Colau y la decepción de sus votantes

Los resultados de las pasadas elecciones municipales han dejado un escenario muy abierto para la gobernabilidad de Barcelona. En primer lugar, porque las urnas no dieron un vencedor claro, con ERC y Barcelona en Comú (BeC) separados por menos de 5.000 votos, un mínimo 0,6% del voto válido, y empatados a concejales, con 10 para cada uno.

El cómputo global de votos arroja una evidente mayoría de izquierda en el nuevo Consistorio, significativamente mayor que la conseguida en 2015. En el nuevo Pleno se van a sentar hasta 28 concejales pertenecientes a este grupo ideológico, cinco más que en el mandato pasado, lo que configura una mayoría más que absoluta.

Esto facilitaría un acuerdo casi automático en cualquier ayuntamiento, pero no en el de Barcelona, porque la división entre izquierda y derecha no es la única que opera en el escenario político catalán; ni tan siquiera es la más importante para amplios sectores del electorado y para los intereses de algunos de los partidos.

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Así, analizar los posibles acuerdos en el Ayuntamiento barcelonés en términos exclusivamente de izquierda-derecha no es suficiente para entender la complejidad del escenario que nos han dejado las elecciones y, en general, la de la política catalana. Una complejidad que no viene del procés, sino que es fundamental en un sistema con dos ejes de estructuración del conflicto político, ambos igualmente arraigados en el imaginario de todos los actores del sistema, tanto partidos como electores.

Si se consideran simultáneamente los dos ejes que definen el sistema político catalán, descubrimos que la supuesta mayoría de izquierda se desvanece. De los 28 concejales electos pertenecientes a formaciones de izquierda, 18 lo son de partidos no independentistas (BeC y PSC), mientras que 10 pertenecen a ERC, una fuerza netamente soberanista. Por lo que respecta a los concejales que podríamos adscribir en la derecha, ocho pertenecen a fuerzas no independentistas (Barcelona pel Canvi-C’s y PP) y los otros cinco a los post-convergentes de Junts.

La conclusión de todo ello es que no existe en el Ayuntamiento surgido de las urnas del 26 de mayo una clara mayoría de concejales para investir a un alcalde o alcaldesa. De ahí que todas las propuestas que se han puesto sobre la mesa hasta hoy incluyan combinaciones de espacios. La de un acuerdo de los tres partidos de izquierda supone incorporar tanto a fuerzas independentistas (ERC) como a no independentista (BeC y PSC), mientras que la propuesta avanzada por Manuel Valls de apoyar un pacto entre BeC y el PSC supondría la participación de fuerzas de izquierda y de derecha (el propio Valls y su Barcelona pel Canvi-C’s).

La clave para solucionar el embrollo la tienen BeC y Ada Colau, puesto que son ellos el elemento central que puede decantar la balanza. Ni ERC ni el PSC parecen dispuestos a acordar nada, puesto que la fractura que supone el estar a favor o en contra del procés les impide formar parte de un mismo Gobierno. Siendo esto así, es Colau quien tiene la llave para decidir si Barcelona va a ser gobernada por ERC y BeC, que aglutinan 20 concejales, con el previsible apoyo de los cinco de Junts, ya sea en la investidura o formando parte del Gobierno municipal. O, por el contrario, la ciudad se encamina a un Gabinete BeC-PSC, con el voto en la investidura de todos o parte de los concejales del grupo de Valls.

La llave la tiene Colau porque Ernest Maragall cuenta con el tiempo a su favor: en caso de que no haya acuerdo, él será investido alcalde automáticamente, al haber encabezado la candidatura que ha conseguido más votos (concretamente, 4.833 más que BeC).

Al contrario de lo que pudiera parecer, la decisión de Colau no es sencilla. Es cierto que decantarse por el pacto con el PSC y Valls le permite mantener la vara de alcaldesa, un elemento muy importante a tenor de la situación en la que ha quedado su grupo, y el espacio de la izquierda en general, después de esta primavera electoral. El mundo de los comuns y de Podemos en su conjunto ha sufrido un duro correctivo después de su aparición fulgurante en 2014-2015, y deberá aprender a gestionar un escenario poco halagüeño en el corto y medio plazos.

Continuar en la alcaldía es un gran incentivo, pero ésa es solo la mitad de la película. La otra mitad es la constatación, por parte de Colau y los suyos, de que el terreno que pisan no es de una pieza y que cualquier movimiento debe ser medido al milímetro si no quieren acabar engullidos por las arenas movedizas que conforman su espacio de apoyo electoral.

Las dudas de BeC ante la operación que les proponen Valls y el PSC se entienden mejor si se observan las diferencias entre el resultado de las elecciones municipales y el de las europeas, celebradas al alimón. Entre una y otra elección el resultado de BeC/Catalunya en Comú-Podemos en la ciudad baja en 75.000 votos; es decir, pierde casi la mitad de sus apoyos. Una parte parece recalar en la lista europea del PSC, pero muy poco. ¿Adónde va el grueso del voto que pierden los comuns? Todo indica que a la candidatura encabezada por Carles Puigdemont, que más que duplica el resultado de sus compañeros en las elecciones municipales. Estaríamos hablando que un tercio del voto municipal de BeC habría optado por la lista del ‘ex president’.

Entre municipales y europeas, el voto a las candidaturas post-convergentes aumenta en 120.000 papeletas. El resto de candidaturas independentistas (ERC, CUP y la lista municipal de Barcelona és Capital-Primàries) pierden unos 70.000. Parece plausible que toda o parte de la diferencia la cubran los votos de BeC que no recoge su candidatura al Parlamento Europeo.

Ahí es posible que esté una de las claves de la situación en la que ha quedado la gobernabilidad de Barcelona y, más concretamente, una de las razones de las dudas de Colau y los dirigentes de BeC a la hora de aceptar el pacto que dejaría a ERC fuera del Gobierno municipal. El voto a BeC no es monolítico desde el punto de vista del apoyo o del rechazo a la independencia. Esto explica los vaivenes de la propia Colau en el tema a lo largo de su mandato y podría explicar sus dudas actuales. No sería tanto el problema que le podría causar a su base (y a parte de sus cuadros medios) el aceptar el préstamo para investirla que le ofrece una opción de derecha como la que representa Manuel Valls, sino el descontento que podría producir en una parte importante de sus votantes apartar a los independentistas de ERC de la Alcaldía con el apoyo de dos formaciones claramente no independentistas, como el PSC y la candidatura asociada a Ciudadanos.

Aunque lo mismo podría decirse de la opción contraria. ¿Cómo recibirían los votantes de BeC que se mantuvieron fieles a su voto en las elecciones europeas que Colau entregara el Gobierno de la ciudad a un Maragall que ya ha dicho que su prioridad va a ser la liberación de los presos y un referéndum de autodeterminación?

Colau tiene 15 días para resolver el dilema. Va a tener que sopesar su decisión pensando en la ciudad, en su futuro personal y en el de su fuerza política. Y haciéndolo, puede estar segura que va a decepcionar a una parte de sus votantes. No es fácil ni agradable. Se le llama hacer política.

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