Alberto Alesina y el tamaño de las naciones

Hace poco más de una semana que murió, prematuramente, Alberto Alesina, brillante profesor en la Universidad de Harvard y candidato recurrente a Premio Nobel de Economía. Como suele pasar con los buenos académicos europeos en Estados Unidos, le gustaba interpelar a sus audiencias a ambos lados del Atlántico predicando en cada orilla las virtudes de la otra. Si en América recomendaba políticas de bienestar contra los efectos perniciosos de la pobreza y el racismo, en Europa (sobre todo en su Italia natal) subrayaba la necesidad de aumentar la productividad y embridar el gasto público. Su controvertida idea de la “austeridad expansiva” en países muy endeudados, que él mismo presentó en una reunión de ministros Ecofin celebrada en Madrid en 2010 y que se aplicó con más pena que gloria en los rescates a la periferia de la eurozona, le supuso fuertes ataques. Es verdad que Alesina fue radical en alguno de sus planteamientos pero, a diferencia de sus críticos más célebres, nunca cayó en el error de pronosticar o desear el fracaso de la moneda común. Fue europeísta de la razón y de la voluntad.

Le conocí en 1998, en el Centro de Estudios Europeos de Harvard del que él era miembro y yo joven investigador visitante. Su carisma era extraordinario y, ya en aquel momento, con poco más de 40 años, despuntaba como autor prolífico. Acababa de publicar un artículo muy comentado entre los estudiantes predoctorales españoles de entonces; singularmente en el grupo de historiadores, politólogos y economistas catalanes: On the Number and Size of Nations.

En ese trabajo, más tarde convertido en libro junto a Enrico Spolaore, articula una tesis muy interesante sobre el carácter contingente de las fronteras y la relación inversa entre los beneficios de las economías de escala y los costes de la provisión de bienes públicos en sociedades heterogéneas. El argumento empírico es que el número de países va aumentando a medida que crece la globalización porque la prosperidad de un territorio depende cada vez menos de pertenecer a un mercado nacional de cierto tamaño. La predicción resultante, en contexto europeo, es que los estados más grandes y heterogéneos tendrán problemas para mantenerse unidos pues ciertas regiones verán preferible separarse y, al tiempo que mantienen su viabilidad económica como nuevos miembros de la UE, lograr una gobernanza interna más ajustada a las preferencias de su población.

El nacionalismo catalán recibió con alborozo esa formulación. En los muchos trabajos académicos favorables a los postulados independentistas es fácil encontrar la misma cita de autoridad (“as shown by Harvard University professor Alberto Alesina…”) para sostener la racionalidad del movimiento. Es más, la Generalitat tradujo el libro en 2008 y en el prólogo del consejero de Innovación de entonces, que era miembro de ERC en el tripartito de José Montilla, se afirma sin rodeos que los países pequeños son más democráticos y competitivos. Una conclusión bastante forzada que no se deriva de la investigación y que el autor, a pesar de ser preguntado sobre ello en pleno desarrollo del procés, nunca respaldó. Es más, se llegan a resultados desfavorables para los partidarios de la secesión cuando se contrastan con el caso catalán los tres principales elementos que componen su teoría: (1) los beneficios históricos del tamaño de los países, (2) la definición de heterogeneidad de una sociedad y (3) la importancia de la vinculación a la UE.

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Sobre el último de esos factores se ha escrito bastante, y yo mismo he reflexionado en el pasado: es verdad que la integración europea reduce las deseconomías de escala inherentes a ser pequeño en un mundo tan interdependiente pero, en la medida que la adhesión está sometida a un complejísimo proceso de ampliación (en el que las actuales capitales nacionales gozan de derecho de veto), el efecto animador que tendría la existencia del Mercado Interior para tratar de romper a los estados miembros de la UE se transforma rápida y paradójicamente en uno de sus principales frenos.

El segundo elemento tampoco resulta tan grato para el independentismo cuando se pasa de las musas al teatro catalán. Ser pequeño puede reducir los costes de gobernanza si la heterogeneidad de preferencias de la población es baja, pero no siempre se consigue. En sociedades con fragmentación identitaria ocurre incluso lo contrario. Por ejemplo, Irlanda del Norte resulta más difícil de gobernar que el actual Reino Unido o una hipotética Irlanda unificada. Si la heterogeneidad equivale a una realidad nacional compleja, entonces un Estado catalán en el que una proporción tan grande de su población se sienta española tendría, a escala, una provisión de bienes públicos más conflictiva que la de la actual España, donde es minoría quien tiene identificación nacional alternativa y existe autogobierno territorial para atender hechos diferenciales. Por otro lado, el mismísimo Alesina publicó en 2017 otro trabajo sobre la homogeneidad cultural e institucional europea (que, todo sea dicho, tiene una metodología muy problemática) donde concluye que los valores dominantes en la meseta están más europeizados que los de Cataluña. Ese trabajo no ha sido traducido por la Generalitat.

Pero es el primer punto de The Size of Nations el que puede resultar más adverso para quienes sostienen que a Cataluña le ha ido y le va mal en España. El argumento del libro es que, si bien ahora estaría disminuyendo el valor de pertenecer a una nación grande, sí habría sido muy valioso formar parte (al menos desde 1714) de un Estado unitario. De hecho, un contraste entre la realidad demográfica y económica catalana de hoy con su entorno y con los países europeos de entre dos y 10 millones de habitantes, proyecta un hipotético Estado catalán con mucho menos PIB, poco más de la mitad de la población actual y una capital similar en importancia a Dublín, Helsinki o Zagreb.

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Es obvio que Barcelona es mucho más que eso. Como segunda ciudad de España (y, en muchos ámbitos, la primera), ha crecido hasta convertirse en una formidable urbe global y bilingüe que históricamente ha sabido aprovechar las ventajas de su ubicación en un mercado nacional importante y su cercanía a proveedores y clientes del resto de Europa (o de América Latina). Y así, Cataluña es hoy el territorio con mayor poder adquisitivo de todo el Mediterráneo, con la excepción del minúsculo principado de Mónaco o de 300 kilómetros de costa adriática en la zona más rica de otro Estado grande: Italia.

Una alternativa histórica habría sido pertenecer a Francia (como pudo haber ocurrido desde 1640 o tras la conquista napoleónica), pero es verosímil que el bienestar catalán fuese entonces inferior ya que, como le pasa al Rosellón, estaríamos hablando de departamentos alejados de los ejes de industrialización cercanos a París o a la dorsal de la llamada Banana Azul. Por descontado, además, su idioma propio estaría del todo subordinado al francés. Ciertamente, en el improbable caso de que a lo largo de la Historia hubiera logrado desconectarse de sus dos grandes vecinos, Cataluña sería un Estado monolingüe y homogéneo en los términos de Alesina y Spolaore pero, aparte de que su renta ‘per cápita’ difícilmente igualaría la que hoy disfruta, no habría ciudad de los prodigios, ni Juegos Olímpicos de 1992, y su primer club de fútbol competiría con el FC Copenhague o cualquier equipo potente de la liga eslovaca.

En efecto, el tamaño importa. Pero si el nacionalismo catalán ha hecho una lectura precipitada e incompleta de esta tesis, parece igualmente oportuno que el nacionalismo español saque las conclusiones adecuadas. Puede que a Cataluña no le haya sentado mal ser parte de España y que la profunda división de preferencias entre los mismos catalanes o la inviabilidad de la estrategia de la ampliación interna de la UE imposibiliten una ruptura en los próximos 50 años. No obstante, sería un suicidio retardado pretender que España goza de una homogeneidad interna que no es tal o ignorar los miedos legítimos a la asimilación lingüística y cultural que, en la obra de Alesina, se identifican como el mayor combustible para la secesión. Como dijo nuestro homenajeado economista, una descentralización que sepa reconocer los costes de la heterogeneidad y acomodar la distancia entre las preferencias de la mayoría y de las minorías identitarias a la hora de proveer bienes públicos es el mejor sustitutivo a que sigan multiplicándose el número de estados. Gestionar la diversidad en las distintas escalas (catalana, española y europea) sí que es un desafío. De gran tamaño.

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