Daño colateral: la nueva prensa cubana ante la escalada de Trump hacia Cuba

Uno de los grupos más dinámicos de la emergente sociedad civil cubana está compuesto por decenas de periodistas, creadores y artistas que nutren la producción de nuevos medios de comunicación.

En apenas siete años, y apoyados en la expansión del acceso a las tecnologías digitales, internet y nuevas formas de financiamiento desde el pequeño sector privado; el relato sobre Cuba dejó de ser bicromático (a favor o en contra del modelo socialista) y adquirió la misma complejidad que ha adquirido la sociedad en transición de este archipiélago en el mar Caribe.

Una oleada de profesionales, la mayoría jóvenes graduados en las universidades del país (todas estatales) con experiencia en la prensa oficial (toda bajo el control del Partido Comunista) han dado forma a un movimiento que nació en blogs y en Twitter y que ha incluido la creación de al menos 37 nuevas publicaciones. 

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Hasta la apertura de este abanico de opciones, la información que se producía para los cubanos provenía de dos polos: el oficialista, único con reconocimiento legal para existir como prensa en el país, y el opositor, con colaboradores/activistas dentro, pero con sus sedes y su agenda marcada desde fuera.

La reforma económica impulsada por Raúl Castro desde 2011 y el proceso de “normalización” de las relaciones con Estados Unidos, desde diciembre de 2014, abrieron cauces. 

El fin de la dependencia exclusiva del Estado como empleador y un clima de mayor tolerancia hacia el disenso en la esfera política (tras el llamado del menor de los hermanos Castro a acabar con la “falsa unanimidad”) permitieron que grupos de ciudadanos con intereses comunes se articularan y comenzaran a hacer valer sus intereses. 

La nueva prensa cubana refleja y acompaña los movimientos que se producen, por ejemplo, en el ámbito de los cineastas, los defensores de los derechos de los animales, los emprendedores, la comunidad LGBTIQ+, los “gamers” y otros actores de la sociedad civil; quienes han constituido asociaciones y realizado asambleas y manifestaciones públicas hasta ahora desconocidas por el gobierno derivado de la revolución de 1959.

Para distribuir sus contenidos se valen tanto de la web como de un mecanismo offline muy sui géneris, llamado El Paquete de la Semana, que es una compilación de entre 1 a 2 terabytes de información digital, distribuida por todo el territorio mediante USB “hard discks” en menos de 24 horas a manera de internet “offline”.

Al hablar también de música, moda, medio ambiente y comunidades vulnerables, datos, cultura popular, tecnología y la relación con la diáspora, estos nuevos medios han encontrado sus nichos en los vacíos temáticos que dejan la prensa estatal y la opositora, con sus agendas enfrentadas. Pero, de manera especial, han logrado distinguirse por el tono, el enfoque, la diversidad y el rigor con que asumen la realidad cubana: ya no más el infierno de una dictadura represiva ni la idílica fantasía del país “faro y guía” de la izquierda internacional. 

La Cuba que se cuenta allí es compleja, conflictiva, con alegría dentro de las carencias, con solidaridad y oportunidades para emprender, con derechos logrados, pero muchos más por lograr.

Ese distanciamiento de los polos ha colocado a este grupo de revistas en formato PDF y páginas web en las posiciones más favorables para conquistar a las audiencias cubanas que, poco a poco, pero cada vez en mayor número, van llegando a internet y a las redes sociales. 

En un país con 5.5 millones de líneas móviles, entre 11 millones de habitantes, y más del 40% de la población con algún tipo de conexión a internet (pagando tarifas de 1 USD la hora y con serias limitaciones de acceso en las redes estatales subvencionadas) sus contenidos satisfacen más las necesidades informativas de la gente. 

El equilibrio, no obstante, tiene costos. Habiendo dejado en evidencia las falencias profesionales y éticas de los dos bandos, pero queriendo existir dentro de Cuba, sin condiciones legales ni económicas favorables, a sus impulsores les toca superar cada día prohibiciones y barreras.

No pueden acceder a fuentes oficiales ni presentarse en casi ningún lugar como periodistas, no pueden firmar contratos con empresas que podrían financiar las publicaciones a través de publicidad, patrocinio o compra de servicios, no pueden pagar impuestos ni acumular seguridad social, no pueden simultanear su trabajo con empleos en instituciones estatales y por ende, no pueden acceder a opciones de capacitación en centros de formación cubanos (ya dije, todos estatales) que requieren cartas de otros centros estatales para aceptar inscribir una matrícula. 

No es de extrañar por tanto que, de la treintena de proyectos nacidos en estos años, al menos 13 ya hayan dejado de publicar y la mayoría de los sobrevivientes publican con muy baja frecuencia.

De todas formas, su existencia es un reto directo al modelo de control monopólico de la prensa por el Partido Comunista. El actual presidente, Miguel Díaz-Canel, los señaló desde 2017 como la nueva subversión, en la confirmación más clara de un enfoque que ya les aplicaban desde sus primeras ediciones los órganos de la seguridad del Estado cubano. 

El repertorio de tratamientos incluye “conversaciones” con agentes que advierten de la ilegalidad en la que se puede estar incurriendo, detenciones temporales, incautación de material, borrado de archivos y la imprevisible prohibición para asistir a eventos y capacitaciones en el extranjero, de la cual se enteran los perjudicados en el aeropuerto, a punto de abordar el vuelo y sin explicaciones. El riesgo es un factor variable en el ejercicio del nuevo periodismo, aunque siempre presente.

Las nuevas iniciativas mediáticas cubanas subsisten, en la mayoría de los casos, por apoyos de organizaciones no gubernamentales y fondos de diplomacia pública extranjera o cooperación internacional, junto a pequeños ingresos por negocios con actores no estatales y mucha voluntad de sus hacedores. Pero la voluntad no llena la mesa ni paga alquileres y el uso de fondos extranjeros es un arma de doble filo, que alimenta la campaña de desprestigio y tergiversación de voceros gubernamentales, empeñados en matar al mensajero cuando no pueden rebatir el mensaje

La emigración de los profesionales de los nuevos medios es tan abundante como la del resto de los profesionales jóvenes de Cuba y los equipos se resienten no sólo al perder con sus partidas, sino también con las retiradas voluntarias de aquellos para quienes es inmanejable la presión política y económica, especialmente si residen fuera de La Habana y están aislados. 

Y ahora todo parece empeorar.

Las negociaciones con la administración de Barack Obama hasta enero de 2018 y el acuerdo de diálogo político y cooperación firmado con la Unión Europea en noviembre de 2017, estimularon en el gobierno cubano la tolerancia hacia formas emergentes de la sociedad civil que su propio discurso de “actualización del modelo” había promovido. 

Sin embargo, la reemergencia del enfoque confrontativo con la política de Donald Trump hacia el país caribeño, puede terminar de un golpe la permisividad hacia la también llamada “prensa alternativa”.

La escalada de tensiones está en pleno apogeo. Luego de la retirada del personal de la embajada estadounidense en La Habana, tras supuestos “ataques acústicos” aún no probados, fue activada totalmente la Ley Helms Burton (que permite demandas a empresas extranjeras que inviertan en propiedades nacionalizadas en la década de 1960) aumentaron las restricciones a los viajes de norteamericanos al país caribeño y, más recientemente, Cuba fue reinsertada en la lista de países que permiten la trata de personas.

Ante los ataques, el gobierno antillano ha desempolvado la Ley 88 de Defensa de la Soberanía Nacional y amenaza con aplicarla sobre aquellos que colaboren con las intenciones políticas de la administración norteamericana. Fue esa ley la que permitió encarcelar a 75 opositores políticos, muchos de ellos periodistas independientes, en 2003, durante la llamada “Primavera Negra”. 

Las “pruebas del delito” para desatar la represión sobre los medios más incómodos (y de paso aleccionar a los menos políticos) las puede aportar el portal de transparencia de la agencia de cooperación USAID, que refleja los gastos de la administración Trump en programas de “promoción de la democracia en Cuba” y donde han sido especialmente privilegiadas las iniciativas para apoyar a medios independientes, como cursos y talleres en el extranjero, en los que han participado decenas de sus miembros en la Isla, sin conocer siempre el origen del financiamiento.

La agresividad norteña es música para los oídos de sectores ortodoxos del poder en Cuba. Devuelve al país a la trinchera, al estado de alerta, y ese es el terreno mejor conocido por ellos. Expertos en resistir 60 años y 12 administraciones igual de beligerantes que Trump, imponen por la fuerza de la circunstancia, y con toda legitimidad para gran parte del pueblo cubano, el principio de la “plaza sitiada” según el cual toda disidencia es traición. 

Claman que ha llegado “la hora de las definiciones”. Con su ejército de troles generando “asesinatos de carácter” en las redes sociales, y con la actuación (cada vez más a la luz pública) de los mecanismos de represión; los escasísimos espacios de diálogo desde los que se pide el reconocimiento legal y el ordenamiento de este nuevo ejercicio de prensa no estatal, pueden desaparecer.

No podrían estar más alegres los ortodoxos. La incómoda piedra en el zapato que suponen esos pequeños medios, que han intentado contracorriente construir un modelo alterno de información, sin propaganda ni manipulaciones, quedan en la posición más precaria. O “se definen” (esto es, defienden el sistema socialista) o serán considerados cómplices del enemigo. 

Es el extraño resultado de los halcones de Trump: buscando “libertad” para el pueblo cubano, lo reprimen.

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