¿Cuándo la austeridad no es la solución?

El 20 de noviembre, Agenda Pública publicaba un análisis de Jorge Uxó y Nacho Álvarez Peralta en el que se proponía romper con los prejuicios y resolver el problema de la deuda mediante una expansión del gasto público. La idea propuesta por los autores puede resultar paradójica para muchos, pero no tiene por qué serlo. De hecho, tiene cierto sentido. El único pero es, en realidad, una importante objeción: los autores debían haber desarrollado su argumento reconociendo que tal opción depende en exceso de muchas variables que no siempre se pueden controlar, de tal modo que esta opción, que puede ser factible, sólo lo es en determinados casos, lo que limita su validez como medio de reducción del peso de la deuda.  

Antes de pasar a desarrollar las limitaciones a dicha propuesta, es conveniente explicar por qué pudiera tener sentido; aunque si leen el post seguro que lo entenderán a la perfección. Muy resumidamente, piensen en que la deuda hay que expresarla en términos de Producto Interior Bruto (PIB) para poder valorar correctamente su importancia. Del mismo modo que para alguien con 100.000 euros de ingresos anuales un préstamo de 10.000 euros no significa mucho, y para alguien que ingresa 15.000 esa deuda supone toda una odisea, para los países lo que importa no es el volumen de deuda en euros o dólares, sino en porcentaje de PIB. Siendo esto así, está claro que se puede reducir dicha ratio o bien reduciendo el numerador o bien aumentando el denominador.

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Esto último, que puede lograrse mediante una política fiscal expansiva, representaría el argumento propuesto por los economistas Uxó y Álvarez. Todo correcto hasta ahora. Pero para que funcione el truco, necesitamos que el aumento del numerador sea seguido por otra subida, más que proporcional, del denominador. El problema es que nada garantiza a priori que esto vaya a ser así. Ojo, no negamos que pueda ser. De hecho, creemos que es posible. Pero nuestra reticencia es pensar que es lo más probable cuando no hay elementos que nos hagan considerar que realmente es así.

Para entender estas dudas hay que llamar a un invitado a este debate: el multiplicador fiscal. Para que la propuesta fiscal expansiva pueda reducir el peso de la deuda necesita de un multiplicador fiscal elevado. Y el problema es que, como hemos adelantado, no está garantizado.

El multiplicador fiscal es simplemente el aumento de PIB generado por una unidad monetaria más de gasto público. Esto quiere decir que si aumento el gasto en 1.000 millones y consigo que el PIB lo haga en 1.200, el multiplicador será de 1,2. Si el PIB sube en 600 millones, el multiplicador será de 0,6. Si cae en 300 millones, de -0,3. Como ven, la lógica me dicta que hay varias posibilidades. Si este aumento del gasto público se hace en base déficit, elevará, mantendrá o reducirá el valor de la deuda en función de cuánto valga este multiplicador. Ellos asumen que será mayor a uno. Y el problema es que este valor no está garantizado. El multiplicador no es un dato exógeno a la economía, sino que más bien depende de muchas otras variables. Resumiendo, elevar el gasto público y esperar que con ello se reduzca el peso de la deuda en el PIB de una economía es una posibilidad entre muchas; y quizás, en determinadas ocasiones, no es la más probable.

Así, los diversos estudios realizados nos dicen que los multiplicadores fiscales varían significativamente según sea el país estudiado, el período de análisis y la situación en la que se encuentre dicha economía (expansión o recesión). En un artículo publicado en 2015 para la economía española, Pablo Hernández de Cos y Enrique Moral-Benito abordan esta cuestión mediante el uso de la metodología de Auerbach y Godorilenko.

Estos economistas del Banco de España estiman el tamaño del multiplicador del gasto público (con varias medidas de éste: gasto público general, consumo público e inversión pública) para la economía española. Consideran dos escenarios opuestos relacionados con: (I) el ciclo económico, (II) la situación de las finanzas públicas, y (III) la salud del sector bancario. Así, contemplan un escenario de expansión económica versus uno de recesión, uno de finanzas públicas sostenibles frente a otro de estrés fiscal, y un escenario de ausencia de restricciones de liquidez en contraposición a uno de estrés bancario.

Los resultados que encuentran son muy variados. Por ejemplo, el multiplicador del gasto público, un año después del shock fiscal, puede ser grande y significativamente mayor que otro durante crisis como la vivida a partir de 2008 (Gran Recesión). Sin embargo, este multiplicador cae hasta 0,5 para fases de expansión económica. Por otro lado, en situaciones de riesgo o tensión fiscal, como la que podría estar viviendo la economía española actualmente (tal y como podríamos deducir del actual momento de la situación de deuda española), el multiplicador estimado tiende a cero o incluso se torna negativo.

Además, si se tienen en cuenta situaciones de estrés bancario, en la línea de lo que vivimos en entre 2011 y 2012 (pero muy posiblemente no ahora), con una mayor proporción de individuos con acceso restringido al crédito, los impulsos fiscales pueden tener un mayor impacto sobre la actividad económica, llevando a un multiplicador fiscal mayor que 1. Finalmente, los autores unen estos tres regímenes (recesión, estrés fiscal y estrés bancario) para obtener un único de turbulencia global en el que encuentran que el multiplicador fiscal a un horizonte de un año es de 1,4 en épocas de crisis y 0,6 en épocas de tranquilidad económica. Parece, pues, que esta propuesta sólo tendría sentido en épocas de recesión y siempre y cuando no existan graves tensiones fiscales.

Estos resultados tan variados no sólo son aplicables a la economía española. Por ejemplo, en un trabajo de Sebastian Gechert y Henner Will se analizan 89 estudios desde 1992 al 2012, de los cuales obtienen 743 valores para el multiplicador fiscal. No analizan únicamente multiplicadores del gasto total, también toman en consideración el gasto en consumo, el gasto de inversión, el militar, las transferencias a los hogares, el empleo público y las rebajas de impuestos. Los autores encuentran un valor medio del multiplicador igual a 0,8. Eliminando los valores extremos, utilizan un rango que va de valores -2,2 a 4.

Otro trabajo que analiza un conjunto de estimaciones del multiplicador fiscal es el de Antonio Spilimbergo, Steve Symansky y Martin Schindler donde analizan 19 trabajos con 131 valores para el multiplicador. El rango de valores va de -1,5 a 5,2.

Fuente: Gechert y Will (2011)

La dispersión que se observa es consecuencia de las diferencias de metodología, distintos países, períodos de tiempo, identificación del impulso fiscal, la interacción con la política monetaria, etcétera. Como mencionan Spilimbergo, Symansky y Schindler, el tamaño del multiplicador es contingente al país, al tiempo y a las circunstancias específicas de las economías en estudio. Debido a lo anterior, es delicado escoger un valor concreto del multiplicador, es decir, el parámetro que condiciona todos los efectos de una expansión o consolidación fiscal.

Debido a esto, hay que tener mucho cuidado a lo hora de escoger un valor del multiplicador para validar los efectos de consolidaciones o expansiones fiscales. En el caso particular en que se desean analizar los efectos de la política fiscal en entornos de altos niveles de déficits fiscales y deuda pública, hay que tener en cuenta que estos factores alteran el valor del multiplicador.

Por ejemplo, un estudio de Raju Huidrom, M.Ayhan Kose, Jamus J. Lim y Franziska L. Ohnsorge, en el que emplean datos de una muestra de 34 países entre 1980 y 2014, se separan los efectos asociados al ciclo (expansión-recesión) con aquéllos que corresponden a la posición fiscal medida por el cociente deuda/PIB sobre el valor del multiplicador fiscal. Los autores identifican una relación sistemática para distintos horizontes de tiempo: a mayor deuda, y por ende peor posición fiscal, menor es el valor del multiplicador. Los autores encuentran que en economías con altos niveles de deuda pública, el consumo y la inversión privados caen como respuesta a una expansión fiscal, mientras que aumentan en caso contrario (bajo endeudamiento público).

Sin embargo, no todo está perdido. El multiplicador, como hemos dicho, no es exógeno. Por lo tanto, se puede influir en él. Así, Olivier Blanchard y Pedro Portugal nos recuerdan que si las expansiones fiscales son realizadas en determinados tipos de gastos, como son infraestructuras o la innovación, y van acompañadas de importantes reformas estructurales, el multiplicador a medio y largo plazo puede elevarse considerablemente, sirviendo al propósito marcado por el post citado. Obviamente, podría subir el peso de la deuda en el momento de la expansión fiscal para luego, con el tiempo, caer.

Fuente: Raju Huidrom, M. Ayhan Kose, Jamus J. Lim, and Franziska L. Ohnsorge (2016)

En resumen, hay que tener cuidado con lo que se propone. La expansión del gasto público para reducir la ratio de deuda puede ser una buena política, pero condicionada a muchas circunstancias. Como dijo Keynes, en épocas de expansión deberíamos buscar superávits, pues es en esta época cuando la política fiscal expansiva tiene poca capacidad de empuje. Si esto se hiciera, se lograría reducir deuda para que, cuando llegue la necesidad, nuestro multiplicador fiscal sea todo lo elevado posible y entonces (muy posiblemente sí, ayudado por reformas) podamos decir que la austeridad no fue la solución.  

 

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