Conocimiento y actitudes hacia la UE en España: periodistas y académicos, ¡a la tarea!

“Pero si se teme el mañana es porque no se sabe construir el presente, uno se dice a sí mismo que podrá hacerlo mañana y entonces ya está perdido porque el mañana siempre termina por convertirse en hoy (…) lo que importa es el ahora: construir, ahora, algo, a toda costa, con todas nuestras fuerzas (…) Para eso sirve el futuro: para construir el presente con verdaderos proyectos de seres vivos”

Muriel Barberry, La elegancia del erizo, 2007

Vivimos tiempos de urgencia en la UE, pero también de esperanza. Dichosamente, somos muchos los europeos avergonzados por algunas decisiones conjuntas contrarias a nuestros principios y valores, por ejemplo sobre la renegociación del lugar del Reino Unido en la UE o la gestión de los flujos de demandantes de asilo. Estas decepciones se suman a las vividas durante la Gran Recesión, la cual igualmente ha institucionalizado un sistema de gobernanza económica que excluye opciones políticas y complica (más) el control democrático.

La pregunta es hoy cómo entre nosotros, europeístas abochornados, particularmente en España, están de fuertes la memoria, el entendimiento y la voluntad.

Hace unos días leía un oportuno artículo publicado en el EUROPP Blog de la London School of Economics en el que se demandaba de la BBC una estrategia proactiva en la campaña del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido de la UE, para cuando menos neutralizar los estereotipos y la cobertura claramente desenfocada predominante en la prensa británica en general de la política europea y en particular del debate sobre su continuidad en este sistema político. Se pedía una mayor cobertura de los asuntos de la Unión, a fondo, y con el firme propósito de ofrecerla de forma no sesgada, subrayando el rol educacional de la compañía pública. 

He tenido ocasión de comentar con colegas una preocupación similar para el caso de España, no solo en base a los datos de opinión del Eurobarómetro y del novedoso estudio de la Fundación Bertelsmann “¿Qué quiere la gente?”, el cual detecta un nivel de conocimiento alto de la UE entre los españoles ocho puntos inferior a la media de la eurozona (España: 66%, media eurozona: 74%, Francia: 76%, Alemania: 79%, Italia: 80%), sino también tras escuchar la confesión de alguna estudiante Erasmus (italiana) acerca de su sorpresa ante el desconocimiento aquí de aspectos básicos de la Unión, además de sobre la visión negativa de las instituciones que muchos españoles expresan.

Memoria

Recordemos que con anterioridad a la Gran Recesión, la mayoría de los ciudadanos españoles se posicionaba a favor de la UE. Nuestras actitudes hacia la Unión respondían a expectativas de mejora económica y en el estatus internacional del país así como a rasgos propios del proceso de democratización tras el final de la dictadura franquista. Se trataba de un sostén del todo acrítico.

La cobertura mediática de la política de la Unión se adecuaba a estas actitudes. Los partidos, también en su mayoría euroentusiastas, apenas hablaban de Europa, salvo como oportunidad o incluso necesidad. Se hallaban por tanto muy lejos de ofrecer mensajes y propuestas sobre las distintas políticas y temas supranacionales. La falta de una oferta diferenciada en política europea contribuía al desconocimiento y la carencia de posicionamiento ciudadano más allá del apoyo acrítico a la integración. Nos situábamos en un terreno de ausencia de control directo de los actores españoles, fundamentalmente el ejecutivo, partícipes en la toma de decisiones en Bruselas.

Incluso, a diferencia de lo ocurrido en otros Estados miembros, históricamente en España no ha habido relación entre la competición partidaria y la transferencia de más asuntos al nivel supranacional de toma de decisiones. En este país la atención a la UE solo aumentó en el momento inmediatamente posterior a la entrada en vigor del Tratado de Maastricht (1993). Contraintuitivamente, se redujo en el cambio de siglo con el inicio de la integración monetaria en la eurozona, en pleno debate sobre el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa (2004), y cuando entró en vigor del Tratado de Lisboa (2009). Es más, a pesar de los efectos sobre la política española de las decisiones a escala europea adoptadas durante la Gran Recesión, desde 2008 descendió el énfasis en la UE de nuestros partidos, aun cuando las elecciones generales del año 11 fueron adelantadas tras la reforma constitucional que incorporó el freno automático al déficit público y la garantía de la prioridad del pago de la deuda recogidas en el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza.

El caso es que mientras entre las fuerzas políticas españolas prevalecía el silencio sobre política de la UE, la imagen de la Unión para los ciudadanos se desplomaba. Entre 2007 y 2012, la España euroentusiasta fue el Estado miembro que registró una mayor caída de apoyo a la Unión, de 45 puntos (del 65% al 20%). La media en Europa fue de 26 puntos (del 57% al 31%).

Entendimiento

Por tanto, los ciudadanos y los partidos españoles han sido poco críticos en temas de la UE, irracionalmente, a pesar de la profundización de la integración e incluso en plena crisis. Mas, la Gran Recesión ha tenido un enorme impacto en la imagen de la Unión en la opinión pública española.

En el primer gráfico vemos cómo en 2007 los españoles teníamos una imagen positiva de la UE 12 puntos por encima de la media europea. Sin embargo, los últimos datos del Eurobarómetro reflejan que solo 3 de cada 10 reconocemos mantener esa buena visión. La media europea es de 4 sobre 10. Así, en España, el deterioro de la imagen de la UE en el conjunto del período, de 2007 a 2015, ha sido de 30 puntos, a pesar de que ésta se recupera desde 2013.

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Fuente: Eurobarómetro

A fin de ilustrar la magnitud del daño sufrido en los peores años de la crisis, que dista mucho de verse reparado, el gráfico 2 refleja la evolución de la diferencia entre los españoles que declaran tener una imagen positiva y negativa de la UE.

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Fuente: Eurobarómetro

Por otra parte, la gran crisis, en particular los acontecimientos de 2011 y 2012, parecen haber provocado un aumento del número de españoles que se declaran conocedores de las instituciones, aproximándolo a la media de la UE y hasta situándolo por encima en el caso del Banco Central Europeo (BCE). Obsérvense el siguiente gráfico sobre la Comisión y el Banco Central. El cambio se produce para la Comisión entre los Eurobarómetros de otoño de 2011 (73%) y primavera de 2012 (81%), y para el BCE en otoño de 2012 (92% de conocimiento en España, media europea: 85%).

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Fuente: Eiurobarómetro

La duda es si la Comisión que tienen en mente los ciudadanos españoles en 2015 o 2016 es la institución guardiana de los Tratados y que detenta el monopolio de la iniciativa en el procedimiento legislativo de la Unión (a fin de impedir que un Estado o grupo pequeño de países controle las normas europeas) o más bien la Comisión miembro de la “troika”, supervisora en los mecanismos de estabilidad o en el Pacto Fiscal. Algo similar podríamos decir del BCE, y subrayar que el grado de conocimiento es mayor para el Banco, la institución supranacional responsable de la política de la Unión de factura menos democrática, desde luego pendiente de un rediseño institucional que aumente las atribuciones del Eurogrupo y de los eurodiputados de la zona euro al menos en lo que tiene que ver con el control del BCE.

Ampliando el foco, desde el año 7, los medios de comunicación españoles han reaccionado antes que los partidos y aumentado su cobertura de la política de la UE, pero no sobre todos los temas de la Unión por igual. Dicho en una frase, como es comprensible por noticiable, los ciudadanos españoles hemos escuchado hablar más de la “troika” que del procedimiento legislativo ordinario, y de los nuevos Tratado de Estabilidad Coordinación y Gobernanza y del MEDE que del Tratado de Funcionamiento y el Tratado de la Unión tras su reforma en Lisboa, incontestablemente fortalecedora de la legitimidad democrática de la UE.

Voluntad

A la espera de crear los datos, parece improbable que la imagen de la Unión proyectada en la discusión pública española en los últimos años se ajuste a la realidad de las cosas, para empezar a la distribución de competencias entre los niveles estatal y europeo y a las atribuciones de las distintas instituciones supranacionales. Esta distorsión hace más difícil y necesario que nunca el conocimiento del funcionamiento del sistema político europeo en su conjunto.

En consecuencia, la tarea pedagógica es urgente no solo en el Reino Unido sino también en España, y debe ser abordada igualmente aquí de forma coordinada entre profesionales de la comunicación y académicos comprometidos. Los periodistas deberían apoyarse más en los especialistas para completar el análisis de los asuntos de la UE, contribuyendo a su tratamiento de la forma más completa y neutra posible. También, para reducir el sesgo en la selección, a la hora de confeccionar la agenda de temas europeos que merecen atención en cada momento.

El reto es contribuir a, de una vez por todas, transitar de la percepción y el tratamiento de la UE como tema a la discusión informada y crítica sobre los distintos asuntos de la Unión, con un conocimiento suficiente de las reglas del juego, de las posiciones de los múltiples actores nacionales y europeos que participan o influyen en las decisiones conjuntas, de los ganadores y perdedores que ineludiblemente generan como decisiones políticas que son, así como a partir de una visión más completa de la Unión, nuestro sistema.

Podemos construir ahora, o seguir temiendo el mañana.

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