Crisis económicas y recuperaciones en América Latina

Poco después de la crisis subprime, el historiador económico Barry Eichengreen describió las razones por las cuales algunos políticos suelen recurrir a la historia para tomar decisiones sobre política económica. Entre ellas, mencionaba la falta de un modelo teórico fácilmente accesible que permitiera explicar los acontecimientos a los que se tuviera que enfrentar. Eichengreen también explicaba, no obstante, que los paralelismos históricos pueden ser peligrosos. Nuestra percepción e información sobre cada episodio histórico es desigual, por lo que nuestra visión de la historia pudiera estar sesgada o incompleta, llevándonos a conclusiones erróneas. Por lo mismo, el uso de la historia como herramienta para la implementación de políticas publicas puede ser un arma de doble filo.

Esto es lo que sucede con la crisis actual y con los paralelismos frecuentemente utilizados con la crisis de los anos 30. Ben Bernanke, experto en la historia de la Gran Depresión, justificó su política monetaria durante la crisis de 2008 con base en las lecciones que le había dejado su lectura de la década de los años 30.

Habernos alejado de una posible nueva Gran Depresión es un hito del buen uso de la historia económica. Dicho esto, este final feliz podría no ser siempre la norma. Más aun si consideramos que, incluso hoy en día, no existe un consenso entre historiadores económicos sobre las principales causas que condujeron a la Gran Depresión. Por el contrario, y esto es un mérito de Bernanke, los historiadores muestran un relativo consenso en su lectura sobre las consecuencias de la crisis de 1929 y en los errores y lentitud para implementar nuevas políticas económicas.

Ciertamente, el impacto de la crisis de 1929 sobre la economía mundial fue particularmente violento, y la recuperación lenta y costosa, sobre todo en Europa. Lo interesante es que la historia fue muy distinta para América Latina. En dicha región, el ciclo económico ascendente de los años 20 tuvo muchos claroscuros, maquillados por el aumento de los prestamos externos y por el aumento de la inversión estadounidense. Fue un ciclo distinto al europeo, que nunca terminó por despegar, y también distinto al estadounidense, que fue mucho más vigoroso.

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La crisis de 1929 en América Latina condujo a una salida de capitales y a la caída abrupta de los precios de las exportaciones, principalmente bienes agrícolas y materias primas. Pero la recuperación fue relativamente rápida, principalmente si se compara con Europa. Detrás de dicha recuperación estuvo en gran medida el proactivismo de las políticas publicas que mostraron muchos gobiernos en la región. Éstas incluyeron medidas sobre el tipo de cambio (facilitando la importación de bienes esenciales), pero también medidas fiscales, como los defaults generalizados sobre la deuda externa, lo que permitió canalizar recursos públicos hacia la promoción de actividades domésticas, en una especie de política contracíclica.

La participación del Estado en sectores como la banca y la energía fue consolidándose con el tiempo. De hecho, a pesar de que amplios sectores de la sociedad y la economía habían solicitado mayor presencia estatal y apoyo publico desde los años 20, la Gran Depresión fungió como un parteaguas para justificar el cambio de paradigma que siguió a la crisis. Este episodio constituyó también el embrión que dio paso, posteriormente, a la industrialización impulsada por el Estado, inicialmente mediante la sustitución de importaciones y que perduraría hasta los años 70. Esta voluntad estatal y el cambio de actitud hacia la región por parte del Gobierno estadounidense, cada vez más amigable a medida que se aproximaba la Segunda Guerra Mundial, garantizó un entorno favorable para la implementación de este nuevo modelo económico.

Esto me lleva a las preguntas siguientes: ¿cuál es el margen de maniobra con la que cuentan los gobiernos latinoamericanos hoy en día? ¿Será suficiente para paliar los efectos de esta crisis? ¿Habrá también un cambio de paradigma, y en caso afirmativo, cuál? Los paralelismos con la crisis de 1929 nos ofrecen pocas respuestas. Actualmente, no parece haber un margen de maniobra tan amplio como entonces, en parte por la integración económica y financiera que une a América Latina con el resto del mundo, lo cual haría inviables ciertas políticas. Un default, por ejemplo, sería extremadamente costoso, como lo muestra el caso argentino. Los bancos centrales han acomodado dentro de lo posible sus políticas monetarias, pero es improbable que opten por un cambio de timón, si bien la discusión de su autonomía y el manejo de las reservas están sujetas a debate en algunos casos.

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Queda ver, por tanto, qué tipo de impacto puede tener la crisis sobre las instituciones, lo cual podría generar cambios económicos y sociales más profundos. No olvidemos, regresando a la década de los 30, que dicha crisis estuvo acompañada por el establecimiento de dictaduras y regímenes autoritarios en países como Perú, Chile o Brasil. La literatura en Ciencia Política ha tratado ampliamente la relación entre volatilidad institucional y crisis económicas. Con esta relación en mente, podríamos enfocarnos en otra crisis más cercana cronológicamente, aquella posterior a la crisis de 1982 y sobre la cual se comenta mucho menos en los medios, pero que probablemente constituya un paralelismo más adecuado que el de la crisis de los 30.

En los 80, el entorno externo era poco favorable, con varios países de la OCDE inmersos en plena lucha contra la inflación, buscando retomar la senda del crecimiento económico y promoviendo la retirada paulatina del Estado en la economía, generando muchas tensiones sociales. Para América Latina, la crisis económica de los 80 coincidió con un deterioro de los términos de intercambio y con su exclusión de los mercados financieros internacionales. La principal entidad encargada del financiamiento externo de la región fue el Fondo Monetario Internacional (FMI), y los programas acordados con dicho organismo supusieron un escaso margen de maniobra fiscal y monetario. Los costes económicos y sociales fueron inmensos, y conllevaron un aumento vertiginoso de las tasas de pobreza y de desigualdad, llevándolos a niveles no vistos desde los años 30. El inicio de la recuperación no se dio sino hasta siete años después, y con mucha variación según cada caso. Finalmente, estos años también vinieron acompañados de cambios de regímenes políticos, poniendo fin a dictaduras como en Argentina o en Chile. Estos cambios también afectaron a una democracia relativamente consolidada como la de Venezuela, que comenzó a mostrar entonces signos de debilidad, iniciando un episodio de incertidumbre que culminó con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia.

¿Hacia donde va hoy América Latina? A diferencia de las crisis anteriormente descritas, la región no parte de un ciclo económico positivo, ni tampoco desde una posición fiscal halagadora. Si bien el apoyo del FMI y de otros organismos internacionales será valioso, pero es muy probable que no sea suficiente. Es muy pronto para conocer con precisión el impacto económico y social inmediato de la crisis actual, pero es tiempo de pensar y planear la recuperación, y encaminar las instituciones obsoletas hacia el camino correcto, evitando finales violentos.

Aunque ya pueda parecer distante, la agitación social vivida en casi todo el subcontinente el año pasado seguirá ahí, seguramente agudizada por la situación de desesperanza en la que se encontraran grandes capas de la sociedad. Si las crisis económicas tienen algún impacto sobre las instituciones, debemos preguntarnos cuál sería la mejor manera de reformarlas, de tal manera que puedan responder a las necesidades más urgentes de la población. Para ello será muy importante construir los consensos necesarios entre todos los grupos socioeconómicos para construir sociedades mas justas e igualitarias.

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