Después de la crisis, política industrial

Tras varias falsas señales, la pandemia del Covid-19 o coronavirus ha dado el golpe de gracia a la economía mundial. La gestión de la Gran Recesión de principios de este siglo logró más o menos que la mayoría de países saliese oficialmente de la crisis a finales de 2014. Sin embargo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) anunciaba a finales de 2018 la llegada de otra debacle financiera; según la propia institución, como consecuencia de no haber seguido su consejo.

Paradójicamente, en Europa la política económica de la recuperación ha seguido los cánones conservadores impuestos por el núcleo alemán (y favorecidos por el FMI). Si los gestores en la eurozona habían sido buenos alumnos, ¿cómo es que ahora vivimos las consecuencias de la frágil recuperación? El mismo ex presidente de la Comisión Jean-Claude Juncker admitía en 2019 el pecado de la ‘austerité irréfléchie’ (austeridad imprudente) cometido contra Grecia. Acusaba a la Unión Europea de haber caído bajo el embrujo del FMI, priorizando los ajustes del déficit sobre los estímulos y los intereses de los prestamistas.

No es la Comisión la única institución en entonar el mea culpa en público. El mismo FMI declaró en 2016 que la política económica conocida como neoliberalismo había puesto en riesgo la expansión económica. En concreto, la libre circulación del capital y la reducción de la intervención del Estado en la economía han causado tres problemas fundamentales: la ralentización del crecimiento mundial, un aumento de la desigualdad sin precedentes y un desarrollo inestable debido a ambos factores.

A pesar de estas revelaciones, el conflicto en la eurozona entre países del norte y países del sur sigue desarrollándose en los mismos términos que hace una década: el ajuste fiscal es condición sine qua non para el estímulo. Ante una crisis sanitaria mundial y el riesgo de batacazo económico, las autoridades en el Banco Central Europeo y en el entramado Bruselas-Frankfurt podrían cometer los mismos errores que hace una década.

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No tiene por qué ser así. Tras la disculpa de las autoridades, se presenta una oportunidad inigualable para la reconciliación: el retorno al continente europeo de la política industrial activa.

El maestro en política industrial que olvidó su lección

El FMI y la Comisión Europea se equivocaron, pero hay instituciones que han apostado por enfoques distintos. La Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (Unctad, en sus siglas en inglés) ha producido en los últimos años multitud de informes denunciando las fuentes de fragilidad. Algunas se aplican a países desarrollados. En 2015, advirtió de la caída mundial de la demanda; en 2016, reveló como una de las causas fundamentales la ‘financiarización’ de la planificación económica. Es decir, aunque la planificación suele asociarse con sistemas económicos estatistas, es una constante en cualquier economía. Con la diferencia, obviamente, de que en los países desarrollados son la banca privada y los fondos de inversión los que se dedican mayoritariamente a esta actividad.

Por todo ello, no podemos hablar de un abandono de la política industrial, sino de su privatización en el norte global. Llamativamente, en los países que ahora lideran la lucha contra el virus y que presentan mayor dinamismo económico es donde esta gestión siguió en manos públicas hasta tiempos recientes. Japón, Corea del Sur, Taiwan, Singapur y, sobre todo, China, recurrieron al intervencionismo estatal. ¿Y cuál fue su modelo de desarrollo? Efectivamente, la Europa de postguerra, la que creó la Unión Europea. Asistidas por fondos norteamericanos, Francia, Alemania, Benelux e Italia acometieron durante décadas políticas industriales activas que condujeron al mayor período de bienestar sostenido en su historia.

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Más recientemente, la transformación digital en China, Indonesia y Brasil ha venido acompañada de intervenciones tabú desde el punto de vista del FMI. En China, el Estado protegió a los primeros desarrolladores, estimulando su imitación de aplicaciones extranjeras y la competición doméstica entre los primeros prototipos. La limitación de la competencia extranjera, la regulación progresiva de los sectores, la apertura estratégica y la expansión internacional han sido coordinados hasta la emergencia de líderes mundiales como TikTok. Por supuesto, para la Unión Europea no es una opción utilizar muchas de estas herramientas. Pero la relativa debilidad de la industria digital local frente a la china o estadounidense (donde el Estado también ayudó a Google o Apple) debería servir de advertencia y lección. Por motivos económicos, pero también geopolíticos, Europa debe re-aprender la gestión pública de la innovación y el desarrollo.

Política industrial activa para el siglo XXI

Curiosamente, en el período 2007-2012 son precisamente Italia y España los países de la ‘eurozona’ donde más retrocedió el peso de las manufacturas. En los países desarrollados, este retroceso es peligroso por las correlaciones positivas del sector con servicios de alto valor añadido. Ante esta situación, aunque la Comisión anterior indicó su intención de aumentar el peso de la industria en un 5%, los buenos deseos no se acompañaron de ningún aumento sustancial ni en fondos ni en reformas políticas. Tanto el Tratado de Maastricht como el Mercado Único consideran la intervención estatal una interferencia en el mercado innecesaria, injusta y nociva para la innovación y el desarrollo. Solo la política industrial horizontal, no específica, está permitida: inversión general en educación, investigación básica y adaptación al cambio climático. Sin embargo, las políticas de austeridad han minado incluso el presupuesto para estas actividades en los países del sur, enfrascados en el pago de la deuda.

Si bien hay multitud de ejemplos históricos de políticas industriales fallidas, esto no debería condenar totalmente su papel en la recuperación y el desarrollo económico. Como demuestran los trabajos de Mazzucato, Stiglitz, Chang, Pianta, Andreoni y otros, la creación de sistemas de innovación implica ensayo y error por parte de las autoridades (¡pero también del sector privado!). Hoy existen multitud de cortafuegos y alternativas organizacionales que pueden evitar la corrupción y el abuso burocrático en la gestión de fondos y empresas públicas. Al contrario que en los años 50 y 60, no se trata de que el Estado asuma un rol dirigente en la economía, sino de que provea suficiente direccionalidad y asuma riesgos para animar la inversión privada. La Unión Europea comete un error ignorando su potencial.

A nivel doméstico, existe espacio para políticas concretas, como demuestra la apuesta alemana por la transformación energética mediante la Energiewende y la digital mediante la Industry 4.0. Por supuesto, son posibles por el superávit germano. Sin embargo, la crisis provocada por la pandemia ha relajado las normas del déficit. ¿Por qué no mantenerlas flexibles en ‘tiempos de paz’? Apenas una movilización del 2% del PIB del continente sería suficiente para promover inversión, empresas públicas, apoyo a ‘startups’, investigación, cadenas de valor y otras iniciativas en los terrenos de la transformación digital y la adaptación al cambio climático. Ejemplos concretos susceptibles de intervención incluyen el desarrollo de infraestructuras digitales en entornos rurales, la creación de bancos continentales comunes de intangibles (software, diseños, etc.), extensión de la educación y el entrenamiento a toda la vida laboral, creación de fondos públicos de inversión, industrialización de prototipos y garantías financieras para inversores privados.

En última instancia, un cambio radical de la perspectiva económica en Bruselas y Frankfurt abriría más opciones. Desde luego, la política industrial no es un concepto económico alejado de los desafíos actuales. Defensores del Green New Deal, por ejemplo, están apelando en realidad a la recuperación verde del Estado desarrollista que alimentó el crecimiento en generaciones anteriores. Por otro lado, la conexión del Brexit con políticas de austeridad demuestra que la UE como institución necesita un nuevo horizonte económico para generar adhesión. Finalmente, como sostienen los defensores de un nuevo Plan Marshall, una política industrial europea renovada podría sostener un futuro económico más sostenible e inclusivo para el continente tras la pandemia. Después de todo, no podemos insistir en las recetas fallidas del pasado si queremos evitar otra crisis.

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1 Comentario

  1. Manuel Fernández Vílchez
    Manuel Fernández Vílchez 04-18-2020

    Un escrito que abre todos los temas de la Rosa de los Vientos tiene la virtud de la visión de totalidad-unidad de la Economía Política, pero me centraré en el enunciado del título «política industrial»: cuando el gobierno de Margaret Thatcher, bajo el consejo de Joseph Keith, inicia la privatización de la industria estatal de astilleros y siderurgia de Sunderland (los mayores de Europa), y son deslocalizados a SudCorea, es Política Industrial. Privatizaciones que implican el desmantelamiento del Capitalismo de Estado, superado por la Globalización del capital financiero (libre circulación de capitales) y la OMC-1995 (libre circulación de mercancías y servicios). La nueva Política Industrial requiere nuevas plataformas globales, no el repliegue al viejo Estado de acumulación de capital nacional; y menos aún al capitalismo de Estado y el «bienestar» de sus burocracias y aristocracias sindicales de empresas estatales, que discriminaba al trabajador y empleado de empresa privada en la producción y los servicios (compare escalas salariales y prestaciones sociales de aquel funcionario público o sindicalista y el empleado de empresa privada; según un análisis que publicó Le Monde sobre la burocracia, hasta redactan la exención de impuestos en coincidencia con su forma específica de renta).
    Olvidar el viejo Estado de soberanía de fronteras de los Tratados de la Paz de Westfalia, que sobrevive en los mapas escolares de divisiones por colorines y rayas. En la internacionalización de la producción y el trabajo, y la mundialización de las relaciones sociales de distribución, servicios e intercambio, se requieren plataformas globales, agencias globales. vr La formación social actual en la Globalización; video El lugar de la Filosofía en la formación social actual y la Tecnociencia

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