Borrell: «Europa debe aprender rápidamente a hablar el lenguaje del poder»

Josep Borrell, alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea –jefe de Asuntos Exteriores de la UE y, en la práctica, su ‘ministro’ del ramo– completa en estos días su primer año en el cargo. Concedió esta entrevista al profesor J.H.H. Weiler, coeditor jefe del European Journal of International Law (‘Ejil’) y del International Journal of Constitutional Law (‘Icon’). 

Joseph Weiler.- Hace aproximadamente un año que asumió el cargo de alto representante y vicepresidente de la Comisión. No creo que ninguno de sus predecesores en el puesto se haya tenido que enfrentar ni remotamente a un panorama mundial y una situación geopolítica tan desafiantes e, incluso, amenazadores como los que usted ha afrontado desde entonces. Y aunque estamos desbordados por los problemas relacionados con la Covid-19, la mayoría de estos desafíos ya existía antes de la pandemia y permanecerán mucho después de que termine. 

 Sólo algunos ejemplos a continuación: 

  • Unos Estados Unidos disruptivos e impredecibles que no sólo ponen en tela de juicio y ejercen presión sobre algunos de los fundamentos del atlantismo como la OTAN e Irán, o perturban considerablemente el sistema multilateral de comercio (teniendo en cuenta la acción estadounidense frente al Órgano de Apelación de la OMC y sus luchas comerciales internas con Europa y China), sino que, de forma abierta y, al parecer, voluntaria, abdican de su autoproclamada posición de líder del mundo de las democracias liberales. 
  • Una Rusia que evoca cada vez más los recuerdos de la Guerra Fría (teniendo en cuenta la situación sin resolver de Ucrania y Crimea, la ciber-interferencia en los procesos democráticos «occidentales», etcétera).
  • Oriente Medio, que refleja fielmente el dicho judío: «no hay situación mala que no pueda ir a peor». 
  • China, en la que internamente el autoritarismo parece aumentar y a la que, en el ámbito exterior, incluso la UE empieza a considerar como un enemigo estratégico.

Y se podrían añadir a Siria, Irán, Libia, Turquía… la lista es extensa y ahora, para colmo, la Covid-19, que ha trastornado la vida tal y como la conocíamos y tendrá seguramente un impacto social, económico y político difícil de calcular, pero que como mínimo será muy considerable y potencialmente catastrófico y que parece arrollar a todo lo demás.

Antes de abordar algunas de estas cuestiones, ¿puede contarnos algo sobre sus primeras experiencias, e incluso sensaciones, en sus primeros meses al frente de sus nuevas responsabilidades? ¿Qué diferencias ha notado en comparación con sus experiencias anteriores como, por ejemplo, ministro de Asuntos Exteriores de España o presidente del Parlamento Europeo? ¿Qué expectativas tenía y qué le ha sorprendido? 

Josep Borrell.- Ha resumido muy bien la difícil situación mundial a la que nos enfrentamos y las numerosas crisis y cambios tectónicos a los que nos hemos enfrentado en los últimos meses y que se siguen produciendo mientras hablo en este mismo momento. Desde que asumí mi mandato en diciembre de 2019 no he tenido, en efecto, tiempo para respirar.

Por poner un ejemplo: salí de Madrid en mi primer día en el cargo como AR/VP para asistir en París al funeral de nueve soldados franceses asesinados en Mali. Ahora, un año más tarde, los terroristas están controlando la mayor parte del territorio y se ha producido un golpe militar que ha derrocado al Gobierno. 

Aunque, obviamente, estaba preparado para situaciones difíciles en muchos frentes, no esperaba comenzar mi mandato con el asesinato del general iraní Qasem Suleimani en enero, lo que nos llevó a un grave enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán. Por supuesto, aún menos esperaba la pandemia de la Covid-19, con todas sus consecuencias. No sólo ha tenido consecuencias sanitarias y económicas muy serias, sino que también ha agravado en gran medida las dificultades de muchos estados que ya estaban debilitados, como Libia y el Líbano, y ha aumentado los apetitos y las tentaciones imperiales de regímenes autoritarios como los de China, Rusia y Turquía.

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En este mismo momento, nuestras relaciones con Turquía se encuentran en un momento decisivo, y en Bielorrusia vemos cómo Lukashenko se está convirtiendo en un nuevo Maduro. En resumen, varias áreas geográficas en nuestro alrededor están en llamas, desde el Sahel hasta la vecindad oriental. Y éstos son sólo los asuntos más acuciantes, pero no debemos olvidar nuestro trabajo diario para hacer frente a otras prioridades de política exterior. A escala regional, por ejemplo, nuestras relaciones cruciales con África, América Latina y Asia y el fortalecimiento de las asociaciones estratégicas de Europa, nuestro compromiso en los Balcanes Occidentales y en las vecindades oriental y meridional; y, en términos generales, nuestro trabajo sobre migración, diplomacia climática, ciberseguridad mundial, derechos humanos y multilateralismo… y muchos más asuntos. 

Ya lo dije durante mi audiencia en el Parlamento Europeo, y lo he repetido en muchas ocasiones: Europa «debe aprender rápidamente a hablar el lenguaje del poder», y no confiar solamente en el ‘poder blando’, como hemos hecho hasta ahora. Por cierto, me temo que esta referencia al lenguaje del poder será una cita que marcará mi mandato.

A día de hoy, todos vivimos de una manera muy diferente a como lo hacíamos antes de la Covid-19. A menudo se hace referencia a la pandemia como un acelerador de tendencias ya existentes previamente, pero creo que será algo más que eso. Marcará un antes y un después y no estoy seguro de que volvamos al mundo de antes. Probablemente cambiará de forma permanente nuestra manera de vivir y trabajar, pero también la manera en que entendemos y aplicamos la política exterior. En el futuro, seguramente seguiremos usando mucho más las videoconferencias y tendremos menos reuniones de carácter presencial. Esto no va a facilitar necesariamente nuestra actividad diplomática: en reuniones presenciales se pueden percibir mejor los matices y las expresiones, o desarrollar relaciones más personales, que en las videoconferencias.  

Pero para volver más directamente a su pregunta y la comparación con mi trabajo anterior como ministro de Asuntos Exteriores de España: sí, naturalmente tiene algunas similitudes en cuanto a los asuntos que debo tratar. Sin embargo, también son más numerosos, ya que se plantean al nivel de todo el mundo, los desafíos son mayores en cuanto a las posiciones que tengo que adoptar, y las lógicas y dinámicas institucionales son sustancialmente diferentes. De hecho, no soy el ministro de Asuntos Exteriores de la UE, como algunos quisieron definir el cargo que ocupo durante la Convención sobre el Futuro de Europa a principios de la década del 2000. Y tampoco soy el 28º ministro en el Consejo de Asuntos Exteriores que presido. Mi trabajo es lograr la posición común de los 27 estados miembros con respecto a los asuntos mundiales. Sinceramente, esto es realmente complejo, porque básicamente no compartimos la misma visión del mundo.

Este trabajo tiene muchas dimensiones: una dimensión interna, con diplomacia en el seno de los estados miembros de la UE y también dentro de la Comisión, para acercar, en temas complicados y polarizadores, a países y gobiernos que difieren profundamente en términos de tamaño, posición geográfica, orientación política, historia y, en particular, su relación histórica con el resto del mundo.

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Como ministro, cuando uno tiene la confianza de su primer ministro, puede concentrarse principalmente en los propios expedientes y en las respuestas que deben darse a sus contactos externos. En Europa, uno tiene que ejercer sus habilidades diplomáticas tanto dentro como fuera, entre las instituciones y los intereses de los estados miembros, y también aportar un equilibrio entre las dos funciones de las que me encargo, la de alto representante y la de vicepresidente.

En resumen, se combinan y amplifican los requerimientos de ambos trabajos. Por lo tanto, es el trabajo más exigente, pero también el más emocionante que he tenido jamás.

J. W.- Cuando habla de no depender únicamente del ‘poder blando’, sino recurrir al ‘lenguaje del poder’, me imagino que, en el contexto de la UE, lo que tiene en mente es ‘dotar de armas’, por así decirlo, al poder económico de Europa. 

J. B.- No sólo el poder económico. Se trata de combinar los diversos recursos de la Unión Europea de manera que se maximice su impacto geopolítico. 

Para alcanzar nuestros objetivos políticos, debemos utilizar todo nuestro abanico de capacidades para capitalizar la política comercial y de inversiones, el poder financiero, la presencia diplomática, las capacidades de elaboración de normas y los crecientes instrumentos de seguridad y defensa europeos. Tenemos muchos mecanismos de influencia y el problema de Europa no es la falta de poder, sino la ausencia de voluntad política para que la agregación de sus poderes garantice su coherencia y maximice su impacto. La diplomacia no puede tener éxito si no está respaldada por la acción. Pero seamos claros, nuestro poder no es el componente militar. La UE no es una alianza militar, e incluso se construyó contra la idea misma de la política del poder; aunque es cierto que en un mundo muy diferente.

J. W.- Usted no sólo ocupa el cargo de alto representante, sino también el de vicepresidente. ¿En qué se diferencia la Europa de hoy, si es que se diferencia en algo, de la Europa que usted conoció, por ejemplo, cuando fue presidente del Parlamento Europeo? ¿No es una Europa más fracturada, norte y sur, este y oeste? 

J. B.- Por supuesto, Europa y la UE están cambiando y evolucionando constantemente. Estoy desde hace muchos años comprometido con el proceso de integración y activo en la política europea. De hecho, recibí mi primera beca cuando tenía 17 años para un ensayo sobre las perspectivas de España, entonces bajo la dictadura de Franco, para su adhesión a lo que entonces era el mercado común. Desde entonces, he sido testigo del crecimiento de un pequeño número de estados miembros a 28, y ahora a 27, con la importantísima ampliación al este; pero también otros cambios fundamentales, como el papel cambiante del Parlamento Europeo, la creación del mercado único y de la zona euro, y algunas crisis conexas.

Y, por supuesto, la Europa de los 12 es muy diferente a la de los 27. ¿Más fracturada? No estoy seguro, pero ciertamente más diversa. Por ejemplo: la fractura en la cuestión de la migración no es puramente entre el este y el oeste; y la norte-sur entre deudores y acreedores afecta principalmente a los países que eran miembros antes de la gran ampliación al este. Hay muchos más ejemplos, pero esto es lo que considero más importante: como reflejo del lema de la UE Unidos en la diversidad, debiéramos ver de forma positiva cómo se han unido los europeos, en el marco de la UE, para trabajar por la paz y la prosperidad, al tiempo que se enriquecen con la multiplicidad de diferentes culturas, tradiciones y lenguas del continente.

Desde mi posición, debo insistir en el hecho que, debido a esta diversidad, los europeos, del norte y del sur, del este y del oeste, a menudo no tenemos la misma visión, la misma comprensión del mundo. Permítame darle un ejemplo personal que uso a menudo para ilustrar lo que quiero decir con esto. Mis amigos polacos tienden a decir que deben su libertad a Estados Unidos y al Papa: «El Papa Wojtyla, Juan Pablo II, nos dijo que fuéramos libres, y Estados Unidos ganó la Guerra Fría y, por tanto, fueron Reagan y Juan Pablo II quienes nos dieron nuestra libertad».

Y tienen razón. Sin embargo, desde mi experiencia personal, las cosas son muy diferentes. Nací en 1947 y creo, como muchos españoles, que también debemos 40 años de dictadura de Franco a Estados Unidos y al Papa. Franco pudo permanecer en el poder durante cuatro décadas porque desde el principio, y durante muchos años, tuvo el apoyo de la Iglesia católica y más tarde, en virtud del Pacto de Madrid de 1953 entre Eisenhower y Franco, de Estados Unidos. 

Éste es sólo un ejemplo personal para demostrar que las diferentes historias nacionales dan lugar a visiones diversas del mundo de muchas maneras. Al mismo tiempo, éste es el éxito singular del proceso de integración europea: superar estas diferencias, incluso sacar partido de ellas, centrarnos en lo que nos une y trabajar conjuntamente en pos de la prosperidad, la estabilidad y los beneficios que van más allá de los intereses nacionales. Se trata de un equilibrio permanente y delicado, pero también enriquecedor y constructivo.

Esta Europa tan diversa es, en efecto, difícil de unificar, especialmente en términos de política exterior, pero se han logrado avances en los últimos años: los europeos son hoy más conscientes de que, en el mundo del siglo XXI, ante desafíos como el cambio climático y dominado por grandes potencias como China, India o Estados Unidos, sólo pueden sobrevivir si unen sus fuerzas. Y estoy convencido de que la pandemia de la Covid-19 habrá reforzado enormemente la idea de que necesitamos más Europa, como hemos comenzado a ver con la aprobación de la iniciativa del Instrumento de Recuperación de la Unión Europea (Next Generation EU).   

J. W.- Una diferencia notable es, sin duda, el aumento de un euroescepticismo significativo, un fenómeno anteriormente limitado a lunáticos extremistas de izquierda y derecha, pero que ahora es una corriente establecida en muchos estados miembros. La respuesta de la Comisión ha sido, de muchas formas, intentar destacar la importancia funcional de la Unión para la prosperidad y el bienestar de los ciudadanos europeos. Pero el euroescepticismo no está impulsado exclusivamente, o quizás ni siquiera principalmente, por el descontento material (distribución social desigual de los páramos que ha dejado la globalización), sino también por factores identitarios profundos, como usted mismo ha señalado en el pasado. ¿Qué papel desempeña Europa en general y la Comisión en particular a la hora de hacer frente al desafío identitario

J. B.- Creo que es importante recordar que el euroescepticismo está impulsado por diversos factores en toda Europa. En algunos países, las cuestiones económicas y sociales son los factores clave, mientras que en otros se trata principalmente de la identidad, como bien dice. Éste es un concepto clave de los tiempos actuales, como señaló acertadamente Francis Fukuyama en sus obras recientes; y parafraseando al asesor de Bill Clinton, James Carville, se podría decir: Es la identidad, estúpido… Precisamente, una de las razones por las que los populistas y los euroescépticos ganan terreno es que luchamos contra políticas identitarias con contrapesos materiales y fácticos. Es de nuevo la batalla entre las emociones y la razón. Hemos superado la gran confrontación entre Alemania y Francia, cuyas identidades históricas han dirigido el desarrollo de nuestro continente durante siglos, y eso no es un éxito menor. Sin embargo, todavía no hemos consolidado una identidad política europea que pueda aceptarse como algo adicional, y no como una alternativa a las nacionales. Al mismo tiempo, somos testigos de confrontaciones similares en algunos estados miembros; por ejemplo, en lo que está sucediendo en mi país de origen, España.

Después de las crisis de 2001 y 2008, tardamos mucho en mostrar la solidaridad suficiente para corregir la situación. Tanto es así que estas crisis, que tuvieron su origen en el mal funcionamiento de las finanzas estadounidenses, tuvieron en última instancia consecuencias más pesadas y duraderas en Europa que en Estados Unidos. Europa también tardó mucho tiempo en actuar para limitar el dumping social en su territorio, en particular sobre la cuestión de los trabajadores desplazados o el dumping fiscal. Y todavía queda mucho trabajo por hacer en ese sentido. Nos quejamos del dumping social y fiscal de terceros países, pero también entre los países europeos seguimos teniendo estos problemas.

La buena noticia es que la Unión ha comenzado a luchar de manera más activa contra el dumping social y fiscal interno, en particular con las iniciativas adoptadas por mi colega Margrethe Vestager. 

Por último, como hemos visto en la crisis causada por la pandemia, no hemos podido limitar la desindustrialización y la deslocalización, lo que nos deja muy dependientes en muchos sectores, y tampoco hemos podido hacer de Europa una potencia importante en el ámbito de la economía digital, esencial para el futuro.

Ahora se reconoce mejor la importancia de una política industrial más activa, así como la necesidad de proteger mejor a nuestras empresas y tener relaciones comerciales más equilibradas y recíprocas con nuestros socios externos. La necesidad de una ‘autonomía estratégica’ para Europa tiene una fuerte dimensión económica

La crisis actual ha demostrado, finalmente, que hemos aprendido las lecciones extraídas de nuestras dificultades anteriores: los estados miembros, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Consejo Europeo han reaccionado esta vez rápida y enérgicamente ante la crisis. Esto se ha demostrado, en particular, con la adopción, en julio pasado, de la iniciativa del Instrumento de Recuperación de la Unión Europea (Next Generation EU), que rompe importantes tabúes al permitir que la Unión se haga cargo de una deuda común sustancial y realice transferencias importantes a los países más afectados. Hasta ahora, la solidaridad europea se basaba en préstamos cruzados; ahora, también, en emitir deuda para conceder subvenciones.

El agravamiento de las amenazas externas ha demostrado a todos que cada Estado miembro por sí solo, sin excepción, no es más que un enano incapaz de proteger su soberanía y seguridad. Por todas estas razones, soy bastante optimista respecto a nuestra capacidad para superar el euroescepticismo en un futuro próximo. 

J. W.- Perdone si insisto un poco sobre este asunto. En mi opinión, si me lo permite, ha señalado correctamente que una de las razones por las que los euroescépticos han ganado terreno es que luchamos contra la resistencia identitaria con contrapesos materiales y fácticos. Pero los ejemplos que ha dado me parecen, si lo he entendido correctamente, solamente eso, contrapesos materiales y fácticos. ¿Hay alguna idea en la Comisión sobre estrategias para abordar la cuestión identitaria en términos identitarios y no materiales? 

J. B.- Estamos, en efecto, ante un dilema. A menudo es difícil para nosotros –las élites, los académicos, los políticos serenos, etc.– hacer lo que los populistas hacen a menudo: simplificar y hablarle a las puras emociones. Esto podría estar en contra de nuestra naturaleza excesivamente racional, especialmente para un ingeniero de formación como yo. En referencia a Aristóteles, a veces estamos demasiado obsesionados con el poder de la razón, el logos. Sin embargo, como bien argumenta este filósofo, todos los argumentos y debates exitosos no sólo necesitan el logos, sino el ethos y el pathos, componentes igualmente importantes para convencer a nuestros públicos y votantes.

Como podrá apreciar, siempre será más fácil gritar ‘¡América (o Cataluña, o Suecia) primero!’ o ‘¡Recuperemos el control!’ que pedir un orden internacional basado en normas. Los acuerdos complejos y equilibrados son sin duda menos atractivos; por eso coincido en que debemos hablar también el lenguaje de las emociones positivas. 

No obstante, cuando quisimos dar a la UE elementos que pudieran generar sentimientos de pertenencia como un himno o una bandera, se rechazó la idea. Existen, pero sin bases jurídicas.

Los detalles del trabajo de la Comisión, nuestros tratados y nuestras dinámicas institucionales son difíciles de traducir en emociones, pero los europeos podemos estar orgullosos de lo que hemos logrado. Hemos construido un sistema que combina la paz duradera, la libertad política, la prosperidad económica y la cohesión social como, probablemente, en ningún otro lugar del mundo. Desde este punto de vista, creo que podemos decir que Europa es hoy en día una civilización, que puede tener una narrativa e historia identitarias sólidas, pero ciertamente todos tenemos que contar esta historia mejor

J. W.- La enfermedad crónica de la política exterior de la UE –desde los primeros días de la Cooperación Política Europea– ha sido el desajuste entre la importancia intrínseca y el peso de Europa como potencia económica y potencialmente política, que también representa un conjunto distinto de valores y su capacidad para proyectarlos a través de su política exterior. Seguramente suene anticuado hoy, pero antes se solía decir gigante económico, enano político. Suena anticuado, sí, pero el desajuste sigue estando muy presente. ¿Cómo percibe esto? Y, modificando la pregunta clásica, ¿existe un desajuste similar entre las responsabilidades que tiene usted como alto representante y las herramientas de las que dispone para cumplir esas responsabilidades? 

J. B.- En efecto, sigue habiendo un desajuste entre el peso económico de la UE y nuestra capacidad para proyectar y moldear la política europea. Pero, respondiendo a su pregunta sobre el euroescepticismo, creo que estamos a punto de superarlo y ahora estamos más dispuestos a utilizar esa importancia económica para proyectarla en nuestra política exterior. Como sucede siempre en Europa, esto llevará un tiempo, Europa es un barco de movimiento lento, pero sigue avanzando. Creo firmemente que el poder de la UE provendrá de su capacidad para utilizar sus herramientas económicas de manera coordinada.

En cuanto a la cuestión de las herramientas, muchos observadores han señalado regularmente que las divisiones entre los estados miembros estaban obstaculizando nuestra capacidad colectiva de adoptar una postura, incluso en cuestiones que son fundamentales para el principio fundacional de la UE. 

Siempre que la UE ha trabajado en el desarrollo de una política exterior común, ha tenido que hacer frente a este tipo de divisiones. Desde la desintegración de Yugoslavia, hasta el proceso de paz en Oriente Medio, la guerra contra Irak en 2003, la independencia de Kosovo o las acciones chinas en el mar de la China Meridional, y recientemente en Bielorrusia: ha habido muchos ejemplos en los que las divisiones entre los estados miembros han ralentizado o paralizado la toma de decisiones de la UE, o la han vaciado de contenido.

Las razones subyacentes no son difíciles de enunciar: historia, geografía, identidad. Los estados miembros miran al mundo a través de diferentes prismas y no es fácil mezclar estas 27 formas distintas de definir sus intereses nacionales en un interés europeo común y unido. Habiendo sido ministro de Asuntos Exteriores de España, puedo decir que me he sentado a ambos lados de la mesa. Y sé muy bien que en el Consejo debatimos una línea común de la UE, pero tan pronto como llegamos a casa los ministros se centran sobre todo en llevar a cabo su política exterior nacional, con sus propias prioridades y líneas rojas.  

La verdadera pregunta es qué hacer al respecto. Para mí, es evidente que la principal respuesta a largo plazo radica en la creación de una cultura estratégica común: cuanto más se pongan de acuerdo los europeos sobre su manera de ver el mundo y sus problemas, más de acuerdo estarán sobre qué hacer ante ellos. No se puede pretender tener una política exterior común sin tener una idea compartida acerca del mundo, llamémosla una cultura estratégica común o, al menos, un entendimiento común de los desafíos y amenazas a los que te enfrentas. Eso es, en parte, lo que pretendemos hacer con el trabajo sobre la orientación estratégica que estamos desarrollando conjuntamente con los estados miembros, y sobre las implicaciones prácticas de la autonomía estratégica, un concepto muy discutido procedente del ámbito de la defensa y la seguridad, pero que ahora tiene una dimensión mucho más amplia. Pero todo esto es un proceso a largo plazo. Y, mientras tanto, tenemos que ser capaces de tomar decisiones colectivas sobre cuestiones difíciles y en tiempo real.

Esto nos lleva a la cuestión de cómo adoptamos decisiones en política exterior. Durante décadas, hemos acordado que la política exterior y de seguridad debe decidirse por unanimidad, lo cual significa que todos los países tienen derecho a veto. En política exterior trabajamos mucho con las llamadas variables discretas, en lugar de variables continuas. Esto significa que muchas de nuestras decisiones son de naturaleza binaria: reconoces a un Gobierno o no lo reconoces, inicias una operación de gestión de crisis o no la inicias. Esto puede llevar a bloqueos y situaciones de parálisis. Es más fácil discutir con variables continuas, como se produce, por ejemplo, en los debates presupuestarios con el un poco más de esto, un poco menos de eso. Existen otros ámbitos políticos importantes, como la fiscalidad o el presupuesto plurianual de la UE, en los que el requisito de la unanimidad también ha creado graves dificultades para lograr entendimientos adecuados.

El contraste aquí es con aquellos ámbitos de la UE, desde el mercado único al clima, pasando por la migración, donde la UE puede tomar decisiones por mayoría cualificada (el 55 % de los estados miembros y el 65 % de la población). Las normas del mercado o los objetivos climáticos no son cuestiones secundarias de menor sensibilidad, lo cual es fundamental. De hecho, están en juego grandes intereses nacionales, que a menudo chocan tanto como en la política exterior.

Además, resulta sorprendente que incluso en los ámbitos en los que la UE puede tomar decisiones mediante votación por mayoría cualificada, en la mayor parte de las ocasiones no lo haga. Por ejemplo, las sanciones que se han discutido durante mucho tiempo contra Bielorrusia podían haberse adoptado mediante este sistema, pero no se hizo. ¿Por qué? Porque el espíritu del club es trabajar para alcanzar compromisos, convencer a todas las partes. Para cambiar esto, todos los estados miembros necesitan avanzar unidos y cimentar la unidad. Mantenerse en una única posición crea bloqueos. Y en este sentido específico, es importante tener la opción de la votación por mayoría cualificada: no para aplicarla, sino para crear un incentivo que haga a los estados miembros avanzar y encontrar intereses comunes. Así es como, fuera de la política exterior, la UE puede tomar decisiones sobre temas importantes con grandes intereses en juego, incluso si los países están divididos. Lo que importa en la Unión no es cómo comienza un debate, sino cómo termina. Pero el tiempo también es fundamental, y nuestro método de trabajo a veces lleva demasiado frente al ritmo de los acontecimientos mundiales.

Justo al comienzo de mi mandato sostuve que si, en política exterior, queremos escapar de la parálisis y los retrasos derivados de la regla de la unanimidad, deberíamos pensar en tomar algunas decisiones sin exigirla. Y en febrero, cuando nos bloquearon la puesta en marcha de la operación Irini para vigilar el embargo de armas a Libia, pregunté en la Conferencia de Seguridad de Múnich si era razonable que un país, que de todos modos no participaría en la operación naval porque carece de armada, podía impedir el avance de los otros 26.

Seamos claros y realistas: no lograremos la mayoría cualificada en todos los ámbitos. Porque renunciar a la unanimidad requiere unanimidad y todavía no hemos llegado a ese punto. Posiblemente podríamos limitarla a aspectos en los que hemos sido bloqueados con frecuencia en el pasado –a veces por razones que no tenían ninguna relación–, como las declaraciones de derechos humanos o las sanciones. En su discurso sobre el estado de la Unión, la presidenta Ursula von der Leyen repitió esta propuesta; y fue, en realidad, la frase más aplaudida de su discurso.

Desde entonces, se ha renovado el debate sobre las ventajas y los riesgos asociados a esta idea. Por ejemplo, el presidente del Consejo Europeo ha advertido de que, si se abandona el requisito de unanimidad, se correría el riesgo de perder la legitimidad y la aceptación necesarias para aplicar cualquier decisión. Se trata, sin duda, de una cuestión importante. Otros han señalado el hecho de que el veto nacional es una «póliza de seguro o un freno de emergencia» para proteger especialmente la capacidad de los países pequeños de defender sus intereses nacionales fundamentales (los más grandes pueden incluso no necesitar el veto para hacerlo).

Estoy de acuerdo con este debate, pero también tengo claro que abandonar la regla de la unanimidad no sería un remedio milagroso. Tenemos que crear los incentivos adecuados para que los estados miembros se unan. No basta con apelar simplemente a la necesidad de estar unidos. Las decisiones que tomamos y su credibilidad dependen fundamentalmente de cómo las tomemos. Y no olvide que las reglas crean hábitos.

De cara al futuro, algunas posibilidades me parecen pertinentes, hay que evaluarlas y debatirlas. ¿Quizás sería mejor, a veces, emitir rápidamente una declaración sustancial de 25 estados miembros que esperar varios días y emitir otra de todos con un denominador común más bajo? Desde luego, no se podría considerar como una posición de la Unión desde el punto de vista jurídico, y me han criticado por emitir declaraciones del alto representante que no cuentan con el respaldo de todos los estados miembros. Pero prefiero tomar la iniciativa si estoy respaldado por una fuerte mayoría. ¿Quizás, también, podría ser mejor no pensar sobre todo en introducir la votación por mayoría cualificada, sino también en la ‘abstención constructiva’? Ésta fue una posibilidad planteada para que un país pudiera abstenerse sin bloquear el avance de la Unión. Por ejemplo, así fue como se lanzó en 2008 la misión Eulex en Kosovo.

Y, por último, dado que no vamos a renunciar a la unanimidad en todos los ámbitos, ¿podríamos definir los campos e instrumentos en los que podría tener más sentido experimentar (por ejemplo, sanciones, declaraciones, gestiones diplomáticas)? Y, en caso afirmativo, ¿con qué tipo de salvaguardias?

Espero que en las próximas semanas y meses, por ejemplo en el marco de la Conferencia sobre el Futuro de Europa, podamos debatir las ventajas y desventajas de estas opciones, sabiendo que la UE tiene la gran y urgente necesidad de proteger su capacidad de actuar en un mundo peligroso.

 J.W.- El problema puede ser que alcanzar un acuerdo sobre opciones que, en mi opinión, son muy constructivas e imaginativas tendría en sí mismo que requerir la unanimidad. Le deseo que tenga éxito. En cualquier caso, antes de pasar a las cuestiones sustantivas, quiero volver a la cuestión del poder que ha mencionado anteriormente. Siempre he pensado que la expresión bien sonante Europa como potencia civil o poder blando no era más que una hoja de parra racionalizadora para enmascarar la vergonzosa desnudez de Europa en términos de poder duro real. El gasto total de defensa de los estados miembros es mayor que el de Rusia, pero los esfuerzos están tan fragmentados que hay poco que mostrar. ¿Tiene usted una postura sobre el debate entre el poder duro y el blando en cuanto a las capacidades de defensa de Europa? ¿Cree que alguna vez irá más allá de tantas palabras y más palabras? 

J. B.- Hablando de palabras, y como se ha dicho antes, he defendido reiteradamente que la UE «reaprenda el lenguaje del poder» y que combine nuestros recursos de manera que maximice su impacto geopolítico.

En un mundo de competencia geoestratégica, en el que vemos cada vez más el uso de la fuerza de diferentes maneras y en el que se utilizan como armas los instrumentos económicos y de otro tipo, debemos reaprender ese lenguaje y concebir Europa como un actor geoestratégico de primer nivel. Sin duda, todavía no es el caso y es un proceso de aprendizaje difícil, y en el ámbito de la política europea común de seguridad y defensa seguimos por debajo de nuestras ambiciones declaradas.

Las convulsiones geopolíticas de las que hemos sido testigos y hemos hablado al comienzo de la entrevista subrayan la urgencia con la que la UE debe encontrar su camino en un mundo cada vez más caracterizado por la política del ‘poder bruto’. Los europeos debemos ajustar nuestros mapas mentales para enfrentaros al mundo tal como es, y no como esperábamos que fuera.

Y esto nos lleva de nuevo a nuestra historia: la UE se creó para poner fin a la política de poder. Construyó la paz y el Estado de derecho separando el poder duro de la economía, los procesos normativos y el poder blando. Estamos convencidos de que el multilateralismo, la apertura y la reciprocidad deben regir el orden mundial y la forma en la que los estados interactúan. Pero, ¿cómo aborda Europa su relación con este nuevo mundo? 

Europa debe evitar tanto la resignación como la dispersión. La resignación significa pensar que los problemas del mundo son demasiado numerosos o demasiado distantes para que todos los europeos se preocupen por ellos. Para lograr una cultura estratégica común, es fundamental que consideren las amenazas a la seguridad como indivisibles, como las consideran los ciudadanos estadounidenses desde Alaska hasta Florida. La dispersión significaría que queremos implicarnos en todas partes, manifestando nuestra preocupación o buena voluntad, junto con la financiación humanitaria o la ayuda para la reconstrucción.

Tenemos más mecanismos de influencia de los que a menudo somos conscientes. Ya hemos hablado antes de esto: nuestro mercado interior sigue siendo uno de los más importantes del mundo y ningún actor externo puede permitirse ignorarlo. La Unión Europea cuenta con uno de los arsenales de poder blando más eficaces, con potentes políticas comerciales y de competencia, volúmenes de ayuda considerables y las nuevas posibilidades que ofrecen nuestros mecanismos de control de las inversiones. Debemos utilizar todo esto al máximo, adoptar un enfoque holístico y dejar atrás los compartimentos estancos.

Somos el organismo normativo más importante de todo el mundo, tal como explica elocuentemente Anu Bradford en su reciente libro The Brussels Effect (El efecto Bruselas), pero no podremos mantener esa posición si no somos también un líder tecnológico: hemos de colmar la brecha entre nuestra capacidad reguladora y nuestra ambición tecnológica.

Europa debe apuntalar sus bazas tradicionales, buscar otras nuevas y adoptar iniciativas novedosas y visibles que mejoren su posición global. También debe actuar de una manera más unida. Y, francamente, la UE es la única plataforma que permite a las democracias europeas promover y defender sus intereses con eficacia. A veces, en el pasado, hemos dejado que otros nos dividan para paralizarnos; por ejemplo, en lo que afecta a nuestras relaciones con China o Rusia. Debemos dejar de ver a Europa como un compendio de intereses nacionales y, en lugar de ello, hemos de definir y defender juntos el interés común europeo. Es obviamente más fácil decirlo que hacerlo, y a veces el problema no es hablar con una sola voz, sino decir lo mismo. Me alegraría si, en este sentido, al menos nos aseguráramos de formar siempre un buen coro.

Los desafíos a los que tenemos que enfrentarnos en materia de seguridad son numerosos y complejos, Las tensiones y la violencia van en aumento a nuestro alrededor, especialmente en lugares como Libia y el Sahel, entre otros. Al mismo tiempo, se multiplican las voces que exigen a Europa que se implique y actúe. Si queremos que la de Europa se tome en serio, tenemos que estar dispuestos a actuar. Tenemos que combinar nuestro ‘poder blando’ y nuestros esfuerzos diplomáticos con acciones concretas sobre el terreno. De otro modo, serán otros los que tomen las grandes decisiones que afectan a nuestra seguridad.

Pero puedo decirle que no estamos de manos cruzadas. Alrededor de 5.000 mujeres y hombres están desplegados en tres continentes en el ámbito operacional de nuestra política común de seguridad y defensa en nuestras misiones militares y civiles. Están actuando y proporcionando seguridad a nuestros ciudadanos. Durante los últimos años, Europa ha avanzado mucho en el refuerzo de sus políticas y capacidades de seguridad y defensa. Pienso, por ejemplo, en las nuevas estructuras de mando creadas en los últimos años. Lo que ha impulsado todos estos pasos es que hemos tomado consciencia del deterioro de nuestro entorno de seguridad y de la necesidad de asumir mayores responsabilidades como europeos. En muchos aspectos, nuestras misiones y operaciones de la PCSD constituyen nuestro trabajo más concreto, visible y tangible. 

Soldados, policías, asesores políticos, expertos juristas y muchos otros profesionales trabajan sobre el terreno con nuestros socios para construir un entorno más seguro y estable. Proporcionan formación, asesoramiento, orientación y seguimiento. Su labor no es meramente técnica, sino que se engloba dentro de un enfoque global, el enfoque europeo para la construcción de la seguridad. A menudo se apoyan en mandatos de las Naciones Unidas y son fieles a los valores de la UE: paz, estabilidad, multilateralismo y derechos humanos. 

Pero si queremos que nuestras misiones y operaciones de la PCSD sean eficaces, tenemos que proporcionarles el personal y los medios necesarios. Cuando decidimos de manera colectiva iniciar una operación o misión, debemos asegurarnos de que cuenta con el mandato y los recursos adecuados. Tenemos que escuchar los consejos de los comandantes sobre el terreno acerca de lo que necesitan para poder cumplir su cometido. 

Siempre se pueden alegar motivos para no hacer más: restricciones presupuestarias, situaciones de seguridad complicadas, etc., pero cabe preguntarse: ¿nos lo podemos permitir? Y la respuesta, obviamente, es no. Nuestra seguridad depende de la seguridad de nuestros socios. 

En el marco de nuestras actuales alianzas de seguridad y defensa, debemos fortalecer nuestra autonomía estratégica en torno a capacidades, tecnologías e infraestructuras críticas comunes e interoperables (como la ciberseguridad, los drones, las redes seguras, la tecnología cuántica). Europa tiene capacidad para ello. 

A raíz de la crisis, los estados miembros pueden sentir la presión presupuestaria en el ámbito de la defensa, como ya pasó durante la crisis anterior. Esto hará que sea más necesario que nunca gastar mejor juntos, racionalizar y fortalecer nuestras capacidades comunes. Esto requiere un presupuesto ambicioso para el Fondo Europeo de Defensa y sus capacidades industriales e innovadoras, así como para el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz para una cooperación más fuerte y operativa. Sin embargo, por desgracia, debo también reconocer que el presupuesto plurianual aprobado por el Consejo Europeo no está a la altura de esta ambición.

Europa también debe dotarse de medios para protegerse contra la desinformación, la infodemia que ha empeorado peligrosamente durante la crisis del coronavirus, para contrarrestar los intentos de manipulación por parte de potencias extranjeras. Con sus sólidos valores y principios democráticos, Europa puede y debe servir de punto de referencia para lograr el equilibrio perfecto entre la libertad de expresión y la lucha contra la desinformación.

J. W.- En su libro The Sleep Walkers (Sonámbulos), Christopher Clark nos recordó de manera conmovedora cómo Europa «caminó dormida» hacia la Primera Guerra Mundial hace aproximadamente 100 años. ¿Le mantiene esto a veces en vela? ¿Debería? 

J. B.- Lamentablemente, no duermo bien ni profundamente todo el tiempo y numerosos acontecimientos y situaciones en todo el mundo dan buenas razones para quitar el sueño. Y, como dijo el politólogo francés Pascal Boniface en su libro Requiem pour le Monde Occidental, los europeos han estado en una especie de «somnolencia estratégica», bajo el paraguas protector de Estados Unidos. Y tal vez estén despertando ahora que los EE.UU. está cambiando su actitud.

Pero las comparaciones históricas, en particular cuando hablamos de este tipo de cambios tectónicos y grandes acontecimientos, son en su mayoría difíciles; por ejemplo, lo que escuchamos ahora con bastante frecuencia en referencia, en efecto, a los años previos a la Primera Guerra Mundial, la desaparición de la República de Weimar o el «momento hamiltoniano europeo». Siempre hay similitudes en las circunstancias sociales y políticas, tenemos que tener en cuenta la historia y hay muchos acontecimientos, sobre todo preocupantes, que se repiten. Y debiéramos extraer más y mejores lecciones de ello. Sin embargo, no estamos en una situación comparable a la de los años 1910, y nuestros lazos europeos y el equilibrio continental que tenemos en este momento son mucho más fuertes que a principios del siglo XX. 

J. W.- Pasemos a la política exterior actual y comencemos con lo que considero el evento más importante de nuestra época actual, que es el final de los 100 años de la Pax Americana. Trump ha acentuado y exacerbado este cambio de un modo dramático, pero ya existía antes de su Presidencia. No nos equivoquemos: Estados Unidos sigue siendo una potencia formidable, pero en términos relativos su dominio y su capacidad de liderazgo económico, político y moral han disminuido considerablemente y esto queda patente en su frecuente impotencia para conformar la geopolítica de acuerdo con sus intereses. Estos últimos parecen desviarse cada vez más de los intereses que podríamos agrupar bajo el paraguas de las democracias liberales multilateralistas y, sobre todo, de Europa. Y aunque militarmente es una potencia insuperable, son muchos los que llevan algún tiempo cuestionando sus compromisos internacionales. 

  • ¿Está de acuerdo con mi afirmación sobre la Pax Americana
  • ¿Hay que repensar la relación entre Europa y Estados Unidos? ¿Cómo resolvemos el dilema que supone que no podamos hacer nada sin ellos, pero tampoco con ellos? 
  • Lo más importante en este contexto, en un mundo cada vez más polarizado, sobre todo en lo que se refiere al eje Estados Unidos-China, y cada vez más conflictivo y belicoso en cuanto a la forma de abordar los problemas mundiales es que comienza a parecerse desagradablemente a la Guerra Fría (aunque, afortunadamente, hasta ahora sin la amenaza de la destrucción mutua asegurada). 
  • En el mundo polarizado de la era de la Guerra Fría, uno recuerda el surgimiento del Grupo de los 77 (los países no alineados). ¿Cree que Europa puede desempeñar un papel en la dirección de un nuevo bloque de multilateralistas en la política mundial?
  • Por último, ¿cómo ve a Rusia en esta ecuación? 

J. B.- Estoy de acuerdo con su valoración respecto de la Pax Americana, también porque Estados Unidos han optado en los últimos años por replegarse cada vez más de su papel de liderazgo mundial. Es la primera vez que en una crisis mundial no ha habido un liderazgo de EE.UU. para afrontar la pandemia de la Covid-19. Su desvinculación de los marcos y acuerdos multilaterales –por ejemplo, la retirada de la Organización Mundial de la Salud en medio de la crisis del coronavirus, las sanciones contra miembros de la Corte Penal Internacional y, por supuesto, el abandono del PAIC (Plan de Acción Integral Conjunto) sobre el programa nuclear de Irán y el perjuicio a la acción mundial contra el cambio climático al renunciar al Acuerdo de París– son muy lamentables para nosotros los europeos.

En un mundo que se enfrenta a desafíos mundiales sin precedentes, una alianza transatlántica fuerte es más importante que nunca y nos gustaría trabajar estrechamente con nuestros amigos americanos. No cabe duda del compromiso de la Unión Europea con una asociación transatlántica eficaz, capaz de buscar soluciones conjuntas, promover los intereses compartidos y fortalecer el orden internacional basado en normas. Pero es evidente que las relaciones son más difíciles si al otro lado del Atlántico hay alguien que cree que la UE se creó para perjudicarles –lo cual me parece una interpretación completamente errónea– y toma decisiones que nos afectan sin tener en cuenta las preocupaciones y los intereses europeos.

También en relación con China y, precisamente porque estamos de acuerdo con Estados Unidos en muchos aspectos, lamentamos que los métodos escogidos últimamente en materia de política exterior estadounidense hayan tenido con frecuencia un carácter unilateral, sin consultar a la UE y, en ocasiones, perjudicando en el fondo nuestros intereses. El pasado mes de junio, propuse al secretario de Estado Mike Pompeo que estableciera un diálogo estructurado entre Estados Unidos y la Unión Europea sobre China y lo pusimos en marcha a finales de octubre. 

No se trata de equidistancia, siempre estamos más cerca de Estados Unidos que de China porque compartimos el mismo sistema político y económico y una larga historia, marcada por el apoyo decisivo que los norteamericanos proporcionaron para derrotar al nazismo y la posterior ayuda para reconstruir Europa. Y hemos colaborado para construir una Europa íntegra y libre.

Somos fruto del período de la Ilustración y compartimos un sistema político: la democracia, en la que el Gobierno rinde cuentas al pueblo. En cierto modo, somos primos políticos: ambos estamos comprometidos con el pluralismo político, los derechos individuales, la libertad de prensa y el sistema de contrapoderes institucionales. En Europa y Estados Unidos las elecciones son importantes. La combinación de esta historia compartida y de valores comunes crea, a priori, una estrecha afinidad entre nosotros. Pero nuestra respectiva percepción de los intereses no siempre coincide y cada uno tiene que examinar nuestras relaciones con China desde su propia perspectiva.  

Usted dice, y con razón, que asistimos a una intensificación de las tensiones entre Estados Unidos y China, que se están enfrentado por varias cuestiones. Las posiciones se están endureciendo y aumentan los defensores de la desconexión tanto en Washington como en Pekín. Independientemente de quién gane las próximas elecciones presidenciales en EE.UU., esta rivalidad entre los dos países será probablemente el principal vector de la política mundial. 

China se afianza cada vez más en la escena internacional. Ésta era ya la tendencia antes de la crisis actual, pero la pandemia la ha acentuado. Se ha vuelto más asertiva —incluso hay quienes dicen que agresiva— en su vecindad, especialmente en el mar de la China Meridional o en la frontera con la India. Asimismo, los dirigentes chinos no han dudado en dejar de lado los compromisos internacionales con la imposición de la Ley de seguridad nacional de Hong Kong. 

En Estados Unidos, el Gobierno actual ha tomado medidas para contener a China en lo que se refiere al comercio y a la tecnología, pero también a la seguridad. De hecho, hay incluso quienes hablan de una nueva guerra fría, refiriéndose a la competencia global entre los Estados Unidos y la antigua URSS tras la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, las circunstancias son diferentes estas veces, entre otras cosas por la afortunada ausencia de la amenaza de la destrucción mutua asegurada y porque la Unión Soviética nunca fue la potencia económica en la que China se está convirtiendo hoy en día.

En ese contexto, nosotros, como UE, tenemos que formular nuestro propio enfoque y tener claro cuál es nuestra posición. En varias ocasiones, he dicho que debemos seguir nuestro propio camino y actuar de acuerdo con nuestros propios valores e intereses. Esto no significa que debamos ser equidistantes de los dos protagonistas. Como acabo de decir, en muchos aspectos fundamentales estamos más cerca de Estados Unidos. Para la UE, China es un rival estratégico, pero eso no significa que debamos embarcarnos en una rivalidad permanente. También puede ser un socio.

Europa tiene un interés duradero por colaborar con China –aun cuando resulte difícil– en una serie de cuestiones globales en las que esta última desempeña un papel fundamental. Necesariamente tiene que formar parte de soluciones globales a problemas de escala planetaria, como la lucha contra la Covid-19 o la mitigación del cambio climático. Y al contrario que en Washington, en la Unión Europea no se observa ninguna tendencia aparente hacia una rivalidad estratégica que pudiera conducir a una especie de nueva Guerra Fría, ni hacia una amplia desconexión económica.

¿Si creo que Europa puede desempeñar un papel en el liderazgo del multilateralismo en la política mundial? Absolutamente sí. Tenemos que hacerlo debido a la creciente rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, un mundo en el que la interdependencia en general se está volviendo cada vez más conflictiva y una tendencia más generalizada a la competencia entre países y sistemas (en particular, con algunos de nuestros vecinos, como Rusia y Turquía, que parece que quieren volver a una lógica de imperios). Se nos pide que lo hagamos. Y para ello, la unidad es más necesaria que nunca.

Mientras el mundo se ha vuelto más multipolar, el multilateralismo se ha debilitado. Nunca ha sido tan alta la demanda de multilateralismo y tan escasa la oferta. Vemos la creciente parálisis del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la profunda crisis de la Organización Mundial del Comercio o, más recientemente, la de la Organización Mundial de la Salud, precisamente en un momento en el que los problemas mundiales, en especial la crisis climática o las cuestiones sanitarias, son cada vez más graves. 

Se puede decir que Europa está relativamente sola tratando de sostener el multilateralismo. Y, de hecho, muchos ciudadanos –en Europa, pero también en todo el mundo– nos miran como un líder sólido para defenderlo. La UE tiene un gran interés en mantener y desarrollar un orden internacional basado en normas en el marco de un multilateralismo eficaz, aunque otros intenten claramente debilitarlo. 

Los europeos tienen la impresión de que viven en un mundo cada vez más peligroso e impredecible. Deben tener la seguridad de que podemos ofrecer una respuesta europea útil y sólida, también habida cuenta del surgimiento de poderes autoritarios. Nosotros, como europeos, tenemos que hacerlo a nuestra manera, con todos los desafíos que esto conlleva. La manera europea incluye, sin duda, trabajar con socios afines (y hay muchos) con el fin de mantener la estabilidad del sistema multilateral, como un espacio necesario para la cooperación.

Para nosotros, el papel del multilateralismo sigue siendo el mismo: establecer condiciones de competencia equitativa entre los estados, independientemente de su posición en el sistema internacional. Su interés más importante consiste en establecer normas y estándares estables, aplicables a todos los actores. El multilateralismo es necesario para garantizar la protección de los bienes públicos mundiales contra el riesgo que suponen los planteamientos puramente de mercado o nacionales. El coronavirus es una buena ocasión para poner a prueba la solidaridad internacional y la capacidad de actuar de manera multilateral. Y nosotros, los europeos, hemos hecho mucho para evitar el nacionalismo en torno a la vacuna y para considerarla un bien público que sólo se puede proporcionar mediante un planteamiento multilateral.

La respuesta europea a los desafíos que afrontamos en la actualidad sigue siendo, en su esencia, multilateral. Somos multilateralistas por naturaleza y siempre hemos considerado el multilateralismo como una forma de templar la política del poder. De hecho, como dije anteriormente, la Unión Europea se basó en el rechazo de la idea misma de poder, por la que sufrimos demasiado. Y nuestra contribución financiera al sistema multilateral es considerable. Quizás, a veces no hacemos valer nuestro peso, pero en términos de compromiso multilateral no cabe duda de que financiamos por encima de nuestras posibilidades.
 

Tenemos que seguir afirmando los principios y normas universales. Debemos continuar su defensa frente al auge del relativismo cultural o político. Somos testigos del intento de un buen número de países de restablecer un relativismo de los derechos con la excusa del respeto de la diversidad y tenemos que invertir políticamente en todos los foros relacionados con los derechos humanos, en particular cuando esos derechos se ponen en entredicho a través de las nuevas tecnologías; y ya sabe a qué me refiero.

Y a la hora de reunir a los estados afines, a aquéllos que comparten intereses y preferencias comunes sobre la forma de organizar el sistema internacional, no podemos reunir a todos para todo. Tenemos que empezar reuniendo a quienes, a nivel geoestratégico, les preocupa en la actualidad la rivalidad chino-estadounidense y el riesgo que supone para terceros países y, en particular, para nosotros. Es importante que unamos fuerzas y formulemos propuestas comunes en todos los sectores en los que no exista un acuerdo multilateral sólido: inteligencia artificial, cibernética, desinformación o datos de internet. En todos estos ámbitos del futuro, ya sea la cibernética o la inteligencia artificial, existe un vacío normativo que hay que llenar; de lo contrario, todos defenderán sus estrechos intereses e impondrán sus normas.

Por último, para rehabilitar el multilateralismo debemos organizar una regulación global tema por tema. En todas las cuestiones pertinentes, es necesario crear coaliciones específicas sobre una base que no sea multilateral, sino plurilateral. Es lo que ocurre hoy en día en el marco de la Organización Mundial del Comercio. Y es evidente que estas nuevas modalidades de multilateralismo presuponen un compromiso político y buena fe, lo que no siempre ocurre.

Los europeos tenemos que trabajar en dos frentes. Tenemos que desarrollar nuestro liderazgo mediante la promoción del multilateralismo y el desarrollo de nuevas asociaciones y, al mismo tiempo, aumentar nuestra autonomía estratégica. Son las dos caras de una misma moneda. 

J.W.- Usted ha afirmado antes: «¿Si creo que Europa puede desempeñar un papel en el liderazgo del multilateralismo en la política mundial? Absolutamente sí». ¿Prevé un enfoque institucional, la creación de un bloque multilateralista en la política mundial, liderado por Europa, o se trataría de una evolución orgánica? 

J. B.- La creación de la mayoría de las instituciones multilaterales tal y como existen hoy en día se remonta al período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, el mundo ha cambiado profundamente, los equilibrios geopolíticos, económicos y políticos se han modificado y China y otros países tienen razón cuando consideran que las instituciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial no reflejan los equilibrios geopolíticos actuales. Además, han surgido desafíos mundiales muy nuevos, como la crisis ecológica y la revolución digital. 

En la actualidad, se cuestiona con frecuencia la eficacia del sistema multilateral y de sus instituciones. Ya sea en el ámbito del cambio climático o del control de las armas, o bien en el de la seguridad marítima o los derechos humanos, y en muchos más, se ha debilitado la cooperación mundial, se han abandonado acuerdos internacionales y se ha minado, o aplicado de manera selectiva, el Derecho internacional. Mucho de lo que hemos construido en las últimas décadas necesita revisión y reformas. 

¿Significa esto que hay que hacer borrón y cuenta nueva respecto del pasado para empezar de nuevo? No lo creo. A pesar de sus muchas debilidades, el multilateralismo de la posguerra ha producido muchos resultados significativos en términos de paz, lucha contra el hambre y la pobreza, estabilidad y progreso general. Debemos aprovechar sus logros para pasar a la siguiente etapa. 

Un mundo regido por normas acordadas es la base de nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestras libertades compartidas. Un orden internacional basado en normas hace que los estados sean seguros, que las personas sean libres y que las empresas quieran invertir, y garantiza la protección del medio ambiente.

Estoy convencido de que Europa debe desempeñar un papel central en la remodelación y mejora de nuestro orden internacional basado en normas. Debemos revitalizar el sistema, no abandonarlo. En esto, defendemos el espíritu de Naciones Unidas. Un mundo sin Naciones Unidas nos pondría a todos en peligro.

J. W.- Pasemos a Oriente Medio. Sería grosero no dar la bienvenida a los nuevos acuerdos de normalización firmados entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos. Pero, al mismo tiempo, este acuerdo no sólo no ha resuelto el problema palestino, sino que, en opinión de muchos, puede incluso exacerbarlo. En este escenario se ha criticado a Europa por su incapacidad o su falta de disposición a ejercer toda su influencia más allá de las míticas declaraciones, dejando el espacio a Estados Unidos que, bajo Obama, dio la espalda al problema y mostró su impotencia en algunos aspectos y, bajo Trump, han sido muchos los que han declarado el acuerdo del siglo muerto nada más nacer. 

  • Aunque imaginemos una Europa unida y decidida, ¿cree usted que existe una posible estrategia europea constructiva para este problema? 
  • Incluso entre prominentes palomas israelíes cada vez está más extendida la opinión de que, habida cuenta de los cambios demográficos (un eufemismo para los asentamientos), la solución de dos estados ya no es viable. ¿Tiene usted una opinión al respecto? 
  • ¿Ha reconsiderado el embrollo de Irán, que parece dirigirse hacia una nueva crisis? 

J. B.- Para muchos de nosotros en Europa, la relación con Israel y Palestina es bastante personal. Para mí, por ejemplo, es una vieja relación. Después de terminar la universidad en 1969, trabajé en un kibutz cuando el Estado de Israel todavía se estaba construyendo a sí mismo. Viajé por todo el país y los Territorios Palestinos Ocupados, desde los Altos del Golán, Galilea, Hebrón hasta Eilat, y conocí a mi primera esposa en el kibutz Gal On el mismo día en que Estados Unidos aterrizó en la Luna, aunque no era judía sino una estudiante francesa. Ése fue mi primer contacto con el conflicto entre israelíes y palestinos que aún perdura.

Como europeo, me recordó la naturaleza a menudo trágica de la historia humana y la necesidad de buscar soluciones pacíficas a los conflictos. Mi familia y yo regresamos muchas veces y, en 2005, hablé ante la Knéset como presidente del Parlamento Europeo, recordando el compromiso de la UE con la seguridad de Israel tras la segunda intifada. En esos momentos, todavía existía un sentimiento compartido de esperanza de que, a pesar de los reveses, se podía lograr la solución de dos estados. Pero no fue así y, en lugar de celebrar la paz, fui testigo del bombardeo masivo de Gaza y de las terribles condiciones de vida de sus habitantes. 

La UE y sus estados miembros, hemos sido siempre muy activos a la hora de apoyar los esfuerzos de las dos partes para lograr una solución. Ayudamos a desarrollar las instituciones palestinas para preparar la creación de un Estado, con un apoyo financiero que ahora alcanza más de 600 millones de euros al año.

También comprendemos las preocupaciones israelíes y estamos comprometidos con su seguridad, que para nosotros no es negociable. La UE invierte en una cooperación que beneficia a ambas partes, en cuestiones que van desde la lucha contra el terrorismo hasta la investigación, desde el turismo hasta el medio ambiente. Debiéramos buscar formas de fomentar esto y desarrollar aún más nuestras relaciones.

Una vez que el proceso político se paralizó, el conflicto y la consolidación de la ocupación pasaron a formar parte de la vida cotidiana. En los últimos años, se han producido pocos avances o ninguno. Pero la situación actual no ofrece respuestas satisfactorias y no es sostenible. La dura verdad es que sólo un retorno a negociaciones reales puede ofrecer a israelíes y palestinos aquello que con todo derecho anhelan: la paz y la seguridad duraderas.

Para nosotros, en Europa, resulta doloroso observar que está en peligro la perspectiva de la solución de dos estados, la única manera realista y sostenible de poner fin a este conflicto. Las perspectivas de anexión, afortunadamente bloqueadas por el momento pero que aún no están definitivamente abandonadas, significarían el fin de esta solución. Para nosotros, la anexión violaría el Derecho internacional y estamos utilizando todas las oportunidades que se nos presentan con el Gobierno israelí para explicárselo con un espíritu de amistad.

La anexión afectaría no sólo a los palestinos, sino también a los israelíes, a la vecindad más amplia e incluso a nosotros. Toda violación del Derecho internacional, en particular cuando implica la anexión de territorios, tiene consecuencias para el orden internacional basado en normas; por tanto, también puede afectar negativamente a otras zonas de conflicto.

La anexión no es la manera de construir la paz con los palestinos ni de mejorar la seguridad de Israel. No fortalecerá el proceso de negociación, como algunos han sugerido. Las negociaciones deben comenzar sobre la base de los parámetros internacionales, y desarrollarse a partir de éstos. ¿Está Israel en condiciones de asumir la responsabilidad de millones de palestinos que viven en Cisjordania con todas las consecuencias políticas y sociales? En resumen, no sólo no resolvería ningún problema, sino que crearía más, en particular en lo que se refiere a la seguridad.

Por último, ni los palestinos ni los israelíes se van a ir a otra parte; por tanto, deben encontrar una manera de lograr la paz entre ellos. Y existen ejemplos de cooperación entre las dos partes, que se deberían elogiar e intensificar, y no menoscabar. En el debate internacional sobre la cuestión, un número creciente de personalidades y organizaciones judías importantes también han expresado este punto de vista.

La paz no se puede imponer, se debe negociar, independientemente de lo difícil que pueda ser. La paz también puede ofrecer nuevas posibilidades para que las relaciones entre la UE e Israel sigan creciendo, lo cual es prioritario para la Unión y debería ser el elemento central de nuestros esfuerzos. Existe un vínculo fuerte entre Israel y Europa y queremos reforzarlo y profundizar aún más en nuestras relaciones, no ver cómo se debilitan. 

En cuanto a Irán, el Plan de Acción Integral conjunto (Paic), concluido hace cinco años, está en una situación crítica tras el restablecimiento de las sanciones por parte de Estados Unidos y el retorno de Irán a las actividades de enriquecimiento. Sin este acuerdo, Irán ya habría desarrollado armas nucleares, añadiendo así otra fuente de inestabilidad a una región volátil. Antes de que se desperdicien dos décadas de diplomacia, todas las partes involucradas deben alejarse del precipicio.

Actualmente, el Paic es objeto de una gran presión en varios frentes. Tengo el convencimiento de que la acción para preservarlo no sólo es necesaria, sino urgente; al menos por dos razones. En primer lugar, fueron necesarios más de 12 años para que la comunidad internacional e Irán resolvieran sus diferencias y concluyeran un acuerdo. Si desaparece el Paic, no habrá ninguna otra alternativa global o eficaz esperando a la vuelta de la esquina.

Las preocupaciones de la comunidad internacional respecto al programa nuclear iraní vienen de lejos. Las conversaciones para sentar las bases de una solución negociada se iniciaron en 2003 a iniciativa de los ministros de Asuntos de Exteriores alemán, francés y británico, a quienes pronto se sumó el entonces alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Javier Solana. Él y sus sucesoras, Catherine Ashton y Federica Mogherini, siempre mantuvieron la puerta abierta a una solución diplomática. Y después de muchas vicisitudes, el Paic se convirtió finalmente en una realidad.

Sin perseverancia diplomática, el acuerdo no habría sido posible. Se requería la plena aceptación no sólo de Estados Unidos, sino también de Rusia, China y, por supuesto, de Irán. El acuerdo final era sólido. En más de 100 páginas y con varios anexos, establecía todos los pormenores para una clara contrapartida: Irán respetaría estrictas limitaciones en su programa nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones económicas y financieras relacionadas con el ámbito nuclear.

El Paic está consagrado en el Derecho internacional mediante la Resolución 2231 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de plena aplicación. Constituye un excelente ejemplo de lo que la diplomacia europea y un multilateralismo eficaz pueden lograr en el marco del orden internacional basado en normas. Pero el proceso que lo precedió fue largo y difícil, lo cual excluye en la práctica que haya otra posibilidad de acuerdo.

En segundo lugar, el Paic no es un mero éxito simbólico. Ha cumplido las expectativas y ha demostrado su efectividad. Gracias al nivel de acceso sin precedentes previsto para el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), éste pudo confirmar en 15 informes de seguimiento consecutivos, entre enero de 2016 y junio de 2019, que Irán había cumplido todas sus obligaciones derivadas del acuerdo.

Así pues, Europa y otros socios levantaron las sanciones, tal y como se especificaba en el mismo. Se puso fin al aislamiento internacional de Irán y se crearon las condiciones necesarias para restablecer la normalidad en las relaciones económicas y comerciales del país con el resto del mundo. En mayo de 2018, sin embargo, Estados Unidos decidió retirarse del Paic y reactivar las sanciones en el marco de una nueva estrategia de presión máxima.

A pesar de que la reactivación de las sanciones estadounidenses tuvo efectos negativos claros en la economía y la población de Irán, este país mantuvo su adhesión al acuerdo durante otros 14 meses más. Pero ahora Irán está acumulando de nuevo niveles preocupantes de uranio enriquecido y adquiriendo nuevos conocimientos en materia nuclear. El Paic se está debilitando aún más y vuelven a aflorar los temores del pasado. 

En el mes de enero, Alemania, Francia y el Reino Unido expresaron formalmente su preocupación por la reanudación de las actividades de enriquecimiento de Irán y le instaron a retomar el pleno cumplimiento. También Irán manifestó, por su parte, su preocupación por no haber recibido los esperados beneficios económicos del levantamiento de las sanciones.

En mi calidad de coordinador actual del Paic, seguiré trabajando con el resto de los participantes en el acuerdo, así como con toda la comunidad internacional. Haremos todo lo posible para preservar lo que logramos hace cinco años y velar por que el acuerdo siga siendo efectivo.

Es importante recordar que el programa nuclear iraní continúa bajo control estricto y se comprueba constantemente su carácter pacífico. Gracias al régimen de inspecciones del OIEA seguimos teniendo un gran conocimiento sobre el programa nuclear iraní, incluso en las actuales circunstancias. Si, no obstante, el acuerdo desapareciera, perderíamos esa perspectiva y retrocederíamos dos décadas.

Creo firmemente que el Paic se ha convertido en un componente clave de la arquitectura mundial para la no proliferación, por lo que reitero mi llamamiento a todas las partes para que sigan comprometidas con su plena aplicación. Irán, por su parte, debe volver al cumplimiento pleno de sus obligaciones en materia nuclear; pero también debe poder aprovecharse de los beneficios económicos previstos en el pacto. Las sanciones extraterritoriales de Estados Unidos han disuadido a la mayoría de las empresas europeas de participar en el comercio y las inversiones con Irán. Hemos creado un mecanismo, Instex, para proteger a las empresas europeas de estas sanciones estadounidenses, pero sin resultados suficientes para satisfacer las expectativas iraníes de un comercio legítimo.

Debemos volver a una dinámica más positiva. Cuando llegue el momento, tenemos que estar preparados para consolidar el acuerdo. La UE está preparada, pero el primer paso es proteger el acuerdo nuclear con Irán tal cual, en su integridad, y que todas las partes cumplan plenamente sus obligaciones.

J. W- Llegamos finalmente a la Covid-19, que acaba de añadir más complejidad a todos los temas tratados hasta ahora. 

  • Permítame comenzar con lo prosaico: ¿hasta qué punto la Covid-19 ha obstaculizado realmente, desde un punto de vista operativo, la capacidad de la Comisión en general y del Servicio de Acción exterior en particular, para llevar a cabo sus tareas de una manera efectiva? 
  • A fin de cuentas, a pesar de todos los interrogantes pendientes y las cuestiones no resueltas, Europa se enfrentó al reto y, con los correspondientes rituales habituales de reuniones nocturnas y retrasos en los plazos, elaboró un paquete que no sólo era respetable, sino que abrió nuevos caminos para afrontar este profundo y duradero problema estructural que representa el desajuste entre las responsabilidades de la Unión y las expectativas depositadas en ella, así como sus propios recursos para gestionarlas. Para algunos, el acuerdo fue demasiado lejos y, para otros, no lo suficiente, pero la creencia general es que el fracaso habría provocado una crisis de confianza sin precedentes. Pero el proceso mostró (y tal vez acentuó) algunos problemas profundos inquietantes. Desde mi punto de vista, el primero de ellos fue una dolorosa demostración del fracaso del proyecto de ciudadanía. La solidaridad mostrada se produjo a nivel intergubernamental. A nivel popular, cuando la Covid-19 golpeó nos convertimos repentinamente en, digamos, franceses y españoles (‘este medicamento es mío’ o ‘por qué debería pagar por su desgracia’) y no en ciudadanos europeos con un sentimiento profundo de empatía y solidaridad que, normalmente, cabría esperar de los ciudadanos de una organización política. ¿Está de acuerdo? 
  • Y de la misma manera, la brecha entre las competencias monetarias y la impotencia fiscal quedó al descubierto como nunca antes. Existen límites sobre hasta dónde se puede empujar al Banco Central Europeo sin que, finalmente, su credibilidad y legitimidad se vean comprometidas. ¿Puede imaginar un escenario que rompería el tabú de la fiscalidad europea? 
  • Y, por supuesto, ¿qué ‘moralejas’ diría que fueron las más importantes de la crisis de la Covid-19 para el escenario geopolítico? 

J. B.- Para empezar con la pregunta sobre cómo la pandemia ha cambiado la forma en que trabajamos: debo admitir que estoy muy cansado de las interminables videoconferencias y las muchas dificultades que esto conlleva. Por supuesto, las técnicas (¿Puede oírme…?, Por favor, desactive el micrófono…, Lo siento, hemos perdido la conexión…) y, más en serio, por supuesto, la ausencia importante de un elemento central de la diplomacia y de la negociación, la reflexión y el debate: sentarse juntos en una sala y alrededor de una mesa, mirarse a los ojos cuando se debaten asuntos serios y encontrar un espacio para el debate de ideas y no hablar con todos al mismo tiempo.

Con respecto a las moralejas de la crisis de la Covid-19 y el escenario geopolítico, hay muchas, por supuesto. Algunas están muy claras y otras permanecen abiertas. En general, no hay duda de que está conformando nuestro mundo. Aún no sabemos cuándo acabará la crisis, pero podemos estar seguros de que para cuando lo haga, nuestro mundo será muy diferente y, probablemente, no para mejor.

Se trata de una crisis global que crea olas que afectan a todos los aspectos de la vida, con consecuencias para la salud, la economía, la seguridad, el estrés social y el malestar político. El impacto será muy asimétrico y la crisis acelera y magnifica lo que ya veíamos que sucedía antes, y lo hace principalmente en tres niveles.

En primer lugar, el orden liderado por Occidente en crisis. Como ya he mencionado, el actual Gobierno estadounidense básicamente se ha retirado del orden mundial a cuya construcción había contribuido Estados Unidos. Es la primera gran crisis mundial en la que este país no está a la cabeza y China, por su parte, no sólo es cada vez más asertiva, sino también nacionalista. Ciertamente, es un factor real de poder global, pero transaccional y deficitario en lo que se refiere a un poder blando genuino.

En segundo lugar, tenemos esta verdadera crisis del multilateralismo: el G-7 y el G-20 están ausentes; el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas está paralizado y muchas organizaciones técnicas se han convertido en espacios en los que los países compiten por la influencia. ¿El resultado? En un mundo más multipolar que multilateral, vemos desigualdades y divergencias crecientes, tanto en Europa como a nivel mundial.

En tercer lugar, la capacidad de los países para afrontar los desafíos que plantea la pandemia es muy diferente. A escala internacional, observamos las tensiones entre el respeto por la Ciencia y la elaboración de políticas basadas en datos contrastados, por un lado, y el continuo recurso al nacionalismo y a las políticas autoritarias, por otro. 

Ninguna de estas tendencias es nueva en sí misma. Es la combinación de todas ellas lo que hace que la situación sea tan difícil. Cualquier diagnóstico debe ser serio y realista. Pero también debemos evitar el fatalismo y la parálisis. Nuestro legado dependerá de nuestra capacidad para garantizar la recuperación socioeconómica de la crisis actual de la Covid-19 y para proyectar un papel más eficaz de Europa en el mundo. Persevero en este objetivo ayudando a aprovechar el potencial que encierran los instrumentos de la Comisión y el SEAE con las acciones conjuntas de los estados miembros en el seno el Consejo.

La Unión Europea se ha visto muy afectada por la crisis de la Covid-19. Al principio, se encontró con serias dificultades para coordinar las respuestas sanitarias de sus estados miembros. Varios de ellos, Italia y España en particular, están entre los más afectados del mundo. No obstante, las firmes medidas adoptadas posteriormente en el marco de la Unión Europea han aumentado su resiliencia y han proporcionado nuevos instrumentos, aunque en realidad estamos sufriendo una segunda ola de la pandemia. El modelo social europeo ha demostrado que está bien adaptado para afrontar este tipo de crisis, tanto en términos sanitarios como económicos, gracias a sus sistemas de seguridad social, que son los más desarrollados del mundo: ha permitido atender a toda la población europea preservando, al mismo tiempo, los ingresos y los puestos de trabajo de la mayoría de los europeos. En materia de política monetaria y presupuestaria, Europa ha reaccionado con mucha más rapidez y fuerza que en crisis anteriores. 

Sin embargo, la crisis sanitaria y económica ha afectado a los diferentes países de la Unión de formas muy diferentes. Y muchos de los más afectados también se encontraban entre los países que ya habían resultado más duramente golpeados durante la crisis de 2008 y sus rebrotes. En muchos casos, todavía no se habían recuperado plenamente y, en particular, habían acumulado una gran deuda pública, lo cual limitaba su capacidad para responder a la crisis. La política monetaria, por su propia naturaleza, no permite un tratamiento diferenciado de los diferentes países de la zona euro. Por consiguiente, la crisis actual corría el riesgo de ampliar aún más las brechas dentro de la UE y de la eurozona

Por ello, era esencial establecer transferencias para apoyar en particular a los países más afectados. Esto es lo que propuso la Comisión, tras la iniciativa de Angela Merkel y Emmanuel Macron de mayo pasado, con el Instrumento Europeo de Recuperación (Next Generation EU), aprobado por el Consejo Europeo en julio pasado. 

Hay que reconocer que el volumen de estas transferencias se ha reducido algo como consecuencia de unas negociaciones difíciles. El presupuesto europeo se ha recortado en algunas partidas importantes para el futuro y para que el acuerdo entre en vigor aún debe ser aprobado por el Parlamento Europeo y ratificado por los 27 parlamentos nacionales. En particular, están pendientes de resolver la cuestión de la condicionalidad asociada al respeto del Estado de derecho y la cuestión de los recursos propios para permitir el reembolso de los préstamos conjuntos. 

No obstante, aunque sea imperfecto, este plan de recuperación rompe algunos tabúes importantes. En primer lugar, permite a la Unión asumir niveles significativos de deuda en los mercados financieros (750.000 millones de euros, seis puntos del PIB de la Unión) y organiza importantes transferencias financieras entre países (390.000 millones de euros). Por tanto, está empezando a solucionar las deficiencias peligrosas que todavía existían en la arquitectura de la construcción europea, aunque algunas ya se habían subsanado tras la crisis de 2008-2010.

Si Europa continúa con la dinámica de reforzar su solidaridad y cohesión interna iniciada con este plan de recuperación, podría, en particular, encontrarse por primera vez en una posición mejor que la de Estados Unidos al final de una crisis

Sin embargo, esto impone una gran responsabilidad a Europa. En primer lugar, debe contribuir a movilizar a los países más ricos para ayudar a los del sur que cuentan con menos medios para superar esta crisis. No se trata sólo de una cuestión de solidaridad; también de un interés propio bien entendido: si los europeos consiguen encontrar los medios para afrontar la crisis en el plano interno, pero a los países circundantes les desestabiliza gravemente, inevitablemente Europa terminará también desestabilizándose. Esto implicaría gestionar la deuda externa de esos países e intensificar los esfuerzos de reestructuración y condonación que ya están en marcha. Quienes, entre China, Estados Unidos y Europa, sean los más proactivos en este ámbito en las circunstancias actuales, se apuntarán un tanto para el período posterior a la crisis. 

Corresponde a Europa movilizar a otras democracias para defender y promover los derechos humanos fundamentales y los valores democráticos en la escena internacional. Ya sea en Hong Kong, Sudán o Bielorrusia, los acontecimientos de los últimos meses han confirmado, por si había alguna necesidad de ello, cuán universales siguen siendo estas aspiraciones y cuántas personas de todos los continentes que se ven privadas de sus derechos aspiran a ellos tan pronto como logran liberarse del peso de la represión. Por supuesto, esto implica buscar el diálogo con Estados Unidos con el fin de reducir la tentación del aislacionismo, pero también colaborar más estrechamente con Japón, Corea del Sur, Canadá, México o Australia.

Esta nueva movilización de las democracias debe tener por objeto defender y promover un multilateralismo renovado, adaptado al mundo del siglo XXI y a sus retos. La pandemia de la Covid-19 ha demostrado que, más que nunca, necesitamos este tipo de multilateralismo: mientras no dispongamos de una vacuna, únicamente podremos controlar esta enfermedad si se mantiene a raya en todas partes. De lo contrario, siempre tendremos la amenaza del retorno de la pandemia. 

Esta crisis también ha demostrado cómo nos hemos vuelto totalmente interdependientes. Asimismo, necesitamos urgentemente reconstruir el multilateralismo en este ámbito mediante la reforma de la Organización Mundial del Comercio. 

Por último, la crisis actual no debe hacernos olvidar la gravedad de la amenaza que representan las crisis ambientales, ya sea el cambio climático o la pérdida de biodiversidad, para el futuro de la humanidad. Y podemos estar seguros de que, en lo que respecta al cambio climático, no va a haber ninguna vacuna que nos proteja contra el aumento de las temperaturas. Tenemos que aplanar la curva de las infecciones, pero también la curva de las emisiones. Para ello, necesitamos una acción mundial firme y estrechamente coordinada decidida en un marco multilateral. Incluso si la UE lograra eliminar sus emisiones por completo, el problema seguiría sin resolverse, ya que la Unión Europea es únicamente responsable del 7 % de la emisión mundial de gases de efecto invernadero. 

J. W.- Detrás del AR/VP también está Josep Borrell, la persona. ¿Compartiría con nuestros lectores su: ¿autor o libro favorito? 

J. B.- ¿Sólo uno? Eso es imposible. Leo mucho y con pasión. Tengo muchos autores y libros favoritos, sobre todo de no ficción. Pero permítame intentar mencionar algunos favoritos, al menos en cuanto a novelas. Me gustan mucho las históricas, como por ejemplo Inés del alma mía, de Isabel Allende, la trilogía de William Ospina El país de la canela y, por supuesto, Gabriel García Márquez. Entre las grandes obras que son importantes para mí se encuentran los libros de Stefan Zweig El mundo de ayer y Momentos estelares de la humanidad, que de alguna manera fueron mi primera lectura sobre la política y los acontecimientos mundiales cuando tenía solo 15 años. Más recientemente, he disfrutado con la lectura de La caída de los gigantes, de Ken Follett. 

J. W.- ¿Su lugar de vacaciones favorito? 

J. B.-Mi pequeña casa en los Pirineos, en el valle de Bohí-Taüll, donde hay muchas iglesias del siglo XI que han sido declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco. Apenas poblado, con maravillosas montañas que con frecuencia están nevadas y hermosos colores otoñales. Es el lugar perfecto para practicar mi afición por el senderismo.    

J. W.- ¿Su plato favorito?

J. B.- Tengo que admitir que no soy ni un gran cocinero ni un verdadero gourmet, y que soy bastante fácil de satisfacer cuando se trata de comida. Sin embargo, entre mis favoritos está un plato frío que es pan tostado con tomate y jamón, al estilo catalán: me refiero al pa amb tomàquet. Un plato caliente que me gusta son los espaguetis con huevos fritos, que también es algo que puedo preparar bastante bien yo mismo y que forma parte de mi autonomía estratégica.

J. W.- Gracias. 

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