Covid-19 en América Latina: entre la fragilidad estatal y la falta de liderazgo

Hace un mes desde que la Organización Mundial de Salud ha declarado America Latina como nuevo epicentro del coronavirus en el mundo. Es la primera vez que el virus llega de manera prominente en una región integralmente compuesta de países en desarrollo, con menor capacidad estatal que países asiáticos y europeos. La prevalencia del virus en el continente se da más bien por la confluencia de tres trágicas tradiciones de la región: el abismo de desigualdades sociales, la falta de capacidad estatal y la baja calidad del liderazgo político.

La mayoría de los gobiernos latinoamericanos ha actuado de manera más seria que los europeos. De hecho, tuvieron tiempo para observar las decisiones tomadas en Asia y Europa, y lograron concebir e implementar políticas de manera relativamente eficaz: Perú, por ejemplo, decretó el inicio de su lockdown el 16 de marzo, cuando tenía 86 casos confirmados, un día después de España, que tenía 11.451. Chile, Colombia, Bolivia, Ecuador, El Salvador y Venezuela también se destacaron por implementar cuarentenas estrictas.

Argentina, donde se manifestó la primera muerte confirmada por Covid-19 en la región (el 7 de marzo), es de los casos más exitosos de contención del virus. El 20 de ese mes, tras la cuarta muerte, impuso un lockdown muy estricto a nivel nacional. La política de aislamiento ha sido apoyada por medidas como una renta de emergencia, además de créditos a tasa 0% para trabajadores autónomos. Tres meses después, el país tiene poco más de 1.000 fallecidos y la curva de transmisión parece controlada. Otro caso de éxito parece ser Paraguay, que logra mantener una media de 1 caso por cada 5.338 habitantes.

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Sin embargo, los números de casos confirmados de Covid-19 no parece que tengan siempre una relación directa con las políticas de aislamiento social. Algunos países no han logrado contener el virus, aun con políticas duras de confinamiento. Es el caso del Perú, que tiene hoy una media de un infectado por cada 135 habitantes. Así, en Latinoamérica, buenas políticas no son suficientes para compensar las profundas fallas estructurales, que hacen que algunos ciudadanos simplemente no puedan quedarse en casa.

Hacer un lockdown en América Latina no es lo mismo que hacerlo en Europa. En gran parte de la región, las viviendas tienen enormes problemas de saneamiento básico y abastecimiento de agua, lo que hace más difícil la implementación de medidas de higiene. Se suma a esos problemas una densidad elevada, no sólo en las aglomeraciones urbanas donde viven poblaciones vulnerables, sino también en una misma casa. Es el caso de la Favela da Maré, en Rio de Janeiro, donde el 24% de las personas vive en viviendas con más de cuatro personas por habitación. La alta densidad contribuye a la transmisión, y la condición de pobreza de esas poblaciones es generadora de factores de riesgo para la salud. Un estudio reciente del Instituto de Estudios para Políticas de Salud revela que el 43% de los jóvenes brasileños están en grupos de riesgo por Covid-19.

Debido a la fuerte desigualdad presente en la mayoría de los países del continente, las condiciones precarias mencionadas más arriba vienen acompañadas de graves vulnerabilidades económicas. Las políticas de aislamiento social sólo pueden funcionar si las personas tienen la posibilidad real de confinarse. En países como Perú o Brasil, donde la informalidad laboral llega, respectivamente, al 71% y al 41%, dejar de trabajar para quedarse en casa simplemente no es una opción. En Perú y Ecuador, los mayores polos de infección son los mercados de alimentos, donde convergen al mismo tiempo trabajadores de zonas rurales y urbanos. La falta de una alternativa de abastecimiento dificulta significativamente concebir una política efectiva.

En ese sentido, ninguna política de aislamiento social puede darse sin la implementación concreta de una renta mínima para los ciudadanos más vulnerables. Algunos países han optado por ello, pero la falta de capacidad estatal les ha impedido ejecutarla. En Perú, la distribución de la ayuda de 760 soles a familias vulnerables generó colas frente a los bancos, debido a la ausencia previa de políticas sociales efectivas.

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Otros países que disponen de la capacidad estatal para implementar con eficiencia la renta de emergencia se han dado de bruces con la falta de calidad de liderazgo. Es el caso de Brasil, que a lo largo de las tres últimas décadas ha desarrollado una base de datos del tercio de la población más vulnerable del país; o sea, 80 millones de personas. Sabiendo donde viven esas personas, hubiera sido fácil y rápido implementar esa política respetando el aislamiento. Sin embargo, el presidente Bolsonaro ha rechazado hacerlo durante semanas, hasta que el Congreso le obligara a finales de marzo. El Gobierno ha tardado semanas en ejecutarlo, desaprovechando su capacidad estatal.

En este sentido, Brasil ha padecido la pobre calidad de su liderazgo, algo que también ocurre en Nicaragua, y que es la principal responsable de la pésima gestión de la crisis en ambos países. Brasil ya cuenta más de 50.000 muertos, y puede convertirse en la mayor víctima de la Covid-19 en todo el mundo.

Los países latinoamericanos se encuentran atrapados entre esos tres problemas crónicos. Casi todos son países con tasas de desigualdad extrema, lo que hace más difícil responder bien a la crisis sanitaria. Además, poco se puede hacer para neutralizar el efecto de las desigualdades cuando no se tiene capacidad estatal para implementar políticas de salud y sociales con eficiencia. Y cuando se tiene esa capacidad estatal, los países afrontan la mala calidad de sus liderazgos.

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