AMLO y Bolsonaro: ¿los extremos se atraen o se repelen?

El año que viene será de cambios cruciales en una América Latina marcada por la polarización entre izquierda-derecha. Las dos principales potencias de la región (Brasil y México) se sometieron en 2018 a procesos electorales que suponen un antes y un después no sólo en el devenir de las políticas nacionales respectivas, sino también en el posicionamiento internacional de ambos países. La victoria de Andrés Manuel López Obrador (conocido por sus iniciales AMLO), que asume el poder este 1 de diciembre, inicia el primer giro a la izquierda desde que se proclamara la democracia en el mayor país hispanoparlante, mientras que el ascenso, en Brasil, de Jaïr Bolsonaro, quien tomará posesión el 1 de enero de 2019, representa la extrema derecha antidemocrática y evoca el fantasma de la dictadura.

A pesar de las importantes diferencias ideológicas entre los presidentes, AMLO y Jaïr Bolsonaro comparten algunos desafíos y paralelismos:  

  • La violencia y el crimen organizado son, según el Latinobarómetro, el principal problema de la región,  y los datos InSight Crime establecen que el 65% de los homicidios en América Latina ocurren en ambos países, que ocupan el cuarto y séptimo lugares en las estadísticas de 2016-2017.
  • La desigualdad y un mayor desarrollo socioeconómico, ya que el crecimiento  del Producto Interior Bruto (estimado para 2018 en un 1,4% en Brasil y un 2,2% en México, según el Fondo Monetario Internacional) se ha ralentizado y ha aumentado la pobreza, que afectaba en 2017 al 43,6% de los mexicanos y al 25,4% de los brasileños.
  • La corrupción (en 2017, Brasil ocupó el puesto 96º y México el 135º de 180 países evaluados por Transparencia Internacional) y el declive de la democracia, que en ambos países es la peor evaluada de la región: sólo un 34% de los brasileños y un 38% de los mexicanos la apoyan, conforme a datos del Latinobarómetro.
  • La migración, que en México proviene del fuerte aumento de centroamericanos que huyen de la violencia en sus países camino hacia Estados Unidos (casi 400.000 anuales), sumándose a los cerca de seis millones de mexicanos irregulares en EE.UU.: y que en Brasil ha resultado en la llegada de al menos 150.000 venezolanos desde 2015 que abandonan el país ante el caos económico y la más alta tasa de homicidios de la región.

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Son precisamente estos desafíos, y la capacidad de los candidatos de trasladarlos al centro del debate electoral utilizando un discurso de tintes populistas, los que explican el contundente triunfo en los comicios de AMLO y Bolsonaro (con el 53% y el 57% del voto, respectivamente). O, dicho de otra manera: el éxito de ambos presidentes electos representa dos caras del mismo fenómeno. Salvando las distancias ideológicas, tanto AMLO como Bolsonaro supieron capitalizar el profundo hartazgo de los votantes mexicanos y brasileños con la incapacidad de los partidos tradicionales y gobiernos salientes de hacer frente a esos problemas, y enmarcaron sus campañas electorales en una misma lógica discursiva: mensajes anti-sistema, provocativos, simplificadores y dramáticos; de franca vocación maniqueísta, que buscaban señalar a un claro antagonista del pueblo o del ciudadano honesto (las “mafias del poder” en el caso de AMLO, las élites corruptas en el caso de Bolsonaro); y que fomentaran el culto a la personalidad de ambos líderes, presentándolos como candidatos de fuera del establishment (cuando ambos tienen una larga trayectoria política).

Las propuestas de los nuevos presidentes buscarán atender a problemas similares desde proyectos de cambio y espectros ideológicos opuestos. Ambos aseguran que lucharán de forma prioritaria contra la violencia y la corrupción, mejorarán el control de fronteras y afrontarán el fenómeno de la pobreza y la desigualdad social. Las propuestas de Bolsonaro prometen hacerlo con una combinación de mano dura y medidas económicas neoliberales; AMLO a través de políticas sociales, generosas inversiones públicas y el respeto a los derechos humanos.  

En propuestas de política exterior, ambos comparten un marcado tinte soberanista que responde a la cambiante coyuntura internacional, alimentada por la retórica y las controvertidas posiciones del presidente estadounidense, Donald Trump. Si se cumplen los presagios, habrá un viraje significativo en la política exterior y posicionamiento internacional de ambas naciones. Bolsonaro buscará una mayor cercanía a EE.UU. y otros gobiernos aliados de derechas (Italia y Hungría en Europa), mientras que AMLO repite la retórica de diversificación pro-latinoamericana de todos sus antecesores –aunque habrá que ver si, como prometió en campaña, marcará una mayor distancia ideológica y política con Donald Trump o si se dejará ganar por el pragmatismo. El anuncio de Bolsonaro de salirse del Acuerdo de Cambio Climático de Paris o de trasladar la Embajada a Jerusalén son claros guiños al mandatario norteamericano, aunque éste último también tendrá que buscar un entendimiento con México, su tercer socio comercial, segundo destino de inversión y con el que comparte el desafío de la migración.

El libre comercio será otro barómetro para medir la actuación de los nuevos gobiernos: ¿reconocerá AMLO el nuevo acuerdo México-Estados Unidos, y continuará la política liberal que condujo a firmar 12 tratados de libre comercio? ¿Abrirá Bolsonaro la economía brasileña, abandonando décadas de políticas proteccionistas de presidentes anteriores por la resistencia del lobby empresarial nacional de la CNI y de la FIESP en Sao Paulo? Al menos retóricamente, Brasil y México invertirán los papeles: AMLO será menos favorable al libre comercio y Jaïr Bolsonaro más, si se confirma el enfoque neoliberal de su programa electoral.  

En la región, Brasil y México representarán alianzas opuestas en una América Latina polarizada: AMLO ya ha dicho que buscará un mayor entendimiento con el Grupo Alba , y particularmente con Bolivia y Venezuela; y el ex militar Bolsonaro se insertará en el eje de centro-derecha junto con los gobiernos de Argentina, Colombia, Chile, El Salvador, Panamá, Paraguay y Perú. En cuanto a la relación bilateral, estancada desde hace décadas, crecerá la distancia entre Brasil y México, lo cual no favorecerá la reconstrucción de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en proceso de disolución por la división en torno al apoyo o rechazo del régimen de Nicolás Maduro.

Fuera de la región, el desencuentro ideológico tampoco indica una mayor coordinación latinoamericana en el G-20, donde participan ambos países junto con Argentina, anfitrión de la 13ª Cumbre y cuya próxima reunión, del 30 al 1 de diciembre, coincide con la toma de posesión de AMLO. De igual manera, se vislumbra un giro en direcciones opuestas con relación a la política exterior hacia China. Bolsonaro criticó, durante su campaña, a los BRICS y la dependencia de China, que ya es el principal socio comercial de Brasil. AMLO, por su parte, parece interesado en el país asiático, al considerarlo importante en la estrategia de diversificación económica que se ha trazado el nuevo presidente mexicano. De igual manera, un renovado impulso de la Alianza del Pacífico y del Tratado Transpacífico (TPP) podría representar para México una forma de diversificar sus relaciones más allá de la región.

México y Brasil generan dos terceras partes del PIB de Latinoamérica y concentran más de la mitad de la población de la zona. Por ello, la llegada de los nuevos presidentes, que coincidirán durante al menos cuatro años en sus respectivos gobiernos, abre una etapa de incertidumbre que pudiera tener una enorme trascendencia geopolítica en la región.

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