¿Desgarro de la izquierda o estancamiento de la derecha?

En los próximos cuatro meses, la política española va a consistir en una lucha entre dos hipótesis políticas: la del desgarro de la izquierda frente a la del estancamiento de la derecha.

De un lado, la hipótesis del desgarro de la izquierda alienta los movimientos de quienes apuestan por avivar la revuelta social contra el Gobierno, agitando la crisis en Cataluña, porque asumen que esa cuestión genera mucho desconcierto en el centro-izquierda, favorece la ruptura en el PSOE y, en último extremo, pudiera producir un realineamiento electoral sin precedentes, que llevara a muchos votantes socialistas a la abstención o, incluso, a una mutación del voto hacia Ciudadanos o, por qué no, Vox. Sería una reedición del desgarro socialista de octubre de 2016, que abriría las puertas a un tripartito de derechas en la Moncloa y algunas autonomías. El colofón de esta hipótesis podría llegar a ser la ruptura del PSOE y la aparición de plataformas ex socialistas predispuestas a la colaboración con Ciudadanos y absolutamente reacias ante la izquierda y los nacionalistas.

Asumiendo esa hipótesis, Alfonso Guerra, como antes muchos otros líderes políticos jubilados, se ha mostrado esta semana dispuesto a enmendarse totalmente a sí mismo, abominando hoy de la estrategia política que hace 40 años le convirtió en el político más poderoso de España, junto a Felipe González. En ese afán, podrían acabar sumándosele otros dirigentes como Javier Lambán, temeroso de caer víctima de las regularidades históricas: desde 1983, ningún presidente de Aragón ha sobrevivido más allá de una legislatura. Una sola excepción: Marcelino Iglesias, con un discurso político y regional (respetuoso con sus vecinos catalanes) casi opuesto al de Lambán. Éste, como Page y otros, probablemente no teman un vendaval de la derecha, sino el simple desplazamiento de una pequeña cantidad de votantes de un lado a otro, suficiente para decantar las mayorías ajustadas que cada vez más proliferan en las arenas autonómicas.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

Hay un escenario alternativo, la hipótesis del estancamiento de la derecha, según la cual la controversia catalana y otras cuestiones sensibles para el electorado conservador (aborto, inmigración, etc) son, en realidad, campos de batalla interna por el voto de derecha, que afectan relativamente poco al electorado de izquierdas (en cualquier caso, menos de lo que presupone la prensa conservadora de Madrid) pero que van a determinar el dominio del espacio de la derecha, e incluso la supervivencia a medio de plazo de alguno de los tres partidos que compiten por él (PP, Ciudadanos y Vox). Si esta hipótesis resulta más acertada que la anterior, deberíamos esperar mucha volatilidad potencial dentro de ese espacio y mucha menos entre bloques, ya que apenas se alterarían las fronteras entre la izquierda y la derecha. Es más, sería un escenario de polarización que favorecería la concentración del voto en torno al PSOE. ¿Se imaginan votantes de la CUP votando a Sánchez? En realidad, apenas habría cambios sustantivos del voto, y en todo caso el resultado sería un estancamiento de la política española, provocado por el nivel de acritud y gesticulación entre oposición y Gobierno. La derivada más preocupante podría ser el crecimiento de la desafección política y del cinismo de los ciudadanos.

Hace 15 años, la competición política en España asistió a un choque político muy similar al que definen estas dos hipótesis, en torno a la autoría del 11-M y la reforma del Estatut. El resultado entonces acabó dando la razón a la segunda de ellas, con una victoria de Zapatero que dio al traste con una generación de dirigentes populares. La crisis económica posterior quizá nos haya hecho olvidar aquella derrota estratégica del PP, que sembró de paso la simiente de algunos de nuestros problemas actuales. Y no sólo la Gran Crisis salvó al PP: entonces aún no existía Vox.

No sabemos con certeza qué sucederá. Hoy los datos no son concluyentes. Pero ya empezamos a tener algunas evidencias, demasiado difusas aún. Tal como mostramos en un análisis reciente, de momento hay más agitación interna de la derecha que ruptura en la izquierda. Y en esa agitación, Vox está marcando la agenda a PP y Ciudadanos. El gráfico adjunto apunta en esa dirección: la preocupación por el malestar político del momento (contra el Gobierno, los partidos, Cataluña o los nacionalismos) es casi 15 puntos más elevada entre los votantes de Vox que entre los del PP y Ciudadanos, que siguen estando más preocupados por el paro y la economía que por la política. La distancia entre la preocupación por el paro entre PP/Ciudadanos y entre Vox es de ¡20 puntos! Ese predominio creciente del partido liderado por Santiago Abascal sobre la agenda del debate a la derecha del PSOE quizá explique por qué dos días después de un dato de paro francamente malo para el Gobierno, la oposición se enfrascase en una diatriba en torno a un tema sustantivamente menor, el relator.

Es cierto que el embate de la oposición ha sido muy estridente. Pero no perdamos la perspectiva: como demuestran todos los precedentes hasta hoy, los insultos son, sobre todo, el reflejo del miedo de los adversarios ante el riesgo de que un presidente se consolide. Ni siquiera Leopoldo Calvo-Sotelo se libró de ellos.

En las próximas semanas iremos comprobando si predomina el desgarro o el estancamiento. No es algo que dependa sólo de lo que hacen y dicen Casado, Rivera o Sánchez. Es que España es así.

Autoría

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.