Dos elefantes se balanceaban: Trump y las tarifas a Argentina y Brasil

Donald Trump ha anunciado la imposición de tarifas sobre las importaciones de acero y aluminio provenientes de Argentina y Brasil. La justificación es que ambos países habrían alentado la devaluación de sus monedas, lo que estaría perjudicando a los productores manufactureros y agricultores estadounidenses.

Para tratar de entender esta medida, es importante contextualizar su magnitud. Las exportaciones de acero, hierro y aluminio (es difícil distinguirlas en los datos de comercio) hacia Estados Unidos representan el 3% de las ventas al exterior industriales argentinas y alrededor del 0,5% de las importaciones metalúrgicas estadounidenses. Su importancia para el país suramericano está concentrada en algunas empresas grandes. Por otro lado, alrededor del 12% del acero, hierro y aluminio que importa Estados Unidos proviene de Brasil, un destino importante para la producción brasilera.

La justificación argüida públicamente para esta medida es, para decirlo en los términos más suaves, inverosímil. En primer lugar, las devaluaciones que ocurrieron en Argentina están totalmente fuera del control de las autoridades monetarias, que carecen de las reservas suficientes para controlar el tipo de cambio. El caso de Brasil es menos claro; sin embargo, se ha visto a su banco central poner un techo al citado tipo de cambio.

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Decir que las devaluaciones en ambos países latinoamericanos afectan la competitividad del agro estadounidense también carece de sentido, ya que el precio de esos productos se determina en los mercados internacionales, y están denominados en dólares. Además, asumir que la producción argentina y brasileña pueden competir de forma significativa con la producción metalúrgica estadounidense (en relación a la japonesa o china) es ignorar las escalas productivas y tecnológicas de estas economías, así como las transformaciones en el sector producidas en las últimas décadas.

¿Entonces, dónde está el origen de la medida? Se pueden enunciar factores domésticos y externos. Entre los primeros estaría la intención de Trump de compensar a los sectores de su país perdedores de la guerra tarifaria con China, lo que puede explicar la sanción a Argentina: es muy poco significativa para el sector de aluminio y acero estadounidense, pero resuena en el sector agropecuario. Por otra parte, el presidente de EE.UU. se ha mostrado demasiado proclive a utilizar las herramientas tributarias como instrumento de presión, negociación y señalización de sus intenciones.

Pero son los factores externos los que mejor explican estas decisiones. Brasil y (en menor medida) Argentina son dos ‘elefantes’ de la región que se balancean sobre una telaraña: las relaciones entre Estados Unidos y China. El presidente brasileño, Jaïr Bolsonaro, es un ferviente defensor del país norteamericano y de Trump, y ha mandado una señal tras otra de alineación con los intereses y políticas estadounidenses. Pero en su gestión tienen un fuerte peso los militares, que se mostraron renuentes a los avances militares de Estados Unidos en la región y han buscado profundizar las relaciones comerciales y de inversión con la potencia asiática, que ya es el principal socio comercial.

China ha anunciado una inversión de 1.000 millones de dólares en el Puerto de San Luis, en el nordeste brasileño. Está igualmente en juego la adopción de la tecnología para comunicaciones 5G, en la que China juega fuerte con la oposición estadounidense.

Bolsonaro ya reaccionó anunciando que va a aumentar las compras de trigo a Estados Unidos, con vistas a revertir los anuncios arancelarios de Trump. Esto tendrá la consecuencia de reducir las importaciones brasileñas provenientes de Argentina.

En Argentina, China también tiene comprometidas numerosas inversiones, desde observatorios astronómicos hasta represas, reactores nucleares y plantas de energía renovable, entre otras obras de infraestructura. Pero Argentina tiene un programa con el Fondo Monetario Internacional por el cual se han desembolsado 44.000 millones de dólares y que deberá ser renegociado. Para ello se requiere la anuencia de Estados Unidos, que hasta este año jugó decididamente a favor de la gestión de Mauricio Macri. También será necesario su apoyo en la renegociación de la deuda externa que encarará el Gobierno de Alberto Fernández.

Las medidas de Trump, por tanto, se pueden interpretar como señales de advertencia tanto a Brasil como Argentina para expresar el enojo con el avance de China en la región, luego del relativo olvido de Estados Unidos en las últimas décadas. Hay que ver si al garrote de las sanciones viene acompañado de alguna zanahoria de inversiones productivas, o la aceptación para encarar procesos de desarrollo sostenible que rompan con el estancamiento en que se encuentran ambas economías.

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