Adiós a las banderas

Estas son las opciones: construir un mundo en el que todos los hijos de Dios puedan vivir, o dirigirse hacia la oscuridad. Debemos amarnos los unos a los otros o debemos morir.”

Lyndon B. Johnson, presidente de Estados Unidos (1963-1969)

El 11 de septiembre de 2001, tres bomberos de la ciudad de Nueva York decidieron, de manera espontánea, izar la bandera estadounidense sobre los escombros de un World Trade Center que aún ardía en llamas. “El país fue atacado, la devastación es evidente y miles de personas murieron; hagamos algo bueno y hagámoslo ahora”, fue la motivación detrás de los valientes bomberos que, todavía cubiertos de polvo, habían perdido a cientos de colegas y amigos.

Del otro lado de la lente, el fotógrafo Thomas Franklin se sintió obligado a capturar este momento, ya que dicha acción le pareció que decía “algo sobre la fortaleza del pueblo estadounidense”. Esa imagen motivó a muchos a participar en las actividades de rescate, a retirar escombros y ayudar en la medida de lo posible. Hoy en día, esa misma bandera se muestra imponente en la entrada del Museo Nacional de la Memoria del 11-S, ahora conocido como la zona cero de Manhattan, lugar donde se encontraban las Torres Gemelas.

Poco más de un año después, el uso de las barras y estrellas provocó una reacción diametralmente opuesta. En abril de 2003, posterior a los ataques del 11-S y durante la invasión de Irak, tropas estadounidenses irrumpieron en Bagdad y se encontraron con un grupo de civiles que atacaba con tirria una estatua de Saddam Hussein en la plaza Firdos de la misma capital. Antes de ayudar a derribar la estatua con un vehículo blindado –simbolizando, así, el fin del régimen de Hussein–, un marine colocó una bandera estadounidense directamente sobre la cabeza de la efigie.

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De manera automática, los vítores de la gente se apagaron y se abrió paso a una profunda sensación de indignación. “Ésa debió haber sido la bandera iraquí”, insistió con animosidad un locutor de Al Arabiya, un canal de televisión en árabe que transmite noticias desde Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos. En este caso, la bandera estadounidense no era vista como un símbolo de fortaleza, orgullo y resiliencia, sino más bien como una indudable señal de ocupación. Inmediatamente después del incidente, la bandera fue removida y reemplazada por una bandera iraquí.

¿Cómo puede la misma bandera causar dos reacciones tan distintas? La respuesta se encuentra en cómo, cuándo y dónde ondeamos nuestras banderas. Las banderas –con la idea de nacionalidad que conllevan– son sumamente poderosas.

Por un lado, el nacionalismo tiene el potencial para promover valores como la lealtad, el orgullo y la unidad entre la población de un país. Éste puede inspirarnos a hacer nuestro mejor esfuerzo mientras fomenta sentimientos de solidaridad y cooperación. El nacionalismo permite crear, como si fuese por generación espontánea, vínculos con desconocidos y da a la gente un sentido de pertenencia a algo más grande y profundo. Puede que no nos conozcamos, pero somos parte de una comunidad con un propósito común: pagamos impuestos para nuestro beneficio y el de nuestros conciudadanos.

Por otro lado, el nacionalismo, sin embargo, también puede propagar la división y el resentimiento. Mientras que algunos individuos y grupos son considerados como parte del colectivo nacional, otros son excluidos. Incluir a unos necesariamente implica excluir a otros. La solidaridad sólo alcanza hasta las barreras –físicas y culturales– del Estado, que son las establecidas por el grupo dominante. Así, ¿qué pasa con los que no pertenecen a la nación (en sentido amplio)? ¿Estas otras colectividades son tan dignas de respeto como la nuestra?

Más importante aún: si al nacionalismo no se le contiene o modera adecuadamente, éste puede allanar el camino hacia la guerra. Ejemplos representativos de este fenómeno hay muchos, como los devastadores conflictos que surgieron en los Balcanes después de la desintegración de Yugoslavia en 1991, donde distintos grupos étnicos lucharon entre sí para garantizar no sólo la autodeterminación sino que, en algunos casos, derivó hacia la limpieza étnica y el genocidio por parte de unidades étnicamente homogéneas. Las atrocidades cometidas por el dictador Slobodan Milosevic en la guerra de Bosnia son un ejemplo estremecedor. Por lo tanto, cuando pensamos en la relación que existe entre el nacionalismo y la guerra, lo que generalmente viene a la mente es una situación similar a la de Yugoslavia.

El nacionalismo, sin embargo, también puede llevar al conflicto de maneras más sutiles. La Primera Guerra Mundial es un caso ilustrativo. La ‘Belle Époque’ que condujo a la Primera Guerra Mundial no solamente fue un momento de riqueza cultural, prosperidad material y de expansión intelectual; detrás de los elegantes salones de baile, había un conflicto latente. Durante finales del siglo XIX y principios del XX, los países del Viejo Continente experimentaron un crecimiento sin precedentes en su comercio, producción industrial y comunicaciones. Nunca antes en la historia, tantos bienes, ideas y personas se habían movido con tanta libertad en el continente.

Sin embargo, este mundo pujante también estaba plagado de contradicciones. En esta “Era del Imperio,” las economías nacionales europeas competían por los recursos, los mercados y las colonias de ultramar. Como resultado, las tensiones entre las grandes potencias aumentaron, provocando un aumento importante en el gasto militar, el número de conflictos locales y, finalmente, en el conflicto bélico.

Esto fue en gran parte impulsado por la explosión del nacionalismo. Éste es el momento del Risorgimento de la Italia de Cavour y la unificación alemana por Otto von Bismarck, período en el que los estados lucharon por la primacía y por situarse encima de sus vecinos. No sólo los las potencias buscaban su “lugar en el sol,” sino que también las empresas exigían cada vez mayores protecciones ante la competencia extranjera. De manera peligrosa, el proteccionismo y los aranceles crecieron a la par de las rivalidades y los orgullos nacionales. Además, con las crecientes olas de masivas de migración que caracterizaron al período, el patriotismo se convirtió en chovinismo. Como describió el historiador británico Eric Hobsbawn, «un mundo aparentemente pacífico y próspero, lenta pero seguramente se fue dividiendo, y poco a poco, acabó en guerra«.

Como dice el refrán, la historia no se repite, pero a menudo rima. Desde su frecuente irritación y susceptibilidad, hasta su imprevisibilidad y excesivo narcisismo, algunos observadores han señalado las curiosas similitudes que existen entre el káiser Guillermo II (último emperador del imperio alemán) y Donald Trump. Sin embargo, más allá de esta caricatura, esta Era del Imperio tiene mucho parecido con el mundo de hoy.

Primero, las rivalidades nacionales han regresado al centro del escenario mundial y algunas potencias están incrementando sus reservas militares y la inversión en rubros de defensa nacional (por ejemplo, Estados Unidos, Rusia, Turquía y China).

Además, este último país está en la senda de superar a EE.UU. como potencia económica, de la misma forma en que Alemania se acercaba –y amenazaba, al menos en percepción– al Reino Unido en aquella época. El resultado ha sido una guerra comercial entre Estados Unidos y China, con pérdidas que superan los 300.000 millones de dólares en productos de ambos países y en crecientes tensiones en el competido mar Meridional de China, donde las reclamaciones chinas y su proximidad con los buques de guerra de Estados Unidos tienen el potencial de provocar un conflicto de escala internacional. Después de todo, el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en junio de 1914 fue sólo el pretexto y la pequeña chispa que desató la Primera Guerra Mundial.

En segundo lugar, las banderas están siendo izadas de nuevo –y con más fuerza– en todo el mundo. En Europa, la supuesta defensa de la nación se está convirtiendo en un factor decisivo para los votantes, y varios partidos de corte nacionalista y populista han aprovechado este nuevo clivaje para ganar un apoyo sin precedentes, ingresando en gobiernos y parlamentos nacionales y el europeo. En Italia, por ejemplo, al grito de “¡los italianos primero!”, el líder de Liga, Matteo Salvini, criticó a Bruselas y las políticas comunes de la Unión Europea. En Reino Unido, el resultado del Brexit puede explicarse en parte por las preocupaciones de la población sobre la inmigración y el deseo de “recuperar el control” sobre la soberanía nacional. En Hungría, el primer ministro Viktor Orbán orienta las acciones de su Gobierno bajo el lema “Hungría primero” y exalta el nacionalismo y la patria sobre la democracia y los derechos humanos. En Estados Unidos, la historia es similar con el “América primero” de Donald Trump. La lista es larga: Duterte en Filipinas, Erdogan en Turquía y Putin en Rusia son algunos ejemplos más de estas pulsiones nacionalistas.

No todos pueden ser ‘el primero’, y cuando esto sucede es probable que derive en conflicto. No todos pueden ser primer violín en una orquesta. ¿Cómo, entonces, podemos evitar que se repita el destino de 1914? El nacionalismo puede ser una fuerza positiva y conducir a la cooperación, la solidaridad y a emocionantes partidos de fútbol. Sin embargo, para que esto ocurra es necesario redefinir el nacionalismo y eliminar su lado antagónico, beligerante, y quitarle el velo del chovinismo. Esto ya se logró en el mundo del arte: la ‘Máquina de banderas’ de Luke Jerram, altera el significado de las mismas. La idea es simple: ingresan por un lado de la máquina con sus colores y emblemas y, al salir, se desprenden de este colorido y quedan de color blanco, como banderas blancas –signos universalmente reconocidos de paz y negociación–.

¿Cómo podemos lograr esto fuera de una galería de arte? En primer lugar, las naciones deben comprometerse con la integración y la cooperación internacional. Nadie se beneficia con agendas que busquen ser el número uno o vencer al competidor. También, ante problemas complejos nadie gana con agendas exclusivamente nacionales. Es a través de la colaboración y la creación de alianzas entre países como pueden encontrarse soluciones a retos comunes en materia de seguridad, comercio y cambio climático. Es en gran parte gracias a la cooperación multilateral promovida por el andamiaje institucional de la UE y la OTAN que la guerra en Europa se ha vuelto “no sólo impensable, sino materialmente imposible.” Como resultado, Europa ha conocido su mayor período de paz entre sus principales potencias en los últimos 2.000 años.

En segundo lugar, debemos condenar como ciudadanos las facetas negativas del nacionalismo, enfrentarnos al racismo y la exclusión, y debemos votar contra políticos que buscan dividirnos. La raza humana es una sola y nuestro destino es común. El otro, ya sea un individuo miembro de otra profesión o clase social, o un grupo étnico, cultural o religioso, no es el enemigo. Si permitimos que las divisiones crezcan y colocamos nuestras prioridades por encima de los demás, estamos cocinando otro 1914. Que no caiga en el olvido (Lest we forget).

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