Apocalípticos e integrados

Desde que se desencadenara la crisis económica, pronto transformada en una crisis de confianza y desafección institucional, ningún partido ha podido sustraerse al doble eje que forman el regeneracionismo y el reformismo. Es verdad que el primero, entendido como recuperación de la etiqueta democrática y moderación de las prácticas partitocráticas, había formado ya parte de la estrategia de los grandes partidos en anteriores elecciones. La verdadera novedad corresponde a un reformismo socioeconómico cuya finalidad principal sería la lucha contra el desempleo. A eso hay que sumar la madre de todas las reformas, que combina el regeneracionismo democrático y el reformismo socioeconómico: la que atañe al texto constitucional. En ambos casos, son verbos que simbolizan un nuevo comienzo y apelan a un deseo abstracto de cambio, aunque pueden conjugarse de distintas formas según el partido de que se trate. Ningún partido, pues, renuncia del todo a su empleo. Las diferencias se encuentran en la posición relativa de cada uno dentro de ese doble eje y en relación con la posición de los demás.

Huelga decir, antes de entrar a considerar la estrategia de cada formación, que sus distintas propuestas cumplen ante todo una función simbólica, cuya función es ayudar a construir o apuntalar una determinada marca partidista. Es eso que Giovanni Sartori denomina «mitología electoral», decisiva junto a la imagen del candidato para el éxito del partido. Aunque pueda parecer lo contrario, dada la efervescencia programática que caracteriza esta campaña, los asuntos y las propuestas concretas cuentan mucho menos para la captura del voto. De este modo, es la orientación general del partido en el eje regeneración/reformismo lo que marca la diferencia, más que el tenor concreto de sus proposiciones. Y esa orientación, a su vez, queda fijada merced a una doble decisión táctica: por un lado, sobre la mayor o menor radicalidad de las propuestas (intensidad reformista); por otro, sobre la construcción de la mayoría necesaria para llevarlas a término (según se apueste por amplios consensos o se subrayen divisorias tales como izquierda/derecha o nueva/vieja política). Dicho esto, el juego de alianzas posterior a las elecciones, en un escenario complejo sin mayorías absolutas, limitará extraordinariamente la medida en que esas propuestas podrán llevarse a cabo. Su valor programático es, pues, relativo.

A su vez, para entender la posición de cada partido es imprescindible considerar qué grupos sociales forman su base electoral. Es evidente que PP y PSOE, más dependientes de los votantes mayores de cuarenta años y de los pensionistas, así como del voto rural, tienen menos incentivos para plantear una agenda reformista fuerte. La gran reforma del PSOE es el Estado Federal, aunque desdibujada por la falta de concreción. En el caso del partido en el gobierno, tan sólo una reforma limitada de la constitución aparece destacada en su discurso; su estrategia de campaña se basa casi exclusivamente en la recuperación económica y asuntos antes prominentes, como la reforma del sector público, han pasado a un segundo plano. No es un ejemplo baladí: Ciudadanos y Podemos tampoco se atreven a plantear abiertamente esa reforma, porque son muchos los votos que pueden irse por el camino. Y ello a pesar de que ambos se alimentan electoralmente de votantes jóvenes, más inclinados a la reforma audaz.

Fiel a su naturaleza de partidos insurgentes, Podemos y Ciudadanos se destacan con claridad en este aspecto, pero apuestan por discursos bien diferenciados. Aunque ha moderado considerablemente su ímpetu inicial, Podemos es el partido más crítico con lo que su líder solía llamar «régimen del 78». Su propuesta de abrir un nuevo proceso constituyente han sido reemplazada no obstante por un regeneracionistmo institucional de fuerte acento participativo y anti-elitista, mientras su agenda económica peca de una voluntaria indefinición. Enarbolando la bandera del «cambio sensato», Ciudadanos es más audaz en el plano económico y llega a propugnar un «shock institucional» basado en pactos de Estado: una paradójica combinación de rupturismo y consenso. El partido, en ambos casos, ya es el mensaje. 

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