¿Afecta el consumo de noticias en Facebook a la agenda pública?

La manifestación contra el Gobierno convocada el pasado 10 de febrero en Madrid por los partidos de la derecha puso de relieve, una vez más, las muy distintas prioridades que preocupan a los ciudadanos españoles. Entre 50.000 y 200.000 personas –según la Delegación del Gobierno y los convocantes, respectivamente– se manifestaron bajo el lema Por una España Unida. Elecciones ya. Sin entrar en si la convocatoria fue un éxito o no (la asistencia pudo estar por debajo de las expectativas de los organizadores), en un análisis rápido, de los de barra de bar, podríamos inferir que una de las principales preocupaciones de los ciudadanos es la organización territorial del estado o los nacionalismos. Pero si así lo hiciéramos, nos equivocaríamos.

Según los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la principal preocupación de los ciudadanos es el desempleo (56,8%), seguida de los políticos en general (31,1%) y de la corrupción (24,7%). No la unidad de España, que preocupa a un 8,7% de ciudadanos, muy por detrás de otros temas relacionados con la agenda social. Utilizando la jerga de nuestro ámbito de estudio –el de las Ciencias Sociales–, estos tres problemas constituyen la agenda pública en España a día de hoy.

En vista de la disparidad de opiniones sobre la agenda de los manifestantes del 10 de febrero y la de los ciudadanos en general (siempre según los datos representativos que nos ofrece el último barómetro del CIS), la pregunta pertinente es: ¿Cómo se explica esta diferencia?

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Lamentablemente, no hay una respuesta simple y corta para esta pregunta. Es más, los factores que contribuyen a fijar la agenda pública preocupa a los investigadores desde los estudios de los americanos McCombs y Shaw en 1972. Y pese a que algo hemos avanzado, como veremos a continuación, seguimos sin poder dar una respuesta simple a este proceso complejo que llamamos la fijación de la agenda.

McCombs y Shaw fueron los primeros en señalar que había una fuerte relación entre los problemas que centraban la atención de los medios y los que preocupaban a los ciudadanos y, por tanto, conformaban la agenda pública. Muchos otros estudios han confirmado más tarde la relación entre ésta y la atención selectiva de los medios (Coleman, McCombs, Shaw, y Weaver, 2009; Kahneman, 2011; Wanta y Ghanem, 2007, Iyengar y Kinder, 1987). Incluso un estudio reciente sobre la influencia de las estrategias de los partidos en los temas que preocupan a la opinión pública española concluye que los medios y otras variables exógenas a la competencia política explican las principales preocupaciones de los ciudadanos (Pardos-Prado y Sagarzazu, 2019).

Sin embargo, estos trabajos, como muchos otros que se han publicado después, no abordan la relación que hay entre el consumo de noticias en las redes sociales y la agenda publica. En otras palabras, no sabemos si los cambios de hábitos en el consumo de información que observamos desde la llegada de Internet afectan a las prioridades de los ciudadanos. Y si lo hacen, tampoco sabemos cómo.

Las redes sociales –como Facebook y Twitter– son, junto a los buscadores y agregadores de noticias –como Google o Menéame–, la principal puerta de entrada a la información política en Internet. Los datos proceden del estudio más exhaustivo que tenemos sobre patrones de consumo de noticias a nivel comparado, el Digital News Report (DNR). Está elaborado por el Reuters Institute for the Study of Journalism e incluye 37 países. En concreto, sabemos que el 53% de los ciudadanos no accede principalmente a las noticias vía la web de los medios de comunicación, sino que lo hace a través de las redes sociales, los buscadores y los agregadores. Por lo tanto, la mitad de los consumidores de noticias llega a ellas a través de estos accesos alternativos.

En el caso español, sabemos que el 60% de aquellos que consumen noticias lo hacen a través de las redes sociales. Por delante está la televisión, que la usa el 76% de la población para este cometido. Por lo tanto, todavía hay más personas informándose a través de este canal tradicional que de las redes sociales; aunque éstas pueden desbancarla en breve, si sigue la tendencia ascendente de los últimos años (ver la serie temporal del DNR aquí).

Pero ¿qué relación tienen con la agenda pública estos cambios en los patrones de consumo? Principalmente, que en las redes sociales no hay una jerarquía compartida de ordenación de las noticias. Cada usuario ve en su feed o muro una configuración distinta de las noticias más importantes del día. Esto contrasta con la forma de ordenarlas que tienen los medios de información. La web de un medio ofrece a toda su audiencia la misma selección de temas. Sin embargo, en ‘nuestro’ Facebook esta selección varía de usuario a usuario. Asimismo, mientras que en la televisión todos vemos el mismo telediario, en nuestro Twitter las noticias que leemos o vemos varían en función de múltiples criterios que alimentan el algoritmo de esta plataforma para cada usuario.

En definitiva, las redes sociales han modificado enormemente la forma de distribución de noticias. Y con ello, su consumo. Esto nos hace pensar que la agenda pública pudiera verse afectada a su vez, en mayor o menor medida, por estos cambios en los hábitos de consumo informativo. En un reciente trabajo que nos ha publicado el International Journal of Public Opinion Research, abordamos esta cuestión con datos y un diseño inédito hasta ahora.

Nuestro estudio demuestra que cuando Facebook es la principal puerta de entrada a las noticias, los ciudadanos son menos proclives a mencionar los problemas de la agenda pública como preocupaciones relevantes para ellos. Podríamos decir que afecta negativamente la posibilidad de que los ciudadanos converjan al mencionar los mismos problemas.

Sabemos que una agenda pública compartida, es decir, que los ciudadanos coincidan en un número limitado de temas que consideran prioritarios, tiene efectos positivos sobre la democracia. La existencia de un mínimo consenso sobre este asunto contribuye a mejorar la integración social, a minimizar las divisiones sociales y también la polarización. En último término, ese consenso puede ayudar a limitar la fragmentación de los parlamentos y ayudar a la gobernabilidad.

Pese a que Facebook no ayudaría a consolidar esta agenda pública, hay una lectura positiva de nuestros resultados. Aquellas personas que más frecuentemente usan esta red social para acceder a las noticias ciertamente no tienden a citar los mismos problemas como parte de la agenda pública, pero sí otros problemas menos comunes en el debate público. Por poner sólo un ejemplo: la inversión en I+D. Esto apuntaría, quizás, a que una dieta informativa menos focalizada en los medios tradicionales puede dar visibilidad a temas más diversos y, a su vez, enriquecer también el debate democrático. Esto sería una posible explicación para entender nuestros resultados, aunque de momento es mera especulación. Lo que sí prueban es que el consumo en redes sí afecta al debate público, y más concretamente a la agenda. ¿Cómo? Parece que fragmentándola.  

Volviendo al ejemplo del principio: no sabemos si los manifestantes del 10 de febrero usan Facebook como principal punto de acceso a las noticias; y si lo hacen, si eso incide en que su preocupación principal no coincida con la del resto de los españoles. Pero sí sabemos que las prioridades de estos manifestantes, respecto a los problemas más importantes, representan esta diversidad de temas que forman parte de la agenda pública. Solamente cuando estudiamos patrones muy específicos de acceso a la información (en nuestro caso, su acceso a través de Facebook) avanzamos algo en entender qué factores están relacionados con la  diversidad de la agenda pública.

Hasta ahora no se había abordado la relación de dietas específicas en Internet sobre la agenda pública. Lo hacemos con datos representativos de la población española y, lo que es más relevante, habiendo estudiado el consumo real de noticias de nuestra muestra. Es decir, nuestros resultados no están basados solamente en las respuestas de los entrevistados sobre sus patrones de navegación o consumo de medios, como es tradicional en los estudios de comunicación, sino que –por primera vez en España– accedemos al historial real de navegación de la muestra que estudiamos. Eso sí, con su permiso explícito.

El acceso a lo que llamamos exposición observada es ahora difícil de garantizar para estudiar el consumo de noticias a través de las aplicaciones de mensajería como Whatsapp. Aunque es allí, y no en Facebook, dónde parece estar trasladándose el consumo y debate de los temas más polarizados de la agenda pública. En el futuro, deberemos prestar mucha atención a estos espacios y sus efectos sobre la agenda pública.

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