‘Dragones’ en el Serengueti: ¿qué hace China en África?

En diciembre 2018, John R. Bolton presentó la Nueva Estrategia Africana de la Administración Trump. En su discurso, el Consejero de Seguridad Nacional presentó ese continente como un espacio de competición entre Occidente, China y, en menor medida, Rusia. Bolton acusó a China de “utilizar sobornos, acuerdos opacos y el uso estratégico de la deuda para mantener a los estados africanos cautivos de los deseos y demandas de Beijing”. Siguiendo la retórica trumpiana durante la guerra comercial, el ataque del diplomático estadounidense refleja la narrativa anti-china de la influencia china en África, oprimida por un nuevo poder neo-colonial.

Esta narrativa contrasta con la opinión del 63% de los africanos, que creen que China está teniendo un impacto positivo en el continente. La controversia persigue a los fenómenos complejos y la relación entre China y África es uno de ellos, marcando la estrategia geopolítica de la potencia asiática, así como el desarrollo del continente africano. En este artículo, describo las tres grandes implicaciones de la presencia china en África: (i) una gran oportunidad económica para las dos partes, (ii) un riesgo democrático y medioambiental para África y (iii) un reto geopolítico para Occidente.

Una oportunidad económica irresistible

China es el mayor socio económico de África. El gigante asiático tiene el mayor comercio total con el continente, es el principal financiador de infraestructuras, está entre los cinco países con mayor inversión acumulada, es el tercer donante de ayuda al desarrollo y aproximadamente un millón de sus ciudadanos vive y trabaja en el continente. Entre 2000 y 2014, el ‘stock’ de inversión chino en África ha pasado de representar 2% del estadounidense al 55% y, recientemente, China se comprometió aportar a los africanos 60.000 millones en financiación al desarrollo entre 2018 y 2021.

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La narrativa sinófoba, abanderada por la Administración Trump, ha popularizado tres mitos acerca de la actividad económica china en África: (i) su única prioridad comercial es explotar los recursos naturales del continente, (ii) las empresas estatales monopolizan la expansión china, y (iii) las empresas chinas excluyen a los trabajadores locales. Como cualquier mito, las tres tesis tienen parte de verdad, pero no resisten el escrutinio empírico.

Lejos de limitarse a la explotación de recursos naturales, las empresas chinas abarcan múltiples sectores de la economía africana. Aunque los asiáticos han invertido miles de millones en capital petrolífero en Angola, Sudán o Nigeria, la inversión china en industrias extractivas sólo acapara un tercio de su inversión total. Un tercio de las empresas chinas en África opera en el sector industrial, siendo responsables del 12% de la producción industrial continental. Además, las grandes infraestructuras, enmarcadas en la ‘Nueva Ruta de la Seda’, concentran 30% de la inversión total.

Aunque las grandes empresas estatales protagonizan los grandes proyectos e inversiones, el 90% de las más de 10,000 empresas chinas en África son de propiedad privada. Los emprendedores asiáticos vienen a África a hacer dinero, y lo consiguen. La mayoría obtiene beneficios, un tercio obtiene márgenes superiores al 20% y tres cuartos se muestran optimistas sobre el futuro.

En Occidente, África sigue representada como un continente homogéneo y vulnerable, tierra del ébola, conflictos armados y hambrunas. Pero también es la segunda región que más ha crecido desde 2000, en torno al 4,6% anual, reduciendo su tasa de pobreza en 13 puntos de 1990 a 2012 y aportando 300 millones de personas a la clase media global.

Los datos sugieren un impacto positivo de las empresas chinas. Por ejemplo, pese a las críticas de importar mano de obra de su país, el 90% de los empleados de las empresas chinas en el continente es africano; si bien solo 44% de sus ejecutivos son locales. Más allá del empleo, las contribuyen al incremento de la productividad: la mitad introduce nuevos productos o servicios al mercado, un tercio emplea tecnología novedosa y dos tercios proveen de algún tipo de formación a sus empleados.

Como cualquier fenómeno económico, las ventajas se acompañan de algunos perjuicios. Por ejemplo, la irrupción de los productos chinos, con frecuencia más baratos y fiables que los africanos, ha afectado a la industria local. Además, solo el 47% de los proveedores de chinos es africano, limitando el crecimiento de las cadenas de valor locales. Por último, las empresas chinas han sido reiteradamente acusadas de operar con condiciones laborales infrahumanas.

Un riesgo institucional y medioambiental para África

Aunque beneficiosa en la parcela económica, la influencia china conlleva dos grandes riesgos. Primero, la corrupción de las empresas y el Estado chino amenaza la estabilidad institucional y democrática de la región. Este riesgo engloba los sobornos de las empresas chinas y la opacidad de los grandes préstamos oficiales chinos. Segundo, sus actividades podrían degradar rápidamente el medioambiente africano.

Los grandes contratos con las empresas estatales chinas suelen acompañarse de préstamos multimillonarios, mayoritariamente opacos. En particular, rara vez se publican las consecuencias de un posible impago, alimentando el miedo a replicar la experiencia de Sri Lanka, que cedió su puerto de Hambantota durante 99 años a una empresa china al no poder devolver el préstamo que financió su construcción. En diciembre 2018, se filtró un informe que sostenía que el Gobierno keniata había ofrecido el puerto de Mombasa como colateral para un préstamo de 3.200 millones de dólares del Exim Bank of China. Tanto las autoridades chinas como las keniatas se apresuraron a desmentir la noticia, pero siguieron sin revelar las cláusulas del contrato.

Esta falta de transparencia es el mayor riesgo del endeudamiento africano con China. La cuantía de los préstamos, por encima de los 94.000 millones de 2000 a 2015, ha alimentado el fantasma de la trampa de la deuda (debt-trap). Sin embargo, los ratios de endeudamiento de los países con China siguen por debajo de umbrales alarmantes, descontando excepciones como Mozambique o Djibouti, cuya deuda con respecto a su PIB se disparó del ~50% al 85% de 2014 a 2016. El mayor problema, como subrayan Carmen Reinhart y sus colaboradores, es que la mitad de los préstamos chinos a países en desarrollo son “secretos”, socavando la transparencia democrática y facilitando la corrupción.

Además del Estado chino y sus empresas, las empresas privadas asiáticas suponen también un riesgo institucional, a través de sobornos de bajo nivel. En ocho grandes países africanos, entre el 60% y el 87% de las empresas chinas admiten haber pagado una ‘propina’ o soborno para obtener su licencia para operar. En la misma línea, la corrupción parece dispararse en las zonas donde se emprenden proyectos de desarrollo chinos.

A la erosión democrática se le une el riesgo medioambiental. Para reducir sus niveles de polución, China podría estar migrando sus industrias contaminantes a África. Esto repercute en una peor calidad del aire, especialmente en países institucionalmente débiles. Además, ha mostrado un interés limitado en garantizar la sostenibilidad de las exportaciones primarias africanas, fomentando la sobrexplotación. Por ejemplo, China importa cerca del 90% del caucho mozambiqueño, del cual alrededor de un 80% es extraído irregularmente, sin respetar las normativas medioambientales. Por último, expatriados chinos han sido acusados de practicar o financiar la caza ilegal. En los últimos años, China ha dado señales de querer mejorar su impacto medioambiental en el extranjero, pero sigue teniendo un amplio margen de mejora.

Un reto geopolítico para Occidente

La tercera gran implicación es un reto geopolítico para Occidente. El peso de China en el continente es ya palpable tanto en la esfera militar como diplomática, erosionando la influencia europea y estadounidense.

En 2017, China inauguró su primera base militar en África, en Yibuti, a escasos kilómetros de una base estadounidense. El pretexto de Beijing para abrirla a 7.000 kilómetros de sus fronteras fue apoyar a sus contingentes en los cascos azules de Naciones Unidas. Pero los analistas apuntan a que, con esta y futuras bases, pretende apalancar su presencia africana para asegurar sus rutas comerciales.

Su influencia diplomática es aún más visible que la militar. Según un estudio reciente, un país africano que, en Naciones Unidas, vote con China en un 10% más de ocasiones recibe un 86% adicional de ayuda al desarrollo de la potencia asiática. La problemática de Taiwán es el ejemplo más claro de este músculo geopolítico: todos los países africanos menos Esuatini han roto sus lazos con Taiwán. Este fenómeno no es nuevo. Ya en 1971, la República Popular China sustituyó a Taiwán en la ONU con el apoyo de 26 países africanos. Sin embargo, su poder sobre África nunca ha sido tan evidente.

En su discurso de diciembre 2018, John Bolton anticipó que “cada dólar de ayuda que invirtamos [en África] promoverá los intereses americanos”. China probablemente ya aplique esta doctrina con sus yuanes. Sin embargo, su presencia en África es una gran oportunidad para el desarrollo económico de la región. Occidente y África no compiten en un juego de suma cero sobre el continente africano. Occidente puede mitigar los riesgos institucionales y ambientales de la presencia china en África y competir en inversiones y exportaciones, mientras refuerza sus lazos diplomáticos en la región. En el proceso, millones de africanos pueden mejorar sus vidas.

El autor es miembro de la asociación de antiguos alumnos y amigos de la Harvard Kennedy School en España

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