Cuando la humanidad desborda los límites biofísicos del planeta

La Fundación César Manrique, en el marco del centenario del nacimiento del artista, ha convocado en Lanzarote a expertos en diferentes disciplinas – climatología, ecología, historia, filosofía, cultura, economía, ingeniería y urbanismo, etc. así como a representantes del activismo ecofeminista y de los derechos humanos –   para debatir desde perspectivas transdisciplinares sobre las razones, escenarios y emergencias ante el cambio de ciclo histórico que representa el Antropoceno

Las ideas centrales vertidas a lo largo del debate, además de confluyentes, resultan profundamente inquietantes: cambio de época, desbordamiento de los ciclos que sostienen la vida en el planeta, capitaloceno o profunda crisis civilizatoria y de los paradigmas y valores actuales. Desde diversas concepciones las apreciaciones coinciden: el cambio climático configura una nueva realidad ecosocial y el mayor reto que enfrenta la humanidad. La amenaza, o la certeza, del aumento de la temperatura media del planeta obliga a pensar nuevas formas de afrontar la situación que, desgraciadamente, no se están produciendo con la urgencia necesaria.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

No puede negarse que vivimos tiempos decisivos que van a determinar el devenir de las sociedades humanas. Los patrones de insostenibilidad en la producción, consumo y desarrollo territorial están desbordando ya los límites del planeta y parece evidente que no es posible crecer ilimitadamente en un planeta finito y desbordado. De hecho, estamos inmersos en una crisis global de la biodiversidad que afecta crecientemente a los sistemas vitales en múltiples territorios y que, entre otros fenómenos, multiplicará inexorablemente las migraciones (según NNUU, cientos de millones a mediados de siglo). Por eso, hemos de interpretar el Antropoceno como un revulsivo y, según apuntaba el presidente Obama, probablemente, como la última oportunidad para preservar la vida tal y como la conocemos. 

Por otra parte, la velocidad con que se están produciendo las alteraciones de nuestros marcos vitales se ha convertido en un reto extraordinario; como informa Manola Brunet, presidenta de la Comisión de Climatología de la Organización Meteorológica Mundial, la gran aceleración del cambio climático se ha registrado en los últimos 35 años y en 2017 y 2018, tras la cumbre de París, se han producido las mayores emisiones de carbono. Todo apunta a que el tiempo se ha convertido en un factor clave y lo que suceda en el próximo decenio determinará nuestro futuro.

Sin embargo, nuestra visión del mundo camina por otros derroteros. Nuestro “sentido común”, está modelado por principios antropológicos configurados hace siglos realimentados por un capitalismo (de mercado o estado) que prioriza el crecimiento económico y el consumo material sobre cualquier otro valor. Así, la crisis cultural corre pareja a la existencial y como apunta Almudena Hernando en La fantasía de la individualidad, en el fondo de la crisis civilizatoria subyace la lógica patriarcal y sus mitos en torno a la ciencia, la tecnología y la razón, muy lejos de los valores relacionales y territoriales, imprescindibles para una vida sostenible, saludable y plena. 

Por otra parte, también hay que tomar en consideración nuestra forma de asentamiento en el territorio, porque la pérdida de conexión con la naturaleza de una civilización crecientemente urbana y globalizada ha transformado las ciudades -una de las principales construcciones socioculturales de la humanidad – en espacios artificiales, auténticos sumideros de energía y todo tipo de recursos, cada vez más aisladas de unos entornos  territoriales instrumentalizados como meros lugares de extracción, monocultivo y vertido.

Como afirmó Maurice Strong, Secretario General de la Cumbre de Río (1992), “la batalla de la sostenibilidad se ganará o perderá en las ciudades” y hoy puede afirmarse que las transiciones por venir, en las que la energía será escasa y cara y el cambio climático una realidad inevitable (singularmente en litorales tan expuestos como el español), requieren recuperar conceptos como los de biorregión y resiliencia, a partir de los cuales el mundo rural, las ciudades sostenibles y los entornos naturales/litorales configuren sistemas de convivencia equilibrados en los que la adaptación al cambio, la proximidad y la circularidad cobren pleno sentido.  

Por último, en Lanzarote se plantearon cuestiones de plena actualidad y difícil respuesta: ¿Por qué no somos capaces de reaccionar contundentemente ante una crisis civilizatoria? ¿Qué respuesta ofrecer a las futuras generaciones cuando reclaman actuaciones contundentes frente a un futuro amenazador? ¿Dónde están emergiendo relatos alternativos? ¿Compartimos la idea de que es posible vivir mejor con menos? ¿Qué valor le damos a las luchas de resistencia frente a las agresiones contra los sistemas de los que depende la vida tal y como la conocemos? Etc.

Sin embargo, preguntas tan sensatas, apenas encuentran hoy respuestas suficientes. Probablemente no hemos comprendido que el origen de nuestra renuncia a mirar de frente la crisis civilizatoria tiene mucho que ver con la fuerza de nuestra herencia antropológica, la renuncia a la comprensión sistémica de la modernidad y el capitalismo y la hegemonía de imaginarios sociales colonizados por la obsesión del crecimiento material ilimitado con el PIB como única referencia legítima. Tal vez, todo ello nos impide reconocer los desbordamientos biofísicos presentes y que no queda otro remedio que reducir el tamaño y la redistribución de la riqueza, aunque todavía no sepamos como llevar tal necesidad a la esfera social y política. Y es seguro que no queremos reconocer que parte de ese bienestar material que se produce en sectores de población del mundo rico, proviene de la acción destructiva de importantes empresas que extraen recursos vitales de otras partes del mundo. 

Sin duda que estamos huérfanos de relatos alternativos centrados en la vida, que nos permitan recuperar la consciencia de nuestra ecodependencia e interdependencia y la visibilidad de los costes ecológicos y las tareas del cuidado, ocultos por el fetichismo de la economía productiva.  Y, a partir de ahí, tal vez seamos capaces de entender que vivimos tiempos de emergencia, que hay que cambiar la forma de entender la ciencia, que la vida sea la preocupación fundamental, reformular el modelo educativo, la lógica de los derechos y disputar la hegemonía económica y política mundiales.

Afortunadamente, a contra corriente pero cada día con mayor reconocimiento social, están emergiendo líneas de pensamiento que, desde el feminismo, el ecologismo y los derechos humanos (también los de las próximas generaciones), alimentan nuevos paradigmas que instan a poner en el centro de todo la dignidad de las personas y la preservación de la vida, apuntando a la necesidad de alumbrar nuevos valores y narrativas que ayuden a reorientar el sentido de la existencia humana en los tiempos difíciles que nos esperan. 

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