¡Dejadme solo, que yo me basto!

Hablar de un nuevo desafío para Pedro Sánchez ya ni siquiera es original. A pesar de que las próximas elecciones generales significarán otra vez un todo o nada para el líder socialista, quizá su resultado no sea tan concluyente como apuntan diversos sondeos y al final nos encontremos ante la reedición de escenarios de bloqueo: que Sánchez emerja como vencedor electoral, pero incapaz de construir una mayoría de gobierno estable. Y que, en ese contexto, alguien quiera convertir al presidente en el chivo expiatorio. De los electores dependerá que así sea.

Algo sí es seguro: las próximas elecciones supondrán un nuevo paso en el proceso de personalización de la política española que está transformando la manera en la que los ciudadanos nos relacionamos con nuestros dirigentes políticos. Con ello, no me refiero solamente al tradicional protagonismo de las personalidades que ejercen de candidatos desde que, en los años 70s, la televisión se convirtiera definitivamente en el instrumento de conexión entre líderes y votantes.

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Como apuntan en su reciente obra Gideon Rahat y Ofer Kenig (From Party Politics to Personalized Politics?), la personalización de la política implica, sobre todo, el declive y la pérdida de la centralidad de los partidos políticos como máquinas colectivas destinadas a canalizar las aspiraciones de sus votantes y a llevarlas hasta los gobiernos. No desaparecen los partidos pero, faltos de grosor, resultan cada vez más débiles e impotentes para contener a sus líderes y, por ello, quedan completamente expuestos al albur de sus jefes. El mejor exponente de ello son las derivas personalistas de muchos de los nuevos partidos creados en la última década: triunfan si lo hacen sus líderes y desaparecen (o se refundan) cuando éstos declinan. En este sentido, la personalización es el correlato inevitable de la desintermediación de la democracia contemporánea.

Es cierto que, en España, apenas podemos imaginar la democracia sin televisión. Eso es lo que fue, y por muy poco tiempo, la II República. Y quizá este carácter tan modernamente audiovisual que ha tenido la política española desde su retorno nos dificulte ver la profunda personalización que se ha dado en los últimos cinco años, sin apenas parangón con lo vivido las tres décadas anteriores.

Pedro Sánchez es su máximo exponente. Algunos pueden pensar en la imagen de Pablo Iglesias impresa en las papeletas de voto en las elecciones europeas de 2014. O en el cartel electoral de Ciudadanos en las autonómicas catalanas de 2006, con un joven Albert Rivera en pleno despelote. En realidad, el alcance de la personalización de la política se observa cuando los líderes alcanzar el poder, y se invisten de la autoridad institucional que les eleva ineluctablemente por encima de sus partidos y sus votantes. No es el Macron candidato, sino el Macron ‘président’ quien mejor simboliza la desintermediación que se produce entre ciudadanos y gobernantes cuando la política se personaliza.

En este sentido, Pedro Sánchez ha comportado un cambio en la manera de gestionar el poder, a pesar de los escasos meses que ha tenido para ejercerlo. Fijémonos en tres aspectos que definen su etapa de liderazgo desde su retorno triunfante a través de las primarias, ellas mismas palancas de cambio hacia la política personalizada.

De entrada, Sánchez introdujo reformas trascendentales cuando, en febrero 2018, el PSOE estableció las primarias y las consultas a las bases, entre otros aspectos, como instrumentos corrientes para tomar las principales decisiones del partido: pactos y elección de cargos y candidatos. Un ‘empoderamiento’ aparente de las bases que, en realidad, encubría un debilitamiento estructural de sus organizaciones intermedias, y de los líderes territoriales que las encabezan. Aun está por ver las consecuencias de estos cambios, que, por ejemplo, no resultaron suficientes para forzar la salida de Susana Díez. Pero precisamente en estas próximas semanas podríamos ir viendo una primera aplicación de esas reglas en la aprobación de las listas electorales para todas las elecciones que se nos vienen encima.

Ya en la Moncloa, esa estrategia de desintermediación organizativa se ha reflejado también, en parte, en una pérdida de influencia de los líderes autonómicos socialistas sobre la agenda del Gobierno central. Siendo precavidos, hay que reconocer las circunstancias excepcionales del Gobierno Sánchez, que apenas ha tenido tiempo para demostrar hasta qué punto estaba dispuesto, o no, a dejar que los barones autonómicos del PSOE se inmiscuyeran en los asuntos de su Ejecutivo. Pero tanto el nombramiento de ministros y altos cargos como la definición de la agenda más visible del Gobierno han tenido menos huellas de esos barones, sobre todo en comparación con la última etapa de Felipe González o de los años de gobierno de Zapatero. Aún menos que ver con el uso estratégico que el PP siempre ha hecho de sus núcleos de poder regional.

De forma más general, esa actitud se ha visto reflejada en el estilo del presidente Sánchez en sus escasos meses de gobierno, con un acentuado tono personalista de sus maneras y de las decisiones más importantes. No sólo Sánchez no ha dejado que la Vicepresidencia acumulara el poder del que Teresa Fernández de la Vega o Soraya Sáenz de Santamaría dispusieron en los años anteriores. Las pocas impresiones confidenciales que la prensa ha podido filtrar durante este breve tiempo nos sugieren un núcleo duro de la Moncloa menos cohesionado que en etapas anteriores, sin ninguna figura que realmente pueda hacer algo de sombra al jefe del Gobierno. Eso sin mencionar que éste será probablemente el primer Ejecutivo en el cual el presidente no haya incorporado a sus rivales de partido dentro del Consejo de Ministros. 

Por todo ello, Sánchez no solamente ha fijado un claro contraste con su predecesor, Rajoy, que nos quedará en la memoria como el símbolo de lo que era la política antes de la personalización. En pocos meses, y a pesar de su evidente precariedad parlamentaria y electoral, el presidente Sánchez habrá disfrutado del mayor margen de control político sobre su partido que nunca tuvieron ni González ni Zapatero, y que sólo pudo imaginar José María Aznar, si bien con una política de consensos internos muy alejada del estilo Sánchez. 

Un ejemplo imperfecto de cómo esa concentración del poder ha podido darse, a pesar de la extrema debilidad con la que el presidente llegó el cargo, es la acumulación de autoridad, tal como la mide el Índice de Capital de Liderazgo creado por Mark Bennister, Ben Worthy y Paul t’Hart (y aplicada al período de Zapatero por los profesores José Antonio Olmeda y César Colino). Tal como sugiere el Gráfico, en muy poco tiempo Sánchez ha sido capaz de acumular un capital de liderazgo equivalente al que tenía Zapatero antes de la gran crisis, y siempre por encima del que dispuso Rajoy, incluso durante los años de mayoría absoluta.

El gráfico nos dice más cosas de las que podemos ver en él: comparando la evolución de los liderazgos en otras democracias parlamentarias equiparables, se hace evidente cómo se está acortando la durabilidad de los nuevos líderes, cuyo poder nace rápido, vive intensamente y cada vez muere más joven. Ésa es también la condición de la política personalizada: el amanecer y el ocaso del poder, cada vez menos separados.

Lo interesante, claro está, no es hacer sólo historia, sino entender hacia dónde se encamina la política española en plena mutación. La acumulación de liderazgo lograda por Sánchez tendrá sin duda sus réditos electorales en las próximas elecciones. Pero ya sabemos que, en la política de parlamentos hiper-fragmentados de nuestro tiempo, no se trata sólo de ganar y de poder formar mayorías de gobierno. Sobre todo, consiste en evitar que las minorías superen su división y se aglutinen contra el Gobierno.

Es ahí donde la personalización de los liderazgos puede encontrar su talón de Aquiles. Y es que a fuerza de ensayar la estrategia del ‘¡Dejadme solo!’, puede que cuando lleguen las verdaderas curvas el líder acabe constatando que, efectivamente, le han dejado solo.

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