Desafíos económicos tras el 28A

Nuestro país se encuentra ante una encrucijada económica. O bien emprendemos una senda de reformas que nos permitan elevar las cotas de bienestar y aprovechar la revolución tecnológica en marcha, o nos exponemos a nuevos accidentes de mercado, lo que nos obligará a realizar cambios traumáticos que perpetuarán un modelo de crecimiento poco productivo y con escasa capacidad para crear empleo de calidad. Entre una política económica estratégica, o dejar que los ajustes se realicen de la mano de los mercados, todavía podemos elegir. Pero el tiempo se agota.

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La cuestión no tiene que ver con el manejo de la “desaceleración”, el tema estrella de los debates electorales anteriores al 28A. Según una mayoría de analistas, el crecimiento debería alcanzar este año un sólido 2,2%, tres décimas menos que en el anterior ejercicio. La tendencia es todavía positiva, como lo refleja el ligero repunte de actividad del primer trimestre, en consonancia con el tirón del empleo. Además, la economía española muestra un dinamismo envidiable en comparación con la mayoría de países vecinos. La industria alemana se ha estancado, Francia se resiente de la crisis de los chalecos amarillos, Italia sale a duras penas de la recesión y la economía británica está al albur de las vicisitudes de un Brexit tan caótico como interminable.  

El verdadero problema radica en la persistencia del doble déficit, de productividad y de empleos de calidad, que arrastramos desde la creación del Euro, o incluso antes. Solo hay que ceñirse a los hechos. La tasa de paro se sitúa sistemáticamente por encima de la media europea, tanto en fases de expansión como, de forma más virulenta, de recesión. La proporción de empleos temporales o inestables es la más elevada de Europa. Y los ocupados españoles son aproximadamente un 20% menos productivos (en términos de valor añadido generado por cada trabajador) que la media europea. Esta situación no se debe a que trabajemos pocas horas –alemanes y franceses, por ejemplo, trabajan una hora diaria menos que nosotros—sino a la elevada proporción de microempresas y de actividades de baja productividad. 

El déficit de productividad y la inestabilidad del mercado laboral contribuyen a la sobre-reacción de nuestra economía ante los vaivenes de la coyuntura internacional. Así pues, la actividad crece con intensidad en la fase ascendente del ciclo, provocando una cierta complacencia del gobierno de turno, alentado por los buenos resultados, y se desploma exageradamente en los periodos recesivos, que son los más complicados para realizar reformas. Las laborales de 2010 y 2012, y la de las pensiones de 2013, dictadas por la urgencia de la crisis, sirvieron para apaciguar a los acreedores, sin resolver los problemas de fondo. 

El margen de maniobra sería aun más reducido si nos enfrentáramos a un nuevo episodio recesivo, teniendo en cuenta el legado de deuda pública, cerca de un año de riqueza nacional (casi el triple que antes de la explosión de la burbuja de crédito), que obliga a colocar cada mes en los mercados cerca de 17.500 millones de Euros. Ante una hipotética recesión, si los inversores se mostraran reacios a conservar sus bonos y exigieran una prima de riesgo elevada, una nueva ronda de ajustes traumáticos sería inevitable.     

Por ello, y para mantener las riendas del destino económico, es imprescindible corregir los déficits de empleo y de productividad mediante reformas bien concebidas.  Sería tedioso detallarlas –mejoras en el mercado laboral y en las políticas sociales; supresión de trabas al crecimiento empresarial, sine qua non para el avance de la productividad; racionalización de la fiscalidad y adaptación a los retos medioambientales; un sistema de pensiones financieramente equilibrado y que asegure a la vez un nivel suficiente de la cuantía de las pensiones; la inversión en educación, formación profesional e investigación; cambio del modelo energético y apoyo a la transición verde de la economía; promover modelos productivos que relajen la polarización centro-zonas rurales; avanzar en innovación y desarrollo tecnológico, robotización; y un largo etcétera.

Si todas son importantes, ¿por qué no se ponen en marcha, incluso con gobiernos que disponían de un amplio apoyo parlamentario? Una razón evidente es que los periodos de expansión (los mejores para realizar reformas consensuadas y estratégicamente concebidas) reducen la sensación de urgencia.

Otro factor es una atención insuficiente a la priorización de las distintas iniciativas. Las experiencias exitosas tanto en nuestro país como fuera de él nos enseñan que la mejor estrategia es priorizar las reformas, empezando por aquellas que tienen potencialmente un impacto más inmediato. En España, este parece ser el caso de la reducción de la temporalidad en el empleo, que permitiría a la vez reducir la volatilidad de la economía, contener el paro y las desigualdades, e impulsar la productividad. También aportaría una financiación más estable al sistema de pensiones. Otra reforma prioritaria podría ser la fiscal. La racionalización del complejo entramado de deducciones y desgravaciones impositivas aumentaría la base recaudatoria, sin elevación de los tramos, lo que permitiría financiar políticas que sirven para incrementar la productividad

El buen diseño de las reformas es también crucial, de manera a conseguir un amplio consenso sin el cual las reformas se convierten en un catálogo de buenas intenciones o, en el mejor de los casos, una compilación normativa con escasa efectividad. Finalmente, la puesta en marcha y el seguimiento de las reformas es crucial. Existen numerosos ejemplos de iniciativas que aparecen en el BOE, sin gran impacto por la carencia de instituciones con recursos para implementarlas. La garantía de empleo juvenil o los incentivos fiscales a la innovación son ejemplos paradigmáticos. En Suecia, cualquier reforma de envergadura está pensada con un mecanismo de seguimiento y de rendimiento de cuentas ante la ciudadanía.  

Las economías que modifican su rumbo lo hacen por iniciativa propia, o por la presión de los mercados, con resultados muy distintos. Si bien, hoy por hoy los mercados se muestran benévolos, los vientos podrían cambiar. Este es el mejor momento de la política económica, pero no hay tiempo que perder.   

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