De los laberintos se sale por arriba; de las crisis, también

El pánico moral que significa la pandemia ha afianzado, en parte, la polarización política y afectiva existente. El encuadre partidario, en la mayoría de los países, confronta las preferencias políticas de quienes temen enfermar y quienes que se imaginan verse afectados por la crisis económica. Entre esos votantes, la polarización afectiva aparece como un eco de las discrepancias de sus dirigentes políticos. De ahí la importancia de ser políticamente coherentes (y discursivamente consistentes) en cuanto a las decisiones políticas que se tomen. Argentina no parece mostrar, hasta ahora, altos niveles de polarización política en el marco de la pandemia. ¡Hasta ahora! Nada garantiza que, a medida que aumenten las víctimas mortales y los efectos socioeconómicos se vuelvan insoslayables hasta alcanzar notoriedad mundial, el hartazgo por la cuarentena reedite la grieta argentina.

En épocas de incertidumbre, remarca la investigadora argentina Mariana Gené, los armadores políticos son clave: “Tejen relaciones, llegan a acuerdos, buscan que las decisiones que se toman sean luego sostenibles, realistas”. Un elemento singular de armador político es el actual presidente, Alberto Fernández, quien se ha esmerado en mostrarse como un mandatario anti-grieta. Parafraseando al escritor Leopoldo Marechal, Fernández parece haber demostrado que de los laberintos (como de las crisis) se sale por arriba.

Gené es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y profesora de la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado el libro ‘La rosca política’ (Siglo XXI), donde analiza en profundidad el rol de los armadores políticos; esos políticos que se ubican delante y detrás de escena y tejen los lazos de la política cotidiana. En una entrevista concedida hace tiempo, Gené advirtió que Fernández sería el primer rosquero en convertirse en presidente. En este diálogo con Agenda Pública, confirma aquella idea de Alberto, el armador en tiempos de Covid-19.

Natalia Aruguete.- En su libro, configura el lugar de los ‘armadores’ políticos. Alberto Fernández ha sido un gran ‘armador’ cuando fue jefe de Gabinete del Gobierno de Néstor Kirchner. Como presidente, ¿sigue ocupando ese rol?

Mariana Gené.- El término armador suele designar a personajes grises o conocidos de puertas para adentro, pero desconocidos por el afuera de la política. Quienes están en el Ministerio del Interior, en la Secretaría de la Presidencia o en la Jefatura de Gabinete son los armadores más jerárquicos, porque hacen el trabajo de intermediación política en puestos institucionales muy visibles. Tienen, por tanto, ese doble desafío: estar delante y detrás de escena. El de Fernández es el caso típico de un armador político.

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N. A.- ¿En qué sentido?

M. G.- Tiene una carrera política muy larga, aunque mediana en cuanto a la jerarquía de los cargos ocupados: no fue gobernador de una provincia, tampoco ha sido un parlamentario de toda la vida; sólo tuvo un cargo electivo cuando fue legislador de la ciudad de Buenos Aires. Pero fue nada menos que jefe de Gabinete del ex presidente Néstor Kirchner (2003-2007). En un espacio como ése, son claves la personalidad, la astucia, la capacidad, la agenda, los contactos tanto en el propio partido como en otras fuerzas políticas y la confianza con el presidente; y Fernández tenía todos esos recursos.

Un dato elocuente: durante la primera campaña electoral de Néstor Kirchner, cuando tenía muy pocas chances de ganar, la confianza que el ex presidente depositó en Fernández fue la que hizo que éste acaparara después gran parte de las funciones que formalmente dependen de otros ministros. En aquel período, Fernández, como su hombre de confianza, marcaba la tónica. Entonces, cuando Cristina Fernández lo eligió para ser candidato a presidente y ella se retiró de ese espacio, en esa designación se puso de manifiesto la destreza del armador.

N. A.- ¿Cree que Cristina Fernández redescubrió esas destrezas de armador en el hoy presidente?

M . G.- Claro. Cristina Fernández recupera lazos de confianza y proximidad y, además, ve en Fernández la destreza de no cerrar el diálogo con distintas ramas del peronismo de las cuales el kirchnerismo se había distanciado en la última etapa de su segundo Gobierno. El cálculo era que, para ganarle a Cambiemos, coalición conducida por el ex presidente Mauricio Macri, el peronismo tenía que unirse; algo fácil de decir, pero difícil de concretar. Y es ahí donde aparece el capital de Alberto Fernández como alguien capaz de volver a traer a esos dirigentes del peronismo que se habían alejado. Estos armadores de primer nivel (como es el caso de Fernández) tienen llegada a esos distintos ámbitos: el político por supuesto, pero también el empresarial, el sindical, el judicial, el de las organizaciones sociales…

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N. A.- La apuesta por unir al peronismo se distingue de la estrategia del ‘armador’ de Cambiemos, Marcos Peña (jefe de Gabinete del Gobierno de Macri), quien prefirió no seguir sumando para ampliar la coalición y mantener más intacto al PRO como partido.

M. G.- Claro, Peña priorizó cuidar la marca. Esas jugadas se evalúan ex post: Peña fue presentado como un gran político en 2015 y muy golpeado en 2019. Ni tanto ni tan poco: nadie puede decir que Peña no es una persona inteligente, aunque quizás se haya subido demasiado a su éxito.

N. A.- Cuánto abrir o a quiénes incorporar en una coalición amplia que permita ganar elecciones, pero además poder gobernar, es la gran incógnita en los tiempos que corren. Mucho más en tiempos de pandemia.

M. G.- Los armadores políticos son fundamentales en los dos grandes desafíos de la democracia: ganar elecciones y gobernar. El primero es una de las pruebas fundamentales y es algo que buscan los partidos políticos de cierta envergadura. El segundo es mucho más difícil; Cambiemos lo vivió en carne propia. Para gobernar es necesario ampliar la base de sustentación, pero eso también conlleva peligros específicos. Uno de ellos tiene que ver con el funcionamiento cotidiano: cómo ordenar y conducir una coalición heterogénea, cómo neutralizar las internas, eso que se denomina fuego amigo. Otro se vincula con el electorado, con la necesidad de no volverse confuso o hiper-pragmático frente a los votantes.

N. A.- ¿Cómo se conjugan estos dos ‘peligros’ en tiempos de coronavirus y cuarentena, sobre todo frente a la necesidad de contar con recursos fiscales para, entre otras cosas, morigerar el impacto socioeconómico de la pandemia?

M. G.- En todos los tiempos de crisis o incertidumbre, los armadores políticos son fundamentales. Ellos tejen relaciones, llegan a acuerdos, buscan que las decisiones que se toman sean luego sostenibles, realistas. Es cierto que el coronavirus es un desafío mayúsculo, porque no tenemos nada parecido para compararlo. Si bien Argentina es especialista en crisis (económicas, políticas, sociales, militares), la pandemia no nos ofrece referencias históricas en las que apoyarnos. Sí podemos ver claramente la articulación entre quienes tienen responsabilidades de gobierno en los distintos niveles (nacional, provincial, local), y hay diversas razones para que eso suceda.

N. A.- ¿Cómo cuáles?

M. G.- Por un lado, están ligados en lo que se refiere a la disponibilidad de recursos, porque hay medidas que sólo puede tomar el Gobierno nacional. Por ejemplo, la emisión monetaria o la decisión de políticas de emergencia cuasi-universales ante la crisis, como el programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), que paga una parte de los salarios del sector privado, o el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), que provee un ingreso de emergencia a los sectores más vulnerables. Por otro lado, quienes tienen el riesgo cierto de desborde del sistema sanitario, en especial en el área metropolitana de Buenos Aires, no pueden jugar con fuego, necesitan imperiosamente articularse de la mejor manera posible.

Por último, la sociedad parece estar premiando, al menos por ahora, ese discurso cauteloso y firme a la vez, basado en la evidencia científica y no muy apegado a la grieta. Habrá que ver qué pasa después, cuando haya que vérselas con los resultados económicos, sociales y laborales. Probablemente, para entonces se recrudezcan los enfrentamientos que ahora parecen estar suspendidos.

N. A.- El resultado de las últimas elecciones parece indicar que Cambiemos buscó garantizar el voto ideológico. Y no le fue mal, porque retuvo el 40% del electorado. En la actual crisis del coronavirus, los dirigentes opositores con responsabilidad ejecutiva buscan evitar la confrontación con el Gobierno nacional. ¿Qué rol le cabe a la oposición que no tiene la responsabilidad de gobernar?

M. G.- En las elecciones de 2019, Cambiemos logró recuperar a los votantes de la derecha ideológica que, en primera vuelta, habían votado por los candidatos de extrema derecha; mientras que Fernández y su partido, el Frente de Todos, ganó a los votantes del centro. Lo que es clarísimo (y eso lo saben los buenos armadores políticos) es que ninguna receta funciona por siempre en política. La política es historia, y la historia es también contingencia.

N. A.- En la actualidad, ¿Alberto Fernández tiene margen para delegar esa función de ‘armador’ político o sigue asumiendo ese rol?

M. G.- Sin duda, debe ser difícil para él cuando está tan acostumbrado a esa tarea y conoce sus astucias; pero, obviamente, tiene que hacerlo. Sería difícil comparar hoy a Santiago Cafiero, jefe de Gabinete, con lo que significaba Fernández durante el Gobierno de Néstor Kirchner. Por otro lado, es un Ejecutivo que empezó hace poco y al cual le falta rodaje. Es como si todavía estuvieran construyendo su rol los principales armadores del Ejecutivo, el jefe de Gabinete y el ministro del Interior. Sin embargo, los dos tienen una trayectoria para lo muy jóvenes que son. Eduardo Wado de Pedro ya fue dos veces diputado, fue secretario general de la Presidencia durante 2015 y es uno de los fundadores de La Cámpora, agrupación política de la juventud kirchnerista. Es, además, del ala dialogada de La Cámpora.

Además, tanto Wado como Cafiero vienen de familias políticas, ambos tienen militancias muy tempranas y son dirigentes de extrema confianza: Cafiero lo es de Fernández, mientras que Wado pertenece al círculo íntimo de Cristina Fernández, la vicepresidenta. Eso supone un capital político muy valioso.

N. A.- ¿Cuánto de la necesidad de garantizar la gobernabilidad está en manos del ministro del Interior, Wado de Pedro, considerando la ineludible coordinación con los gobernadores para impulsar políticas mancomundas frente a la pandemia, y cuánto sigue acaparando Alberto Fernández?

M. G.- Le cabe muchísimo, sobre todo en lo relativo a los lazos con los gobernadores. En un país federal como Argentina, que comprende realidades muy distintas, con provincias muy ricas y autosuficientes y otras, muy pobres y dependientes del centro, la gobernabilidad depende en gran medida de esa relación entre la Nación y las provincias. En esa intermediación, Wado de Pedro es fundamental, más aún tratándose de un Gobierno con poca caja, es decir, con pocos recursos fiscales para afrontar la crisis económica y la renegociación de la deuda; y que, repentinamente, se ha visto arrojado a otra crisis, a la vez sanitaria, social y económica, de magnitudes mundiales e inciertas.

En este marco, una vez más, el diálogo y la relación con las provincias es fundamental, desde aquéllas que quieren a toda costa flexibilizar la cuarentena porque tienen poca o nula circulación del virus hasta aquéllas que están en la situación opuesta, con riesgo de colapso de sus sistemas sanitarios cuando se disparen los contagios y sin fondos suficientes para pagar los sueldos de los empleados estatales por el contexto de parate de la actividad y la caída de la recaudación consiguiente. La negociación de los tiempos respecto del coronavirus tiene en el centro al presidente y al conjunto de expertos en temas de salud que lo asesoran; y, asimismo, la distribución de los recursos pasa primero por la cabeza del Ejecutivo. Por supuesto, el seguimiento de los temas y la negociación de los detalles incluirán luego al ministro del Interior y al jefe de Gabinete. Pero para la mayoría de los gobernadores, la puerta de entrada es Alberto Fernández.

N. A.- ¿Cómo caracterizaría la tesitura de la vicepresidenta Cristina Fernández? Muchos dirigentes y medios de comunicación opositores buscan instalar la idea de que Alberto y Cristina atraviesan una fuerte confrontación. Por otro lado, se necesitan leyes clave para afrontar la crisis, que deben pasar por el Parlamento… y allí Cristina Fernández tiene un rol fundamental.

M. G.- Esa idea está presente desde el momento mismo en que se conoció la fórmula presidencial, y sospecho que seguirá estándolo hast el final en algunos medios y dirigentes, probablemente por lo atípico que fue el proceso que llevó a Fernández a la Presidencia. Sin embargo creo que, así como en la campaña electoral Cristina Fernández se apartó bastante del centro de la escena para dejarle ese lugar a la (entonces probable) figura presidencial, ahora está haciendo lo mismo. Ambos saben muy bien que eso es importante en un país tan presidencialista como Argentina, y con una figura tan magnética como la de ella, que despierta pasiones tan encendidas. En ese sentido, su estrategia contribuye también a la gobernabilidad. Además, ella desempeña un rol fundamental en el Senado, con el tratamiento de leyes que quizás también serán extraordinarias en este contexto, como lo son las sesiones virtuales que recién están comenzando.

N, A.- ¿Cómo evalúa la relación entre los tres gobernantes centrales de Argentina, el presidente Alberto Fernández y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof (ambos del mismo partido, el Frente de Todos), y Horacio Rodríguez Larreta, del partido PRO?

M. G.- La cantidad de puestas en escena en las que están ellos tres juntos quizás sea otra de las grandes novedades de este momento. Esa articulación entre lo que se hace en la Capital Autónoma de Buenos Aires (Caba) y en el conurbano bonaerense es estructuralmente necesaria por la relación cotidiana que existe entre la población de ambos distritos, con realidades tan dispares pero con tanta porosidad e interconexión. No obstante, que fuera necesaria o deseable desde la perspectiva de la política pública no implica que estuviera garantizada de antemano; nada más lejos. Por eso, el trabajo de articulación política es fundamental allí. 

Está claro que Alberto Fernández busca dar un mensaje contundente con las conferencias de prensa conjuntas y las fotos de reuniones de trabajo con estos dirigentes de signo político opuesto: la de un presidente anti-grieta ante la complejidad de la crisis y la necesidad de gobernarla. Por ahora, no cabe duda de que esa estrategia resulta eficaz en la construcción de su liderazgo.

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