Crisis electoral en la República Dominicana

Las primarias en República Dominicana han dejado al país en crisis por las serias alegaciones de fraude electoral. Gonzalo Castillo, el delfín del presidente Danilo Medina, habría triunfado sobre el veterano político ex-residente Leonel Fernández (1996-2000, 2004-2012) haciéndose con la candidatura presidencial del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) por un margen muy estrecho (48,7% vs. 47,31%). Pero Fernández ha denunciado fraude. La crisis abierta no sólo genera una fuerte incertidumbre en el país, sino que también amenaza con la división del partido del Gobierno, el PLD, que ha gobernado ininterrumpidamente desde 2004. Aunque las denuncias no son muy diferentes de las que suelen presentarse en el país, la novedad es que han ocurrido en unas primarias. Fernández ha estado en esta situación antes y sabe muy bien que tiene pocas probabilidades de salir victorioso. La pregunta es si insistirá en dividir al partido en su lucha.  

Elecciones primarias simultáneas

El 6 de octubre, en la República Dominicana se organizaron primarias simultáneas para candidaturas a todos los niveles políticos. Participaron los dos partidos más populares: el PLD, en el Gobierno, y el Partido Revolucionario Moderno (PRM), en la oposición. Se presentaron más de 11.000 candidatos en ambas formaciones para puestos de regidores, alcaldes, directores, parlamentarios y presidente.En el PLD, las primarias se organizaron con un censo abierto; es decir, que todos los ciudadanos podrían participar. El PRM prefirió utilizar un padrón cerrado, según el cual sólo podían participar los afiliados (casi 1,3 millones de personas). 

Aunque los partidos dominicanos habían celebrado primarias antes, éstas fueron las primeras organizadas y reguladas simultáneamente por la Junta Central Electoral (JCE). Esto es consecuencia de una serie de cambios que comenzaron con la amplia reforma constitucional que se hizo en 2009-10 bajo la Presidencia de Leonel Fernández. Esta reforma constitucional y varias reformas electorales posteriores unieron los comicios presidenciales y congresuales desde 2010, y separarán las locales y regionales de las nacionales desde 2020, además de regular las primarias de los partidos políticos.

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Otra novedad en estas últimas fue la introducción del voto automatizado, que es un voto electrónico con un comprobante/voto físico que los votantes dejan en las urnas. En un intento de reducir la desconfianza en el proceso electoral fuera y dentro de los partidos, la JCE y los partidos acordaron que el 20% de los sufragios se iba a contar de manera manual para poder cotejar los resultados. Unos 500 observadores internacionales y nacionales vigilaron las elecciones, 400 de ellos de la Participación Ciudadana que lleva más de 25 años realizando esta labor en la República Dominicana.

La participación fue del 25% del padrón nacional en las del PLD y 29,5% en las del PRM. Aunque se reportaron varios problemas durante el proceso, el conteo de votos y publicación de resultados fueron muy eficientes.

En la gran mayoría de las contiendas por las candidaturas, las elecciones fueron tranquilas y los resultados no fueron cuestionados. En el PRM, por ejemplo, el ex-candidato presidencial Luis Abinader ganó con un amplio margen contra el ex-presidente Mejía (2000-2004), con el 74,1% frente al 29,5% de los votos, y al día siguiente Mejía admitió su derrota. En el PLD, sin embargo, las primarias fueron la culminación de un conflicto de larga duración cuyo resultado no está definido.

Batallas por la candidatura presidencial en el PLD

Aunque había más de 11.000 candidatos, toda la atención nacional estaba enfocada en la batalla por la presidencial en el PLD entre el candidato de Danilo Medina, Gonzalo Castillo, actual ministro de Obras Públicas pero totalmente desconocido por la población hace tres meses, y el ex-presidente Leonel Fernández, que sigue presidiendo el PLD.

Para entender cómo un partido, organizado bajo los principios leninistas para evitar divisiones, vive su crisis más profunda desde su creación en 1973, hay que volver 12 años atrás. La rivalidad entre Medina y Fernández nace en 2007, y se ha ido profundizando desde que el primero llegó al poder en 2012. 

Ambos fueron compañeros y aliados cercanos en el primer Gobierno de Fernández (1996-2000), cuando Medina fue ministro de la Presidencia. Éste, que siempre tuvo una posición fuerte dentro del partido pero una baja aceptación popular, perdió las elecciones presidenciales en 2000. Para evitar un conflicto dentro del partido, apoyó la candidatura de Fernández para las elecciones de 2004, acordando que Fernández desistiría de la reelección y apoyaría su candidatura en 2008. Sin embargo, presentó su candidatura presidencial en las primarias del PLD de 2007 y compitió con su compañero.

Medina perdió abrumadoramente, y alegó que Fernández había utilizado los recursos del Estado para derrotarlo («el Estado me venció»). Se retiró de la política publica, pero siguió buscando apoyos en el partido con la vista puesta en las elecciones de 2012 y luchó contra los intentos de Fernández de seguir presentándose a la reelección. La reforma constitucional de 2010 prohibió la reelección inmediata, y cuando Medina fue elegido presidente en 2012 no podía presentarse en 2016. Pero un año antes logró el apoyo del PLD para reformar la Constitución, frustrando los planes de un retorno para Fernández.

No contento con dos períodos presidenciales y con la obsesión de cerrar el paso a su rival, Medina buscó otra reforma constitucional que permitiera su reelección en 2020, pero tanto la presión de los Estados Unidos como la popular le forzó a dejar a un lado sus ambiciones, después de una crisis política muy profunda durante la primera mitad de 2019. 

Medina se hizo a un lado, pero sus planes para obstaculizar el retorno de Fernández seguían vigentes. Muchos representantes del Gobierno y aliados de Medina temían también ser víctimas de investigaciones de corrupción a modo de venganza si regresaba Fernández; la misma táctica que Medina había utilizado para debilitar a su enemigo.

Tras su retirada, Medina decidió impulsar la candidatura de su ministro de Obras Públicas desde 2012, Gonzalo Castillo, que anteriormente había expresado que no tenía interés en buscar la presidencia. Con todo el apoyo de su mentor y los recursos del Estado, el delfín se convirtió rápidamente en la opción más popular de la facción de Medina en el PLD, provocando la retirada de sus competidores.  

Fraude o no, el Estado lo venció

En su libro clásico sobre la política dominicana de 1998, Jonathan Hartlyn argumentaba que hay dos factores que provocan una crisis electoral en el país: un estrecho margen de victoria y la postulación del incumbente. Estos dos elementos se dieron en estas, a los que se sumó un nuevo sistema automatizado de votación que podía generar desconfianza.  

Si bien Gonzalo Castillo no era el incumbente, su cercanía con Medina lo concirtió en el delfín del presidente, y podía contar con todos los beneficios de los que goza un incumbente en una campaña electoral. Aunque a Fernández no le faltaban tampoco recursos, y había hecho campaña casi constantemente desde 2014, los propios recursos de Castillo, el apoyo de gran parte del PLD y el Estado le dieron una ventaja económica e institucional frente a Fernández. Las redes sociales se llenaron de memes y chistes sobre la omnipresencia del candidato. Y aunque Fernández tenía la ventaja del name recognition, luchaba en una cancha muy inclinada en su contra. 

Castillo parece haber ganado a Fernández por 1,4 puntos porcentuales (26.000 votos). Aunque las encuestas serias como Mark Penn y CID-Gallup pronosticaban un virtual empate o una leve victoria, otras daban por segura la de Fernández, aumentando así sus expectativas y disminuyendo la probabilidad de que el perdedor aceptara su derrota. Para colmo, Fernández lideraba el recuento con más de 11.000 mil al escrutarse el 90% de las mesas electorales. Con la emisión del último boletín electoral que daba la victoria a Castillo, Fernández dio eco al asado electoral del país, empañado de fraude, y declaró que «se ha adulterado la voluntad popular».

Las querellas fueron varias, pero la alegación más seria se relaciona con el nuevo sistema de votación. Sin presentar evidencia, Fernández alegó que se había instalado un algoritmo en el sistema que había adulterado los resultados. Observadores electorales como Participación Ciudadana y Coppal y la prensa local apoyan una investigación y recomiendan que la JCE investigue la acusación mediante un conteo manual del 50% o incluso el 100% de los votos, en lugar del 20% acordado entre los partidos y la JCE. 

¿Fraude, división del partido o táctica de negociación?

A diferencia de procesos anteriores, la JCE no se opone a una investigación y a que se audite el software y los algoritmos del sistema, y parece que quiere crear confianza tanto en el proceso y el sistema electorales dominicanos. Escribiendo sobre la crisis de 1990 cuando trabajó con Juan Bosch, Leonel subrayó que no importa que todos sepan que ha habido fraude, «de lo que se trata es de probarlo».

La JCE le ha dado esta oportunidad y se podrá descubrir si sus alegaciones son veraces o si son una táctica para no admitir la derrota y dividir el partido, o para negociar futuros beneficios políticos a cambio de paz política. En la República Dominicana se han visto todas las opciones en las elecciones anteriores, en 1978, 1986, 1990, 1994, 2004, y 2012. 

La experiencia dominicana en todas estas convocatorias es que quien inicialmente es declarado ganador se lleva finalmente la victoria. La pregunta ahora es si Fernández quiere caer solo o también arrastrar a su partido.

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