Cine, series y corrupción en España

“¡Váyase señor Cuesta, váyase!”. Seguro que recuerdan esta frase con la que Doña Concha increpaba a Juan Cuesta, o a cualquiera que ejerciera el cargo, para que abandonara sus responsabilidades como presidente de la comunidad. Una sentencia que, más allá de despertar la risa, construye una narrativa del Desengaño que en el siglo 21, como nos propone la calle donde se sitúa esta ficticia comunidad de vecinos, sufre la ciudadanía española ante una clase política corrompida.


Fotograma de la serie ‘Aquí no hay quien viva’ (2003-2006).

A través de la figura de esta anciana viuda, y de otros personajes de la serie, ‘Aquí no hay quien viva’ enuncia un discurso de lo deshonesto mediante una caricaturización de la realidad, poniendo de relieve una práctica que en nuestro país sigue viéndose como habitual. Y para ello, solo hay que fijarse en el último informe de Transparencia Internacional, donde España obtuvo una puntuación de 58 puntos, en una escala de 0 a 100, en la que 0 es considerado altamente corrupto y 100 muy limpio; es decir, ocho puntos por debajo de la media europea, que se sitúa en 66.

Cabría preguntarse, por tanto, si Aquí no hay quien viva supone una excepción o, por el contrario, como proponemos en este análisis, esta serie no es más que el germen de cómo el cine y la televisión han reflejado las causas y las consecuencias de la corrupción en España con la entrada del nuevo milenio. En este sentido, si la corrupción se transforma en un problema cuando ésta se percibe como tal, la ficción constituye un espacio extraordinario como lugar de reflexión, ya que cuestiona la imagen que las sociedades tienen de sí mismas.

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En consecuencia, si bien no podemos imputarles poderes adivinatorios a los guionistas de esta disparatada comunidad de vecinos, sí que es posible afirmar que Aquí no hay quien viva, junto a otras producciones audiovisuales como Moncloa dígame (2001) y Torrente 3: El protector (2005), vaticinan en cierta medida los escándalos de corrupción que se sucederán a partir del año 2006 (caso Malaya) y, particularmente, después de 2009 (Gürtel, ERE). Desde un punto vista costumbrista, surrealista o esperpéntico, estas producciones mostrarán ya en la primera década del 2000 lo corrupto de la sociedad española, erigiendo una narrativa de la sospecha hacia sus instituciones y actores, aun cuando la corrupción y el fraude en diciembre de 2005 representaban un problema nacional tan sólo para el 2,70% de los encuestados, según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

A partir de 2011, sin embargo, en un contexto de crisis económica, con una tasa de paro que ronda el 21%, ya no será la comedia, sino el drama, el género que predomine para construir un relato sobre la historia, los conflictos y la connivencia entre el poder público y privado en nuestro país. Así, será la serie Crematorio (2011-2012), protagonizada por un empresario corrupto de la construcción, la que se mude en el paradigma de estas narrativas audiovisuales sobre la corrupción que emergen tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, mostrando los cuerpos de quienes, conscientemente, terminaron abrasados por la perversión del sistema; pero también el de aquéllos otros que, ignorantes, acabaron calcinados víctimas de las llamas del ladrillo (Cinco metros cuadrados, de 2011, y Murieron por encima de sus posibilidades, de 2014).


Fotograma de la serie ‘Crematorio'(2011-2012).

Precisamente, como un ave fénix renacido de sus propias cenizas, a partir de 2015 se produce un resurgimiento, un ‘boom’ de las ficciones audiovisuales que abordan el motivo de la corrupción en España, con alrededor de una veintena de producciones hasta la fecha, a las que contribuirá de forma determinante la aparición de un nuevo actor: Netflix.

Por otra parte, lo dramático se desvanece para dejar paso al thriller, con la intención de provocar una tensión en el espectador y fundar, asimismo, tres tipos de relatos principales sobre la corrupción. De esta forma, encontramos en esta época ficciones que narran la respuesta violenta y desesperada de las víctimas contra un sistema corrompido (Vis a VisEl desconocido, de 2015, y La casa de papel, de 2017); las que reproducen los vínculos entre corrupción y narcotráfico (Fariña y Vivir sin permiso, ambas de 2018, y Costa del Sol, de 2019); y, por último, las que acentúan la frontera porosa que separa realidad y ficción (B, la película, de 2015, El hombre de las mil caras, de 2016 y El reino y Animales sin collar, ambas de 2018). Estas producciones se convierten, por tanto, en una prueba más de la inquietud social que suscita en la ciudadanía un problema como la corrupción que, en noviembre de 2014, alcanzó su máximo histórico en el Barómetro del CIS, cuando el 63,8% de los encuestados declaró que era una de sus principales preocupaciones.

Fotograma de la serie ‘La casa de papel’ (2017-).

Con ello, si bien desde una perspectiva historiográfica éste no es un fenómeno desconocido en nuestro país, como demuestra, por ejemplo, el historiador Jaume Muñoz en ‘La España corrupta. Breve historia de la corrupción (de la Restauración a nuestros días, 1875-2016)’, sí lo es el debate público generado como resultado de la cobertura mediática que se le ha otorgado desde los años 90. En esta línea, las narrativas audiovisuales contribuyen de forma importante, construyendo un correlato de la corrupción que pone de manifiesto, como señalan Ryan y Kellner (1988), que el tipo de representaciones que predominan en una cultura suponen un asunto político crucial. Así, estas películas y series, más allá de su indudable valor artístico, funcionan como narrativas, organizando e interpretando la realidad socio-política mediante la comprensión de sus valores y normas (Hajer, 1997).

En síntesis, estas ficciones, más allá de entenderse como un espacio de entretenimiento, deben formar parte del análisis de las Ciencias Sociales, pues sintetizan una narrativa e identifican diferentes estadios de un fenómeno que se torna indispensable para entender la cultura y los procesos de crisis que afectan a España.

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