Cómo prevenir una crisis de deuda en los países en desarrollo

El canario en la mina ha empezado a toser; necesita cuidados intensivos para sobrevivir y no contagiarnos a todos. El 7 de abril, Ecuador pidió a los acreedores internacionales una moratoria del pago de su deuda. Sin la respuesta adecuada, el país podría convertirse en la ficha de dominó que anticipa la caída del resto, en una crisis global de deuda sin precedentes.

La ‘Covid-19’ amenaza a los países en desarrollo con la peor crisis del siglo XXI. Éstos se enfrentan al mismo enemigo, pero sin las mismas armas: ni en el frente sanitario ni en el económico. Faltan mascarillas, camas, médicos, test, ventiladores, pero también espacio fiscal y una red de protección social para atajar la sangría económica. Sin una ayuda rápida y ambiciosa de la comunidad internacional, podría revertirse en meses el progreso socioeconómico de las últimas décadas. Zarandeados contra las cuerdas por la pandemia, los países ricos pueden mostrarse reticentes a grandes altruismos. Sin embargo, a largo plazo el apoyo financiero y sanitario a los países en desarrollo también protegería a los desarrollados. La Covid-19 no respeta fronteras, y su descontrol en el sur podría provocar futuros picos en el norte. Además, en una economía hiperconectada, la disrupción de cadenas de valor y flujos de pago en el sur acabaría afectándonos a todos.

Para paliar este problema en los países en desarrollo, la comunidad internacional debe priorizar la prevención de una crisis de deuda que maniate a sus gobiernos y empobrezca a sus ciudadanos. Para ello, deben activarse al menos tres grandes palancas: primero, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha de emitir derechos especiales de giro (DEGs) para aumentar la liquidez global, priorizando a los países en desarrollo. Segundo, los acreedores internacionales, tanto públicos como privados, deben aceptar una moratoria del pago de la deuda pública. Tercero, los países desarrollados deben apoyar oficialmente los controles de capitales para evitar su fuga de los países en desarrollo.

La crisis sanitaria en los países en desarrollo

Nueva York, Lombardía, Madrid, Cataluña son algunas de las zonas más afectadas por la Covid-19. En términos internacionales, todas tienen una sanidad excelente y los medios para implementar un confinamiento estricto. La crisis en estas regiones amenaza con ser un preludio de la tragedia que sufrirán otras más pobres, con una fracción de sus recursos sanitarios y económicos.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

En tiempos normales, los sistemas sanitarios en los países en desarrollo operan saturados y con insuficiencias materiales. Durante la pandemia actual, amenazan con colapsar mucho antes de alcanzar el pico de infectados. Por ejemplo, la ciudad de Nueva York, con menos de 10 millones de habitantes, empezó la crisis con 3.500 respiradores, siete veces más que Nigeria, que no supera hoy los 500 para una población de 200 millones de personas, 20 veces mayor a la neoyorquina. Liberia tiene tres respiradores (tres, no faltan ceros) para cinco millones de habitantes. Las diferencias en otras áreas no son menos flagrantes. Como referencia, en España tenemos 20 veces más médicos per cápita que en Haití.

Ante el riesgo de colapso sanitario, la intuición apunta a una mayor necesidad de distanciamiento social en los países en desarrollo. Sin embargo, son precisamente éstos los que más sufrirían las consecuencias económicas del confinamiento. El 55% de los trabajadores en América Latina son informales, mientras que en África sub-sahariana representan más del 65%, excluyendo al sector primario. Confinados, estos trabajadores perderían sus rentas y recibirían poca o ninguna asistencia del Estado, dada la débil cobertura social en la mayoría de los países en desarrollo. Como señala Ricardo Hausmann, catedrático de Economía en Harvard, si la disyuntiva de los trabajadores informales es asumir un 10% de probabilidad de morir por Covid-19 o la seguridad de morir de inanición, pocos seguirán las directrices de confinamiento.

La falta de recursos y la dificultad de aplicar el distanciamiento social son certezas, pero hay muchas más incógnitas que rodean la evolución de la pandemia en los países en desarrollo. ¿Será más benévola por el perfil demográfico (más joven) de la población? ¿O más virulenta por la malnutrición y la prevalencia de condiciones preexistentes? ¿Aplacará al virus el clima tropical? ¿Inducirá el invierno austral un pico descontrolado? ¿Reducirá la tasa de contagios la segregación de la población? ¿O la acelerará el hacinamiento?

Independientemente de la respuesta a estos interrogantes, los países en desarrollo necesitarán movilizar todos los recursos posibles para paliar la pandemia.

De la crisis económica a la crisis de deuda

Sin embargo, esos recursos están cayendo como lágrimas en la lluvia. La pandemia ha afectado al conjunto de economías emergentes y en desarrollo incluso antes de que el virus se intensifique dentro de sus fronteras. Desde principios de marzo, la crisis ha provocado una fuerte caída del precio y la demanda de materias primas, el frenazo de las cadenas de suministros manufactureros y el frenazo en seco del turismo internacional.

En paralelo, según el Instituto de Finanzas Internacionales (IFI) los inversores retiraron casi 80.000 millones de los mercados emergentes durante el primer trimestre de 2020. Es la mayor salida de capitales de la historia, superando los peores puntos de la crisis financiera global y desencadenando un aumento generalizado de la prima de riesgo en dichos países. Además, contrariamente a los países ricos, los países en desarrollo no gozan del apoyo de fuertes bancos centrales en las emisiones de deuda. En consecuencia, estos países se enfrentan a un cierre repentino de los mercados de deuda (sudden stop).

[Escuche el ‘podcast’ de Agenda Pública: ¿El regreso del keynesianismo?]

Por lo tanto, las economías en desarrollo se encuentran de golpe con una recesión, un aumento del déficit fiscal, bajos niveles de reservas internacionales, una reducción drástica de exportaciones y el cierre de los mercados de deuda. Estas dolencias pueden dificultar, e incluso imposibilitar, no sólo la financiación de los gastos sanitarios y sociales necesarios para hacer frente a la pandemia, sino también la refinanciación de la deuda existente.

Lee Buchheit, eminencia legal en la materia, ha señalado que hoy en día ningún país se endeuda con la expectativa de devolver todo el monto nominal de la deuda. Simplemente, asume que cuando ésta venza, podrá refinanciarla en el mercado. Esta hipótesis de refinanciación ha permitido que países, grandes y pequeños, puedan sostener cargas de deuda que en el pasado se hubieran considerado insostenibles. La ‘Covid-19’ seguramente expondrá la fragilidad de esta ilusión.

Qué debe hacer la comunidad internacional

Los países en desarrollo afrontan un reto imponente de salud pública, pero sin apenas espacio fiscal. Sin un sólido apoyo externo, esta crisis puede representar el mayor revés para el desarrollo en décadas. Para paliarla, la comunidad internacional debe activar, al menos, las tres siguientes palancas.

1.- El FMI ha de emitir derechos especiales de giro (DEG) para aumentar la liquidez global, priorizando a los países emergentes y en desarrollo. Los DEG son activos monetarios internacionales emitidos por el FMI que actúan, en cierto sentido, como una especie de banco central del mundo. Forman parte de las reservas de divisas de los países y pueden venderse o utilizarse para pagos a otros bancos centrales.

La emisión de DEGs ya fue utilizada en la crisis de 2009 bajo la iniciativa del G-20 y permitió una inyección de liquidez de 250.000 millones de dólares. Se estima que en esta ocasión el FMI podría inyectar hasta 500.000 millones. Dicha asignación mejoraría la liquidez internacional de los países emergentes y en desarrollo, que son los principales usuarios de este instrumento. También debería adoptarse una decisión mediante la cual los países de altos ingresos prestarían al FMI los DEG que no utilizan, para financiar la capacidad de préstamo del Fondo.

2.- Se deben suspender temporalmente los pagos de deuda pública externa. El G-7 apoyó públicamente esta vía el martes 14 de Abril. Es una buena noticia. Ahora toca acordar los detalles (¿quiénes se benefician?, ¿por cuánto tiempo?, ¿en qué condiciones?), y sumar al acuerdo a otros países y a acreedores privados. Esta moratoria será la manera más eficaz de crear espacio fiscal sin impactar en las medidas sanitarias y de cobertura social. De lo contrario, los gobiernos tendrán que decidir entre incumplir en el servicio de la deuda (default) o pagarla a expensas de la salud y el rechazo de sus ciudadanos. Muchos economistas, entre los que se encuentran Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, apoyan ya esta moratoria.

Para evitar fallos de coordinación y parasitismo (free-riding), ésta debe ser coordinada entre todos los acreedores: los organismos multilaterales como el FMI y el Banco Mundial, los acreedores bilaterales (principalmente, los países miembros del Club de París y China) y los inversores privados.

3.- Los países desarrollados deben apoyar oficialmente los controles de capitales para evitar su fuga de los países en desarrollo. Durante décadas, élites académicas e instituciones internacionales criticaron con dureza los controles de capitales. En los últimos años, las críticas se han acallado y el FMI ya no tiene una postura firme sobre la cuestión. Pero cierto estigma aún persiste. Olivier Blanchard, anterior economista jefe del FMI, ya los ha pedido para evitar que las inyecciones de capital institucional sirvan, como el año pasado en Argentina, para rescatar a los acreedores y no a los ciudadanos.

Ecuador como precedente

De lo general a lo concreto, volvemos a Ecuador. El país se ha visto obligado a procesar esta situación a un ritmo acelerado. En la vertiente sanitaria, ha sido severamente golpeado por la pandemia, alcanzando la segunda ratio más alta de muertes por Covid-19 por habitante en América Latina. En el apartado económico, se enfrenta, entre otros, al colapso de la demanda de petróleo. Como contexto, en 2019 los ingresos brutos por este concepto representaron alrededor del 37% de sus ingresos presupuestarios y del 39% de las exportaciones.

Ante la crisis, el Gobierno ecuatoriano ha publicado este 13 de abril una solicitud de financiación a las instituciones internacionales y pedido una moratoria de pagos externos de deuda. Es el primer país en desarrollo en hacerlo durante la pandemia, pero no será último. Ya en la última semana de marzo, Ecuador aplazó cerca de 200 millones de dólares en pagos de intereses usando la cláusula del período de gracia. La semana siguiente, el 7 de abril, emitió una solicitud de consentimiento (consent solicitation) dirigida a sus bonistas internacionales, apelando por primera vez a una moratoria pactada de la deuda externa.

Si se quiere evitar la mayor crisis humanitaria en décadas, la comunidad internacional debe impedir que una crisis de deuda asole a los países en desarrollo. Las medidas necesarias no son fáciles ni baratas, pero salvarán millones de vidas y nos dejarán un mundo más seguro y estable para todos. La gestión del caso ecuatoriano puede sentar un precedente de peso para otros países en estado crítico. Cuánto antes se actúe, mejor.

**

Contra la pandemia, información y análisis de calidad
Colabora con una aportación económica

Autoría

Patrocinado por:

Deja un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.