Bush padre y su legado en política exterior

El fallecimiento de George H.W. Bush implica la desaparición de uno de los dirigentes políticos más relevantes de las últimas décadas. Un líder político que marcó su impronta en la política exterior estadounidense, a caballo entre la política de competición entre potencias por la seguridad y el poder característica de la Guerra Fría y el mundo unipolar que se abría de una manera relativamente optimista en los años 90.

Destacado patricio de Nueva Inglaterra, Bush padre fue un dirigente político caracterizado por su amplia experiencia en la política exterior estadounidense. Vinculado en cierta medida a la concepción realista de la política exterior defendida por Nixon y Kissinger, Bush padre ocupó en su larga carrera puestos tan destacados como el de Embajador en Naciones Unidas, embajador de facto ante la República Popular China, Director de la CIA e incluso vicepresidente de los Estados Unidos con Ronald Reagan.

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Toda esta amplia experiencia en política internacional sería utilizada cuando, después de ganar las elecciones de 1988, se convertiría en el 41 presidente de los Estados Unidos.

Una vez llegado al poder, Bush padre elaboraría un experimentado equipo en materia de política internacional que llevaría a cabo los importantes logros conseguidos durante su mandato. Entre ellos cabe destacar a Brent Scowcroft como consejero de Seguridad Nacional, una de las figuras más cercanas al presidente, quien ya había ejercido dicho cargo con Gerald Ford y con quien escribiría sus memorias de forma conjunta. Asimismo, cabe destacar a James Baker como secretario de Estado, Dick Cheney como secretario de Defensa o Colin Powell como Jefe de las Juntas de Estado Mayor.

También estuvieron presentes figuras de segunda fila que protagonizarían los debates de la política exterior de Estados Unidos en el futuro, tal y como fueron Paul Wolfowitz, Condoleezza Rice o el actual presidente del Council on Foreign Relations, Richard Haass. Paradójicamente, gran parte de sus protagonistas se encontrarían de nuevo en el poder a partir de 2001 para diseñar y ejecutar una política exterior firmada por otro presidente Bush, pero completamente opuesta.

Su política exterior priorizó la defensa de los intereses de seguridad estadounidenses y del statu quo, si bien se asentó instrumentalmente y de manera muy eficaz sobre el derecho internacional y el multilateralismo a la hora de cumplir con los objetivos marcados. El eslogan del “Nuevo Orden Mundial” con la que se identificó su doctrina y que fue acuñada originalmente por Gorbachov daría imagen a una política exterior que, sin embargo, continuó gran parte de las líneas seguidas por Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Dos fueron los grandes logros de Bush padre en política exterior. El primero lidiar con la caída de la URSS y la independencia de los nuevos Estados, priorizando la estabilidad, dados los potenciales riesgos que semejante cambio político implicaba. El segundo, la participación estadounidense en la Guerra del Golfo, a efectos de garantizar el statu quo y la pervivencia del equilibrio del poder en una región estratégicamente tan relevante.

Después de la invasión por parte de Saddam Hussein de Kuwait, la Guerra del Golfo marcaría un nuevo modelo de usar la fuerza, acorde tanto con el derecho internacional como con los postulados de la conocida como doctrina Powell. Una doctrina militar elaborada por el futuro secretario de Estado para evitar nuevos conflictos como el de Vietnam y que consistía en atacar con grandes medios mientras se mantenía una estrategia de salida. La construcción de una gran coalición que expulsó al ejército iraquí en tanto se renunció a la, en su momento tan controvertida decisión de no derribar el régimen de Saddam, se asentaron sobre dicha base.

Cuando en sus memorias, tanto Bush padre como Brent Scowcroft plantearon las razones de la decisión de no seguir adelante con el cambio de régimen, puede observarse la lucidez del análisis, dados su coincidencia con lo que finalmente acontecería cuando su hijo tomase la polémica decisión, criticada públicamente por Scowcroft, de intervenir en Irak en el año 2003.

Otro hecho vinculado a su política exterior fue la decisión de intervenir frente al presidente de Panamá, el general Noriega, al que se acusaba de tener vínculos con el narcotráfico.

No todas sus decisiones fueron tan lúcidas. Después de perder las elecciones frente a Bill Clinton, Bush padre decidió participar en una misión considerada humanitaria y de bajo riesgo que diese lustre a su final de mandato como fue la de colaborar en la misión de Naciones Unidas en Somalia. Esta decisión llevaría al incidente del Black Hawk derribado y a la aparición de un nuevo unilateralismo estadounidense con la Administración Clinton, que pondría fin las grandes intervenciones multilaterales características de su mandato.

A pesar de sus indiscutibles éxitos en política exterior, cabe destacar dos paradojas interesantes derivadas de su mandato. La primera es la de que la política exterior, por muy bien realizada que esté, no suele hacer ganar elecciones. Esto se puso de manifiesto cuando en 1992 y esgrimiendo argumentos económicos, el presidente Clinton logró ganar las elecciones y opacar sus logros en la materia.

La segunda es que, a pesar de sus éxitos, el realismo político pragmático y prudente de Bush padre no fue imitado por sus sucesores. Tanto Clinton como, de forma más llamativa, Bush hijo después del 11 de Septiembre, volvieron la espalda a esta forma de hacer política exterior en nombre de un idealismo unilateralista establecido sobre la base de expandir la democracia liberal, los derechos humanos, la economía de mercado o combatir el terrorismo en el marco de las posiciones liberal y neoconservadora de sus respectivas Administraciones. Esta política produjo resultados debatibles en el mejor de los casos que dieron base a las posteriores críticas de Trump al establishment de la política exterior estadounidense.

Tratando de plantear una alternativa a sus predecesores, Barack Obama planteó su admiración por la política exterior de Bush padre, que coincidía con sus instintos de un cierto realismo prudente, cuyo abandono ocasional llevaría a fiascos como el de Libia o crisis como la de Ucrania.

Es posible, por tanto, reivindicar un importantísimo legado de política exterior que tiene bastante que decir en un sistema internacional donde, de nuevo, la competición entre grandes potencias vuelve a estar en el centro de la agenda y donde el pensamiento estratégico de alto nivel se hace, de nuevo, imprescindible.

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