América Latina, viejos problemas agravados

Es sabido que América Latina sufre de viejos problemas estructurales que lastran la vida política y la economía de la región. Entre ellos se citan la desigualdad, la debilidad de los estados en la prestación de bienes y servicios públicos, la falta de productividad de su aparato productivo, la ausencia de organismos de integración regional, la desconfianza social en las instituciones políticas o la conflictividad democrática de varios países del subcontinente. Lo que no es tan frecuente es analizar la peligrosa acentuación y agravamiento de esos viejos problemas, de esos fracasos colectivos. 

1) La fractura interna no para de crecer.- La creación del Grupo de Lima en 2016 en relación a la crisis venezolana dividió la región por la mitad. La cumbre UE-Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) prevista para ese año en San Salvador quedó suspendida por ese motivo y nadie sabe cuándo se reanudará. A la reunión de Celac en México de los ministros de Asuntos Exteriores, convocada por este país como nueva Presidencia pro tempore después de Bolivia, no ha acudido Brasil. Peor aún, éste acaba de comunicar oficialmente que suspende su participación en este organismo; una forma diplomática de decir que la abandona. Y si queda en suspenso, ¿con quién mantendrá la Unión Europea su alianza estratégica?

La Alianza del Pacífico, siempre citada como la organización más funcional y eficiente, opera hacia el exterior pero no avanza en la homologación de sus mercados para construir un espacio económico común. Unasur no funciona, Prosur no nació (y casi mejor, dado el sesgo ideológico antagónico que le dieron) y el Alba casi ni existe.

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México y Brasil viven de espaldas y no hay liderazgo alguno en la zona. Bastante tienen unos y otros con sus problemas internos como para ofrecerse o pretender ser pacificadores o mediadores de las divisiones regionales.

Se ha dicho, con razón, que América Latina boxea en niveles inferiores a su peso y a su potencia en las lonas internacionales por falta de integración regional. Es verdad, y me temo que así seguirá siendo si no cambian estas tendencias agravadas.

2) Su economía está estancada.- Desde 2014, el crecimiento es mínimo y el contexto internacional no es favorable. La guerra comercial-tecnológica entre EE.UU. y China, las sanciones norteamericanas a los movimientos monetarios de Brasil y Argentina y el desplazamiento productivo y comercial a Asia muestran un cuadro preocupante sobre una región que está perdiendo atractivo inversor por la inseguridad jurídica derivada de su inestabilidad política. Algunas decisiones de grandes compañías internacionales corroboran que este riesgo desinversor no es especulativo. A excepción de Brasil, México, Chile, Colombia y poco más, la región corre el riesgo de ser sólo productora de commodities y esto, en tiempos de precios bajos, acentúa el estancamiento.

3) Nuevos conflictos sociales muestran una peligrosa inestabilidad institucional y política.- Son nuevas clases medias, empoderadas por la tecnología y la ciudad, las que protestan contra la falta de servicios o contra el coste del transporte urbano o el precio del gasoil. Son trabajadores mal pagados y sin cobertura social, en un estado precario aumentado por la informalidad de la economía. Son ciudadanos hartos de una clase política nada ejemplar, que muestran una desconfianza institucional alarmante. Son tensiones políticas internas por causas propias de cada Estado, que estallan de pronto y nos devuelven a periodos que creíamos olvidados. Lo cierto es que Chile, Ecuador, Bolivia, Colombia, Perú ofrecen así un cuadro internacional inestable, que sume a la región en una conflictiva imagen de tensiones sociales y políticas poco atractivas para el comercio y, sobre todo, para la inversión.

A su vez, Venezuela y Nicaragua se enquistan en su bloqueo democrático y nadie ve salida a esas dictaduras. La estrategia de Estados Unidos y del Grupo de Lima no prospera, el grupo de contacto europeo no conecta y hasta Noruega pierde la esperanza de una negociación pacífica y democrática. Cuatro millones de venezolanos se marchan, generando una catástrofe humanitaria en el país y en la región, especialmente en Colombia Perú y Ecuador. Y, sin embargo, la salida democrática de Venezuela es clave no sólo para sus ciudadanos, sino para toda la zona y el mundo entero.

Está descripción un poco provocadora por su negativismo se ha ido haciendo presente y se ha manifestado así en los últimos meses de 2019 con la concatenación de acontecimientos en Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela, pero convive con los cambios políticos de la región en un periodo electoral muy intenso (2017-2019). De los unos y de los otros se desprende el avance neoliberal en el sur a excepción de Argentina, la reacción y las protestas sociales descritas cuyo desenlace sigue pendiente, especialmente del referéndum constitucional en Chile y  la salida democrática en Bolivia de las elecciones de mayo. Unidos a la incertidumbre macroeconómica de Argentina y a la tensión ideológica con Brasil, el panorama latinoamericano es demasiado incierto.

Afortunadamente, como suele repetir la secretaria general de la Segib, Rebeca Grynspan, la política institucional y democrática sigue siendo el único cauce en el que se expresan las ciudadanías de esos países. Argentina fue el ejemplo más notable porque una alternancia tan compleja se realizó de manera impecable.

Confiemos en que así siga siendo, pero hay que estabilizar política y socialmente América Latina. Europa debe ayudar haciéndose más presente y más activa en la región. Ayudando a Cuba a salir de su encrucijada económica y social; ofreciéndose como mediadora en el bloqueo democrático de Venezuela y Nicaragua; intensificando su colaboración y cooperación económica en el fortalecimiento del Estado de Derecho y de las instituciones democráticas; aprobando Mercosur y desarrollando su comercio en todo el continente en virtud de sus múltiples acuerdos comerciales y de asociación; recuperando la cumbre UE-Celac lo más pronto posible, de acuerdo con México y aunque sea sin Brasil. En definitiva, haciendo visible su convencimiento de que América Latina es un amigo fiel y un socio estratégico clave en la defensa del multilateralismo, el comercio internacional pactado, en la lucha contra el cambio climático, en la defensa de la democracia y el Estado de Derecho.

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