Coronavirus, mentiras y muerte

La crisis global del coronavirus implica un desafío para el mundo, para la libertad y la salud. Abundan las metáforas de guerra, y los que creemos en la democracia estamos dispuestos a aceptar estados de emergencia cuya necesidad es clara e incluso inmediata en todos los casos.

Pero si el historial democrático presenta historias superadoras de desafíos como éstos, los fascismos, y también los populistas que se acercan al fascismo como Donald Trump en Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil, tienen historias menos exitosas en este sentido. Lo mismo se puede decir de los post-fascistas de Vox en España o de Matteo Salvini en Italia. Todos ellos fusionan sus fantasías xenófobas y autoritarias con la ciencia y la enfermedad y el resultado no puede estar más distante de la realidad.

Hay muchas formas de combatir el coronavirus, pero la combinación de ideología, magia y la mala ciencia del fascismo no debiera ser una de ellas. ¿Deberíamos estar alarmados? Lamentablemente, en las últimas semanas se han extendido como el virus mismo las formas autoritarias de luchar (supuestamente) contra la enfermedad, pero realmente descuidándola a través de la voluntad expresada en los cuerpos nacionales en su lucha contra el mal externo o la creencia en el mundo mítico de los líderes.

Luego de negar la importancia del virus, Donald Trump optó por una mezcla de xenofobia, medidas tardías e incluso un intento de comprar una empresa alemana para tener una vacuna antes que el resto del mundo. Trump vinculó, como solución frente a la enfermedad, la construcción de su muro anti-migrantes y la idea racista de un “virus chino” con la promoción de su voluntad y su seguridad de que todo va estar bien. Hace tres semanas, prometió que para abril el virus iba a desaparecer, y el 19 de febrero, declaró a una estación de televisión de Phoenix: «Creo que los números mejorarán progresivamente a medida que avancemos». Cuatro días después, calificó la situación de «muy bajo control» y agregó: «Teníamos 12, en un momento dado. Y ahora han mejorado mucho. Muchos de ellos están completamente recuperados».

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Para principios de marzo, Estados Unidos ya era un foco de la pandemia. En ese momento ya habían circulado incluso versiones de que el mismo Trump estaba infectado. Según The New York Times, el club de Trump en Mar-a-Lago “se ha convertido en una especie de zona caliente de coronavirus”. Un número creciente de invitados que se dieron la mano con el presidente en las últimas semanas han dicho que están infectados o se han puesto en cuarentena. Según la Casa Blanca, el presidente dio negativo en los tests; pero una vez destruida la verdad, ¿cómo creer a los mentirosos?

Las idas y venidas en este sentido, esta negación a nivel global, encontraron en Brasil su mejor ejemplo. Después de una reunión con Trump en Mar-a-Lago, 11 asesores de la comitiva de Bolsonaro dieron positivo. El mismo presidente brasileño lo dio en primera instancia y, si lo creemos, en el segundo test dio negativo. Pocos días antes, Bolsonaro había dicho, como Trump, que el virus no era más que una “fantasía” creada por los medios.

Brasil tiene hoy 977 infectados y 11 muertos. La semana pasada, Bolsonaro caracterizó a las medidas globales como de “extremismo” e “histeria”, y agregó que el coronavirus “no es como se lo presenta”. De hecho, el último domingo promovió marchas masivas contra el Congreso y la Corte Suprema; e incluso, saliendo de su cuarentena, saludó a muchos a de sus seguidores en Brasilia, argumentando que no quiere sentirse como en “prisión por cinco días”, que darles la mano a sus huestes es “la voluntad del pueblo,” que se siente realmente bien y que su notable y persistente tos se debe a un “reflujo”.

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De esta forma, en Brasil una ideología muy cercana al fascismo con reclamos golpistas se entremezcla con el nacionalismo y el mesianismo más extremo para ignorar la enfermedad y la salud de la población. Lo peor de todo es que, en vez de adelantarse a la tormenta, como están haciendo países como Argentina y Uruguay, donde los políticos entienden que éste es un problema que trasciende las rencillas políticas tradicionales, el presidente brasileño parece promoverla. En concreto, los populismos de extrema derecha atacan los derechos ciudadanos y ponen aún más en riesgo la salud de la población en tiempos de pandemia.

Esta falta de responsabilidad tuvo en Italia y España sus ediciones anteriores; aunque en estos países los post-fascistas no tienen el poder como Trump y Bolsonaro.

En Italia, la idea de que el virus era una cosa externa a la nación fue promovida desde gobiernos regionales donde post-fascistas como Luca Zaia, el gobernador del Véneto (hoy una de las regiones más afectadas por el virus) sostenía hace unas semanas que «sólo tenemos 116 casos confirmados» debido a que los italianos “hacemos un buen trabajo en términos de higiene, nos lavamos las manos y nos duchamos”. Como si fuera una consecuencia dialéctica de la superioridad italiana, agregó que “China ha pagado un precio enorme por esta epidemia: después de todo, todos los hemos visto comer ratones vivos”.

A finales de febrero, Zaia explicaba, como Bolsonaro y como Trump, que «el verdadero problema es la pandemia mediática que están haciendo internacionalmente, no la sanitaria». En Véneto, explicó, «la situación está absolutamente bajo control».

La idea con raíces fascistas de que el nacionalismo, o la grandeza nacional, pueden combatir la enfermedad, es reemplazada con la mentira o la propaganda más simple cuando la ideología nacionalista no basta. Sin embargo, para aquellos que creen en el culto de sus líderes, estas mentiras son suficientes; no así para el resto de la ciudadanía.

El gobernador de la región de Lombardía, antes de tener que hacer él mismo una cuarentena obligatoria, había sostenido que el coronavirus no es mucho más que “la gripe normal”. En el momento en que escribo estas líneas, Lombardía tiene 17.370 infectados y 3095 fallecimientos. Las mentiras y el prejuicio matan.

En una entrevista icónica con el diario El País, Salvini eligió esta estrategia para contestar una pregunta apremiante: ¿Por qué los “principales focos de contagio y de expansión del virus en Europa proceden de dos regiones gobernadas por la Lega, Lombardía y Véneto”? En su respuesta, culpó al Gobierno italiano y dijo que los “gobernadores de la Lega lanzaron la alarma el 3 de febrero y el Gobierno nos dijo que no exagerásemos. Si se hubieran movido antes, habríamos tenido menos problemas”. Como Trump y Bolsonaro, niega su responsabilidad.

Los post-fascistas españoles, sin serias responsabilidad de gobierno, reproducen los mismos argumentos que contribuyeron a llevar al norte de Italia a una situación tan calamitosa.

En el caso de Vox, muchos de sus líderes se contagiaron después de haber convocado actos políticos en un marco antitético a la prevención y contención recomendadas por los expertos. Pero una vez contagiados, sus fantasías xenófobas les llevaron a argumentar que el virus era cosa china y que sus anticuerpos personificaban a la nación en su conjunto. Éste fue el caso de uno de sus líderes, Javier Ortega Smith, quien señaló desde su confinamiento “que mis anticuerpos españoles luchan contra los malditos virus chinos”. Agregó que «sólo si nos mantenemos unidos como nación (…) superaremos este importante desafío, como tantas otras veces lo hemos hecho en nuestra historia; porque nosotros, aunque algunos intenten negarlo, somos hermanos de sangre y cada uno se convertirá en el refugio en el infierno para los demás. Mucho ánimo, que venceremos. Fuerza España».

Para los historiadores del fascismo y de la salud, esta fusión entre lucha nacional y enfermedad es una marca indeleble de regímenes como los de Hitler y Mussolini. La mezcla fascista de ideologías políticas, racismo y persecución de la otredad no condujo a revoluciones científicas ni a grandes descubrimientos, sino a violencia e incluso a genocidio. En el Holocausto, las víctimas fueron acusadas por primera vez de propagación de enfermedades, y los nazis crearon condiciones artificiales e insalubres en los guetos y campos de concentración y exterminio para que la ideología pudiera imponerse a la realidad. Sólo en este universo creado por ellos, las víctimas enfermaron y propagaron dolencias. Por otra parte, el fascismo imaginó enfermedades por doquier, pero no logró grandes avances con las reales.

Dictadores y demagogos que niegan la realidad y hacen de la mentira una política de gobierno encuentran dificultades para lidiar con las consecuencias concretas de aquello que niegan. En algunos casos enferman, o se exponen y, peor aún, exponen a otros muchos a la enfermedad. Frente a ella, fascistas y post-fascistas proponen soluciones mágicas y esto puede, o debería tener, consecuencias devastadoras para los populistas más extremistas y sus aliados fascistas. La mezcla de fascismo, post-fascismo, xenofobia y enfermedad tiene resultados letales. Estas ideas se basan en la irresponsabilidad más absoluta. Históricamente, el fascismo y la mentira van de la mano. Tarde o temprano, incluso sus seguidores, muchos de ellos enfermos, verán a sus emperadores desnudos. Lamentablemente, antes de su caída, muchos ciudadanos pagarán las consecuencias de sus acciones.

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