América Latina: la dificultad de construir democracia en espacios desiguales

La cada vez más frecuente comparación del presidente de Brasil, Jaïr Bolsonaro, con Donald Trump no hace más que revelar la excesiva influencia de Estados Unidos y Europa en los debates internacionales. Más que un nuevo Trump, Bolsonaro es un típico ejemplo de un cierto tipo de derecha latinoamericana: nacionalista, racista, conservadora y contraria a los impuestos; pero, a la vez, estatista.

De hecho, para entender al nuevo presidente brasileño es importante explorar las tensiones históricas de la democracia en América Latina. Desde hace más de un siglo, la región se ha enfrentado a grandes obstáculos para promover una democracia liberal plena, en la que elecciones libres vayan de la mano de la garantía de los derechos individuales, la libertad de prensa y la inclusión política y social de todos los ciudadanos.

En su libro de 2009 ‘Between Tyranny and Anarchy’, Paul Drake, profesor emérito en la Universidad de California-San Diego, habla de la existencia de dos modelos de democracia: la protegida (o restringida) y la popular. La primera (preferida históricamente por las élites económicas) establece límites formales e informales a la participación ciudadana y, a menudo, busca vaciar de contenido las instituciones (definiendo, por ejemplo, algunas políticas como necesarias y no sujetas a debate). En los últimos años, además, la democracia restringida ha hecho frente al reto de la inseguridad con propuestas de mano dura propias del llamado populismo punitivo.

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La democracia popular, con bases sociales más amplias, promueve la inclusión socio-económica como objetivo prioritario. Busca combatir el poder de la élite, reducir desigualdades e incorporar a nuevos grupos al debate político, aunque sea a costa de debilitar principios liberales fundamentales como la protección de las minorías.

Ambos modelos son respuestas antagónicas a la enorme desigualdad de ingresos y oportunidades en América Latina, en un caso queriendo proteger a quienes se benefician y en el otro a quienes se ven perjudicados por dicha desigualdad. La élite económica ha buscado siempre influir en los partidos políticos, restringir los debates sobre políticas públicas y desincentivar la participación de los votantes de menos ingresos «como forma de prevenir presiones redistributivas». Cuando se ha sentido en peligro (como en Guatemala en 1954, en Chile en 1973 o en Honduras en 2009, sólo por mencionar tres ejemplos de una larga lista), ha ido más allá, promoviendo opciones autoritarias.

La democracia popular es una respuesta a los problemas que crea la pro-elitista democracia restringida y tiene como principal objetivo lograr la redistribución y la incorporación de nuevos grupos al proceso político. Para muchos de los promotores de esta segunda opción, desde Vargas y Perón hasta Chávez y Correa, la protección de derechos como la libertad de expresión, de prensa o de protesta han sido secundarios. En ocasiones, esa falta de atención a principios básicos ha terminado con la democracia liberal misma. El Gobierno de Maduro es, sin duda, la demostración más reciente de ese problema.

Cabe entonces distinguir dos grandes ejes en las disputas sobre la democracia en América Latina. El primero se sitúa en torno a la urgencia de la redistribución. ¿Cuán importante es reducir la desigualdad en renta y riqueza? ¿Cuán prioritario es redistribuir poder entre nuevos grupos como la población indígena y afro-latina? El segundo eje se sitúa en torno al mayor o menor respeto a los principios liberales de la democracia; aquí cabe incluir no sólo el derecho al voto, sino también el respeto a la oposición y la protección de todos los derechos individuales, incluyendo la libertad de expresión y de prensa.

Volviendo a Bolsonaro, su elección representa una contrarrevolución distributiva similar a la experimentada por otros países latinoamericanos en el pasado. Como demuestran algunos estudios recientes elaborados por colaboradores de Thomas Piketty, durante los 2000 tuvo lugar en Brasil una redistribución desde la clase media y media-alta al 50% más pobre de la población, mientras que la posición relativa del 1% más rico siguió mejorando. Los perdedores relativos de la última década han votado ahora en masa al candidato que prometía reducir impuestos y limitar el gasto en programas sociales. Bolsonaro recibió, además, el apoyo de muchos votantes para los que la seguridad es hoy más importante que los derechos humanos, y de otros para los que la agenda social-conservadora es prioritaria.

El nuevo presidente brasileño comparte con la derecha moderada su falta de preocupación por la redistribución (que, a pesar de la retórica, no ha sido nunca fundamental para políticos como Piñera en Chile) y con movimientos como el ‘chavista’ su desinterés por los principios liberales. Durante sus años de Gobierno, Chávez hizo pocos esfuerzos por respetar a la oposición, fortalecer el Poder Judicial o proteger la libertad de prensa, lo cual contribuyó a los graves problemas a los que se enfrenta Venezuela hoy.

El situar los cambios recientes en la trayectoria histórica de la democracia en América Latina es útil al menos por tres motivos. Primero, refleja claramente lo poco novedoso de la amenaza iliberal. Como explica Paul Drake, América Latina se ha caracterizado siempre por un «dilema fundamental: cómo reconciliar sistemas políticos que están teóricamente comprometidos con la igualdad legal con sociedades que están divididas por desigualdades socio-económicas extremas«. Por ello, a no ser que la región haga frente a la desigualdad económica, soy más pesimista que el politólogo Javier Corrales, para el que las instituciones latinoamericanas pueden constituir un antídoto contra el autoritarismo populista.

Segundo, y a pesar de lo anterior, en las últimas dos décadas algunos gobiernos latinoamericanos han logrado combinar redistribución y la protección de los derechos. Ha sido, por ejemplo, el caso del Frente Amplio en Uruguay y también, en gran medida, el de los gobiernos de Lula y Dilma en Brasil que, pese a ser ahora tan denostados por los casos de corrupción, mejoraron la distribución y fortalecieron las instituciones democráticas de forma simultánea.

Tercero, la experiencia latinoamericana no es sólo interesante en sí misma, sino por lo que enseña al resto del mundo. Su historia refleja las dificultades para compatibilizar democracia liberal con desigualdad; dificultades cada vez más evidentes en otros países, desde Estados Unidos a la India. De hecho, es posible que sólo seamos capaces de fortalecer la primera en el largo plazo si logramos mejorar la distribución de la renta de forma sostenida.

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