Cumplir con el Acuerdo de París: más crecimiento y más empleo

Han pasado más de tres años desde que 195 países firmaran el primer acuerdo vinculante mundial sobre el clima, el Acuerdo de París, para luchar contra el cambio climático y afrontar globalmente el mayor desafío de nuestro tiempo, tal y como lo define la Organización de las Naciones Unidas. Nacía así un compromiso y un plan de actuación para limitar el calentamiento del planeta “muy por debajo” de los 2 °C con respecto a los niveles pre-industriales y, como recordara el  Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) en su último informe, para incrementar los esfuerzos y limitarlo a 1,5 °C, de forma que afiancemos una sociedad sostenible, equitativa y eficiente.

Ahora, en 2018, la realidad evidencia que los esfuerzos no están siendo suficientes. Como señaló recientemente el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, António Guterres, “el cambio climático va más rápido que nosotros; estamos perdiendo la carrera y podría ser una tragedia para el planeta”.

Por ello, y si hacemos caso a la comunidad científica, necesitaremos emprender “cambios rápidos, de amplio alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”. Estamos, por tanto, en un momento decisivo en el que necesitaremos más acciones y un mayor esfuerzo para luchar contra el cambio climático, lo que tendrá importantes implicaciones, en su mayor parte positivas, sobre el planeta, la economía y el bienestar del conjunto de la población.

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Los países ya presentaron planes nacionales de actuación para cumplir con París y reducir sus emisiones (en el caso de la Unión Europea, hasta un 40% para 2030 respecto a 1990 y una completa descarbonización en 2050), con medidas como el impulso a la generación renovable, precios sobre el CO2, programas para mejorar la eficiencia energética, políticas de transporte…. Medidas cuyo impacto dependerá de la intensidad y de la eficiencia con que se apliquen, pero que generarán efectos muy positivos sobre la actividad y el empleo, tal y como concluye un reciente informe presentado por el Eurofound (la agencia europea integrada por la UE, los sindicatos y las patronales del continente europeo), que ha estudiado y cuantificado los impactos derivados de la lucha contra el cambio climático para el PIB y el empleo a escala global, pero centrándose en Europa. Resulta interesante analizar algunos de sus principales mensajes.

La gran conclusión del Eurofound es que la transición hacia una economía ‘descarbonizada’ es “positiva” para el conjunto de la Unión Europea en términos de PIB y empleo, siendo una de las regiones del mundo que más se beneficiará de las medidas de acción contra el cambio climático. El incremento de las inversiones (+1,7% para 2030) y el menor gasto en importaciones de combustibles fósiles repercutirá en un incremento del 1,1% del PIB europeo de aquí a 2030, mientras que el empleo podrá aumentar un 0,5%, hasta 2,4 millones de empleos más para 2030 gracias al impulso de energías renovables, la sustitución de fuentes fósiles y a otros diversos efectos indirectos. El consumo, por su parte, se incrementaría un 0,7%.

Centrándonos en España, nuestra economía será la segunda más beneficiada por las medidas de lucha contra el cambio climático en términos de empleo: más de 200.000 puestos de trabajo para 2030, lo que representa un 0,9% adicional, especialmente gracias al desarrollo de la fotovoltaica y al impulso de la construcción. Precisamente, la semana pasada el Gobierno presentó el paquete de energía y clima, que contempla unas inversiones público-privadas de 200.000 millones de euros hasta 2030, con un impacto positivo sobre el PIB (+1,8%), sobre el empleo (+300.000 puestos de trabajo según previsiones del Gobierno) y sobre la balanza comercial (+75.000 millones) y la dependencia energética, que se reduciría hasta un 15%.

Junto a Europa, China es la gran beneficiaria de cumplir con París. Su PIB podrá aumentar un 4,7%, el empleo un 2,3%, la inversión un 3,2% y el consumo más de un 11%. Esta última, junto a India –que verá especialmente incrementada su inversión (1,1%) en detrimento del consumo (-1-1%)–, verán impulsada su actividad gracias a la inversión en la transformación de sus sectores de suministro de electricidad y por políticas de eficiencia energética. En el lado contrario se sitúa Estados Unidos, que podría ver disminuir su producto en un 3,4%, el empleo hasta un 1,6%, la inversión un -2,5% y el consumo un -2%, debido a la caída de actividades de producción de petróleo y gas.

Estas diferencias entre regiones hacen que el impacto sobre la economía global sea limitado, de un décima de incremento del PIB para 2030, de un 0,5% del empleo, y de un 1% y 0,4% de crecimiento de la inversión y del consumo, respectivamente. Los países importadores de combustibles fósiles y aquellas economías que más incrementen sus inversiones internas –y no vía importación en tecnologías para energías renovables o en materia de eficiencia energética serán aquéllas que más se beneficiarán de la transición hacia una economía baja en carbono, impulsando con ello la demanda interna, el crecimiento y el empleo. Además, los menores precios energéticos repercutirán sobre la competitividad de los países –beneficiando a las economías importadoras de combustibles fósiles en los próximos años– y permitirán incrementar la renta disponible de los hogares, el consumo y, con ello, impulsar la actividad económica y el empleo.

Por el contrario, los países que menos se beneficiarán, especialmente en términos de empleo, son los que menos dependen de la importación de petróleo o los que ya han avanzado mucho en la aplicación de medidas contra el cambio climático, como es el caso de Dinamarca.

Analizaremos ahora la Unión Europea ya que, aunque los efectos globales son positivos, difieren notablemente entre países y en función de los sectores de actividad. Por poner un ejemplo, economías como la polaca, muy dependiente del carbón, tendrán menos ganancias netas comparadas con economías importadoras de combustibles fósiles como Alemania o Francia.

Además, uno de los datos reseñables del informe del Eurofound es que la relación de similitud que se observa entre los impactos sobre el PIB y los efectos sobre el empleo se produce en la mayor parte de países con la excepción de Polonia, Letonia, Chipre y España.

Respecto a los impactos sobre el mercado laboral, tendremos más empleo en 2030 en Europa, y resulta muy positivo que el camino hacia una economía descarbonizada en 2030 redunda en una menor polarización en términos de creación de empleo en la distribución salarial. La creación de puestos de trabajo se concentrará en la parte baja y media de la distribución y menos en la parte alta. Esto se debe, en parte, a la reducción de tareas intelectuales y autónomas y al incremento de trabajos rutinarios, así como por al impulso de la construcción, que explica la mayor creación de empleo en los quintiles centrales, como ocurre en países como España, Estonia, Hungría, Letonia y Lituania.

Por sectores, las mayores pérdidas de puestos de trabajo se concentrarán en todas las actividades relacionados con los combustibles fósiles, mientras que la mayor parte de empleos se crearán en la construcción y las industrias relacionadas con energías renovables o eficiencia energética. En resumen, los sectores minero y ‘utilities’ serán los más perjudicados mientras que la construcción, gracias a la inversión en eficiencia energética y en equipos y nuevas instalaciones como plantas de energía renovable, así como las manufacturas, más ligadas a la cadena de suministro de renovables y equipamientos para la eficiencia energética, también aumentará sus puestos de trabajo. No obstante, también sufrirán efectos negativos aquellos sectores energéticamente intensivos por mayores impuestos al CO2). Por último, el sector servicios se beneficiará del mayor consumo, pero también por formar parte de la cadena de suministro de las renovables y de los procesos de equipamientos e instalaciones de eficiencia energética.

Pero además de estos impactos sobre la actividad y el empleo, la acción contra el cambio climático repercutirá sobre los ingresos y gastos públicos, pero sin modificaciones del saldo presupuestario. En la misma línea que el Eurofound, la Comisión Europea destaca que los costes de transitar hacia una economía ‘descarbonizada’ no difieren “sustancialmente” de los que entrañaría la no renovación del modelo energético, estimando que en 2030 el sistema podría tener un incremento del coste total equivalente de tan solo el 0,15%. Lo que sucede es que, en conjunto, se produce un “desplazamiento desde los costes operativos (combustible) hacia los costes de capital (inversiones)”.

Según cálculos de la Comisión Europea, se necesitarán esfuerzos e inversiones adicionales por valor de 38.000 millones de euros de media anual en el conjunto de la UE en el periodo 2011-2030, más de la mitad de las mismas para los sectores residencial y terciario. Como señalamos anteriormente, en el caso español las inversiones público-privadas ascenderían a 200.000 millones de euros hasta 2030, según las previsiones del Gobierno.

Vemos que en este proceso de cambio global hay costes e inevitablemente tendremos que hablar de ‘perdedores’. Pero si pensamos en los costes de las medidas necesarias para transitar hacia una economía descarbonizada tenemos que pensar en los costes que implica la falta de actuación porque, como se desprende de la publicación que aquí analizamos, éstos serían especialmente negativos para los colectivos sociales más vulnerables.

Como señala el investigador jefe de Eurofound Donald Storrie, “el cambio climático tendrá serias implicaciones para la vida y las condiciones laborales a escala global; y son las personas más marginadas socialmente, económicamente o de otra forma, quienes son especialmente vulnerables“. Estos colectivos verán cómo el precio de los alimentos crece ante la destrucción de campos de cultivo, las regiones pobres sufrirán con dureza los efectos del cambio climático en forma de desastres naturales o se verán enormemente afectados por la oleada de movimientos migratorios. Sobre este último punto, y según datos del Banco Mundial, se calcula que 140 millones de personas se desplazarán desde las tres regiones con mayordensidad de población del mundo para 2050.

Los costes de no hacer nada son mucho mayores que los que implica actuar con firmeza en la lucha contra el cambio climático. Esto último, además, tiene diversidad de impactos que, como hemos analizado a lo largo de este artículo, son muchos y positivos para cuestiones claves como el crecimiento económico y el empleo. Pero pensemos que, además, si somos capaces de hacer un mayor esfuerzo, los beneficios podrían ser aún mayores, pues tengamos en cuenta que el escenario sobre el que hace sus cálculos el Eurofound prevé una caída de las emisiones de CO2 del 35% para 2030, con lo que hay un 66% de probabilidad de probabilidad de que esta reducción sea suficiente para limitar el incremento de temperatura a 2ºC.

Transitar hacia una economía descarbonizada tendrá un resultado positivo para la economía, la creación de empleo, el desarrollo sostenible y el bienestar de toda la sociedad. Pero para ello es fundamental redistribuir eficiente y equitativamente estos beneficios, para que la transición energética y todas las medidas derivadas de la lucha contra el cambio climático sean justas en términos sociales, como establece la Declaración de Silesia por una Transición Justa y Solidaria. Es clave dar una respuesta sostenible, eficiente y equitativa a las nuevas realidades derivadas de la lucha contra el cambio climático para que la falta de aceptación social no se convierta en un temor de los gobiernos para emprender acciones que el planeta está demandando.  

Los esfuerzos deben y pueden ser mayores. Lo están pidiendo los jóvenes en las calles de muchas ciudades europeas estas semanas y lo reconoció también esta misma semana Arias Cañete al señalar que “la UE estaría en condiciones de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 45% en el año 2030, por encima del objetivo acordado del 40%”. Nos jugamos mucho y Europa debe seguir siendo la principal impulsora de la respuesta internacional a la crisis climática. No tengamos miedo porque los beneficios de la lucha contra el cambio climático y de transitar hacia un modelo descarbonizado y sostenible son muchos y debemos aprovecharlos.

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