«Debemos sentarnos con la UE de inmediato para alinear nuestras políticas hacia China»

Les presentamos la nueva serie Agenda Pública Conversations de podcasts sobre política y economía global. Los podcasts son en inglés pero transcribiremos, también, todos los episodios al español.

El primer episodio es una conversación del profesor Joseph Weiler con Anthony Gardner, ex-Embajador de Estados Unidos antes la Unión Europea.

Joseph Weiler (a la izquierda en la foto).- Ésta es una grabación especial para Agenda Pública. Me llamo Joseph Weiler, y tengo conmigo a Anthony Gardner, ex embajador de los Estados Unidos ante la Unión Europea y, recientemente, autor de un libro titulado ‘Stars with Stripes’, que analiza y describe la relación entre Estados Unidos y la Unión Europea. Por el momento en que lo escribió es, yo diría, bastante optimista acerca de las posibilidades de una relación productiva y fructífera entre ambos. ¿Sería ésta una evaluación razonablemente buena del tono del libro?

Anthony Gardner.- Es una buena evaluación. En primer lugar, profesor Weiler, es bueno estar de nuevo con usted. Nos conocemos desde hace mucho tiempo y ha hecho mucho por el área de estudio de EE.UU. y la UE. El libro es optimista, aunque espero que no ingenuo; porque, por supuesto, nos enfrentamos a enormes desafíos, a los que se han sumado estos últimos cuatro años. La Administración Biden tiene, ciertamente, mucho trabajo por delante. Pero, muy brevemente, la razón por la que soy optimista es que estamos obligados a trabajar juntos por las presiones que a menudo compartimos. Es evidente que hay algunas discrepancias, pero nuestro peso relativo en el mundo está ciertamente disminuyendo y hay áreas en las que necesitamos, y podemos, colaborar. Eso es lo que he intentado argumentar en el libro.

J. W.- Si tomamos hoy una foto, en el crepúsculo de la actual Administración Trump, no recuerdo una relación tan baja entre Estados Unidos y la Unión Europea. Antes de que hablemos de lo que puede, tal vez, volver a ocurrir en el futuro, dénos su valoración de la situación actual de las relaciones entre ambos.

A. G.- Es absolutamente terrible. Tengamos en cuenta que este presidente [Trump] se ha salido de los raíles, como yo digo. Dejó, abandonados, 60 años de política exterior bipartidista de EE.UU. con respecto a Europa y la integración europea. Y no olvido que hemos tenido nuestros altibajos, nuestros problemas. Empecé mi trabajo como embajador en Bruselas tras las revelaciones de Snowden, así que no pretendo ni por un momento decir que antes no hayamos tenido crisis. Pero, ciertamente, los últimos cuatro años han sido un absoluto desastre. En parte porque este presidente, por razones bastante extrañas (algunas de las cuales puedo entender, otras no), llegó a la conclusión de que la UE es peor que perder el tiempo, que es un enemigo. Lo describió así, como un enemigo, como usted recordará; peor que China, pero más pequeña. Dijo que [la UE] la creó Alemania para vencernos en el comercio. Todo esto, las declaraciones, es absurdo.

Y he dicho que puedo entender algo de su perspectiva porque, en su burda caracterización de la UE, cree que ésta añade influencia a sus estados miembros y, por lo tanto, puede negociar más eficazmente con Estados Unidos y con el resto del mundo. Lo cual es cierto, y eso no le gusta, le irrita. Quiere negociar uno a uno, de forma bilateral, transaccional y, obviamente, obtener mejores resultados. Está enfadado por el desequilibrio en el comercio de bienes; porque el de servicios de negocios es mucho más equilibrado. Debido a estas burdas y erróneas caracterizaciones, ha tratado de socavar la UE, ha pedido más Brexits y se ha negado a trabajar con la UE en cuestiones fundamentales: a saber, qué hacemos con China. Simplemente, es algo que no puedo entender. Es un verdadero error histórico no haber aprovechado esta oportunidad de trabajar con nuestro socio esencial, la Unión Europea.

J. W.- Pero retrocedamos un poco: estoy de acuerdo sobre este efecto destructivo, pero ¿realmente es ésta una historia totalmente unilateral? Si nos remontamos al fracasado TTIP, la propuesta de acuerdo comercial y de inversión de ámbito transatlántico que habría sido una señal muy importante de colaboración entre la UE y EE.UU., creo que Europa tiene como mínimo tanto, si no más, que explicar por qué fracasó. Y si pensamos en Europa en su conjunto, y no específicamente en la UE, y ahora me refiero a la OTAN, Trump tenía razón. Durante muchos años, Europa ha estado viajando gratis a costa de Estados Unidos; y si miramos a su país más grande, Alemania, [Trump] tenía su punto al afirmar que están contribuyendo poco a la defensa de Europa. ¿No está de acuerdo con eso?

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A. G.- Bueno, en parte sí. Estuve muy involucrado en el TTIP, y se pueden repartir fácilmente las culpas; escribo sobre ello en el libro. Se puede responsabilizar a muchas personas. La UE cometió algunos errores. La opinión pública en Europa era mucho más negativa que en Estados Unidos, aunque también hubo cosas que hicimos que me parecieron estratégicamente erróneas. Pero estamos donde estamos.

Fuimos demasiado ambiciosos, subestimamos la cantidad de oposición política, de oposición pública. Tenemos que estar mucho más centrados y enfocados en lo que podemos hacer. Y por cierto, creo que hay cosas factibles, incluso a corto plazo, que son económicamente significativas. El debate sobre el gasto en defensa ha existido durante décadas, no es nuevo. El presidente Obama ciertamente lo defendió; y, por cierto, con éxito. Así que no se trata sólo de Donald Trump empujando con éxito a algunos estados miembros para que aumenten su gasto en defensa. Pero aquí es donde discrepo ligeramente de la tesis de que todo es culpa de Europa. Sí, por supuesto, Alemania debe ser más rápida en alcanzar el umbral del 2% [del PIB], pero el reparto de la carga va más allá de lo que un país gasta en esta materia. Se trata de compartir las cargas, y éstas pueden ser la lucha contra el cambio climático, las referidas a los flujos migratorios masivos, etcétera.

En ese sentido, Europa sale menos malparada que en otras circunstancias. El segundo punto en el que yo incidiría es en el de que no se trata sólo del gasto en defensa, sino de cómo se gasta el dinero. Y de hecho, según esta métrica, algunos estados miembros europeos salen terriblemente malparados porque no sólo gastan poco. Está el caso de Bélgica, que dedica el 1% de su PIB, y la mayoría de ese porcentaje en cosas no relevantes para prepararse para la batalla, como las pensiones y los salarios. He hecho los cálculos de algunos estados miembros y los números son realmente muy pobres. Son errores de redondeo para el Pentágono. Y, por supuesto, hay resentimiento en Estados Unidos porque los países ricos de Europa no están cubriendo costes y eso tiene que ser corregido sí o sí.

J. W.- No quería sugerir que la única responsable haya sido Europa, pero tal vez mi papel aquí es ser un poco el abogado del diablo y mostrar que no es un cuadro en blanco y negro; porque uno de los resultados de la Administración Trump es la facilidad con la que uno puede poner todos los males, no sólo respecto a esa relación sino geopolíticamente, en el debe de Estados Unidos y de Trump, Trump, Trump. Ése es el sentido en que hago mi planteamiento. Puedo añadir a las cifras que ha expuesto que, si tomamos el gasto agregado de defensa de todos los estados miembros de la Unión Europea, es mayor que el de Rusia; pero la forma en que lo gastan, la falta de colaboración entre ellos para emplear ese dinero colectivamente y que el resultado sea mayor que la suma de las partes también es lamentable.

Dejando por un momento de lado a EE.UU., hablemos de Europa en su conjunto: como embajador, estuvo en una posición muy privilegiada para observar y entender la UE. ¿Dónde cree que se encuentran sus desafíos hoy en día?

A. G.- Bien, son muchos desafíos. Pero antes de llegar a ellos, lo único que quería explicar en mi anterior respuesta, lo que realmente me llama la atención es la falta de percepción pública de una amenaza militar. Lo digo porque será muy difícil para cualquier político, cualquier legislador, justificar el aumento de los gastos de defensa cuando los ciudadanos simplemente no perciben una amenaza. Ven la climática; ven un desafío, si no una amenaza, en la migración, pero no tienen conciencia de una amenaza de seguridad. Y ése es, sin duda, el caso de Alemania. Esto me preocupa, porque sale en una encuesta tras otra. ¿Cómo va a justificar el Gobierno alemán alcanzar el 2% cuando el pueblo no lo ve necesario?

[Escuche el ‘podcast’ de Agenda Pública: Ganó Biden, ¿final del juego?]

Ahora bien, en términos de amenazas a la UE, por supuesto que hay muchas, pero voy a señalar una que quizás mucha gente no esperaría que mencionara porque no se trata de una crisis financiera y tampoco es la pandemia. Es la amenaza a los valores europeos en ciertos estados miembros. Esto, creo, es un peligro fundamental, porque ¿qué otra cosa es la Unión si no una comunidad de valores, leyes e instituciones? Como usted sabe mejor que nadie, si [la UE] fuera incapaz de garantizar el respeto de los principios básicos de la Carta de Derechos Fundamentales, sería un verdadero problema. Perdería su capacidad de proyectar (no sólo de proteger) sus valores, de ser esa comunidad de países que cree en ciertas cosas básicas, ya sea la independencia del Poder Judicial, de los medios de comunicación, etc. Es un desafío importante y que, comprensiblemente, ha estado en el centro de las luchas para decidir la forma del paquete financiero [por la pandemia] finalmente acordado en el Parlamento Europeo. Yo pondría esto al principio de mi lista.

J. H.- Dejamos a un lado el problema de los valores, volveré a ello en un minuto, pero comparto totalmente su punto de vista, aunque la solución no parece fácil.

Volviendo a la amenaza a la seguridad y a su falta de percepción en las democracias, en efecto, para avanzar en una política que requiera algún tipo de sacrificio, y aquí me refiero al sacrificio no en el campo de batalla sino a la asignación de recursos escasos, recuerdo un artículo de Stanley Hoffman de hace décadas. Fue alguien que es lo opuesto a Trump en cada fibra de su cuerpo, pero recuerdo que dijo que tal vez la única solución a esta complacencia europea en materia de seguridad es que Estados Unidos anuncie que retirará sus fuerzas de la OTAN de Europa como una forma de obligarla a afrontar de manera realista su responsabilidad en este ámbito.

Imagino que fue algo irónico, pero él estaba tratando de decir algo importante. ¿Cómo verían los europeos si despertaran y percibieran que hay una amenaza para su seguridad? Creo que Europa está un poco dividida porque si vas a Polonia, a Letonia, a Lituania, a Estonia, ahí la perciben de manera bastante realista. Así que ¿qué se haría, y qué podría hacer Estados Unidos? ¿Qué podría hacer Biden aparte de políticas específicas para conseguir ese tipo de transformación en la conciencia de Europa en lo concerniente a la seguridad?

A. G.- Bueno, no hay una respuesta fácil para eso. No estoy a favor de una retirada. No estaría a favor de la retirada de las tropas de Alemania. La idea de que todo esto es un gran regalo, un favor, que Estados Unidos le hace a Europa no es correcta. No estoy sugiriendo que usted haya insinuado eso, pero creo que muchos en EE.UU. piensan así. Nosotros también sacamos mucho de esto. Algunos de los centros que tenemos en Alemania son relevantes para operaciones militares y son necesarios. La retirada de las tropas de ese país fue una declaración política a la que se han opuesto los propios militares, que dijeron que «queremos tener bases en Alemania». Además, creo que tenemos la responsabilidad, como líderes mundiales y aliados, de estar presentes físicamente incluso en las repúblicas bálticas, que efectivamente se enfrentan a una amenaza real.

Ahora, ¿cómo cambiamos la percepción? Bueno, no hay una respuesta fácil a eso. La presión continuará. Podemos trabajar junto con algunos aliados para ser más eficaces en la respuesta a las amenazas en muchos niveles. Particularmente, interferencias electorales, ciber-amenazas, no se trata sólo de fuerzas sobre el terreno. Creo que ciertamente nuestros servicios de Inteligencia entienden la amenaza. Nuestras elites entienden la amenaza. Pero, como usted sugirió, no tengo una respuesta fácil para hacer que el público entienda la amenaza. No estoy seguro de cómo hacerlo, para ser honesto.

J. W.- ¿Alguno de los daños infligidos por la Administración Trump es permanente? Como acaba de decir, si en una democracia no tienes apoyo público no puedes avanzar en políticas que exijan algún tipo de sacrificio; no serás reelegido. Además, en la relación entre Estados Unidos y Europa, centrémonos un poco en la dimensión pública. Yo diría que en EE.UU., la actitud hacia la UE, aparte de este tipo de acusaciones, de que se están aprovechando, etc., se puede caracterizar por la ignorancia y la indiferencia. Nadie, al menos entre la clase política europea, pero yo diría que a nivel mundial, es indiferente o ignorante acerca de Estados Unidos, de sus proezas, sus logros y sus fracasos.

Pero aunque siempre ha habido una suerte de anti-americanismo en la opinión pública europea, ahora sigue habiéndolo pero unido al desprecio. ¿Cree que esto es recuperable? Si, aunque los dirigentes entiendan que son mejores juntos, las opiniones públicas en ambos lados son, por un lado, ignorantes e indiferentes y, por otro, anti-americanas, pero ahora con una profunda pérdida de respeto, ¿no es eso un impedimento para el reinicio de una relación productiva?

A. G.- Desde luego. En general, soy optimista, en el sentido de que una vez que Trump se haya ido y el presidente electo Biden tome el poder, las encuestas mostrarán un aumento dramático de la popularidad y el respeto hacia Estados Unidos. Pero tiene razón en que el mundo ha visto un lado de EE.UU. que probablemente rara vez se perciba, y es que la democracia americana ha demostrado ser muy frágil, y que se encuentra en peligro. En cierto modo, francamente, no creo que nunca se haya mostrado así antes. Incluso en los tiempos difíciles de la guerra de Vietnam, nuestra democracia funcionaba más o menos bien. Nuestros tribunales todavía lo hacían, lo mismo se puede decir de nuestros medios de comunicación, por supuesto, pero todo el mundo se ha preocupado de que hayamos tenido un presidente que ha pisoteado las normas fundamentales de comportamiento. Nuestros aliados han pensado oh, Dios mío, tal vez Estados Unidos no es tan confiable como pensábamos, quizás no es el modelo que creíamos que sería. Con esto estoy sugiriendo que no va a ser fácil de arreglar.

Estados Unidos ha dado la vuelta al mundo predicando a menudo sobre la lucha contra la corrupción, el buen gobierno, la transparencia y todas esas cosas, y sobre los derechos humanos. Creo que todo ello son principios importantes que la Administración Biden defenderá, pero vamos a tener que hacerlo con humildad, porque no hemos sido un buen modelo de ninguno de esos principios. Trump ha abrazado a autócratas de todo el mundo. Apenas ha hablado de los derechos humanos, y sólo lo hizo una vez, cuando los chinos no le dieron lo que quería durante las negociaciones comerciales. Así que, como conclusión final, creo que se podrá arreglar la mayor parte, pero estoy seguro de que nuestros aliados van a temer a largo plazo si Trump vuelve después de cuatro años. ¿Ivanka Trump volverá en 2024? Así que el jurado estará fuera.

J. W.- No sólo se trata de valores, o de que no se puede predicar el liderazgo sobre el llamado mundo libre y los derechos humanos. También es un menor respeto por la competencia americana. La colosal mala gestión de la crisis de la Covid-19 asombró al principio al mundo, que luego ha desdeñado a Estados Unidos. En crisis anteriores, el país tenía la reputación de que sabía manejarlas. Fue competente, por ejemplo, a la crisis económica anterior, y ahora parece serlo mucho menos.

A. G.- Totalmente de acuerdo. Ha habido 240.000 muertos [ya superan los 314.000] y todavía muchos millones de americanos piensan que llevar mascarilla es una declaración política o cultural. Muchos ciudadanos estadounidenses todavía dudan del cambio climático. Si me pusiera por un momento mis gafas de color rosa, me gustaría pensar que esta experiencia en EE.UU. será una llamada de atención a otros países, incluyendo nuestros aliados, sobre que los sistemas democráticos nunca se ganan del todo. Hay que luchar por ellos en cada elección, en cada generación.

Lo que hemos visto en crisis anteriores me lleva a ser un poco optimista sobre Estados Unidos. He mencionado los años 60. Seguimos siendo un país que, en general, es capaz de mirarse al espejo, de tomar medidas para corregir las deficiencias. Lo hemos hecho en el pasado, espero que podamos hacerlo ahora. El país está muy polarizado. No estoy sugiriendo que Biden pueda arreglar el problema, pero creo que es el hombre que, en este momento, puede al menos reducir esa polarización. Ha puesto el dedo en la llaga: la calidad de la información en nuestra democracia se ha degradado terriblemente y, como resultado, muchas personas están viviendo en cámaras de eco. Esto nos lleva a preguntarnos cómo abordamos realmente la cuestión de la desinformación a través de los medios de comunicación social y cómo tratamos de mejorar la calidad de nuestro debate.

J. W.- Éste es un problema que afrontan tanto Estados Unidos como Europa. El auge del populismo dentro de Europa ya no es un fenómeno marginal, confinado a la franja lunática de la izquierda o la derecha; es la política dominante en el continente. Marine Le Pen ganó las últimas elecciones al Parlamento Europeo, y si piensas (y no estoy mencionando a los sospechosos habituales) en Eslovenia, Italia, Alemania, etc… Y todo esto también es, de alguna manera, consecuencia de las cámaras de eco. ¿Cómo se enfrenta uno a eso, cómo se corrige?

A. G.- Bueno…

J. W.- ¿No es así si tenemos Internet, que es con lo que estamos atascados?

A. G.- Bueno, seguro que esto es un difícil ejercicio de equilibrio. No queremos perder nuestras libertades, incluida la de expresión, pero Europa ha sido más ambiciosa y perspicaz en la forma de encontrar el equilibrio adecuado. Está reevaluando la directiva sobre el comercio electrónico, redactando su ley de servicios digitales, tratando de encontrar el equilibrio respecto a las responsabilidades que las plataformas en línea deberían tener sobre los contenidos que albergan y monetizan, y eso es importante.

Estados Unidos va más retrasado; aunque, como hemos podido ver, están pasando muchas cosas entre bastidores, incluyendo en el Congreso. Hay una gran preocupación bipartidista sobre cómo las grandes plataformas, a veces con el mismo poder que grandes estados, tienen en nuestro debate. Creo que muchos de los CEOs de estas compañías reconocen que no quieren tomar estas decisiones fundamentales. Debieran estar sujetos a regulación. Corresponde a las autoridades encontrar estos equilibrios entre la libertad de expresión y la responsabilidad.

No estoy sugiriendo, ni por un momento, que estas grandes empresas de éxito sean necesariamente desmanteladas, divididas, pero se puede hacer mucho, por ejemplo, en términos de una mayor transparencia y responsabilidad por su parte; o para asegurar que estas plataformas publiquen sus políticas y que entidades independientes auditen y verifiquen si están cumpliendo con ellas. Y, por supuesto, determinar en algunas circunstancias si los algoritmos están sesgados o dan resultados peligrosos para la sociedad.

Así que es mucho lo que podemos y debemos hacer en esta materia. No sólo en anti-monopolio, sino más ampliamente, para asegurarnos (como decíamos antes de Biden) de que la calidad de nuestro debate se mantenga lo más alta posible. Y lo mismo es aplicable, por cierto, respecto a encontrar el equilibrio adecuado entre los derechos de los creadores de contenido y las plataformas que lo monetizan; a menudo de manera positiva pero a veces, tal vez, no proporcionando una remuneración suficiente para los que lo crean.

J. W.- Una última cuestión sobre este tipo de relación tensa: ha mencionado que Estados Unidos y Biden tendrían que mostrar mucha más humildad. Pero también ha planteado el espectro, y creo que es un peligro real y presente, de que dentro de cuatro años si no es Trump, el trumpismo regrese, y aunque él [el candidato demócrata] ganó decisivamente el voto popular, todos sabemos que las elecciones presidenciales se ganan en los llamados battleground states y allí el retroceso fue… son mayorías escasas. Si Biden está pensando en la reelección o en que el trumpismo no debería volver, la humildad no casa tan bien con los 71 millones que votaron por Trump. Y él estará en política, el mismo Trump, durante los próximos cuatro años. Ése es un asunto delicado para Biden. Mostrar humildad no le gustará a la gente del Make America Great Again.

A. G.- Seguro, seguro. El presidente electo ganó, como usted dice, en los battleground states por pequeñas mayorías, pero tengamos en cuenta que es mayor que la que Trump obtuvo frente a Hillary Clinton. Pero es verdad, va a necesitar mostrar liderazgo, fuerza. Tendrá que inspirar. No puede ser intimidado. En el escenario internacional, como sugiero, creo que habrá de mostrar algo de humildad, porque predicar simplemente no funcionará. Será muy poco tiempo y puede que se enfrente a un Senado (si Georgia no acaba entregándoselo a los demócratas) republicano que, bajo el liderazgo de Mitch McConnell, intentará casi con toda seguridad bloquear muchas iniciativas importantes de la nueva Administración, como ocurrió con la de Obama. Así que nadie está diciendo que esto vaya a ser una carrera fácil.

Pero como ha sugerido, y estoy de acuerdo, hay mucho en juego en los próximos cuatro años. Mucho depende de estos cuatro años. Porque si no podemos probar, nosotros junto con nuestros aliados en Europa, que esta forma de liderazgo da mejores resultados que el hostigamiento demagógico populista que hemos tenido durante cuatro años en EE.UU. y en algunos países europeos, entonces el camino será duro.

J. W.- Imaginemos ahora que Biden se convierte el 20 de enero en presidente de Estados Unidos y que en ambos lados, tanto en Europa como en América (y aquí estoy hablando como ciudadano americano y europeo), hay mucha buena voluntad para dejar atrás este pasado reciente y trabajar juntos. Repasemos juntos los principales desafíos geopolíticos a los que se enfrentará una alianza atlántica restaurada. Probablemente, el número uno de la lista sería China. ¿Cuál cree que debería ser la respuesta, reacción y estrategia atlántica hacia China?

A. G.- Bueno, sabe perfectamente que hay pocos asuntos en Estados Unidos donde hay un consenso bipartidista, y China es uno de ellos. Esencialmente, no hay palomas respecto a China. Incluso en los días más oscuros de la disputa entre EE.UU. y la Unión Soviética, hubo algunos palomas en éste último. Hoy, en Estados Unidos no los hay. Así que el escepticismo, y la preocupación, sobre los objetivos chinos en asuntos económicos, políticos y de seguridad, está ahí y persistirá. La cuestión es sobre tácticas, tácticas, tácticas.

Muchos en el lado demócrata y algunos en el republicano creen que Trump se equivocó con las suyas. De hecho, los resultados hablan por sí mismos, porque el acuerdo comercial no alcanzó sus objetivos en muchos niveles. Uno de ellos es que el déficit comercial con China de hecho subió, no bajó. Muchos de nuestros agricultores perdieron sus mercados. Por supuesto, fueron compensados con las ayudas gubernamentales, pero perdieron sus mercados. Nuestra posición competitiva se ha erosionado.

Muchas de nuestras empresas líderes han tenido que reestructurar sus cadenas de suministro de una forma muy problemática para ellos. Lo primero que me gustaría que hiciéramos es que en ciertas áreas seamos tan duros con China como en el pasado: por ejemplo, en los derechos de navegación, el Mar del Sur de China, la defensa de Taiwán; hablar en términos de derechos humanos y proyectar una luz incómoda sobre lo que está pasando con la minoría uygur en Xinjiang. No porque esto vaya a marcar una diferencia fundamental, sino porque es lo correcto.

Tenemos que cambiar el tono con China, tratarla con el respeto que se merece. Puede parecer muy básico, pero hay que repetido. Hay muchas cosas de China que merecen respeto, como el hecho de haber sacado a cientos de millones de personas de la pobreza, elevándolas a la clase media. Sería bueno volver a la normalidad, es decir, incorporar la política de una sola China. Dejar de llevar a este país donde, francamente, no hace falta, pero ser duro al mismo tiempo. Encontrar formas de colaborar con ellos, en particular respecto al cambio climático, será esencial. Sin China no hay manera de que podamos hacer frente a la crisis climática, que es ahora más profunda que hace cuatro años.

Por lo que respecta al comercio, terreno que me apasiona especialmente, quiero que nos sentemos con la Unión Europea de inmediato para alinear, siempre que sea posible, nuestras políticas hacia China para garantizar que ésta deje de abusar de las normas comerciales y de inversión existentes. Hay muchas maneras de hacerlo, en ocasiones cerrando nuestros mercados y llevando más casos a la Organización Mundial del Comercio (OMC), que está trabajando en normas para evitar los abusos: por ejemplo, respecto al tiempo que se tarda en resolver las controversias, a las cuestiones que se formulan al grupo especial de solución de diferencias. Se trata de garantizar que las leyes no las dicten por los jueces, mediante la adopción de normas más estrictas sobre las subvenciones y las empresas estatales.

Lo último que diré aquí es que me parece notable que EE.UU. no hayan aceptado la oferta de la UE de unirse a esta batalla clave. Los chinos han sido los beneficiarios, gracias básicamente al vacío dejado por Estados Unidos.

J. W.- Gracias. Unas palabras sobre el Oriente Medio. ¿Qué podría y debería hacer una alianza atlántica (Estados Unidos y Europa) en relación con este tema?

A. G.- Afortunadamente, no era un asunto que me mantuviera ocupado en Bruselas. Digo afortunadamente porque no hay respuestas simples en esa región. Hay ciertas decisiones que este presidente [Trump] tomó que serán políticamente difíciles de deshacer y una de ellas, entre otras, es el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén.

Todavía no se ha determinado si podemos salvar el plan conjunto de acción integral con Irán. Ni si podemos ampliar el acuerdo existente para que abarque otras esferas, como la tecnología de misiles balísticos o la participación de Irán en actividades terroristas en todo el mundo. También está por determinar si podemos o no ampliar el acuerdo a tiempo. Pero lo esencial es que su inminente colapso no ha hecho que la región sea más segura. De hecho, yo diría que la ha hecho más inestable porque, claramente, los iraníes no están cumpliendo sus compromisos con las actividades de enriquecimiento [de uranio]. Habrá un intento de salvar ese acuerdo.

Turquía seguirá siendo un gran desafío para la OTAN, para Europa. No hay respuestas fáciles. No podemos permitirnos el lujo de perder a Turquía. Es una democracia, un aliado de la OTAN demasiado importante; y esto, por supuesto, Erdogan lo sabe muy bien. Por otro lado, es necesario que hablemos sobre la desaparición de la sociedad civil en ese país, y de la presión que se está aplicando a la independencia del Poder Judicial. Seguro que seguirá habiendo un gran escepticismo sobre el envío de tropas a Oriente Medio y más allá. Hay muy poco entusiasmo en Estados Unidos sobre eso.

Sólo una última cosa sobre el proceso de paz de Oriente Medio: todas las partes han de involucrarse. No se puede imponer una solución a todas las partes, y aquí incluyo al pueblo palestino. Obviamente, persistirá el fuerte compromiso con el Estado de Israel, como ha ocurrido siempre, sobre una base bipartidista. Pero es errónea la idea de que se puede, simplemente, poner una solución sobre la mesa sin la participación de un actor importante. Celebro que tres estados árabes hayan decidido reconocer y hacer las paces con Israel. Efectivamente, éste es un logro importante de esta Administración y debe ser reconocido.

J. W.- Iba a preguntarle sobre Turquía, pero ya lo ha tratado, así que la última pregunta sobre los retos geopolíticos de un esfuerzo combinado europeo-estadounidense, si es que se materializara, es nuestro viejo amigo, la Rusia de Vladimir Putin.

A. G.- Francamente, hay muchos asuntos pendientes con Rusia, inacabados desde las últimas elecciones. No creo que eso se olvide fácilmente. Una de mis pocas decepciones con la Administración anterior es que no respondió suficientemente a lo que era un claro esfuerzo de interferir en el sistema electoral estadounidense. Es muy decepcionante que EE.UU. y sus aliados occidentales hayan respondido de manera poco convincente a una campaña de asesinatos políticos selectivos en el suelo de varios países de Europa occidental. El mensaje a Rusia tiene que ser muy claro: esto es totalmente inaceptable y tiene unos costes reales que van más allá de los que se han establecido.

Pero, una vez más, hay áreas en las que podemos, tenemos que y debemos colaborar con Rusia, donde esté dispuesta a participar, como en los asuntos de preocupación global regional, incluyendo el cambio climático, de modo que la puerta nunca se cierra. Por cierto, incluso con la extensión del acuerdo inicial hay cosas que se pueden hacer con Rusia. En cualquier caso, seguirá siendo, sin duda, una relación muy problemática.

No hablamos de la seguridad energética, aunque ha habido una clara preocupación por los gasoductos en el pasado, incluyendo el que se está terminando con Alemania, Nord Stream. Creo que estos problemas continuarán, pero el mayor es reducir la dependencia europea de las fuentes de energía rusas. Y aquí estoy pensando particularmente en la diversificación del suministro y las rutas que se pueden construir, por gasoductos y por terminales de GNL por toda Europa. El gas ruso seguirá desempeñando un papel importante, pero Europa debe hacer todo lo posible para minimizar esta dependencia y, por tanto, la capacidad de chantaje ruso.

J. W.- Permítame concluir nuestra conversación con una pregunta personal: ¿le interesaría desempeñar algún papel en la nueva Administración?

A. G.- Conozco al equipo bastante bien; al menos, al de política exterior. También al presidente electo. Trabajé con él en Bruselas y lo conocí cuando estaba en el Senado, tengo un enorme respeto por él, me uní a su campaña desde el primer día y me mantuve fiel durante todo el proceso porque estaba y estoy convencido de que es el hombre adecuado para este momento. Soy feliz en el sector privado. Por consiguiente, no sé si volveré al Gobierno. Si hay alguna forma en que pueda ser útil, me encantaría. Particularmente, en los asuntos europeos.

J. W.- Muchas gracias, Anthony Gardner.

A. G.- Ha sido un placer estar de nuevo con usted.

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