Ciudadanos, tres son multitud

Desde que Aznar afirmó que Casado heredaba una derecha troceada en tres, incluyendo en el reparto a la ultraderecha nacional-populista, la pugna ya no es sólo por el protagonismo discursivo: también el papel de secundario parece disputarse a diario, como hemos visto claramente en los dos debates electorales. Pero si atendemos al discurso general de la campaña y la pre-campaña, diríamos que el discurso de Ciudadanos se caracteriza por su dependencia; de ahí que suela describirse como voluble, contradictorio o inconsistente. No es casual que el último sondeo del CIS antes de la campaña mostrara un 49,3% de indecisos entre sus votantes de 2016.

En el discurso importa mucho cómo se reparten los papeles comunicativos, es decir, quién abre el mensaje y quién responde. Y en el mensaje de Ciudadanos esta ‘orientación interactiva’ tiende a ser, básicamente, una posición reactiva (¿reaccionaria?) a iniciativas de partidos ajenos. No es algo novedoso de esta campaña, sino que el partido naranja ha ido ocupando ese lugar progresivamente: convocar a la prensa para exhibir cómo arrancan los símbolos de los partidos independentistas, aceptar el pacto del PP andaluz con la ultraderecha como si no fuera con ellos, sumarse a la manifestación nacionalista española y aparecer en la foto de Colón, acoger como candidatos a líderes descartados en otras formaciones o elegir un eslogan electoral con evidentes ecos exclamativos del partido francés En Marche! son actos que consiguen traer al discurso a otros partidos.

En este sentido, la performance de Arrimadas desplazándose ante la puerta (abierta) de la casa de Puigdemont en Waterloo, para transmitir el mensaje de que no lo reconocía como interlocutor, constituye una contradicción en los términos que habría merecido más espectadores, y ejemplifica perfectamente la estrategia fallida de intentar asumir iniciativas discursivas de impacto. Porque se trata, en todos los casos señalados, de acciones que van siempre a remolque de iniciativas ajenas, y que en muchas ocasiones (y esto tampoco es nuevo) desdicen el propio discurso previo del partido.

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Pero con tres actores en la competición por liderar la derecha, el discurso ya no puede construirse exclusivamente como a la contra; y más cuando, a su vez, el PP ha asumido esa misma dinámica respecto a la ultraderecha y, por tanto, también ha dejado de ser un referente estable. La dependencia respecto a los mensajes ajenos impide el protagonismo discursivo; si, además, esa dependencia se expresa en términos competitivos, cualquier acción corre el riesgo de terminar pareciendo un duplicado. Otro aspecto relevante tiene que ver con rasgos que Rivera comparte objetivamente con los demás líderes: edad, vestimenta, locuacidad, gestualidad histriónica… Sin duda, era más fácil definirse contra Rajoy que contra Casado.

Respecto a los temas de la campaña, si bien es cierto que encontramos bastantes mensajes netamente políticos, sobre economía, impuestos o educación, son intervenciones que se diluyen en una especie de anti-clímax falto de convicción. Estos mensajes evitan la retórica urgente que caracteriza las dos grandes obsesiones temáticas, como se vio también en los debates: el discurso contra Pedro Sánchez (que parece casi una cuestión personal) y el independentismo catalán. Con el énfasis en ambos asuntos, que funcionan como glosomanías, el intento de introducir nuevos temas en la discusión política se desdibuja, y casi adopta la apariencia de un discurso de relleno; se escapa.

Así, los rasgos lingüísticos más típicos del discurso de Ciudadanos se aprecian especialmente al servicio de estas dos cuestiones, aunque no puede decirse que sean rasgos que los individualicen en el espacio de la derecha. Por ejemplo, en la elección de las palabras, ya no se habla del «buenismo« de las políticas sociales (deslizó el término, no obstante, en el segundo debate), sino que se potencia un léxico catastrofista («emergencia nacional», «humillaciones a la democracia») para describir los efectos de la moción de censura, y se asume el uso marcado de ciertos términos (especialmente, «constitucionalista», «golpista» y derivados), que se cargan de sentidos indirectos y connotaciones dramáticas.

Frente a estos usos enfáticos, incluso las grandes palabras de la retórica neoliberal, caracterizadas por su intención eufemística («excelencia», «libertad de elección», «emprendimiento», junto a otros más específicos como «gestación subrogada» o el curioso «feminismo liberal») pierden su fuerza, pues se mueven en un terreno donde se ha implantado el disfemismo desinhibido. Como les gusta decir, «sin complejos».

Por último, este discurso combativo, de ataque al otro, falla a menudo en la elección de registros; es decir, en saber seleccionar el tono adecuado para cada contexto. Líderes como Arrimadas o Cantó hablan en ocasiones a sus oponentes sin tener en cuenta las exigencias formales del discurso institucional que pretenden asumir; la campaña del candidato valenciano, por ejemplo, muestra un intento reiterado de desacreditar a los líderes de otros partidos, con un tono marmóreo, de ironía fallida, que a veces cae en la descalificación. Esta agresividad no sólo les perjudica como emisores creíbles, sino que corre el riesgo de marcar distancia respecto a posibles destinatarios de su mensaje, aunque sin duda pueda servir para atraer/retener a otros. Tal vez el silencio evocado por Rivera en su minuto de oro sea el de esos electores perdidos. 

Vemos, en definitiva, un discurso competitivo, que se explica fundamentalmente como dependiente del discurso ajeno y cuya estrategia global resulta, cuanto menos, confusa. Se diría que el objetivo central del discurso de Ciudadanos es individualizarse en el espectro de la derecha, pero que cuando lo intenta sólo consigue activar mecanismos discursivos de imitación, como en esas historias de gemelos separados al nacer, cuyas biografías terminan confluyendo fatalmente.

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