Cómo reformular la política económica exterior de la UE

El paradigma de la cooperación multilateral en las relaciones internacionales está siendo sustituido por el de la rivalidad geoeconómica, abocándonos a un mundo de grandes potencias en el que la Unión Europea se siente especialmente incómoda.

Tradicionalmente, la Unión ha tendido a separar la política económica exterior de la geo-estrategia. La primera se dedicaba a maximizar la eficiencia y aumentar la prosperidad, sobre todo mediante acuerdos comerciales. La segunda, de la que habla más bien poco, se centraba en la política de ampliación y la proyección del poder blando europeo, pero carecía de una visión geopolítica coherente y no utilizaba herramientas geo-económicas ni militares. Sin embargo, ni Estados Unidos ni China (y tampoco Rusia) hacen esa distinción. Para ellos, la política económica es una herramienta más de la política exterior. Y si la Unión Europa no hace lo mismo, estará en una situación de inferioridad estructural. En palabras de Mark Leonard y sus coautores, “la Unión Europea necesita un cambio de mentalidad para lidiar con las amenazas a su soberanía económica. Tiene que aprender a pensar como una potencia geopolítica, definir sus objetivos y actuar estratégicamente”.

La Unión tiene que aprender a actuar como un bloque cohesionado con visión estratégica capaz de moldear la cada vez más disfuncional globalización. Debe seguir trabajando para refundar un orden multilateral basado en reglas y, en paralelo, tiene que prepararse para lo peor y tener un plan para ser relevante en un mundo económicamente más fragmentado, sin instituciones multilaterales efectivas y geopolíticamente más hostil. Además, como la apertura económica y el apoyo al multilateralismo constituyen parte del ADN de la Unión, pero algunos de sus ciudadanos se están viendo seducidos por tesis nacionalistas y proteccionistas, es necesaria también una política que aumente la legitimidad de una globalización mejor gobernada a ojos de su opinión pública, sobre todo en los aspectos financieros.

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Para conseguirlo, además de trabajar en una política de seguridad y defensa común que le permita aumentar su autonomía estratégica, tiene que afinar sus herramientas de política económica exterior.

En el ámbito comercial, la Unión Europea debe promover el sistema multilateral de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y trabajar activamente para su reforma, con el fin de evitar su colapso o pérdida de relevancia. De especial urgencia es la reforma del mecanismo de apelación del Sistema de Resolución de Disputas, para evitar su parálisis. La Unión tiene que aspirar a liderar una coalición de países afines con los que acordar líneas de reforma de la OMC que puedan ser eventualmente asumibles por Estados Unidos y China. Asimismo, la Unión debe asumir que cada vez es más probable que la OMC pueda ir avanzando acuerdos en formato plurilateral; es decir, a varias velocidades y con geometrías variables.

En el ámbito de la guerra arancelaria y tecnológica en curso, la UE debe mantenerse dentro de las normas del sistema OMC y neutral en la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China. Es esencial que responda al proteccionismo de la Administración Trump de forma recíproca, proporcionada y dentro de la normativa multilateral, y no como otros países más pequeños y vulnerables que han cedido ante las presiones de Estados Unidos. Esto le permitirá proyectar sus valores y promover su poder normativo, al tiempo que marca una clara diferencia de estilo negociador con Estados Unidos (y China) que la proyecte hacia una posición de liderazgo.

En paralelo, al mismo tiempo que defiende e impulsa la reforma del sistema multilateral y los acuerdos plurilaterales, la Unión debe seguir tejiendo una nutrida red de acuerdos preferenciales como los alcanzados recientemente con Mercosur o Japón. Ambas estrategias no son incompatibles. Los acuerdos preferenciales permitirán a la Unión Europea trabajar por la continuidad de la apertura del sistema económico mundial ante el auge del proteccionismo, insertar mejor a las empresas europeas en las nuevas cadenas de valor y el comercio de servicios, promover sus valores e ir trazando alianzas que serán muy útiles si se produce un colapso del sistema multilateral y una división de la economía mundial en bloques en torno a Estados Unidos y China, dentro de una lógica neo-imperialista.

En el ámbito monetario y financiero, es necesario potenciar el papel del euro como moneda global. Tener una potencial moneda de reserva internacional y no utilizarla como herramienta geoestratégica es algo que la Unión no se puede permitir. Mientras el euro no complete su unión bancaria y fiscal, y no se dote de instrumentos políticos e institucionales para mejorar su gobernanza, incluidos los eurobonos, una voz común en el mundo y una silla única en las instituciones financieras multilaterales, no podrá aspirar a disfrutar de las ventajas de la moneda de reserva y ejercer el poder monetario. A día de hoy, al no tener un proyecto común suficientemente definido en relación a su moneda, un estado que la sustente y un ejército que la proteja, la Unión se encuentra en una posición de debilidad monetaria frente a Estados Unidos, y también frente a las potencias emergentes, sobre todo China.

Como el poder y la influencia externa requieren de mayor cohesión y fortaleza internas, la Unión Europea necesita mejorar la legitimidad de la apertura económica a ojos de sus ciudadanos. Así, por ejemplo, como la política comercial se negocia al nivel europeo pero su impacto en los distintos países y regiones de la Unión es muy desigual, se hace imprescindible mejorar la situación económica y el bienestar de los perdedores de la liberalización con más y mejores instrumentos fiscales centralizados al nivel europeo. Del mismo modo, debe mejorar sus capacidades tecnológicas para que sus empresas no queden rezagadas en la cuarta revolución industrial, lo que requiere aumentar recursos para investigación y repensar la política industrial. Pero para que la Unión (y también sus estados miembros) aumenten su capacidad financiera hay que abordar el espinoso tema de la legitimidad de la globalización financiera, la fiscalidad y su regulación, que, en líneas generales, contribuye a la mala prensa de la globalización mucho más que la apertura comercial.

Es necesario trabajar para garantizar un terreno de juego equilibrado en el movimiento internacional de capitales como el que existe –aunque imperfecto– en el ámbito comercial. Sería preciso fijar un tipo mínimo de impuesto de sociedades en la Unión para evitar una carrera hacia abajo y armonizar aspectos clave del impuesto como la residencia fiscal de las empresas y demás aspectos de determinación de la base imponible. La atracción de empresas no puede depender de trucos de ingeniería fiscal o acuerdos secretos, sino de la calidad del capital humano y las instituciones.

Además, la legitimidad de la globalización financiera europea difícilmente se logrará mientras no se consiga evitar la capacidad de bloqueo en el ámbito fiscal de países que se aprovechan de otros estados miembros y erosionan sus bases imponibles. Aunque la presión política y social favorece la progresiva desaparición de los paraísos fiscales (y la Unión debe seguir abogando por ello en el G-20 o la OCDE), urge terminar cuanto antes con los situados dentro de la propia Unión Europea. Y para ello resulta imprescindible, como ha explicado Enrique Feás, replantear la toma de decisiones en materia fiscal en la Unión, de forma que la mayoría cualificada reemplace a la unanimidad; si no en todos los aspectos, sí al menos en materia de armonización y control de abusos para evitar el fraude y la elusión.

Estas medidas permitirían a la Unión Europa convertir su indudable (pero menguante) peso económico en mayor influencia política internacional, algo esencial tanto para mejorar la situación material de sus ciudadanos como para proyectar mejor sus valores e intereses en un mundo cada vez más impredecible y peligroso; e, inevitablemente, post-europeo.

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