Covid-19: sobre ciudades, tecnología y densidad (y II)

Aprovechar la transición hacia una economía cada vez más digital y la aceleración de la cultura del teletrabajo como consecuencia de la Covid-19 para fortalecer las ciudades medianas y descongestionar las grandes a todos los niveles, así como la apuesta decidida por la innovación y los bienes comunes urbanos, puede contribuir a luchar contra las externalidades negativas de las grandes ciudades y a fortalecer la cohesión territorial, preservando la densidad (más que el tamaño) como ingrediente fundamental de las urbes más prósperas y equitativas.

¿’Too big to fail’ ante la Covid-19? 

Varios estudios muestran que existe una estrecha correlación entre el aumento de la complejidad económica y el cambio de estructura productiva por la revolución tecnológica y digital con el aumento de la concentración espacial y la demanda de mano de obra muy cualificada, que acaba por disparar la desigualdad en las ciudades de mayor tamaño. Este contexto beneficia cada vez más a una pequeña élite global que vive en grandes ciudades, y perjudica a los trabajadores menos formados que ya no se benefician de emigrar a las grandes urbes, como ocurrió en la era industrial.

El aumento, en los centros urbanos, de la demanda de trabajadores con mayor poder adquisitivo en las grandes ciudades provoca el encarecimiento de la vivienda, expulsando a los menos cualificados de las urbes más dinámicas y focalizadas en actividades de alto valor añadido. Esta situación se agrava más si cabe por la globalización, que permite la atracción de talento internacional con mayor poder adquisitivo que la media.

A diferencia de los años 60-90, ahora son las clases urbanas más formadas y móviles para la nueva economía las que se benefician de vivir en el centro de las grandes urbes especializadas en la alta tecnología o las finanzas. La automatización/robotización y la pérdida de peso de la industria y la manufactura en Occidente han reducido la demanda de trabajadores menos cualificados en las zonas urbanas de mayor tamaño. Y si bien han seguido llegando de forma exponencial a las áreas metropolitanas (sobre todo en Asia), no se han beneficiado del todo del crecimiento económico, disparando los índices de desigualdad. Ésta ha sido la cruz de la contribución de estas grandes urbes occidentales al crecimiento y la innovación. 

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El crecimiento urbano de postguerra se basaba en una relación más estrecha de las grandes ciudades con las zonas rurales, las ciudades intermedias y la industria de los alrededores. Con la llegada de la globalización, la financiarización y la evolución de la economía urbana hacia sectores de alto valor añadido, se ha perdido esa conexión con el territorio, ya que las ciudades hiper-conectadas a nivel global pueden hoy importar alimentos, manufacturas, talento y capital de lugares lejanos a su periferia.

Los países con economías más primarias y de menor valor añadido sufren el riesgo de urbanizarse a marchas forzadas y sin planificación ninguna (asentamientos informales), reduciendo los potenciales beneficios de emigrar a grandes ciudades. Es lo que algunos llaman urbanización sin crecimiento. Éste fenómeno parece estar afectando también a muchas urbes del mundo desarrollado, sobre todo intermedias, que no han sido capaces de adaptarse a una era post-industrial en la que Asia empieza a dominar el tablero manufacturero, provocando una tendencia a la concentración de capital humano extremadamente formado en las ciudades más grandes y dinámicas. Esto acaba por disparar la desigualdad intra-urbana y urbana-rural, caldo de cultivo para el auge del populismo especialmente en las regiones más vacías y pobres.

Ello se debe a que los países más desarrollados y grandes tienden a tener economías de alto valor añadido basadas en el conocimiento que requieren de una mayor concentración espacial (trabajo, capital y tierra). Si bien esta concentración (espacio) que generan las economías de aglomeración (proximidad entre los factores) fue fundamental para hacer de las urbes occidentales el motor de crecimiento económico principal de posguerra, la tendencia para el mundo en desarrollo y para cada vez más ciudades occidentales (medio-oeste americano, norte de Inglaterra, etc.) parece estar cambiando por sus efectos sobre la desigualdad y el equilibrio territorial.

Algunos análisis, como éste de investigadores de la London School of Economics (LSE), intentan establecer una relación de causalidad entre el tamaño medio de las ciudades, el éxito económico nacional (medido en PIB per cápita) y el nivel de población urbana total en 116 países. Sin embargo, en el mundo en desarrollo es más beneficioso tener poblaciones concentradas en ciudades medianas y pequeñas que en mega-ciudades. Mientras que en la era industrial fue positiva una mayor concentración en Occidente cuanto mayor era la población del país en su conjunto, así como en función del grado total de urbanización (tener una ciudad de más de 10 millones sólo es positivo si se tiene una población urbana de al menos 28 millones), la digitalización y mayor complejidad de la economía está teniendo efectos perversos, sobre todo para los trabajadores menos cualificados.

Muchas ciudades industriales del mundo desarrollado no han sido capaces de adaptarse a la era postindustrial, aunque las de mayor tamaño y dinamismo hayan seguido atrayendo trabajadores.

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La relación entre el tamaño y el crecimiento económico depende también de factores contextuales muy importantes: unas buenas infraestructuras (en retroceso en muchos países), una gobernanza eficiente (ausencia de corrupción, administraciones fuertes, transparencia, etc.) y la presencia de industrias que se benefician de las economías de aglomeración, habitualmente más ausentes en los países en vías de desarrollo. McKinsey sugiere que el crecimiento se trasladará de las grandes urbes de más de 10 millones a ciudades medianas en rápido crecimiento, muchas de ellas en China e India. Su desarrollo debe ser una prioridad por varias razones:

  1. Son las ciudades que se enfrentan a un importante déficit de infraestructuras y de servicios, así como a la falta de oportunidades laborales, al aumento de la pobreza urbana y a una estructura económica menos diversificada.
  2. Hay un gran número de ellas, sobre todo (el 60%) en países en desarrollo, y afrontan retos diversos por la urbanización rápida y descontrolada, así como por la dificultad de generar crecimiento y empleo. Muchas de ellas son pobres y su desarrollo está teniendo enormes costes medioambientales y sociales por la falta de infraestructuras y el crecimiento de asentamientos informales.
  3. Son la trastienda imprescindible para el desarrollo de las metrópolis. Si bien suponen el 40% del PIB mundial, proveen de los recursos y servicios primarios e intermedios esenciales para el buen funcionamiento de las grandes áreas metropolitanas, que representan un 60% del PIB.
  4. Son centros económicos y de gobernanza básicos, muchas veces capitales de niveles de gobierno sub-nacionales o centros de referencia para la industria, la manufactura y el procesamiento de materias primas vitales para el desarrollo.
  5. Mejor muchas y medianas. Los países con una red importante de ciudades de tamaño intermedio (pensemos en Alemania) que no están dominadas por mega-ciudades tienden a ser menos desiguales, más cohesionados a nivel interregional, con mayores índices de productividad y un PIB per cápita más elevado.
  6. Son las principales afectadas por el ‘efecto imán’ de las grandes ciudades, a las que la globalización ha posicionado como centros de crecimiento, centrando todos los esfuerzos, pero ha contribuido también, en muchos casos, a desconectarlas de su entorno.
  7. Tienen una menor capacidad de planificación, atracción de inversiones (dependencia de las transferencias) y acceso directo a fondos públicos y privados.

Bienes comunes urbanos, re-equilibrio territorial e innovación ante la pandemia

Necesitamos fortalecer la provisión determinados bienes y servicios (tales como el agua) más allá de las reglas del mercado por ser vitales e imprescindibles, con objeto de señalar el camino a los estados para que mejoren la gobernanza global, la coordinación y la redistribución frente al desorden y la competición interestatal que hemos visto a la hora de gestionar la crisis de la Covid-19: por las vacunas o las mascarillas, falta de solidaridad, fraudes, inefectividad de la Organización Mundial de la Salud, etcétera.

No se trata de proveerlos de forma centralizada o de que no haya competencia, sino de hacer que se ofrezcan lo más ampliamente posible bajo criterios utilitaristas y de acceso, aunque ello acabe suponiendo un coste adicional asumible.

Debe ser prioritario apostar por la descentralización de la complejidad creciente desde las grandes ciudades hacia las medianas, manteniendo la densidad como multiplicador de la inversión en polos intermedios de actividad económica. Y, al mismo tiempo, necesitamos políticas que permitan una mayor accesibilidad de la gente menos formada de las grandes ciudades a oportunidades de alto valor añadido y una apuesta decidida por la difusión del conocimiento y la educación que garantice el acceso de todos a las actividades más complejas.

Por otro lado, necesitamos una reforma de la financiación municipal que se inspire en el modelo sueco, y una mayor creatividad para financiar proyectos que, junto con una renta básica sufragada por un pacto tecno-digital y mayores competencias locales, eviten que caigamos en una doble segregación: en el seno de las grandes urbes y entre éstas y el resto del territorio por los efectos imán y expulsión; especialmente, en un contexto en el que la desigualdad puede agravarse por el mayor impacto de la Covid-19 en los barrios con menor renta, donde residen trabajadores de sectores tradicionales, de menor valor añadido y que no puede teletrabajar.

Por lo que respecta a la innovación, habría que desarrollar y establecer centros de investigación, universidades y sedes institucionales (nacionales y regionales) en ciudades medianas, así como invertir en mejores infraestructuras, aceleradoras e incubadoras locales con un mayor foco en la transmisión del conocimiento (spin-off) a través de una apuesta decidida por el capital público-privado y/o las inversiones de impacto (bonos verdes, etc.) para generar esa red de urbes y regiones poli-céntricas prósperas y de futuro.

En este contexto, el camino es diseñar estrategias de innovación local integradas en planes supra-metropolitanos y regionales que se focalicen en los siguientes elementos:

  • Desarrollo de estrategias formales de innovación integral (transversal a todos los departamentos y actores sociales) y una mayor creatividad en el diseño de políticas públicas urbanas y regionales.
  • Un apoyo decidido de los líderes políticos y funcionarios de alto rango al desarrollo transversal de dichas estrategias y la designación de directores de innovación, cercanos a la oficina del alcalde o alcaldesa y de los presidentes regionales.
  • Recursos humanos y financieros suficientes para la innovación, con el objetivo de construir equipos y labs locales y regionales.
  • Reforzar las capacidades municipal y regional de análisis de datos (no sólo desde el punto de vista tecnológico), con la pretensión de tomar decisiones mejor informadas que permitan experimentar y desarrollar lo que funciona y proveer servicios más eficientemente.
  • Mejores estructuras de evaluación de la innovación y las inversiones, así como análisis de impacto para escoger las opciones más efectivas de política pública.  
  • Apostar por el desarrollo de modelos de aplicación de las teorías de redes y de la complejidad que, junto con la inteligencia artificial (datos, aprendizaje automático, etc.) a escala urbana, metropolitana y regional nos permitan entender los ingredientes que hacen próspera una ciudad/región y sus características espaciales, de infraestructuras y de talento.

La cooperación y el pragmatismo de las ciudades como inspiración 

La mayor permeabilidad, pragmatismo y capacidad de experimentación de las ciudades frente a los estados debe servirnos para sacar el máximo partido de la urbanización biomórfica, situando al ecologismo en el centro del diseño urbano futuro, así como recuperar la cohesión y la relación perdida con el territorio. El desarrollo de multitud de plataformas de cooperación entre las ciudades y sus redes, como #Cities4GlobalHealth, para encontrar soluciones e intercambiar buenas prácticas respecto a la Covid-19, contrasta con el clima de competición y desconfianza entre estados. Fortalecer el binomio integración-descentralización será esencial tanto para una mayor presencia del mundo urbano en la toma de decisiones europea (ya que, sin él, los objetivos políticos comunitarios serán inalcanzables), como para el apoyo político y financiero directo de la UE a sus ciudades.

Si bien las grandes urbes seguirán siendo el principal motor de crecimiento e innovación de la humanidad, la respuesta para tomar las mejores decisiones estará en un mayor equilibrio entre ciudades de distinto tamaño, un nuevo pacto digital (tecno-pragmatismo) que aborde el uso de los datos y la tecnología en beneficio colectivo, una apuesta decidida por la descentralización y el fortalecimiento de las teorías de redes y de la complejidad económica a escala urbana, así como en el equilibrio entre urbes en un radio de 100 kilómetros. Todo ello, junto al establecimiento de bienes comunes urbanos y una mayor capacidad fiscal regional y municipal, puede ayudarnos a preservar la densidad en ciudades grandes y medianas como elemento fundamental del bienestar.

El liderazgo que demuestren las ciudades en la lucha contra la Covid-19 en todos estos frentes podrá servir de ejemplo para los estados a la hora de fortalecer la cooperación internacional y de diseñar mejores estructuras de gobernanza global para enfrentarnos a futuras crisis con mayores garantías.

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