Camino de un año sin Gobierno, Bosnia se acomoda en la interinidad

El sol empieza a ponerse sobre la que se espera haya sido una magnífica temporada de verano en Bosnia y Herzegovina. Atraídos por eventos de renombre internacional como el Festival de Cine de Sarajevo o el campeonato de saltos ornamentales a manos de experimentados clavadistas desde el reconstruido Puente Viejo de Mostar, cada vez son más los viajeros que eligen el país balcánico para pasar sus vacaciones. El sector turístico lleva años mejorando sus cifras de manera sostenida, y ya en junio las llegadas subían un 24,9% con respecto al mismo mes del año anterior. La afluencia de turistas es tal que hay días en los que transitar por cascos históricos se convierte en todo un reto. Sin embargo, con el nuevo curso a la vuelta de la esquina, comienza a haber más espacio para pasear –y también para volver a la realidad política.

El 7 de octubre de 2018, Bosnia celebró elecciones generales que arrojaron lo que los defensores de la democracia cívica consideraron una mezcla de buenas y malas noticias. Por un lado, dos de los hombres fuertes de las opciones mono-étnicas que vienen dominando el país cesaban al mando de la presidencia tripartita. Bakir Izetbegović, del partido bosniaco SDA, por alcanzar el límite de mandatos consecutivos; y Dragan Čović, de HDZ BiH, la formación hermana de la derecha que gobierna en Croacia, por perder frente a Željko Komšić, el candidato bosnio-croata de la plataforma multiétnica DF. Por otro lado, sin embargo, el líder separatista pro-serbio Milorad Dodik (SNSD) se alzaba con el sillón reservado para el miembro serbo-bosnio. 

La Jefatura del Estado quedaba así conformada por un nacionalista que reniega abiertamente del país que preside; y por Šefik Džaferović, un rostro relativamente nuevo, comprometido con la integración europea y más digerible que Izetbegović, sobre el que pesa la sombra de una corrupción galopante; y Komšić, ferviente defensor de la idea de una Bosnia unida más allá de categorizaciones étnicas, aunque con algún que otro destello populista. Ahora faltaba lo más difícil: la formación del Gobierno nacional.

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Las elecciones autonómicas del mismo día (entiéndase, las celebradas a nivel de la Federación BiH, de mayoría bosniaca y bosnio-croata; y de Republika Srpska, de mayoría serbo-bosnia) no arrojaban demasiados cambios. Sin embargo, en un nivel inferior de la Federación (dividida en cantones, cada uno con gran poder en áreas como la política social) sí se registraba un resultado que sería clave para conformar el Gobierno central: por primera vez desde la guerra, SDA podría quedarse fuera del Ejecutivo del Cantón de Sarajevo gracias a una coalición de socialistas, socio-liberales y derecha alternativa. Efectivamente, la coalición se formalizó y el partido de Izetbegović dejó de gestionar uno de los Presupuestos más importantes del país. 

Con todas estas cartas sobre la mesa, la formación de Gobierno a nivel nacional auguraba una operación ciertamente compleja en la que variables como el reparto de poder a nivel cantonal y federal iban a pesar más que la ideología. Esto no suponía, por otra parte, ninguna novedad para Bosnia, donde el Ejecutivo central suele acabar constituido por los partidos que mejor han rendido en unas urnas que premian la segmentación étnica. Y la aritmética regional, el ‘intercambio de cromos’ nacional-autonómico con el que tan familiarizados estamos en España, cobra aquí una relevancia excepcional. Ningún partido –tampoco en Bosnia– quiere admitir que maniobra para preservar sus cortijos allá donde pueda, y por ello todos se agarran públicamente a excusas más en línea con “los intereses nacionales”, como la integración euro-atlántica.

Así, tras 10 meses mareando la perdiz con asuntos que pareciesen de alta política, a comienzos de agosto los líderes de los tres principales partidos etno-antagónicos (Izetbegović por SDA, Dodik por SNSD y Čović por HDZ BiH) aceptaban finalmente reunirse bajo los auspicios del jefe saliente de la Delegación de la UE, Lars-Gunnar Wigemark. La cita alumbró una hoja de ruta para la formación de Gobierno que fue bien acogida por la comunidad internacional. Sin embargo, su materialización está aún lejos de producirse, como han demostrado los intentos fallidos que ha habido desde entonces para ponerla en marcha.

Oficialmente, existen dos grandes puntos de fricción: la integración en la OTAN y los puestos en el Consejo de Ministros. Los dos principales partidos serbo-bosnios (no sólo Dodik) se oponen a que el país se acerque más a la Alianza Atlántica, mientras que la mayoría de partidos bosniacos, bosnio-croatas y multiétnicos sí que quieren. Por otro lado, si bien hay consenso en torno a que la Presidencia del Consejo de Ministros la ocupe en esta ocasión un serbo-bosnio, el candidato que estaría barajando Dodik no convencería a sus principales socios. Se trata de Zoran Tegeltja, consejero de Hacienda de Republika Srpska. Su bajo perfil político hace intuir que el líder de SNSD quiere un aliado que no le haga sombra a nivel nacional, y al mismo tiempo hace difícil de creer que su elección esté siendo un obstáculo de tal calibre en las negociaciones.

Extraoficialmente, todo parece apuntar a que ni SDA ni HDZ BiH quieren moverse si no es para recuperar algo de lo perdido en las urnas. Más allá de lo firmado ante Wigemark, hay asuntos que, para sus respectivos partidos y/o negocios, revisten mayor interés a la hora de desbloquear la situación. En el punto de mira de SDA estaría canjear puestos en el Gobierno central o federal (donde tampoco se ha conformado Ejecutivo aún) a cambio de que algún miembro del Gobierno del Cantón de Sarajevo hiciera caer la coalición, de manera que la gente de Izetbegović pudiese recuperar el control sobre su feudo más venerado. 

A Čović, por su parte, podría interesarle rascar ministerios que le ayudasen a limpiar su imagen, dañada por la caída en desgracia de Aluminij Mostar, antaño una de las empresas públicas más dinámicas del país. Su situación actual, al borde de la bancarrota por mala gestión y con cientos de despidos en el aire, hace peligrar una de las plazas fuertes del partido.

Dodik, por el contrario, no tiene que intercambiar cromos con nadie, ya que su marca barrió en las urnas a pesar del escándalo por la muerte del joven David Dragičević; y porque Republika Srpska, sin nivel cantonal, es además predominantemente serbo-bosnia como resultado del genocidio que las tropas de su fundador, Radovan Karadžić, llevaron a cabo durante la guerra. 

Así, al principio pareció que Dodik, ex presidente de esta entidad, no tendría prisa por hacer funcionar el Gobierno del Estado opresor. Máxime cuando en Bosnia no existen plazos que obliguen a ello, ni tampoco la posibilidad de repetir elecciones. Los resultados son los que son y, salvo un improbabilísimo cambio de la Ley electoral o una aún más improbable intervención de la Oficina del Alto Representante, sobre ellos habrá que pactar.

Arquitecto de un pulso soberanista que bien podría asemejarse al de Artur Mas, Dodik deja en la Administración regional un legado que bien puede resumirse en la institucionalización del revisionismo histórico y la erosión de las instituciones democráticas. En 2016, realizó una consulta de manera ilegal para que sus correligionarios respaldaran su propuesta de celebrar un Día de Republika Srpska. En el aire dejó la promesa –cada vez más difusa– de un referéndum de independencia, que sería tan inconstitucional como lo acontecido en Cataluña en 2017. Y en esta nueva etapa como miembro de la jefatura estatal, sus primeras medidas fueron meramente propagandísticas: contrató como asesor al director de cine Emir Kusturica, que lleva años entregado a la causa nacionalista serbia, y anunció que la bandera nacional no luciría en sus reuniones; una pataleta que le duró dos meses contados. 

Ahora, sin embargo, es Dodik el que parece tener prisa por formar Gobierno. A pesar de que ya no ostenta cargo alguno en la Administración autonómica, ha amenazado con hacer que Republika Srpska ponga en jaque pilares esenciales de la convivencia en el país, como la existencia de unas Fuerzas Armadas integradas, si sus socios no se dejan de insistencias pro-OTAN. 

En este escenario, las acusaciones de bloqueo mutuo se cruzan a tres bandas. Los números les salen desde el principio, pero lo que cuenta es hacer cuadrar intereses y poder vender lo invendible.

SDA es el que más cuesta arriba tiene el relato. Una coalición de esta naturaleza sería difícil de digerir para su electorado. Primero, por las campañas de negacionismo del genocidio que tiene montadas la formación de Dodik. Y segundo, por sus constantes pulsos al Estado, a los que se apunta el nacionalismo croata siempre que ello suponga socavar la arquitectura administrativa del país, ya que su objetivo final es la creación de una tercera entidad conformada por sus principales bastiones electorales, de manera que se asegure ser siempre la fuerza dominante allí.

Así las cosas, Izetbegović podría estar buscando también la incorporación al Gobierno central de partidos con mayor sentido de Estado que desdibujasen el carácter nacional-antagonista de tal alianza y las pretensiones potencialmente inconstitucionales de sus socios. Además, ello le serviría para exigirles, a cambio, la ruptura del Gobierno cantonal de Sarajevo, que tanto codicia. Pero si alguno de esos partidos se prestara a entrar en la coalición que hay sobre la mesa, aunque fuera a cambio de puestos relevantes en el Ejecutivo federal o en los cantonales, se toparía con una similar incredulidad por parte de sus votantes. 

Además, no se espera que los actores políticos más relevantes de Sarajevo se muevan, al menos, hasta pasado el 8 de septiembre. Ese día está previsto que se celebre el primer desfile del Orgullo Gay en toda la historia del país, y el acontecimiento se ha convertido en un elemento central del debate sarajevita. Como relataba el periodista bosnio Aleksandar Brezar en este artículo de ‘The Washington Post’, si la marcha sale bien no sólo supondrá un triunfo en la lucha por los derechos de todos, sino que abrirá una ventana de oportunidad para que Bosnia tome un nuevo rumbo; más cívico, alejado de las nebulosas paralizantes que crean con frecuencia los partidos etno-antagónicos. Varios países, y de manera significativa España a través de su Embajada en Sarajevo, están poniendo su granito de arena para que el evento salga bien; en el punto de mira está la seguridad de los manifestantes, que debe ser garantizada por el consejero de Interior del cantón. 

Los ciudadanos, por su parte, están habituados a largas negociaciones para formar Gobierno: tras los comicios de 2010, Bosnia llegó a pasar 450 días con un Ejecutivo en funciones. Y hoy no parecen tener un ápice de prisa por que eche a andar una nueva coalición: sus potenciales elementos constitutivos hacen temer que pueda ser una piedra en el camino hacia una Bosnia más democrática y resiliente. Además, la popularidad –sin límites étnicos– de varios de los ministros actuales, como Dragan Mektić, ayuda a que exista una cierta sensación de acomodo en la interinidad.

Con la perspectiva de integración europea lejos de todas formas, la ciudadanía prefiere centrarse en los problemas reales, como la sangría demográfica que pone en jaque el futuro del país. Hartos de la corrupción, la imposición de categorizaciones étnicas, la precariedad y la falta de oportunidades en muchos sectores económicos, los jóvenes y no tan jóvenes que cada año abandonan el país se cuentan por decenas de miles. Si paliar esta situación no parece figurar entre las prioridades del Gobierno en ciernes, ¿por qué debería interesar a los ciudadanos si arranca o no? Mientras no se salve el abismo que existe entre los intereses de los políticos y los problemas reales de la gente, Bosnia seguirá atascada en la incompetencia que tantos años lleva lastrando su potencial. Haya o no haya Gobierno. 

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