Datos contra el virus: usos y límites de la tecnología

Varios gobiernos han anunciado que se encuentran en plena fase de desarrollo de aplicaciones para combatir el Covid-19. Hay pocos detalles sobre cómo operarían. La idea parece estar inspirada en lo que han hecho los gobiernos de Corea del Sur y China para monitorear a su población durante esta crisis. ¿Puede funcionar una app para vigilar y, eventualmente, prevenir el contagio de este virus?

La idea no es nueva. Desde hace bastante tiempo, la comunidad epidemiológica ha tratado de desarrollar tecnología para procesos de vigilancia activa sobre distintos tipos de virus, incluido el de la influenza. El objetivo general de estas aplicaciones es ‘mapear’ la evolución del virus y, de ser posible, predecir cómo escalaría. Todo esta intervención depende de lo buenos que sean los datos con los que se cuente, así como el involucramiento de un equipo de especialistas que puedan desarrollar modelos predictivos. También requiere de la cooperación y coordinación internacional, algo que no ha sido el fuerte de ésta y otras pandemias.

El caso de Corea del Sur es percibido como paradigmático en muchas dimensiones, incluyendo la tecnológica. El Gobierno de este país ha desarrollado una aplicación (disponible para el sistema operativo Android y pronto en IOS) que permite seguir a una persona en cuarentena, monitoreando sus síntomas. De igual forma, la aplicación permite controlar los movimientos de las personas, pudiendo informar de si han incumplido con la cuarentena obligatoria en ese país.

La aplicación, a su vez, informa a la ciudadanía sobre personas que han contraído la enfermedad y en los lugares en los que probablemente ocurrió. De esta forma, se permite detectar a las personas ‘super-contagiadoras’ que tienen comportamientos de riesgo. El caso más notorio ha sido el de una mujer que acudió a una celebración religiosa, a un hotel con bufé y a otras concentraciones, esparciendo el virus por buena parte de la región de Dangu.

La app también informa sobre el inventario de las farmacias para productos de primera necesidad como alcohol en gel, que el Gobierno coreano registra y raciona. La aplicación ha sido desarrollada con la colaboración del sector privado y sigue aún en fase experimental.

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Un dato, no menor, es que el registro es voluntario. Ha habido situaciones tragicómicas debido a la forma en que se han expuesto datos de las personas, llevando a múltiples especulaciones acerca de cómo se contagia la gente en hoteles de alta rotación. 

En China, la situación es distinta. De la mano de empresas que tienen vínculos cercanos con el Gobierno, una aplicación es capaz de clasificar a las personas en tres categorías (roja, amarilla y verde), indicando qué deben hacer frente a cada código. Los datos provienen de los celulares de las personas y de los que empresas de servicios financieros (entre otras) tienen de ellas. El algoritmo que clasifica a las personas no es conocido y a veces las hay que cambia de estatus sin mayor explicación. Más serias son las auditorías que indican que el software permitiría un acceso silencioso (backdoor) a los teléfonos por parte de las autoridades. 

Con esto a la vista, queda claro que los modelos de China y Corea presentan muy distintas características y ambos tienen un potencial grande de mapeo, aunque no necesariamente de predicción de la epidemia. En cualquier caso, esto es algo que ya se hace de forma voluntaria en Europa con tecnologías y protocolos menos invasivos, aunque de forma también experimental. Potencialmente, esto podría hacerse en el futuro con la influenza o cualquier pariente del coronavirus. En ambas sociedades se plantea el debate acerca de qué tipo de información recoge el Estado, cómo la protege y cómo, eventualmente, la utiliza para controlar a su población en tiempos de crisis.

Lo primero es ver qué datos es preciso recoger para estos casos. Más datos no necesariamente equivale a saber más sobre una cosa si no existe capacidad de análisis o la necesidad de tenerlos. Consecuentemente, cualquier aplicación debiera plantearse si los datos que precisa son necesarios para cumplir su objetivo. Si, por ejemplo, la app pretende distribuir información sobre el inventario de productos y recomendaciones de salud a la población, posiblemente requiera acceso a pocos datos personales y mucho a datos que idealmente ya estarían abiertos para otro tipo de usos.

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Un segundo punto es el control de los datos por parte de las personas que han sido infectadas. Estas personas, una vez identificadas vía la filtración de sus datos, siempre sufren algún tipo de perjuicio, que puede ser mayor o menor según su posición social y contexto. Corea, Paraguay y Uruguay, entre otros países, ya ha dado ejemplos de reacciones esperables, pero que casan mal con sociedades democráticas. Existe hoy tecnología experimental que permite a las personas tener control sobre sus datos de forma dinámica, de manera que puedan, por ejemplo, sumarse a un sistema similar al coreano.

Un tercer punto es la efectividad de desplegar la aplicación. Una persona caminando por el centro de Padova, Italia, posiblemente ya sabe que se encuentra en una zona con múltiples casos y podría pensar que si se aleja hacia al sur no habría tantos. Pero eso puede dar una falsa idea de seguridad. Simplemente, puede ser que nadie haya revelado ese caso, porque el problema central sigue siendo recolectar datos de calidad, lo que incluye testeo disponible. Salvo Corea y Taiwan, que han llevado a cabo ejercicios agresivos de realización de tests a su población, el resto seguramente tendrá casos sub-representados. 

Asumiendo que los gobiernos van a desarrollar estas aplicaciones, hay algunas cosas que hay que tener en cuenta. Un reciente proyecto nativo en Argentina plantea que el código de la aplicación sea abierto, de forma que las determinaciones técnicas con las que trabaja la aplicación puedan ser conocidas y, eventualmente, replicadas. Otro elemento importante es el de la voluntariedad, ya que las personas infectadas deberían contribuir con datos altamente sensibles (incluyendo el hecho de estar infectadas). Hay que decidir qué datos se pueden compartir de manera pública, aun en tiempos de emergencia. Este balance se establece en cada sociedad y es difícil dar respuestas ex ante. Y finalmente, los datos deberían ser eliminados una vez que la emergencia haya terminado; y, en todo caso, versiones anonimizadas podrían quedar para estudio de la comunidad científica. 

Dicho todo lo anterior, hay muchas cosas que la comunidad internacional puede hacer a la hora de abrir y compartir datos sobre la epidemia. La información sobre los casos puede estar más estandarizada a nivel comparado para dimensionar mejor la crisis y ayudar a los equipos epidemiológicos sobre el terreno, así como llegar a la prensa de forma más clara. Éste es llamado de los colegas de NYU Lab y por lo que hemos abogado en la Carta Internacional de Datos Abiertos desde hace mucho tiempo. Y hay iniciativas para compartir todo el saber científico disponible extremadamente valiosas desde el punto de vista del conocimiento abierto y la colaboración. Las empresas de tecnología pueden hacer mucho en esta emergencia, fomentando el uso de productos de primera línea para distintas actividades virtuales, compartiendo metodologías de trabajo en línea y sosteniendo la infraestructura que permite operar hoy al mundo.

Y, naturalmente, está lo que acontezca después. Porque habrá un día después y puede encontrarse con una sociedad libre que hizo un buen uso de los datos de las personas en un momento de emergencia, o con una sociedad que ha seguido un camino más oscuro y ha instalado precedentes peligrosos. Sin embargo, el desarrollo de este tipo de aplicaciones, anunciadas a bombo y platillo como salvadoras, tal vez deba ser más humilde, informada por la necesidad y diseñada para sobrevivir el día después. Los poderes de vigilancia del Estado, aun en tiempos de crisis, tienen límites. Y la crisis y su solución debe encontrar a las sociedades abiertas más resilientes, conscientes y protegiendo sus valores incluso en tiempos oscuros.

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