Chile: es la (in)movilidad intergeneracional

La desigualdad en Chile es el sospechoso habitual para explicar casi cualquier cosa que le sucede. Sería el equivalente del paro en España, algo en lo que no puedes evitar pensar cuando analizas algún aspecto económico del país, pues su repercusión afecta a toda la realidad. No es de extrañar que, con esto en la cabeza, la gran mayoría de analistas que han dado su opinión sobre las protestas que se suceden en el país haya apuntado a la desigualdad como principal causa. Sin pretender dar o quitar la razón, creo que al menos estamos obviando otro factor importante que, si bien convive con el concepto de desigualdad, no es lo mismo: hablo de la movilidad social.

No es descabellado pensar que la gente está dispuesta a participar en un sistema con una elevada desigualdad mientras que tu posición en la distribución no esté determinada por quiénes sean tus padres, y del mismo modo es razonable pensar que la situación se hace muy complicada si a una situación de elevada desigualdad se le añade una escasa movilidad social.

Para empezar, debo aclarar que cuando hablo de movilidad social me refiero a movilidad intergeneracional. La OCDE publicó sobre ello en 2018 un informe muy interesante, ‘A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility’, en cuyos gráficos voy a basarme en el resto de este artículo.

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Chile, además de ser un país extremadamente desigual, es también un país con una baja movilidad intergeneracional, que sirve como base para la desigualdad del futuro. El siguiente gráfico muestra esa realidad con el indicador de elasticidades de salarios entre padres e hijos para la OCDE. La interpretación de este gráfico es la siguiente: si en la OCDE hubiera dos padres, uno con el doble de renta que el otro y ambos tienen un hijo, el del padre rico tendrá, en promedio, un 28% más de renta que el hijo del padre pobre, mientras que si esa situación se diera en Chile el porcentaje aumentaría hasta un 53%.

Al ver el gráfico, muchos podrían pensar que no es algo especialmente relevante, puesto que países avanzados como Francia y Alemania puntúan igual o peor que Chile en este indicador. Ante esto hay que aclarar dos cosas: la primera es que éste es un indicador estimado, y dicha estimación tiene un margen de error importante. Según el informe, el indicador para Chile tiene uno grande y al alza, mientras que Francia y Alemania tienen márgenes de error en sentido contrario, es decir, que es probable que este indicador subestime la movilidad en estos países y la sobreestime para el caso de Chile (para más detalles, ver el anexo del capitulo 4 del informe).

En segundo lugar, una baja movilidad en un país con baja desigualdad puede ser aceptable. Éste puede ser el caso de Francia y otros países europeos, pero no el de Chile; o lo que es lo mismo, la tolerancia a la baja movilidad social depende de la desigualdad, y viceversa.

Además, esta persistencia salarial no es igual en toda la distribución. El siguiente gráfico muestra que, aunque la persistencia en los tramos bajos y medios es muy escasa, Chile destaca entre todos los países por tener una parte alta de la distribución cuyo ingreso está determinado en mayor medida por el de sus padres, lo que el informe llama “techos pegajosos”.

El informe intenta explicar las causas de esta persistencia intergeneracional en los salarios. En el caso de Chile, el canal a través del cual los ingresos se transmiten entre padres e hijos es la educación, y en menor medida la transmisión de la ocupación del padre.

La desigualdad en Chile se ha reducido con fuerza desde los 90, pero esa tendencia se ha atenuado en la última década, pese a que el PIB per cápita ha seguido creciendo. No puede entenderse el rechazo a la desigualdad ni esta situación que vive el país suramericano sin pasar por el concepto de movilidad social: una situación con alta desigualdad y baja movilidad sólo puede soportarse si al menos hay expectativas de que una de ambas mejorará en el futuro; y en la medida en que deje de hacerlo, la situación se volverá más tensa para quienes se llevan la peor parte.

Con este panorama, no es de extrañar que la parte baja de la distribución demande más redistribución con la esperanza de recuperar un crecimiento pasado que reducía la desigualdad. Y si el mercado ha dejado de hacerlo, exigen que lo haga el Estado. Si, además, consideramos que Chile es el país, junto con México, donde el Estado menos reduce la desigualdad, es natural que los chilenos hayan visto la redistribución como el mejor camino para conseguir ese objetivo.

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