Brexit means… ¿esto?

Habemus textum. Ayer nos acostábamos con la noticia de que al fin británicos y (el resto de) comunitarios alcanzaban un acuerdo del que se han ido conociendo algunos detalles a lo largo del día. De hecho, hace apenas unos minutos se ha publicado el contenido de este documento. Consta de, atención, 585 páginas (lógicamente, no hemos tenido tiempo de revisarlo), y ha venido acompañado de un outline of the political declaration (este, a diferencia del anterior, sin validez jurídica, pero importante por lo que apunta de la relación futura). Tras mucha incertidumbre sobre cuándo se haría público, la Comisión Europea ha acabado optando por hacerlo a última hora, cuidándose mucho de que primero se hiciese oficial el apoyo del Gabinete de Theresa May al mismo. Barnier y su equipo no podían arriesgarse a que el acuerdo descarrilase a las primeras de cambio.

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Hasta aquí podría parecer, al menos para los que no siguen de cerca la problemática del Brexit, que todo está más o menos resuelto. Nada más lejos de la realidad. Ahora empieza lo duro. La situación no está, ni de lejos, controlada en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. La propia Theresa May ha dicho en su declaración que lo que viene por delante son “días difíciles”. Parafraseando al célebre filósofo griego Sócrates, podemos decir que solo sabemos que no sabemos nada acerca de qué va a suceder con el Brexit. Todas las opciones están todavía abiertas, desde que se acabe aprobando el acuerdo de la Primera Ministra hasta que se produzca un No Acuerdo (provocado por el Parlamento británico), pasando por elecciones y/o un segundo referéndum que neutralizasen el resultado del primero.

Cuando May decía aquello de “Brexit means Brexit” parecía que se trataba de una mera tautología. Pero con el Brexit nada es lo que parece. A la salida de la Unión Europea había que ponerle nombre y apellidos. Cierto es que cualquiera de las opciones posibles era mala, dado que se trataba de negociar la limitación de daños causada por la decisión del pueblo británico. Siendo plenamente consciente del impacto que tendría, y tras establecer unas líneas rojas que presuponían un Brexit duro (salida del Mercado Interior y de la Unión Aduanera), Theresa May ha buscado hacer una cuadratura del círculo que le permitiese vender su éxito en “taking back control” y redujese las consecuencias económicas negativas, impidiendo a su vez la creación de una frontera dura en Irlanda del Norte. La conjunción de estos elementos, tal y como se ha demostrado, era sencillamente imposible.

Tras resolver las cuestiones financieras y las relativas a los derechos de los ciudadanos en diciembre del pasado año, parece que finalmente se ha solventado la cuestión más delicada que quedaba en la negociación: cómo evitar la creación de una frontera dura entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte. Esto se hará a través del compromiso de que el Reino Unido permanezca en su conjunto en la Unión Aduanera (además de una serie de provisiones específicas para Irlanda del Norte), probablemente más allá de 2020. Según el acuerdo de May, el Brexit se producirá (si nada cambia) el 30 de marzo de 2019, pero el ciudadano británico no se despertará en un mundo diferente hasta que no se produzca el final del período de transición. Durante ese período, el Reino Unido seguirá contribuyendo económicamente al proyecto comunitario, aplicando las normas europeas y respetando la libre circulación de personas, además de no poder firmar nuevos acuerdos comerciales. Exacto, estamos hablando de “taxation without representation”. Aparentemente, no es un gran acuerdo, pero es la única forma en que haya frictionless trade, tal y como ha argumentado Peter Mandelson en el Financial Times.

Esto es algo verdaderamente difícil de asumir para los detractores de May, muy numerosos y de diversas procedencias. Los dimitidos Boris Johnson, David Davis y el líder del European Research Group, Jacob Rees-Mogg, todos ellos fervientemente brexiteers, han anunciado su oposición al mismo argumentando que el Reino Unido se convertiría en un “Estado vasallo”. Por su parte, el DUP norirlandés o los laboristas de Jeremy Corbyn tampoco se han mostrado partidarios del acuerdo, lo que hace que Theresa May se encuentre ante una misión casi imposible por delante para lograr el apoyo del Parlamento británico. Mañana mismo se dirigirá a él con un mensaje en el que vendrá a decir básicamente que “o apoyan su acuerdo, o lo que se viene es el caos”. El miedo a unas nuevas elecciones, donde pudiera vencer Corbyn, detestado por muchos Tories, podría llevar al Partido Conservador a unirse en bloque en torno a su líder. No obstante, ni aún así (y el citado es un escenario posible, aunque no demasiado probable), tendría garantizado que los Comunes aceptaran su visión del Brexit. Su gobierno minoritario seguiría necesitando de, o bien los diputados del DUP, o bien de algunos laboristas rebeldes. Ni que decir tiene que nada de esto suena remotamente parecido a lo prometido en la campaña del referéndum.

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