Cambio climático, estabilidad financiera y política monetaria

En Blade Runner, película de 1982, Ridley Scott presentó un 2019 donde el cambio climático y la sobreexplotación de recursos naturales habían causado serios estragos. Aunque su futuro distópico no ha coincidido en gran parte con nuestro presente, el tiempo se acaba. El cambio climático es una de las mayores amenazas del planeta y sus efectos pueden ser realmente perjudiciales (si no lo son ya) en términos económicos (véase este artículo de Belén Santa Cruz). Mitigarlo ha pasado de ser la preocupación de unos pocos a conformar una tarea en la que se van a ver envueltos todos los agentes económicos, incluidos los bancos centrales.

Estas instituciones independientes de los gobiernos se están dando cuenta de que no pueden ser agentes pasivos en un tema tan primordial. Uno de los pioneros en resaltar la importancia que pueden tener las instituciones monetarias en el cambio climático ha sido el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney. Su primer discurso en esta materia data de 2015, y en él lo definió como una «tragedia en el horizonte» y expuso los tres riesgos principales que puede tener para la estabilidad del sistema financiero (físicos, de responsabilidad y de transición).

[En colaboración con Red Eléctrica de España]

Esta relación ha sido estudiada recientemente en un artículo por Dafermos, Nikolaidi y Galanis. Utilizando y calibrando un modelo macroeconómico con datos globales, los autores realizan simulaciones para el periodo 2016-2120, obteniendo unos resultados bastante impactantes: desde la caída de la rentabilidad de las empresas y el sector financiero y el aumento del riesgo de liquidez y de quiebra (‘default’), al descenso del precio de los bonos corporativos y una posible reducción de la expansión del crédito.

Aunque el discurso de Carney fue recibido con escepticismo en el mundo de los banqueros centrales, el Banco de Inglaterra ha continuado publicando informes sobre los riesgos financieros del cambio climático y algunos planes de respuesta (véase éste o éste). Años después del primer discurso de Carney, se fundó la «red para hacer más ecológico/verde el sistema financiero» (NGFS, por sus siglas en inglés), con el objetivo de mitigar los riesgos financieros procedentes del cambio climático, así como de movilizar recursos para apoyar la transición hacia una economía sostenible. A día de hoy, la NGFS está conformada por casi 40 bancos centrales y organismos de supervisión entre los que se encuentra, sorprendentemente, el Banco Popular de China.

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Por otro lado, el Banco Central Europeo (BCE), que también forma parte de la NGFS, ha alertado de que el cambio climático puede tener efectos adversos en la implementación de la política monetaria. En un discurso de finales de 2018, uno de los miembros de su Consejo Ejecutivo, B. Cœuré, destacó tres diferentes vías por las que la política monetaria se puede ver afectada.

En primer lugar, puede distorsionar la correcta identificación de los ‘shocks’ que golpean la economía, aumentando la incertidumbre. Cœuré pone de ejemplo a EE.UU., donde se ha observado en varias ocasiones un comportamiento irregular de la actividad económica (descenso del crecimiento) en el primer trimestre. Dicho comportamiento ha sido atribuido a unas condiciones climáticas más hostiles (véase Gourio).

En segundo lugar, el cambio climático puede hacer que cambie la distribución de los shocks que perturban la economía. En otras palabras, los que tengan consecuencias muy graves se pueden volver mucho más frecuentes. Esto provocaría que los bancos centrales tuvieran que adoptar un mayor número de medidas poco convencionales para revertir los posibles efectos negativos, pudiendo cambiar el marco actual de la política monetaria.

Finalmente, el cambio climático puede incidir en la estabilización de la inflación, al causar un aumento de los flujos migratorios y sus consecuentes efectos en el mercado laboral y la evolución de los salarios.

Al Banco de Inglaterra y al BCE se ha sumado la Reserva Federal (FED) estadounidense. El vicepresidente ejecutivo de su Departamento de Investigación de San Francisco, G. D. Rudebusch, publicó una nota económica donde puso de manifiesto los tres factores que este siglo están transformando la economía: el cambio de la pirámide demográfica, los avances tecnológicos y el cambio climático. Que este último factor esté tan presente en la todopoderosa FED debe concienciarnos de la magnitud del problema.

Rudebusch avisa, por ejemplo, de los riesgos del cambio climático inherentes a un aumento de impagos de préstamos bancarios como consecuencia de la interrupción o quiebra de negocios por culpa de un aumento de las sequías, inundaciones, tormentas e incendios forestales. Pero no sólo eso: los daños en las infraestructuras, en la agricultura y las grandes fluctuaciones en el precio de las materias primas más expuestas a cambios climatológicos podrían incidir muy negativamente en la economía estadounidense.

A tenor de las irreversibles consecuencias del cambio climático, el grupo de los Verdes Europeos exploró en 2016 la opción de que se utilizara no sólo la política fiscal, sino también la monetaria, como instrumento para financiar la transición a una «economía más verde». Argumentaban que los programas de compra de activos del BCE habían «creado dinero de la nada» sin incrementar la deuda pública ni causar inflación y que, por ende, el banco central podría capitalizar un fondo que gestione el Banco Europeo de Inversiones destinado a la financiación de proyectos ecológicamente sostenibles. Una idea similar, pero mucho más cuantiosa en términos económicos (el ‘Green New Deal’), se ha hecho extremadamente famosa en Estados Unidos a raíz de la congresista Alexandria Ocasio-Cortez.

Pero, ¿es esto posible? ¿Puede un banco central financiar la transición a una economía sostenible? ¿O cómo puede contribuir? El profesor de la Universidad de Rotterdam, D. Schoenmaker, expone su idea en un documento de trabajo del think-tank Bruegel. Considera que el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE) permite al BCE implementar una «política monetaria verde» como segundo objetivo tras la estabilidad de precios. Dado que la política monetaria debe respetar el principio de neutralidad de mercado y en éste existe un sesgo a favor de compañías intensivas en la producción de CO2 (que suelen ser intensivas en capital), la política monetaria no es neutral en términos ambientales (véase Matikainen et al.).

Schoenmaker propone que el BCE reoriente sus operaciones de mercado (sus compras de activos) hacia empresas con una baja intensidad de producción de CO2. Adicionalmente, debería aceptar también como colateral activos que procedan de esas compañías. Concluye argumentando que este enfoque de la política monetaria del BCE no sólo no afecta al principal objetivo del banco (la estabilidad de precios), sino que tampoco altera el mecanismo de transmisión de la política monetaria. La propuesta del profesor de la London School of Economics Paul De Grauwe va más en la línea de los Verdes Europeos. Su idea insta al BCE a reemplazar aquellos bonos que van venciendo con bonos verdes, emitidos para financiar proyectos de apoyo al medioambiente.

Como se puede ver, no son pocos los planes que los bancos centrales pueden llevar a cabo para luchar contra el cambio climático. Sin embargo, si no se actúa de manera rápida, eficaz y consensuada, se llegará a un punto de no retorno, como han alertado numerosos científicos y organizaciones internacionales. Aunque la política monetaria de los bancos centrales pueda contribuir, no es condición suficiente. Deben participar todos los actores de la economía.

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