Crecimiento verde, la única opción viable

El pasado 21 de febrero, el ex eurodiputado del Grupo Verde y actual co-portavoz de Equo, Florent Marcellesi, publicó un artículo en este medio titulada ¿Son compatibles clima y crecimiento?, que es una exposición bastante completa de lo que es el paradigma decrecentista respecto a la cuestión climática. La idea de fondo es que la sociedad humana debe avanzar hacia un nuevo paradigma de disminución de la actividad económica para vivir en armonía con los límites naturales del planeta, además de por otras cuestiones de carácter ético. En el caso concreto del análisis, Marcellesi defiende que la única manera de poder afrontar la crisis climática con garantías de éxito es decrecer y parece considerar imposible cualquier otra alternativa.

Conozco al autor, le tengo un enorme respeto intelectual y aprecio, y, además, considero que ha sido uno de los eurodiputados españoles que más y mejor han trabajado por los objetivos climáticos; pero también que su enfoque en este punto es equivocado, sobre todo en un sentido político, aunque también quiero matizar determinadas cuestiones expresadas en el texto.

La idea básica que subyace detrás de la tesis decrecentista es que no es posible continuar con el crecimiento económico y, a la vez, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (de forma suficiente, se sobrentiende). La base sobre la que se sostiene esta hipótesis es que, efectivamente, el crecimiento ha llevado casi siempre aparejado un aumento de emisiones de CO2, como se puede comprobar con cualquier correlación que realicemos. Este hecho es innegable, pero la cuestión no es si ha pasado, sino si es imposible cambiar esta dinámica; es decir, si se puede crecer disminuyendo emisiones.

La realidad es que el Producto Interior Bruto (PIB) y las emisiones son dos conceptos distintos que no tienen una relación estricta, por más que hasta el momento hayan estado correlacionados. Una cosa es el valor económico de las cosas y otra distinta las emisiones que se producen para fabricarlas. Marcellesi escribe literalmente que “el PIB es una función de la energía disponible”, idea que representa casi una especie de teoría del valor-energía que no comparto. Es verdad que una mayor cantidad de energía requerida encarece un bien, ya que aquélla tiene un coste que se acaba imputando en el precio, pero el precio de un bien o un servicio depende de muchas más cosas que la cantidad de energía usada en su fabricación. Hay infinidad de productos que son más caros que otros requiriendo menos energía, y viceversa. Además, hay dos factores que son muy relevantes aquí: ni la energía tiene un precio único (depende del país, de la fuente y del momento) ni toda tiene el mismo impacto ambiental ni las mismas emisiones asociadas.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Para intentar demostrar que el PIB y las emisiones son dos cosas distintas, he aquí tres ejemplos:

  • La agricultura ecológica requiere menos energía y emite menos CO2 por alimento producido que el mismo alimento producto de la agricultura tradicional y, sin embargo, su precio es comparativamente bastante superior.
  • Una batería para un coche eléctrico fabricada en la gigafactoría Tesla de Nevada implica menos emisiones de CO2 que la fabricación de la misma batería en la gigafactoría de esa empresa en Shanghai. La razón es que el 69% de la energía eléctrica en China proviene del carbón, mientras en Nevada éste es residual y, además, cuando la electricidad de esa factoría provenga parcialmente de su propia instalación de autoconsumo fotovoltaico, la diferencia será todavía mayor.
  • La fabricación de aluminio es una actividad electro-intensiva, por lo que se suele hacer en países con tarifas eléctricas muy bajas. Dos de estos países son China e Islandia. El primero tiene un mix basado mayoritariamente en el carbón, mientras que el segundo es 100% renovable, basado en la energía geotérmica e hidroeléctrica. Una tonelada de aluminio fabricado en Islandia tiene unas emisiones de CO2 asociadas muy inferiores a las de una fabricada en China.

Ejemplos donde dos productos iguales tienen emisiones asociadas muy distintas o productos comparables donde el que tiene más valor ha generado menores emisiones son habituales, y podríamos listar centenares de ejemplos como éstos. El PIB, al final, depende del valor monetario que le otorguemos a las cosas, y éste no tiene por qué estar relacionado con las emisiones del proceso productivo. Y esto es especialmente relevante en el proceso de transición energética, donde comenzamos a disponer de multitud de fuentes energéticas descarbonizadas a precios igual o más competitivos que los de la generación fósil, y donde la eficiencia energética está avanzando de forma importante.

De hecho, la mayoría de los países en Europa y los propios EE.UU. ya están creciendo económicamente y reduciendo emisiones. Entre 2007 y 2017, Estados Unidos redujo emisiones un 1,5% de media anual; el Reino Unido, un 3,4%; España, un 2,3% o Japón, un 0,8%. Para ser honestos, hay que decir que esto es sólo una parte de la historia, porque la realidad es que el mundo occidental está ‘externalizando’ emisiones a países de bajo coste que se encargan de los procesos productivos de mayor consumo energético. Por la estructura de las cadenas de valor, Occidente realiza actividades de alto valor añadido sin las grandes emisiones que se localizan en los países más pobres, pero esas actividades son imprescindibles para que se desarrolle toda la cadena y, por tanto, nuestra economía. Lo mismo pasa con el consumo: se realiza en un país, pero las emisiones de fabricación se imputan al país fabricante. Todo esto hay que tenerlo en cuenta para no autoengañarnos con los números.

En todo caso, el crecimiento sin aumentar emisiones no es una utopía. En este recién acabado 2019 no ha habido aumento de emisiones en el mundo y el PIB mundial ha crecido alrededor del 3%. En 2014 pasó algo parecido, cuando las emisiones mundiales bajaron alícuotamente y el crecimiento también estuvo sobre esa cifra. En ambos casos, la causa principal fue la sustitución de una fuente de energía muy emisora de CO2 como es el carbón por otras de menor o nula emisión. También podríamos hablar de la reducción de emisiones en Francia cuando se implantó masivamente la energía nuclear en las décadas de los 70 y 80, antes de los procesos deslocalizadores. Lo que muestran estos ejemplos es, obviamente, insuficiente y está muy lejos de lo que necesitamos, pero permiten vislumbrar que sí es posible reducir emisiones y crecer.

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Sin embargo, Marcellesi hace un alegato final muy interesante. Indica que crecimiento y bienestar no son sinónimos y que hay que eliminar el fetiche del incremento del PIB. En esto estoy de acuerdo con él. Más allá de cuestiones de decrecimiento, existen criticas fundadas hacia el PIB como indicador económico realizadas por economistas muy importantes, entre ellos por Mariana Mazzucato, que en su libro El valor de las cosas establece varios casos en los que el crecimiento del PIB no responde a nada deseable. Por ejemplo, comenta el caso de un vertido tóxico en el mar que debe ser limpiado por una empresa contratista. En este caso, aumentaría el PIB, mientras que una legislación que evitase ese vertido no lo aumentaría en absoluto, cuando objetivamente el segundo caso es mejor que el primero. Al final, subyace la idea de que valor y precio no son lo mismo. Ya lo dice el refrán: Sólo un necio confunde valor y precio.

Hay más cuestiones relevantes respecto al PIB. El enorme crecimiento mundial está condicionado por las mejoras en la producción, pero también por el aumento poblacional, que hace que se multiplique la cantidad de riqueza generada. Sin embargo, ya hay muchos países que están estancados demográficamente y en unos pocos lustros es esperable que se frene el aumento poblacional en la Tierra. Sin él, el paradigma en el que vivimos se verá claramente afectado.

La cuestión de los crecimientos escuálidos que comenta Marcellesi también es real, por no hablar de la evidencia de que no se puede crecer materialmente de forma infinita en un mundo finito. Todas estas cuestiones obligan a que nos replanteemos el verdadero valor del PIB como medida y objetivo económico máximo y nos hacen vislumbrar un paradigma económico diferente en un futuro no muy lejano.

El problema es que esta nueva visión no se puede plantear como un proceso radical de cambio porque no podemos hacer una revolución de tal calado con las circunstancias de la sociedad actual. Llevamos décadas basando nuestra economía en el crecimiento y en el subconsciente colectivo de todos nosotros es un dogma que nos dificulta análisis mucho más finos. Cambiar esto es una tarea titánica y no va a ser ni fácil ni rápido; probablemente, necesitaremos más de una generación para conseguir que nuestra sociedad y nuestra economía se adapten a nuevas formas de entender el crecimiento y el bienestar. Pero no tenemos ni una ni dos generaciones, tenemos una emergencia climática que abordar desde ya mismo.

Además, hay que tener mucho cuidado con los mensajes que se transmiten para que no sean malinterpretados. Es extremadamente problemático decir que la era industrial es una “anomalía histórica” porque la realidad es que, desde el inicio de la industrialización, la calidad de vida del ser humano ha mejorado enormemente: la esperanza de vida se ha más que duplicado, la mortalidad infantil ha caído a la mínima expresión, la alfabetización se ha generalizado y las posibilidades materiales son mucho mayores que hace dos siglos; y esto es algo conocido y valorado por la población. Independientemente de lo que se haya querido decir con eso, la referencia se me antoja comunicacionalmente torpe.

Divagar sobre si la amenaza del coronavirus puede tener facetas positivas tampoco parece muy buena idea, porque mucha gente puede interpretar que, para los defensores de la descarbonización, son más importantes las emisiones que la salud de la población. A los ciudadanos no podemos decirles “decrecimiento o caos”, porque en el momento presente elegirán antes lo segundo.

Seamos realistas: la única manera de poder avanzar hacia la ‘descarbonización’ es mediante el desarrollo sostenible, cambiando rápidamente las fuentes energéticas y las tecnologías que utilizamos, avanzando en la eficiencia y asumiendo que los cambios en los modos de vida van a ser algo más lentos y necesitan un proceso de cambio de valores y de ética social, en el que en todo caso debemos trabajar. Quizá no es políticamente glamuroso ni cumple las expectativas de cambio estructural de mucha gente, pero si hemos asumido la emergencia climática es precisamente para aunar esfuerzos y buscar mínimos comunes con el resto de las sensibilidades políticas que son conscientes de la gravedad de la situación. Hablar de emergencia climática y actuar de forma maximalista sería contradictorio, poco racional y probablemente suicida.

Si se ataca el paradigma del desarrollo sostenible y se le opone el decrecimiento como única opción eficaz, me temo que no habrá ni una cosa ni la otra y sólo alimentará la ola reaccionaria, populista e inmovilista que nos llevará al peor de los mundos posibles: al negacionismo, al pasado y al sálvese quien pueda en el futuro. No debemos ignorar estos riesgos políticos. Clamar que el crecimiento ha muerto sólo dividirá fuerzas y quebrará el precario consenso de mínimos alcanzado; para satisfacción de quienes se oponen a él.

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2 Comentarios

  1. Marga Mediavilla
    Marga Mediavilla 02-27-2020

    Y si eso que llamamos crecimiento sostenible es posible ¿por qué llevamos 40 años diciendo que lo vamos a hacer y no lo hacemos? Va siendo hora de ser realistas y reconocer que, aunque en teoría crecimiento económico y cuidado del planeta son compatibles, en la realidad están demostrando llevarse muy pero que muy mal. ¿Por qué no se pasa toda la agricultura a ecológica ahora mismo si consume menos energía y es enormemente beneficiosa para los ecosistemas y la salud? Lo sabemos bien: porque muchas grandes corporaciones no tendrían nada que vender. Hay que hacer las cuentas de todo el proceso y no sólo de la producción final. Estoy segura de que, si las hacemos, veriamos que lo que más beneficio da a los inversores es lo que al final se hace, y, normalmente, lo que más beneficio da es lo que maximiza la actividad económica (es evidente), es decir, lo que hace más cosas y, normalmente, eso es lo que más energía y recursos consume. Mientras la economía tenga como motor el beneficio empresarial y bancario (que es, en definitiva, lo que mide el PIB) no va a ser compatible con los limites del crecimiento.
    ¿Seguimos otros 50 años dándole vueltas al desarrollo sostenible o reconocemos el fracaso antes de que tengamos que vivir como los tuareg?

  2. Pedro Prieto
    Pedro Prieto 02-28-2020

    No me sea usted así, hombre, la correlación o coeficiente de determinación entre consumo de energía y PIB es de 0,99 en el último medio siglo, el de mayor progreso de nuestra civilización.

    Usted dice que se puede crecer en PIB sin crecer en consumo de energía. Ponga datos globales, poruqe la Agencia Internacional de la Energía dice lo contrario. A ver si va a ser usted como Arias Cañete, que proemte en Bruselas que Europa llegara a emisiones cero en 2050 y seguirá aumentando un 2% anual el PIB europeo en promedio en ese periodo. Y leugo se va a tomar unas cañas y se olvida del asunto.

    Sería la primera vez en 150 años del llamado progreso en que esto se produce. No hay evidencias empíricas de carácter global en su opinión, que solo cita caso particulares y muy concretos, no la evolución del mundo. Si un país civilziado larga su base manufacturera de mayor consumo de energía, ma´s contaminante y de menor valor añadido al terce mundo o mudo pobre y luego se apunta que crece más limpiamente que ese tercer mundo, mientras se lleva los dividendos de esa actividad del tercer mundo qeu controla, sin apuntarse los efectos nocivos, nos está haciendo a todos y se está haciendo ella misma trampas al solitario.

    Mire, le voy a poner un ejemplo matemático. España recibió 82 millones de turistas el año pasado . Si esta industria, qeu es el 15% del PIB español qeu da trabajo a 2,56 millones de personas sigue creciendo al 3% anual en promedio, como desean todos los ministros de turismo, agencias deviajes, líneas aéreas, hostelería y demás, en 2100 deberíamso estar recibiendo, matemáticamente hablando, cerca de 1.000 millones de turistas. Sinceramente ¿no cere usted que el modelo de crecimiento en el turism oespañol está agotado y que no cabemos 1.000 millones? Y no me salga como me salío un empresario hace años, diciendo que tenemos que ir a turismo de más calidad. ¿Qué quiere decir eso? ¿Que sigamos con 82 millones de turistas, pero que crezcan en consumo las 16 veces en que matemáticamente se multiplica cualquier crecimeinto del 3% anual en un siglo? ¿Que pasa, qeu somos tan listos que eso solo lo pensamos los españoles y no los franceses y los norteamericanos o los italianos que compiten con nosotros? ¿Qué pasa, qeu si llegan los mismos turistas, pero consumen 16 veces más por turista, van a hacerlo sin consumir más energía? Un poquito de por favor, hombre.

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