Bolton y la crisis de la política exterior de EE.UU.

La salida de John Bolton de la Casa Blanca supone el último retoque en un entramado de toma de decisiones que no ha terminado de modificarse desde la llegada al poder de Donald Trump. Tal y como los medios han resaltado, supone la marcha del tercer consejero de Seguridad Nacional en tres años, un puesto enormemente relevante dentro del proceso decisorio de la política exterior estadounidense por su enorme importancia, dada su teórica cercanía al presidente de los Estados Unidos y el importante rol que ocupa en la coordinación de esa política exterior y la de seguridad nacional.

Bolton no era ningún desconocido dentro de las élites de Washington. Ya ocupó puestos de enorme relevancia en pasadas administraciones como la de George W. Bush, en la que asumió el puesto de embajador en Naciones Unidas. También se le ha considerado uno de los halcones más relevantes por su defensa de una política exterior enérgica frente a los adversarios de Estados Unidos, siendo particularmente explícito en su apoyo de la Guerra de Irak de 2003, de cuya defensa no se arrepintió a pesar de los resultados.

Frente a lo que se ha tendido a comentar, la adscripción de Bolton a la ideología neo-conservadora está sometida a debate. A pesar de la sintonía de sus posicionamientos con los de destacados miembros de este grupo que también han defendido una política de cambio de régimen en supuestos como el de Irán, hay elementos que les diferencian. Uno de ellos, tal y como se ha resaltado en algunos medios estadounidenses, es la falta de convicciones wilsonianas, esto es, de escepticismo hacia la política de expansión de la democracia liberal como forma de gobierno, que la mayoría de neo-conservadores ha defendido en las últimas décadas. Una orientación jacksoniana fundamentada en posiciones enérgicas frente a los adversarios de Estados Unidos parece quizá una identificación más probable para el propio Bolton, aun descartando su dimensión más populista, con la que sí se identifica al presidente Trump.

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La llegada de Bolton a la Casa Blanca del actual presidente coincidió con los deseos de éste de poner fin al acuerdo nuclear con Irán, a efectos de lograr uno más ambicioso donde se incluyesen el programa iraní de misiles balísticos o sus intervenciones militares en los conflictos de la región. La retirada del citado acuerdo habría sido postergada por la oposición de importantes decisores como el ex consejero de Seguridad Nacional Herbert McMaster o el ex secretario de Estado Rex Tillerson. La salida de ambos, así como la entrada tanto de Bolton como de Mike Pompeo, facilitó finalmente esa retirada, pero muy pronto resultó evidente la falta de sintonía entre el presidente y el nuevo consejero de Seguridad Nacional.

Si Bolton defendía una política exterior enérgica que incluyese, de ser necesario, el uso de la fuerza, Trump había llegado al poder prometiendo acabar con las llamadas ‘guerras interminables’, esos conflictos en los que Estados Unidos llevaba envuelto durante años con resultados negativos y del que Afganistán se ha convertido en un ejemplo prototípico; uno de los puntos, por cierto, de consenso entre Trump y la mayor parte de candidatos demócratas que participan en las actuales elecciones primarias.

Las propuestas de Bolton en la mayor parte de supuestos de relevancia para la política exterior estadounidense (desde Venezuela a Siria, de Irán a Corea del Norte y de Afganistán a Rusia) no han tenido una gran acogida por parte del presidente estadounidense y demostraron de forma reiterada la limitada influencia del consejero de Seguridad Nacional en el proceso decisorio de la Administración, a pesar de los temores de sus numerosos críticos en Washington sobre su capacidad de maniobra para introducir a Estados Unidos en un nuevo conflicto armado.

Lo paradójico del caso es que si el primer equipo de Seguridad Nacional de Trump, a algunos de cuyos integrantes el periodista James Mann calificó de adults in the room, parecía formado para contener los impulsos del presidente estadounidense, en esta ocasión no sería sino el propio Trump quien tuvo que contener los de su consejero en su papel de decisor último, tal y como el mismo presidente enfatizó.

El desempeño de Bolton tampoco dejó indiferentes a otros integrantes de la Administración; a destacar el secretario de Estado, Mike Pompeo, con quien, a pesar de las coincidencias en el tratamiento enérgico del asunto iraní, ha demostrado tener una pública falta de sintonía. A esto cabe añadir la mayor habilidad de este último para alinearse con las preferencias presidenciales, lo que posibilita un aumento de su influencia tras la salida de Bolton.

El controvertido rol de Bolton ha quedado demostrado con las reacciones ante su destitución, con sus partidarios en el establishment de Washington (como el senador republicano Mitt Romney) lamentando su salida y sus críticos (entre ellos, el senador republicano Rand Paul o algunos analistas que escriben en publicaciones próximas a posiciones realistas como The National Interest) mostrando su aprobación. Pero más allá del rol del propio Bolton, queda patente la controversia que la propia política exterior estadounidense de los últimos 20 años, representada por el decisor saliente, genera en un momento de nuevos y emergentes consensos.

Queda desear que la designación del próximo consejero de Seguridad Nacional pueda suplir las deficiencias del proceso decisorio de la Administración y desempeñar un papel más equilibrado y acorde con el nuevo contexto político estadounidense; pero eso todavía está por ver.

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