‘Covid-19’: Argentina se prepara para jugar el ‘alargue’

En las últimas elecciones argentinas, las dos grandes coaliciones que compitieron por el cargo de presidente, Juntos por el Cambio y el Frente de Todos, concentraron casi el 90% de los votos. La disputa estuvo marcada por un debate sobre cuál sería el motor de la recuperación económica y la inclusión social en el país, si el fortalecimiento de la oferta o de la demanda. Los resultados dieron un Congreso balanceado, lo que implicó que la grieta tenía que empezar a cerrarse si el país quería llegar al 31 de marzo, fecha límite para la renegociación de la deuda externa, en condiciones que no significaran una profundización aún mayor de la crisis económica que (una vez más) el país afrontaba.

Y es que si este texto se hubiera escrito en otro contexto, hoy estaríamos discutiendo si esa renegociación fue o no exitosa y los escenarios futuros económicos para la Argentina, el rol de Sergio Massa (presidente de la Cámara de Diputados) para lograr los consensos necesarios, el rol de Cristina Fernández como presidenta de la Cámara de Senadores para (dada la superioridad numérica del oficialismo) frenar o no las iniciativas que perjudicaran esta renegociación, y el acompañamiento de los gobernadores la hora de las reformas necesarias y/o exigidas por los organismos de crédito para la renegociación de la deuda.

Porque antes de reflexionar sobre las capacidades del sistema político argentino para afrontar la crisis del Covid-19, debiéramos tener presente que cuando todo esto comenzó, estábamos renegociando la deuda. Y esa deuda sigue ahí, y esa situación macroeconómica no desaparece con un virus sino que éste la agudiza, aun cuando pareciera taparla.

Tener esto presente no es menor, porque si algo está dejando en claro esta pandemia global del Covid-19 es que a las sociedades las sostiene el Estado, no el mercado, porque no hay mercado sin sociedades que consuman (algo en lo que todos los líderes globales comienzan a coincidir); pero, en la misma línea, no todos los estados están en las mismas condiciones frente a esta crisis ni tienen las mismas capacidades o herramientas de respuesta: las políticas que Canadá o Australia estén en condiciones de aplicar para el sostenimiento de sus economías durante la crisis sanitaria son muy distintas de lo que Argentina podrá hacer en este contexto.

Los dos tiempos del Covid-19 en Argentina

Primero: no éramos felices, pero tampoco comíamos murciélagos. Con 56 infectados y dos muertos, el domingo 15 de marzo, después de reuniones y conversaciones con gobernadores, oposición y su propio equipo, el presidente Alberto Fernández declaró el cese de clases presenciales y el cierre de fronteras. El jueves siguiente, con 128 casos, el Gobierno nacional declaró la cuarentena total, de nuevo con el apoyo de gobernadores, oposición e intendentes.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

Argentina le mostraba al mundo sentido de la responsabilidad y una posición común entre niveles de gobierno, oficialismo y oposición que tímidamente había comenzado a vislumbrarse en la renegociación de la deuda, pero que la crisis sanitaria aceleró.

Durante los meses del verano, entre el 10 de diciembre en que Alberto Fernández asumió el Gobierno hasta el desencadenamiento veloz de la crisis sanitaria, las posiciones extremas en cada lado de la grieta comenzaron a perder peso. Quizás por cansancio de la ciudadanía, harta de discursos efectistas, quizás por efectos de la temporada estival, quizás por la propia gravedad de la situación, quizás por la disputa de poder dentro de la oposición o por el estilo de liderazgo moderador de Fernández, los extremismos empezaban a ceder y, poco a poco, parecía vislumbrarse un futuro legislativo (por ahí debían pasar las medidas de renegociación) más cercano al ‘sueño rosquero de Emilio Monzó’ que a los efectos agrietadores de las redes.

Pero alguien bajó del avión en el aeropuerto internacional de Ezeiza y estornudó. Y esos dos anuncios en los primeros 15 días de marzo aceleraron eso que se veía en potencia. Tanto en lo discursivo como en la imagen apareció en escena un presidente que, luego de consultar con gobernadores, líderes de la oposición, especialistas, su propio gabinete y partidarios, tomaba la decisión. Las fotos y análisis de los anuncios y las expresiones de los consultados sentados a la mesa así lo mostraron.

De pronto, y después de casi una década de grieta y desencuentros (por no decir décadas enteras), Argentina parecía encontrar una causa que la unía. Pero no era el amor, era el espanto.

[Escuche el ‘podcast’ de Agenda Pública: ¿El regreso del keynesianismo?]

Segundo tiempo: vamos a hacer la cuarentena juntos, pero nada dice que saldremos juntos. Argentina no es Canadá o Australia, y no tiene a mano paquetes de millones de dólares para sostener una economía que no sólo estaba en crisis, sino a merced de los acreedores globales.

Sin embargo, la gestión y respuesta rápida frente a la amenaza sanitaria, y consensuada con todos los niveles y sectores, tuvo dos efectos. A nivel internacional, colocó al país como un ejemplo regional de contención de la pandemia. A nivel nacional, fortaleció el liderazgo de un presidente que hasta ese momento (marzo) no había completado su Gabinete nacional, dadas las disputas internas dentro de la coalición ganadora y el reparto de puestos en el Estado para todos los socios; usual business de cualquier Gobierno de coalición.

El domingo 29 de marzo, Fernández anunció la extensión de la cuarentena hasta el 13 de abril. Si bien en lo discursivo no hubo diferencias respecto de las decisiones anteriores, la foto esta vez mostró al Poder Ejecutivo en funciones en todo su esplendor, sin la presencia de líderes de la oposición o gobernadores, algo que los expertos advirtieron rápidamente.

Y esto hubiera sido sólo un problema de imagen si no se tratase del Estado argentino y su sistema político. Las dos grandes coaliciones que concentraron la mayoría de las preferencias ciudadanas en las últimas elecciones no son de ningún modo homogéneas ni responden a un solo liderazgo; y, frente a una economía en crisis cada vez más profunda, con reclamos de regreso a la actividad para sostener el empleo de los sectores productivos organizados, de las pymes y cuentapropistas, y la imposibilidad estatal de ofrecer paquetes de ayuda que satisfagan a todos los sectores, la discusión sobre si el motor de recuperación de la economía es la oferta o la demanda volvió a la cancha una vez más. Pero esta vez lo hizo con una oposición sin líder único ni arena de encuentro, dado que el Congreso donde tiene mayor representación se encuentra sin sesionar por la pandemia, y con un oficialismo que tiene que lidiar con sus propias disputas internas.

En los días subsiguientes, la grieta comenzó a reverdecer rápidamente. Desde la oposición de Juntos por el Cambio, los liderazgos legislativos comenzaron a llamar la atención sobre la transparencia en los procesos y la necesidad de reactivar al Congreso en sus funciones legislativas y de control, mientras que los liderazgos en puestos ejecutivos permanecieron alineados con las iniciativas del presidente Fernández, dada su posición en la contención de la pandemia, y aquellos sin responsabilidades legislativas o ejecutivas buscaron dar voz a los sectores afectados por el frenazo económico. De esta manera, UCR, larretismo y PRO se perfilaron de manera diferenciada pensando en el partido que jugarán en 2023. Tal vez demasiado pronto.

Para el Frente de Todos, la cuestión fue más compleja. Siendo los responsables de la gestión estatal, las tensiones post-extensión de la cuarentena los colocaron contra las cuerdas. Si durante los meses de verano se podían vislumbrar las tensiones internas dentro de la coalición gobernante, la gestión de una crisis que a todas luces será larga las puso definitivamente de manifiesto. Tres hechos de relevancia fueron muestra. Frente a la cacerola solicitando la bajada salarial de los funcionarios políticos, el presidente de la Cámara de Diputados se cortó solo hablando de recorte de dietas e inmediatamente tuvo que dar marcha atrás. El pago de jubilaciones a principios de este mes sacó a la población de riesgo a la calle, revelando la falta de dialogo y coordinación entre niveles de gobierno, agencias del Estado y sectores bancarios, lastimando gravemente los consensos alcanzados con la oposición. Las compras del Ministerio de Desarrollo Social, con precios que superaban los propuestos por el Estado nacional, terminaron en la baja de funcionarios del Gobierno, no sin una polémica que dejo herido el liderazgo presidencial.

Tiempo de ‘alargue’

Nada indica que la cuarentena en Argentina se termine en los próximos días. Mas allá de las presiones de los sectores productivos, muy lastimados ya previamente, está claro que con la llegada del frio aún quedan semanas en casa.

Si bien el Gobierno ha destinado paquetes de medidas para sostener la economía, sobre todo para los sectores sociales más vulnerables, nuevamente, éstos son más que en los países del primer mundo y están merced a un Estado en crisis económica.

Los errores de gestión cometidos durante la segunda fase de la cuarentena y las reclamaciones ciudadanas muestran, una vez más, que el grave problema del Estado argentino no es su tamaño, sino sus capacidades de gestión, la profesionalización de su Administración y la coordinación entre niveles de gobierno. Y si bien estas discusiones reaparecen con cada crisis económica, esta vez la crisis es sanitaria; y, parafraseando al presidente, un error de gestión hoy significa la pérdida de salud y vidas.

La reacción del oficialismo y la oposición en estos últimos días pareciera indicar que los sectores más moderados de ambas coaliciones son los que ganan terreno respecto a las posiciones extremas que buscan profundizar la grieta, en un marco en el que los expertos sanitarios advierten de que aún debemos estar alerta.

Pero la heterogeneidad de ambas coaliciones necesita encontrar un liderazgo que las encolumne más allá de sus diferencias. Que se haya comenzado a hablar de albertismo y larretismo puede ser una buena noticia para el sistema político argentino. Queda por ver si lo es hacia el interior de cada coalición. Para el oficialismo, parece lógico hacerlo detrás del presidente, aunque quizás el limite estará en que, en este contexto, las herramientas clásicas con las que cualquier coalición de gobierno contenta a los socios (cargos, programas, etc.) se encuentran limitadas. Para Juntos por el Cambio, el panorama se presenta más complejo. El larretismo puede ser una salida, pero no parece haber consenso dentro del PRO sobre su liderazgo; y para la UCR significaría, una vez más, quedar relegada al rol de acompañante, salvo que se reactive el Congreso y los liderazgos legislativos vuelvan a ganar peso. Los correligionarios lo tienen claro y vienen trabajando en este sentido.

En este contexto, con un Estado cuyas capacidades están en crisis, comienza a ganar terreno en el sistema político y en la ciudadanía la certeza de que es clave el apoyo de todos los niveles y sectores para afrontar la crisis sanitaria que los expertos predicen si no se sostienen las medidas tomadas hasta el momento, y en este contexto la capacidad de reacción y escucha del oficialismo y el control responsable de la oposición son herramientas vitales para llegar a medidas consensuadas, de modo que tengan la legitimidad suficiente para que todos las respeten. Así fue el primer tiempo de este partido, y así se corrigió sobre el final del segundo tiempo. Ganar en el alargue quizás dependa de continuar con esta estrategia.

**

Contra la pandemia, información y análisis de calidad
Colabora con una aportación económica

Autoría

Deja un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.