede cambiar en el país de los experimentos políticos. Todo está abierto; al menos, hasta la próxima crisis.

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