Despedirse ‘a la inglesa’

Las crónicas que algún día se escribirán sobre el Brexit podrán presentarse como la cronología de una larga despedida. La victoria de la salida del Reino Unido en 2016 supuso el pistoletazo de salida de un largo ciclo electoral en el que fuerzas políticas contrarias a la globalización alcanzaron el poder o se quedaron a las puertas en todo el mundo, hasta el punto de que una figura abiertamente hostil a Europa se convirtió en el inquilino del Despacho Oval. Han pasado muchas cosas desde entonces. Tantas, que uno no puede evitar tener la sensación de que siempre falta algo cuando hojea los libros sobre el tema que se agolpan en las estanterías de las librerías de Bruselas.

Pero, por paradójico que pueda resultar, en el momento en el que las negociaciones entre el Reino Unido y la Unión entran en su fase decisiva (si es que estas palabras tienen algún valor a estas alturas), la puerta que pareció abrirse en Estados Unidos con el vendaval del ‘Brexit’ se ha cerrado con fuerza. La elección de Joe Biden como presidente ha generado grandes expectativas desde el mismo día en el que se anunció su victoria: con la vuelta de los demócratas, EE.UU. volvería a priorizar Europa como uno de los pilares de su estrategia exterior, toda vez que las mayores dimensiones de la economía europea terminarían por hacer de la Unión el socio preferente de los norteamericanos. Para más inri, el presidente electo luce con orgullo su ancestry irlandés, y ya durante la campaña se pronunció con claridad en contra de cualquier apaño aprobado desde Londres que pudiese poner en riesgo el Acuerdo de Viernes Santo.

Pero, ¿es cierto que el cambio de Presidencia puede tener un impacto significativo sobre la negociación durante este último mes y medio? No está claro, pero lo más probable es que se haya sobredimensionado el punto hasta el cual movería las fichas sobre el tablero. A fin de cuentas, las negociaciones deben resolverse antes de que Biden tome posesión de su cargo, y no está claro que la nueva Administración tenga una posición clara en torno al marasmo del Brexit, más allá de considerarlo un disparo en el pie y de asociar de forma vaga a Boris Johnson con el trumpismo.

Sí existe, sin embargo, una cuestión que tiene el potencial de desestabilizar la posición negociadora con el Reino Unido, y que está íntimamente relacionada con el resultado de las elecciones presidenciales. Con la victoria de Biden, se disipa la perspectiva de que EE.UU. firme un acuerdo comercial con los británicos en los próximos meses, toda vez que los esfuerzos de éstos últimos por sustituir la red comercial tejida por la Unión Europea por acuerdos bilaterales están arrojando resultados desiguales.

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Esta misma semana hemos sabido, de hecho, que Reino Unido había alcanzado un acuerdo con Canadá que replicaba las condiciones en las que comerciaba como miembro de la Unión Europea. Pero, por el momento, los logros del renacido Departamento británico de Comercio se limitan a pequeñas mejoras en el arancel que se aplica a algunos productos (como el queso y la carne) en su acuerdo con Japón. Cuatro años después del voto, la recuperación de la soberanía en cuestiones comerciales (uno de los argumentos económicos estrella de los brexiteers) sólo se ha traducido en una carrera contrarreloj para alcanzar el mayor número de acuerdos posible que permitan a Reino Unido seguir comerciando como lo había hecho hasta ahora. En fin, poco de lo que presumir.

Por eso un acuerdo con Estados Unidos es tan importante. En primer lugar, los flujos comerciales con EE.UU. son muy superiores a los existentes con los demás países (dejando al margen los flujos con la UE). Y, en segundo lugar, Estados Unidos y la Unión no disponen de un acuerdo de libre comercio, y el fiasco del Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP) mostró hasta qué punto iba a resultar difícil sortear esa barrera. Por ello, un acuerdo entre británicos y estadounidenses supondría, al mismo tiempo, una mejora respecto al régimen del que disfrutaba como miembro de la UE al comerciar con el país norteamericano y, por otro, un socio comercial al que presentar como un sustitutivo creíble del mercado europeo.

Con Trump, existía la expectativa (alimentadas por el mandatario republicano) de poder alcanzar un acuerdo en los próximos meses. Pero con Biden, sin embargo, es de esperar que las cosas vayan más despacio. En primer lugar, el cambio de Administración hará difícil que cualquier decisión sustancial se adopte antes del mes de febrero. Y, por otro lado, es dudoso que el nuevo Gobierno tenga interés alguno en alcanzar un acuerdo a toda prisa, pues su homólogo británico no es un aliado al que apuntalar en una negociación clave con otro bloque comercial (como sí lo era en el caso de Trump). Ahora que parece claro que el reemplazo yanqui no estará listo antes del final del periodo de transición, se han visto enormemente debilitadas las opciones de Johnson para compensar las posibles pérdidas en caso de que haya un divorcio sin acuerdo; y, con ello, la posición negociadora de los británicos.

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Este hecho provocó desde la semana misma de la elección un cambio de actitud en el Ejecutivo británico: por una parte, el lenguaje empleado por Johnson para referirse a las negociaciones con la Unión parece haber adquirido un tono más conciliador, toda vez que la diplomacia británica se ha afanado en distanciarse de Trump (intentando alejar a Johnson de la imagen de Trump europeo que había hecho fortuna entre ciertos sectores del Partido Demócrata) y en disipar las dudas respecto al cumplimiento de las condiciones del Acuerdo de Viernes Santo.

Con todo, sería exagerado atribuir a este hecho los progresos en la negociación logrados durante las últimas semanas. Las señales de humo de los negociadores (especialmente los británicos, pero también los europeos) llevan mostrando indicios de progreso desde el mes de octubre; y, en todo caso, era esperable que las posturas negociadoras se fuesen acercando a medida que se achica el tiempo para acabar en acuerdo.

Parece, pues, que las probabilidades de alcanzarlo se incrementan. De hecho, el Taoiseach irlandés Micheál Martin ha llegado a afirmar que comienzan a vislumbrarse las pistas en las que aterrizarlo, y la presidenta Ursula von der Leyen ha sugerido que las discusiones empiezan a arrojar avances en los asuntos más controvertidos (especialmente, en los subsidios de Estado). Pero, al mismo tiempo, la cercanía de la fecha límite (tan sólo seis semanas) convierte en casi corpórea la sombra de la disrupción causada por la falta de acuerdo: del reconocimiento de títulos profesionales a las inmensas colas en las nuevas aduanas, de los problemas para operar de compañías como Iberia hasta el sinfín de formularios nuevos que deberían comenzar a rellenar los miles de pequeños negocios que comercian a través del canal. La pléyade de obstáculos y barreras que se ponen sobre la mesa a cada día que pasa evidencian hasta qué punto intentar anticiparse a todos los efectos derivados de la salida es un ejercicio condenado al fracaso.

Haya o no acuerdo, sería un ejercicio de ingenuidad pensar que la cuestión de las relaciones entre la Unión Europea y Reino Unido quedará resuelta en los próximos meses. La historia del Brexit termina aquí, pero pronto comenzará otra: la de cómo vuelve a surgir en el corazón de Europa una competición entre distintos poderes. A fin de cuentas, si el objetivo del Brexit era poder desviarse de la normativa europea en cuestiones regulatorias o de comercio, ¿qué sentido tendría no hacerlo? Lo mismo sucede con las ayudas de Estado y el level playing field. No está claro hasta qué punto existe el ánimo en Whitehall de avanzar hacia marcos regulatorios laxos, y es muy difícil anticiparse a los escenarios futuros, pero sería naif pensar que la relación entre ambos no va a conocer de tensiones y de intereses divergentes a partir de este momento.

Por ello, lo que está en juego no es sólo determinar cuál es la negociación futura, sino también tratar de evitar que un mal divorcio emponzoñe aún más la relación y haga todavía más complicada la convivencia futura. El punto hasta el que la relación entre la UE y Reino Unido sea amarga dependerá, entre otras cosas, del desenlace de las negociaciones el mes que viene. Convendría no olvidar que, en multitud de ocasiones, los grandes desgarros ocasionados por la historia se originan como consecuencia de pequeñas querellas, de pequeñas broncas. Lo que hemos vivido estos cuatro años puede ser, en consecuencia, tanto un mero reajuste en el nivel de integración británico en la economía europea como el germen de una relación conflictiva que se prolongue durante generaciones. Y, en Europa, de conflictos y vecinos mal avenidos sabemos un rato.

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