¿Crecer o decrecer? Ésa no es la cuestión

Leo con interés el debate iniciado en este foro sobre el profundo calado de la transición ecológica. Florent Marcellesi apuesta por abandonar el dogma del crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) como único faro de toda política económica. Pedro Fresco, por el contrario, por el desarrollo sostenible y teme que abandonar el crecimiento económico tenga un coste político que haga imposible la transición. Fernando Prats ahonda en la espesura y complejidad de los retos que enfrentamos, que pudieran ser señales de una crisis de alcance civilizatorio.

Lo más interesante es que todos ellos tienen razón. Por ahora, no hay motivos sólidos para pensar que vamos a desacoplar prosperidad material y huella ecológica. Pero el reconocimiento de esa realidad nos adentra políticamente en terra incognita y esto produce vértigo. Y sí, la situación que tenemos es una crisis de civilización; de magnitud, complejidad e intensidad sin precedentes. Se nos hace incómoda la confluencia de estas constataciones en parte contradictorias y no parece que tengamos una senda clara por la que transitar, a pesar de la Agenda 2030 de Naciones Unidas y del Acuerdo de París. Entonces, ¿qué marco de referencia utilizamos para construir futuros deseables? Ésta, en mi opinión, es una pregunta muy relevante y no reducible al crecimiento o no del PIB. Para profundizar en ella, y por las múltiples alusiones al Club de Roma, aquí vienen algunas ideas.

Primero, el vértigo político ya está servido y no va a desaparecer fácilmente: muchos millones de madres y padres en el mundo occidental piensan que la vida de sus hijos va a ser peor que las suyas. Y muchos millones de adolescentes y jóvenes reclaman en las calles otro futuro que el que ven venir. Hay un sentimiento de pérdida que es una fractura profunda en la evolución cultural de nuestras sociedades. Podemos negar esa fractura, pero en tal caso sus consecuencias serán peores. Podemos seguir pensando que 2008 no invalida las bases de nuestro sistema económico y social. Podemos minimizar la trascendencia de que los dos países que crearon la globalización moderna hayan decidido a la vez salirse de ella. Podemos seguir ignorando que el ascenso de China es imparable, y que es una vuelta a la centralidad que tuvo durante casi toda la Historia. Y que abre una etapa muy distinta en la que la mayor parte del mundo (no el resto del mundo, como decíamos) reclama protagonismo y afirma su independencia de la visión occidental.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Podemos, por supuesto, negar la totalidad o la magnitud de los daños infligidos a la biosfera que nos da la vida. Podemos considerar esos daños como colaterales sin cuestionar por qué los infligimos. Podemos pensar que ciencia y tecnología resolverán nuestros problemas, como si ésa hubiera sido su función en el pasado. Podemos evitar pensar que, a la vez que la humanidad prospera, está también suicidándose, no destruyendo el planeta y la vida, sino a sí misma.

Es imprescindible despertar: lo dijo el Club de Roma hace 50 años (sin que eso nos otorgue ninguna superioridad intelectual o moral para lo que sigue). Pero ¿de qué sueño, de qué fantasía debemos despertar? Estaría bien empezar por el mal llamado ‘neoliberalismo’, que tiene poco de liberal y mucho de ‘neo-rentista’. Esta ilusión dice que se puede vivir de las rentas de riquezas y predominios adquiridos en el pasado; y que la creación de nuevos predominios rentistas contribuye a la eficiencia económica. En esta fantasía llevamos 40 años y, con ella, el peso de la deuda sobre el PIB se ha triplicado. No sólo eso: esa fantasía ha permitido que la explosión de internet, nacida para descentralizar el conocimiento y el poder, termine creando monstruos medievales, los ‘ciber-señores’, que cobran peaje a todo el que quiera existir. Ya dijo Umberto Eco hace décadas, que entrábamos en una nueva Edad Media. 

Las civilizaciones humanas viven en un trilema, distinto pero relacionado con el que popularizó Dani Rodrik sobre globalización, soberanía nacional y democracia. Tenemos tres imperativos que no pueden cumplirse todos a la vez: el ecológico, el democrático y el rentista. En el pasado hemos combinado el imperativo rentista y, hasta cierto punto ,el democrático en los países centrales del sistema-mundo, a cambio de ignorar el imperativo ecológico y la explotación de unos países colonizados o dominados y de un género subyugado. Hoy, los tres imperativos se manifiestan con crudeza: ni las mujeres ni la mayor parte del mundo aceptan ya la dominación, ni el sistema-Tierra nos va a dejar tranquilos, ni abandonamos la ilusión del rentismo, que es tan eficaz porque todos aspiramos a vivir de ella. A largo plazo no hay ninguna duda de lo que ocurrirá: si no servimos al imperativo ecológico, el sistema-Tierra se deshará de nosotros. ¿Cómo abordar este nudo gordiano?

En primer lugar, reconociéndolo. Veinticinco años después de haber presidido la Comisión de las Naciones Unidas que dio luz al concepto de desarrollo sostenible, Gro Harlem Brundtland afirmó, en 2012, que «la capacidad humana para actuar ha superado ampliamente la capacidad humana para comprender» y que, en consecuencia, «la civilización se enfrenta a una tormenta perfecta». Hace muchas décadas, Gregory Bateson apuntó que «nuestros mayores problemas son consecuencia de la diferencia entre la manera en que funciona la naturaleza y la manera en que pensamos».

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Mal que nos pese, nuestra consciencia no nos da un acceso directo y objetivo a la realidad. Entre las percepciones que obtenemos de ésta y nuestro pensamiento consciente actúan nuestros marcos de interpretación, que filtran y condicionan el sentido que le damos a las cosas que pasan. Esos marcos también generan nuestras fantasías y puntos ciegos, incluidos aquéllos que son voluntarios. Pero, afortunadamente, tenemos la capacidad de saber que tenemos puntos ciegos. Esto podría cambiarlo todo, si le prestamos la suficiente atención. ¿Cuál es la tarea más urgente y práctica para construir futuros deseables? Cambiar en lo más hondo nuestra manera de pensar.

Se trata de salir del marco lineal, mecanicista y reduccionista heredado de la revolución científica del siglo XVII (y que la Física moderna arrinconó hace un siglo). Se trata de reconocer que la vida es mucho mejor que nosotros en su capacidad de innovar. Se trata de admitir que la salvación pasa por más vida y no más máquinas, por sofisticadas que éstas sean. Y que la complejidad, y la incertidumbre que va con ella, no son problemas, sino el fundamento de la vida. Se trata de que nuevas civilizaciones humanas emerjan de nuestras múltiples emergencias: «Emergence from Emergency» es el lema actual del Club de Roma. Se trata de aceptar que los caminos hacia un bienestar equitativo en equilibrio con una biosfera saludable todavía no existen; bien lo dijo Machado, se hacen al andar. Nadie tiene ni ya ni todavía las recetas para andarlos. Tal vez tengamos que volver a nuestros orígenes, a ser de nuevo todos africanos, a valorar sabidurías antiguas y ahora ignoradas. Sin duda, tendremos que hacer mejores preguntas para que ciencia y tecnología contribuyan de verdad a los futuros deseables. Y, con todo ello, conformar una transformación cultural en la que la humanidad ahora fragmentada y desconcertada encuentre de nuevo un sentido al camino.

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