Cómo hacer frente a las pérdidas por la pandemia

El mundo que conocíamos hasta hace un par de semanas se derrumba ante nuestras narices. Mientras esperamos a que la parálisis de la actividad humana acabe con el virus, tenemos que seguir buscando y desplegando soluciones a los enormes problemas que afrontamos. Todos, con los gobiernos a la cabeza, estamos en ello.

El primer frente en el que hay que actuar es en el sanitario, obviamente. No debe haber límite a los recursos necesarios para ayudar a nuestro sistema de salud a enfrentarse a la pandemia, así como a investigadores y laboratorios en la búsqueda de una vacuna y de medicamentos para tratar este virus y sus posibles mutaciones. La segunda acción es en el frente económico y social. Estamos ante una crisis total y global que no tiene precedentes por su complejidad y profundidad.

Los costes de esta pandemia serán muy altos en vidas humanas, sufrimientos y angustia; y en pérdidas económicas. La incertidumbre sobre cuánto durará y como será el futuro es elevada.

La semana pasada sugerí una estimación de caída del Producto Interior Bruto (PIB) en España, que puede ser conservadora, del orden del 10%, unos 120.000 millones de euros. El sector servicios supone el 68% del PIB. Y, dentro de él, el más importante es el turismo, que va a ser duramente golpeado por esta crisis. Tal vez una caída del 10% sea una estimación conservadora para el caso español.

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Además, no hay que confundir la pérdida de ingresos con la pérdida de riqueza, pues el valor, siempre teórico, de los activos financieros e inmobiliarios se reducirá sin duda.

¿Qué hacemos con esa enorme pérdida? ¿Cómo puede gestionarse?

Para entender mejor qué solución dar a ese desplome de ingresos, veamos el problema no desde el lado del PIB, sino desde la perspectiva de la Renta Nacional (RN). En valor, ambos son iguales.

La RN es la suma del conjunto de retribuciones de todos los factores de producción de un país durante un año. Viene a ser la contrapartida en términos de renta o ingresos del Producto Nacional; lo que se produce, que es lo que mide el PIB, también se cobra o ingresa. La siguiente identidad contable, simplificada, muestra la composición de la Renta Nacional.

Renta Nacional = salarios + excedente empresarial + impuestos indirectos

Hay que aclarar que el excedente empresarial incluye todos aquellos pagos que se hacen a otros factores de producción que no son el trabajo humano (alquileres, intereses de deuda, dividendos de acciones, beneficios de las empresas, leasing, etcétera). Los impuestos indirectos incluyen, sobre todo, el IVA.

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La RN de España era aproximadamente de 1,2 billones de euros. De esa cantidad, el 48% corresponde a los salarios, el 42% al excedente empresarial bruto y el 10% restante a los impuestos indirectos.

Si la RN cae ese 10% que suponemos, y dada su composició, sabemos que una gran parte de esas rentas no se recuperará cuando vuelva a normalizarse la actividad. ¿Qué hacer con esas pérdidas? ¿Son problemas de liquidez o de solvencia? Seguramente, una mezcla borrosa de ambas.

Para hacer frente a las enormes pérdidas económicas generadas por la pandemia, sólo se pueden hacer tres cosas: asumirlas, financiarlas o ‘monetizarlas’. O un cóctel turbio de las tres.

  • Asumir las pérdidas. No tengo duda de que una parte de será asumida, voluntariamente o no. Principalmente, por los que más tienen: las empresas y hogares que tienen ahorro acumulado. Los que no, sencillamente no pueden. En este camino no hay mucho que legislar, es un proceso natural.
  • Financiar las pérdidas. Éste es el camino que se está siguiendo en muchos países, incluido el nuestro. Retrasar el pago de impuestos, moratorias en los pagos de hipotecas, alquileres, recibos de energía, créditos avalados parcialmente por el Estado, etc. Financiar las pérdidas tiene todo el sentido, sobre todo si son temporales. Pero si son permanentes, y muchas lo serán, no lo tiene tanto. Sólo posponemos el problema.

En este proceso de financiación, los bancos centrales han ayudado tanto bajando los tipos de interés, donde había margen, como aumentando sus balances mediante compras de activos financieros, la conocida y no menos problemática expansión cuantitativa.

Es poco probable que se paguen los préstamos que se utilicen para financiar costes de funcionamiento como salarios y alquileres. Probablemente, terminarán enterrados en las cuentas del Estado, junto con otros varios activos problemáticos, como préstamos estudiantiles e inversiones público-privadas.

Hay que tener cuidado en cómo se ayuda al sector privado sin caer en una asunción total de pérdidas por parte del Estado. Hay que financiar a las empresas, sin lugar a dudas, pero con condiciones, evitando problemas de asimetría y buscando una distribución progresiva en términos de renta. Esta vez no podemos optar por rescatar a los mercados y no a las personas, y hay que terminar con situaciones en las que se socializan las pérdidas y se privatizan los beneficios.

Además, en las circunstancias actuales prácticamente sólo el Estado podría endeudarse tanto para cubrir el enorme agujero. Los mercados financieros y el sistema bancario no están en condiciones de hacerlo por sí solos. La deuda pública, la de todos, aumentará y mucho.

  • Monetizar las pérdidas. Es la palabra tabú para muchos economistas, pero debe dejar de serlo. De hecho, estamos monetizando deuda desde hace años mediante las compras masivas de deuda por parte de los bancos centrales, la llamada expansión cuantitativa (QE). Y éstos ya han anunciado que harán más QE este año.

Pero hay otra forma de monetizar las pérdidas de ingresos que ya tenemos encima y que es más efectiva en momentos de urgencia: el helicóptero monetario. En las últimas semanas crecen las voces, académicas incluso, que apoyan esta solución de emergencia.

Un ‘helicóptero monetario’ es la creación de dinero del Estado, a través de su banco central, entregado directamente a los ciudadanos. Por ejemplo, dos salarios mínimos (unos 2.000 euros) a todos los españoles inscritos en el censo electoral (unos 74.000 millones euros).

Esta solución de emergencia, como todas, tiene sus problemas, pero en estos momentos sus ventajas son superiores a las otras opciones mencionadas:

  • Es eficaz y sencillo. Su coste administrativo y de gestión legal es menor que gestionar decenas de miles de ayudas de todo tipo a través del sector público y privado (los bancos), que además se encuentran bajo mínimos por la cuarentena.
  • Permite que la liquidez llegue rápidamente y a todas las personas, sean trabajadores fijos, autónomos, temporales, trabajadores del hogar o cuidadores de dependientes.
  • Es, obviamente, redistributivo.
  • Facilita que las empresas (sobre todo las pymes) y los autónomos no cierren al asumir el Estado, mediante la monetización, parte de los costes salariales al menos durante un tiempo. Algo parecido ha hecho Suecia.
  • Permite que los hogares puedan hacer frente a sus gastos básicos de alimentación, energía y vivienda sin tener que recurrir a complicados procesos de subvención, créditos, moratorias, etc. Pedirle a los ciudadanos y empresas que se endeuden (aunque sea a coste muy bajo) para afrontar los problemas del virus no es una buena idea.

La crisis está dando lugar a que algunas políticas previamente impensables se vuelvan probables: pagos directos a los hogares (Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha pasado de decir que nunca lo haría a proponerlo en el transcurso de 24 horas), instrumentos de deuda mutualizados en la zona euro (el esperado coronabono) e incluso importantes aumentos de deuda pública en Alemania, el líder de la austeridad.

Asumamos que las pérdidas que nos ha traído esta maldita pandemia se repartirán de las únicas tres formas posibles: asunción de las mismas, financiación mediante deuda y ‘monetización’ (sea mediante compra de deuda por parte de los bancos centrales o por helicóptero monetario). Pero en qué proporciones se repartan las pérdidas entre las tres opciones no es un asunto menor ni neutral.

Hacen falta decisiones políticas de trazo grueso y urgente, pero acertadas. Si cometemos errores, pueden corregirse. Si el ‘helicóptero monetario’ no bastara, podría estudiarse más adelante un programa de renta básica universal o, alternativamente, uno de renta mínima.

Todo lo que compone el sistema de vida de los humanos va a ser testado estos meses. Nada volverá a ser igual. De cómo vayamos afrontando los problemas y las soluciones que les demos dependerá que el futuro, tan incierto ahora, sea mejor o peor. Para lograrlo, son imprescindibles la imaginación, la cooperación y el coraje.

La parte más negativa, aparte de la pérdida de vidas, es que seremos algo más pobres en conjunto según medimos el PIB ahora; pero tal vez debamos usar otras medidas diferentes para medir nuestro desarrollo y bienestar. Ojalá esto nos sirva para, al menos, reducir la desigualdad. Lo positivo de este parón autoimpuesto para vencer al Covid-19 es la notable mejora del clima del planeta.

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