Democracia y desigualdad: una pendiente resbaladiza

A menudo, la palabra democratizar se usa en un sentido figurado que emana de uno de los teóricos atributos de las democracias contemporáneas: la igualdad. Cuando hablamos de democratizar el acceso a la vivienda, por ejemplo, no estamos haciendo referencia a procesos colectivos de toma de decisiones, sino a que todos los ciudadanos disfruten de iguales oportunidades de acceder a dicho recurso. El hecho de que nos tomemos esta pequeña licencia lingüística pone de manifiesto que, intuitivamente, concebimos las dimensiones política y económica de la sociedad como vasos comunicantes, y la democracia y la igualdad como principios complementarios.

Hay ocasiones en que los nexos entre ambos principios se hacen explícitos, de modo que podemos apreciar a simple vista hasta qué punto su interdependencia puede ser una fuente de vulnerabilidades. Hace unos meses, la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez denunció una llamativa práctica que se da en el Congreso estadounidense. Cuando los comités organizan audiencias para debatir proyectos legislativos, los asientos reservados al público se ocupan por orden de llegada. Los miembros de los lobbies (grupos de presión) tienen un claro interés en asistir a las audiencias, pero no en invertir su tiempo en guardar su turno, con lo que suelen pagar a guardacolas a cambio de que lo hagan por ellos. Muchos de estos guardacolas trabajan para empresas que se dedican exclusivamente a esta actividad; otros son personas en situación de indigencia. Para rizar el rizo, Ocasio-Cortez salía precisamente de una audiencia sobre personas sin hogar cuando reparó en la gente que aguardaba pacientemente el arranque de una audiencia distinta.

Cabe imaginar, pues, que un cierto número de personas sin techo se enfrentaron ese día a un dilema: o bien acudir al Congreso para presentar sus reivindicaciones, o bien para recibir una módica suma que les ayudase a sobrellevar el día. Es evidente que los lobbies no se enfrentan diariamente a ninguna disyuntiva de este calibre. Sin perjuicio de que la función que desempeñan los lobistas pueda ser socialmente útil, ¿acaso no es chocante que uno de los grandes símbolos de la democracia estadounidense se vea literalmente invadido por el mercado? Cuando la capacidad de influencia deviene un mero objeto de compraventa, la desigualdad económica muta automáticamente en desigualdad política, alimentando un círculo vicioso que erosiona los pilares básicos del contrato social democrático.

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Al grotesco fenómeno de los guardacolas en el Congreso se refiere también el filósofo estadounidense Michael J. Sandel (ganador del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de 2018) en su libro Lo que el dinero no puede comprar. Argumenta que nuestras economías de mercado están derivando en sociedades de mercado, en las que prácticamente todo está en venta. Buena parte de sus críticas se dirigen a los economistas neoliberales, cuyo culto a la eficiencia desvía la atención de la equidad, así como de consideraciones éticas más amplias. Resulta significativo que el indicador macroeconómico por excelencia sea el PIB, con el que se estima la riqueza de los países descuidando la distribución de la misma y otras dimensiones del bienestar social, como bien explica el Premio Nobel Joseph E. Stiglitz.

De acuerdo con el índice de Gini, que mide la distribución de la renta en un país, Estados Unidos (cuyo PIB nominal es el mayor del mundo) es uno de los países más desiguales de la OCDE. En este sentido, España no le va muy a la zaga: es el cuarto más desigual de la Unión Europea, solamente por detrás de Bulgaria, Lituania y Letonia. Es bien sabido que la crisis económica ha hecho estragos en el país, pero ahora disponemos de un rango más amplio de datos para evaluar su impacto. Algunas de las cifras y gráficas más reveladoras nos las proporciona Branko Milanović, uno de los mayores expertos mundiales en desigualdad económica y actual profesor visitante en el Institut Barcelona d’Estudis Internacionals (IBEI). La siguiente curva muestra la variación real de la renta disponible (esto es, teniendo en cuenta la inflación y después de impuestos) para cada percentil de la distribución de la renta en España, entre los años 2007 y 2016.  

Como puede observarse, los costes de la crisis se repartieron de manera profundamente desigual. Los españoles más pobres (a la izquierda de la gráfica) sufrieron una descomunal pérdida de poder adquisitivo entre 2007 y 2016, mientras que las clases medias se estancaron. Por su parte, los españoles más ricos (a la derecha de la gráfica) lo vieron incrementado notablemente. Los extremos de la curva capturan la magnitud de la injusticia: mientras que la renta disponible del 1% más pobre cayó aproximadamente un 35%, la del 1% más rico aumentó más del 20%.

Puede argumentarse que el escenario español es menos dramático que el de países como Italia, donde la pérdida de poder adquisitivo fue generalizada, y particularmente pronunciada tanto entre los más pobres como entre los más ricos. Sin embargo, estas comparaciones sirven de escaso consuelo ante la dimensión de una brecha social, que a todas luces es socialmente injusta, económicamente perniciosa y políticamente insostenible. En lugar de afrontar rigurosamente la realidad de la desigualdad en España, algunos sectores vienen agitando el fantasma de la inmigración en busca de chivos expiatorios, como está ocurriendo también en Estados Unidos y en otros países. Antes de pagar nuestras comprensibles frustraciones con quien no corresponde, merece la pena examinar una segunda gráfica, cortesía también de Milanović.

El eje horizontal de esta gráfica, que es idéntico al de la anterior, muestra los percentiles de la distribución de la renta en España y, en este caso, también en otros cuatro países. El eje vertical representa exactamente lo mismo, pero a escala mundial. La curva de color azul revela que el español de renta mediana se sitúa en el 86% de la distribución mundial; es decir, solamente un 14% de los ciudadanos del mundo tienen una renta superior. De la gráfica se infiere que el fenómeno migratorio surge en gran medida de las enormes diferencias globales que todavía persisten, en virtud de las cuales nuestro país ocupa hoy una posición de auténtico privilegio.

Aproximadamente tres de cada 10 marroquíes y ecuatorianos tienen una renta inferior al 1% más pobre de España, con lo que debería resultar sencillo empatizar con aquellos que deciden emigrar a nuestro país. Hay que recalcar, pues, que cuando hablamos de pobreza en España solemos referirnos a pobreza relativa (un porcentaje de la renta mediana) y no absoluta.

No obstante, la pobreza relativa (que se intuye en la pendiente de la curva española) importa, y mucho. Cuantificar a quienes se quedan atrás en una sociedad nos ayuda a estimar los riesgos de polarización. A medida que los mercados han irrumpido globalmente en ámbitos que les eran ajenos, la importancia del dinero en el día a día ha aumentado, lo que ha tendido a ensanchar la brecha social. Las estrategias de segmentación de mercado han creado más diferencias si cabe. Pensemos, por ejemplo, en el torneo de Roland Garros, cuyos palcos presentaron este año un aspecto tan desolador que la organización se vio forzada a llenarlos con sus propios empleados. Esto no significa que las entradas no estuviesen vendidas (lo estaban), sino que éstas ofrecen una experiencia cada vez más dispar en función de su precio. Salta a la vista que muchos de los propietarios de los palcos, y muchos de sus invitados, no las usan tanto para disfrutar del tenis como para socializar en las zonas VIP.

Como dice Sandel, “la democracia no exige una igualdad perfecta, pero sí que los ciudadanos compartan una vida común”. Cuando se dan circunstancias como que seis de los siete candidatos más votados en la carrera para suceder a Theresa May estudiaron en Oxford, se antoja difícil encontrar este sentimiento de comunión en la esfera pública. Nuestros sistemas políticos están siendo capturados por una pequeña ‘burbuja’ de individuos acaudalados (cuyos niveles de renta tienden a confluir sin importar demasiado el país, como se deduce de la segunda gráfica de Milanović) y eso nos empuja hacia una pendiente resbaladiza. Si no queremos que democracia mercantil se convierta en el nuevo oxímoron de moda, tras el de ‘democracia iliberal’, es imprescindible frenar esta deriva y recuperar el principal aval de nuestro contrato social: unas clases medias robustas.

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