Decidir ‘de qué van’ las elecciones es empezar a ganarlas

Los resultados de la convocatoria del pasado 10 de noviembre aportan algunos elementos que pudieran estar indicando un cambio profundo en los parámetros que rigen (o han regido) el comportamiento electoral en España. Los datos que empezamos a conocer sobre cómo han votado los electores y, sobre todo, cómo se han movido entre las diferentes opciones desde abril no acaban de encajar en los modelos que hasta ahora nos servían para ordenar y explicarnos las elecciones generales.

En esta convocatoria, como en abril, el espacio de la derecha ha sido el que ha concentrado mayor movimiento de votantes. Más de dos millones habrían modificado su preferencia entre los partidos de la derecha: PP, Ciudadanos y Vox. Según los datos del ‘tracking’ de GAD3, la mayoría de estos votantes (1,4 millones) habría abandonado Cs para recalar en el PP y Vox, mientras que casi medio millón habrían circulado en la frontera entre estos dos últimos partidos, en una u otra dirección.

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En estos movimientos del voto entre las tres fuerzas de derecha ya se intuye cierta lógica particular. Es en cierta manera extraño que votantes que optaron por Cs en abril recalen en Vox, puesto que entre uno y otro partido se encuentra el PP. Lo lógico sería que estos electores se movieran entre los partidos colindantes, si solamente nos atuviéramos a la lógica que hasta hace poco regía el movimiento electoral en las convocatorias generales: la lógica espacial izquierda-derecha.

El trasvase de apoyos entre Cs y Vox está señalando que en esta convocatoria jugaron otros elementos a parte del tradicional eje izquierda-derecha, con capacidad para vehicular hacia la extrema derecha a votantes que habían optado por el centro-derecha sólo seis meses antes. Esta intuición se refuerza cuando se analiza la serie de encuestas realizadas desde mayo, con las que se pueden observar los vaivenes en los trasvases entre partidos (Se han tenido en cuenta las que han publicado la matriz de este trasvase, que son las publicadas por el CIS, eldiario.es, El Español, La Razón, El País, La Voz de Galicia y El Confidencial. En total, 28 sondeos).

Estos trasvases muestran, en un primer momento, un escenario similar al de la repetición electoral de junio de 2016, sobre todo en el espacio de la derecha. Las diferentes encuestas muestran un retorno de voto desde Vox y Cs hacia el PP, lo que estaría indicando que se pone en movimiento el mecanismo de agregación del voto de la derecha en el único partido con capacidad de ganar las elecciones (voto útil). Es lo mismo que le pasó a Cs entre diciembre de 2015 y junio de 2016.

Esta vuelta de parte de los cerca de tres millones de votos que el PP cedió en abril hacia sus rivales del espacio de la derecha se incrementa de forma más que evidente una vez se materializa la convocatoria electoral repetida, en septiembre. Según las diversas encuestas, más de medio millón de votantes de Cs de abril muestra su intención de optar por el PP el 10-N, lo mismo que cerca de 600.000 votantes del PP que en abril se trasvasaron a Vox. Son estos dos movimientos de atracción los que proyectan la estimación de voto a los populares hasta cerca del 23% hasta mediados de octubre.

A partir de esa fecha, se aprecia un cambio profundo en el comportamiento del voto entre las tres fuerzas de la derecha. La atracción del PP sobre el voto ganado por Vox en abril empieza a mermar de forma acelerada durante la segunda parte de octubre y hasta la celebración de las elecciones. Si a principios de octubre, Vox cedía a los populares 600.000 sufragios, esta cifra empieza a descender vertiginosamente hasta darse la vuelta, de manera que GAD3 presupone que es el PP el que acaba cediendo voto a la extrema derecha, más de 100.000. Es decir, en el último mes habría habido un movimiento de unos 700.000 votantes que en el inicio del período tenían intención de votar por el PP pero que acabaron en las sacas de Vox.

Por otro lado, la frontera entre Cs y Vox, que se mantenía estable hasta mediados de octubre, empieza a mostrar una gran actividad hasta el día de las elecciones. Concretamente, los datos muestran un trasvase de voto creciente de Cs hacia Vox, que según GAD3 acabaría nutriendo a esta última con más de 600.000 votos procedentes de los naranjas.

En conjunto, estamos diciendo que desde mediados de octubre hasta el día de las elecciones se habrían movido 1,3 millones de votos en dirección a Vox provenientes de PP y Cs. Una cifra que antes de esa fecha mostraban un comportamiento diferente, ya fuera intención de votar por el PP (en el caso de la frontera entre éste y Vox) o indecisión (por parte del voto de Cs de abril que acabará en Vox el 10-N).

Parece evidente que el motor de estos cambios es la publicación de la sentencia del ‘procés’ y los disturbios que le suceden durante las dos semanas siguientes. Este hecho es capaz de modificar los movimientos del voto en el espacio de la derecha a sólo un mes de las elecciones, lo que acaba situando a Vox en el 15% del voto válido y deshincha el ascenso aparentemente imparable del PP, rebajando su resultado del 23% que le estiman los sondeos a principios de octubre hasta el 20,6% final.

La sentencia, en cambio, no parece tener efecto sobre otros espacios. Ni la competencia en la izquierda entre PSOE y Unidas Podemos (UP) ni entre los socialistas y Cs parecen inmutarse. Tampoco la frontera entre Cs y el PP, que sigue mostrando un retorno sólido de voto naranja hacia los populares (que acabará alcanzando, según GAD3, los 650.000 votos).

El hecho de que no se observen cambios significativos en la izquierda y en el centro no nos asegura que no se produzcan realmente. De hecho, lo que nos está diciendo esta aparente inmovilidad es que los segmentos de voto indeciso en estos espacios acabarán en la abstención, puesto que no hay ninguna opción con capacidad de atraerlos hacia sí, como sí sucede en la derecha. Sólo Más País muestra esa capacidad en el espacio de la izquierda, pero su penetración se desvanece a medida que la crisis territorial va tomando cuerpo como el tema principal alrededor del cual va a girar el tramo final de la campaña.

Esto es precisamente lo que ponen de manifiesto los datos sobre trasvase de votos recogidos por las encuestas. La aparición y consolidación del eje territorial (la crisis catalana) es el elemento que modifica significativamente los movimientos que se habían observado en el período pre-electoral de estas generales. Su irrupción es avasalladora, puesto que no sólo es capaz de modificar las direcciones de la competencia entre los tres partidos de la derecha, sino (muy probablemente) está en la base de parte de la desmovilización del voto en la izquierda y el centro, el millón que pierde Cs y el casi millón conjunto entre PSOE y UP, según los cálculos de GAD3.

Es arriesgado afirmar con rotundidad que la desmovilización de estos segmentos de voto se deba al predominio en la agenda del tema catalán durante el último mes antes de las elecciones, pero no parece aventurado considerar que si esta convocatoria se hubiera producido en lógica izquierda-derecha, alguno de estos dos millones de votos hubiera acabado engrosando la cuenta de alguna de las formaciones. Al menos éste parecía ser el escenario con el que contaba el PSOE en su intento de atraer votos de Cs y de la izquierda; otra cosa es cómo quería hacerlo, conociendo de antemano que la publicación de la sentencia del procés se produciría en medio de la pre-campaña.

Podríamos entrever algo de esto si añadimos al eje tradicional izquierda-derecha un elemento que nos permita definir las posiciones de los electores respecto a la cuestión territorial. En el barómetro del CIS de junio (el más reciente en el que se pregunta sobre la preferencia de articulación territorial del Estado), se observa una relación evidente entre las posiciones más de derechas y las más favorables a la re-centralización del Estado autonómico. Asimismo, es evidente que existe un espacio de frontera entre Cs y Vox entre los que apuestan por la eliminación de las autonomías, mientras que las fronteras entre Cs y el PSOE y entre PSOE y UP muestran un perfil mucho menos extremo en la cuestión territorial. Es fácil (aunque no concluyente) suponer que los primeros tuvieron más incentivos para participar en esta elección que los segundos.

En cualquier caso, la irrupción de la crisis catalana en esta campaña habría modificado como mínimo el voto de 1,3 millones de electores (lo que gana Vox en el último mes). Una cifra suficiente para modificar de forma significativa el resultado final de los comicios, lo cual da una idea de la fuerza de este asunto no sólo para re-dirigir el voto de muchos electores sino para imponer, al menos en el espacio de la derecha, una lógica particular que contradice el tradicional esquema izquierda-derecha.

Más allá de estos elementos importantes para esta convocatoria concreta, este episodio pone encima de la mesa la importancia transcendental de la agenda y, más concretamente, de su control (o su posible control). Esta convocatoria y sus particularidades nos están indicando que la agenda se ha convertido en un elemento clave de las elecciones, con capacidad para mover una cantidad importante de voto. Esto es nuevo, y podría muy bien ser que no desaparezca con esta convocatoria. Cada vez hay más voto en el mercado y cada vez se muestra más influenciable por los aspectos de coyuntura. De ellos, el tema de la elección puede devenir fundamental.

Decidir de qué van las elecciones puede ser (lo ha sido esta vez) un elemento capital para decidir el destino de un segmento de voto decisivo para el resultado final de una convocatoria. Este resultado no va a ser el mismo si las elecciones van de economía que de crisis territorial; los desplazamientos de los electores no van a ser los mismos, como tampoco los trasvases entre partidos ni los incentivos que unos y otros van a tener para acudir a las urnas. Todo esto nos lleva a una cuestión determinante: ¿quién tiene la capacidad para decidir de qué van unas elecciones? Ahí puede estar la clave de nuestro futuro electoral.

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