Economía y política: un bucle aciago

A lo largo de los últimos años, la economía de mercado y la política democrática vienen manifestando una diversidad de trastornos y patologías que a principios de siglo eran sencillamente inimaginables. Los tiempos normales parecen haber quedado, para bastante tiempo, atrás, y de cara a lo más inmediato por todas partes surgen señales inquietantes de que viene un ‘invierno’ de descontento. La crisis económica y la posterior recuperación anómala y muy incompleta, por un lado, y el retroceso experimentado por la idea de democracia liberal, por otro, han avanzado por sus propios caminos; pero también se han entrelazado para formar un bucle muy peligroso.   

El punto de partida está, obviamente, en 2008. Despertamos por entonces, de la manera más brusca, del sueño de vivir en un mundo al fin sin ciclos, que tanto protagonismo había tenido en los análisis de los expertos y en las mentalidades colectivas durante los 20 años anteriores. La fase aguda de la crisis financiera puso dramáticamente de manifiesto que la economía global vivía sobre una verdadera bomba de deuda, y que deshacer la amenaza que ésta representaba no podía sino traer consigo toda una pléyade de efectos problemáticos y daños colaterales. Desde ese momento, la economía internacional, y muy en particular la europea, fueron asomándose a sucesivos abismos, situaciones de gran complejidad de las que salieron malamente, a través de respuestas políticas muchas veces improvisadas, que resolvían algunos problemas pero también originaban otros nuevos. 

Es el caso de la célebre y tal vez mal llamada política de austeridad. Sustentada sobre una base racional –la necesidad ineludible de corregir desequilibrios fiscales que en muchos casos eran insostenibles, con déficits superiores al 10 % del PIB–, su aplicación inmisericorde y sin apenas matices dejó un reguero de efectos negativos que probablemente estén con nosotros aún durante bastante tiempo (como el daño ocasionado a servicios sociales básicos o a los sistemas de ciencia).

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

En las condiciones críticas en que se desarrolló, esa política hizo mucho más visible un grave problema que venía de atrás, pero que en los años de expansión había quedado olvidado: la rampante desigualdad en el reparto de la renta y una avería profunda en el ascensor social. Más allá de los datos objetivos que lo avalan, la percepción de desigualdad ha crecido extraordinariamente en los años recientes en casi todos los países desarrollados, convirtiéndose en un factor de malestar de primer orden. No es, desde luego, el único: también están en su origen otro tipo de asuntos, como el intenso desasosiego que a muchos ciudadanos causan las transformaciones culturales asociadas a sociedades cada vez más mestizas (con los movimientos migratorios en el centro de la disputa); o la creciente y explosiva división entre unos territorios de alta densidad, prósperos y cosmopolitas y otros –como los famosos cinturones de óxido– que parecen destinados a sufrir un largo y doloroso estancamiento. Estos últimos fenómenos son también importantes para fijar el escenario de fondo del malestar. Pero apenas puede haber duda de que fue la crisis económica y las políticas dispuestas para afrontarla lo que hizo que la desazón social cobrara la extensión que ahora tiene.

Y así llegamos a la crisis política. Con los datos en la mano, parece claro que una parte de la ciudadanía se está ‘desenamorando’ de la democracia. De Donald Trump a la Lega italiana, del Brexit o la rauxa a Jaïr Bolsonaro, lo poco antes juzgado como imposible se hace muy real; ahora los abismos se han desplazado al ámbito de la política democrática. En unos pocos años se ha extendido notablemente, y con buenas razones, la idea de que parecemos encaminarnos hacia una democracia iliberal. Junto a ello, algunos autores, como el politólogo Yasha Mounk y el economista Dani Rodrik, han sugerido que detrás del auge del llamado populismo hay también un movimiento hacia “liberalismos ademocráticos”. Es decir, serían los dos componentes, democracia y liberalismo, y no uno solo, los que estarían sufriendo notables deterioros.

La explicación de esto último es compleja, pero hay un fenómeno económico muy característico de nuestro tiempo que lo pone particularmente de manifiesto: la camisa de fuerza que los mercados de capital imponen sobre la decisión democrática, que nunca se había hecho tan terminante como en los años recientes, en los que la evolución de variables como la prima de riesgo se ha dispuesto como durísima restricción para la acción de los gobiernos (cuyas economías, en muchos casos, mantienen niveles de deuda tres o cuatro veces superiores a sus niveles de producto interno). Que parlamentos y gobiernos se hayan mostrado a los ojos de todos con el brazo vencido, obligados a permanecer inermes y pasivos ante la presión de los inversores internacionales, no prestigia desde luego la noción de democracia, por lo que no ha podido ser ajena a la marea de descontento. 

La profunda crisis de la política no parece, en todo caso, un fenómeno pasajero; por lo que es un error pensar que los aprietos recientes de los movimientos populistas en ciertos países suponen un verdadero cambio de tendencia. Todo sugiere que se proyecta con fuerza hacia el futuro, y en el caso de que se confirmen las tendencias hacia el estancamiento económico (el temido, pero nada improbable, estancamiento secular), combatirlo se hará más difícil.

En relación con este último punto, se ven imbricadas de nuevo las causas y las consecuencias: ahora mismo de los procesos políticos están surgiendo impulsos hacia un nuevo deterioro de la economía que podría, además, mantenerse durante un largo período. De un modo muy claro lo advirtieron dos notables economistas, Daron Acemoglu y James Robinson, en un trabajo de 2013 (Economics versus Politics): “Aquellas reformas económicas implementadas sin comprender sus consecuencias políticas, más que promover la eficiencia económica, pueden reducirla significativamente”. 

Y es que con el más descarnado populismo ocupando el centro del poder –en países que, como los anglosajones, son a su vez el epicentro del capitalismo –, algunos de las condiciones indispensables para la expansión y la estabilidad se pueden ver deterioradas: es evidente a estas alturas que Trump o Johnson no son políticos confiables; pero la confianza es capital para la marcha de la economía. Tampoco anuncian nada bueno el cierre de algunos mercados (la nueva directora gerente del Fondo Monetario Internacional acaba de llamar “un muro de Berlín tecnológico”), la coacción indisimulada sobre reguladores y banqueros centrales o la preparación del arsenal para una confrontación comercial abierta.  

Respecto de este último punto, piénsese que evitar una guerra comercial ha sido, precisamente, el único gran acierto de los gobiernos en estos años pues no cayeron, contra lo que inicialmente se temía, en una espiral de proteccionismo generalizado, lo que permitió al comercio mundial seguir creciendo, aunque a tasas modestas. De hecho, quizá no se destaca suficientemente que ésta ha sido la primera gran crisis del capitalismo que no ha originado una era de proteccionismo… hasta ahora. Porque en este momento los latidos tribales –tan presentes en los ‘take back control’ o ‘America first’– sí parecen ir en serio, con unas consecuencias económicas sencillamente imprevisibles. 

Todo lo anterior sugiere que, si bien a partir de 2008 la percepción de estar entrando en aguas inexploradas tenía su origen en la economía (y en particular, en las finanzas), ahora es la política la que está originando una situación de ese tipo. El bucle sigue avanzando, y de un modo cada vez más enrevesado. Por eso, cabe dar un paso más en el argumento para preguntarnos qué ocurriría de confirmarse los peores augurios –lo cual, entiéndase bien, no está en absoluto escrito en las estrellas– relativos a la llegada de una nueva fase de crisis económica aguda. ¿Sobrevendría entonces otro estropicio, aún más grave, en la marcha de los sistemas democráticos? Quizá en eso están pensando observadores como Felipe González al afirmar que “la sociedad no soportará una nueva crisis”.

En esta anómala nueva normalidad que caracteriza el momento actual, cargada de una gran complejidad e incertidumbre, no hay mayor prioridad que la de romper el nefasto bucle que desde hace años enreda a la economía y la política. Algo que sólo se puede hacer yendo al fondo del problema, es decir, tomándose en serio la necesidad de luchar contra la desigualdad, invertir la perversa relación entre gobiernos y mercados o defender la competencia frente a los muy pujantes oligopolios (cosas que, por cierto, algunos políticos influyentes, como Elisabeth Warren, comienzan a dar muestras de haber entendido). ¿Ingenuidad? Tal vez, pero debe recordarse que en los tiempos anómalos se abren también ventanas  de oportunidad para los cambios de dirección y que, además, el capitalismo es un sistema que siempre ha mostrado una gran capacidad de adaptación. Y es que el escenario de dejarse llevar por la inercia, en el que el bucle aciago sigue y sigue avanzando, resulta, sencillamente, aterrador.

Autoría

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.