El auge del feminismo. ¿Y ahora qué?

El protagonismo alcanzado por el feminismo en 2018 es indudable. Se trata, sin duda, de un fenómeno que merece mayor análisis para entender los motivos que han favorecido su eclosión, más allá del fruto de años de trabajo del movimiento feminista. Silvia Claveria, en su reciente libro, sugiere tres factores: los recortes en políticas públicas en el contexto de la crisis económica y que afectaban directamente a las mujeres, la crisis de expectativas (alineada con el movimiento 15-M), junto con las redes sociales como vehículo canalizador de las demandas y reivindicaciones.

Se abre, pues, una ventana de oportunidad para el feminismo no exenta, eso sí, de interrogantes. ¿Cómo gestionar este momento para que se traduzca en una verdadera fuerza transformadora? ¿Cómo evitar su estancamiento? Son algunas de las preguntas presentes en el movimiento feminista (véase aquíaquíaquí) y que fueron objeto de debate el pasado mes de octubre en las I Jornadas internacionales feministas.

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Parafraseando a Simone de Beauvoir, «el feminismo es una forma de vivir individualmente y luchar colectivamente«. Los retos que afronta el movimiento descansan en buena medida en lograr permear en el ámbito individual de las personas (mujeres y hombres) pero también en el colectivo, desde su esfera organizativa a su alcance en la esfera política.

  • El arraigo en el ámbito individual

Uno de los datos más reveladores del calado del feminismo es el que arroja una reciente encuesta, la primera con pretensiones de ser un barómetro del feminismo (BF, en adelante): el 52% de la población española se considera bastante o muy feminista. Son más las mujeres que así se proclaman (58,6%), lo que no obsta para que resulte llamativo el porcentaje entre los hombres (45,1%).

El feminismo parece estar perdiendo la carga peyorativa que llevaba asociado. Pero no echemos campanas al vuelo. El porcentaje de población que se considera feminista está lejos de otros datos que arroja el BF: del 81,6% que piensa que existen desigualdades políticas, sociales y/o económicas entre mujeres y hombres al 70% que considera el feminismo como un movimiento a favor de la igualdad. Estas diferencias (30 y 20 puntos porcentuales, respectivamente) serían sintomáticas de que persisten reticencias hacia el feminismo. Pero los retos no se quedan ahí.

Como decía Marian Martínez-Bascuñán (aquí) «hay que evitar que el feminismo también pueda devenir en un cliché, pues todo cliché, a base de repetirse, pierde su fuerza transformadora». Sin restarle valor, no basta con que se asuma y reconozca formalmente la existencia de desigualdades de género. ¿Hasta qué punto el feminismo se está instalando en las dinámicas individuales de las personas y de las relaciones familiares?

Algunos datos son ilustrativos de la trascendencia de este reto: el 92% de las ocupadas a tiempo completo realiza tareas domésticas, con una dedicación media diaria de 3 horas y 32 minutos, frente al 75% de los ocupados con esa misma jornada, cuya dedicación a estas tareas es además inferior (2 horas, 21 minutos diarios). La atribución del trabajo doméstico sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres y, lo que es más llamativo, incluso cuando tienen un empleo y con el mismo tipo de jornada laboral que los hombres.

Algunos estudios recientes constatan, además, que incluso en parejas en las que la distribución de las tareas domésticas es igualitaria, éstas tornan (en un 50% de los casos) hacia modelos convencionales de cuidados cuando tienen descendencia. Esta diferencia de género, en especial cuando llega la maternidad, es una de las razones que está detrás de la brecha salarial, máximo exponente de la desigualdad de las mujeres en el ámbito laboral, pero no la única. También se explica por la existencia aún de una elevada segregación laboral de género, cuyas causas radican en aspectos culturales, sociales que conviene atender (aquí).

Pero hay datos halagüeños y esperanzadores: el 78,6% de la población declara estar incorporando el feminismo en su vida cotidiana, según arroja el BF. Este porcentaje se mantiene elevado en todos los grupos de edad, aunque especialmente entre la población más joven (18-24 años), donde supera el 90%. Este dato no viene desagregado por sexo, por lo que no es posible saber en qué medida los hombres están asumiendo en dicha encuesta el feminismo, aunque existen visos de cambio (como sostienen algunas investigaciones) hacia estilos de crianza más igualitarios y hacia nuevos modelos de paternidad, lejanos del tradicional padre ausente.

  • El traslado a la esfera de la política (y políticas)

Ahora bien, siendo necesario que el feminismo cale a nivel individual, no es menos cierto que para avanzar se necesita la puesta en marcha de políticas que contribuyan a la igualdad de género, más aún cuando se tiene constancia de sus efectos positivos, como con la puesta en marcha de cuotas en puestos de responsabilidad o con los permisos parentales.

Es cierto que las movilizaciones feministas del pasado 8M fueron por delante de los partidos políticos y organizaciones sindicales, incluso de aquéllos con posicionamientos más próximos al feminismo, como el PSOE, que se limitaron a respaldar dos horas la huelga laboral de la convocatoria, en lugar de la jornada completa como proponían las organizaciones feministas. También Ciudadanos, que inicialmente se oponía a dicha convocatoria, parapetándose en posicionamientos ideológicos contra del anti-capitalismo del movimiento feminista, pronto tuvo que cambiar su postura, si bien de manera burda y un tanto cínica llegando a proclamarse como los verdaderos impulsores de la misma. Y resultó ciertamente simbólico que el presidente del Gobierno y líder del PP, llegara a colgarse un lazo morado en respaldo a la movilización.

Estos hechos serían ilustrativos de que proclamarse anti-feminista, al menos hoy por hoy, tiene costes políticos. Sin embargo, la igualdad de género dista de ser el eje sobre el que pivota la competencia partidista actual, lo que dificulta su traslado hacia políticas de igualdad o su integración transversal en todas las políticas públicas. A modo de ejemplo, a día de hoy solo una comunidad autónoma, Andalucía, está llevando a cabo una estrategia de Presupuesto con perspectiva de género de manera sostenida en la última década.

Habrá que estar atentos a cómo se traduce el auge del feminismo en el voto, una cuestión ciertamente inquietante tras el inesperado ascenso de VOX en Andalucía, con un programa electoral contrario a la igualdad de género. A la espera de un análisis al respecto, los datos no son alentadores. El porcentaje de población que señala como principal problema existente en España la situación de las mujeres es ciertamente bajo, según el último barómetro del CIS (en torno al 0,1%), incluso cuando de violencia de género se trata (0,5%), lo que denotaría que la igualdad de género no parece ser determinante en el voto. La preocupación principal sigue recayendo en el paro y la corrupción (con un porcentaje de respuesta del 40% y el 14%, respectivamente).

  • Los retos intrínsecos al movimiento feminista

Bien es sabido que el feminismo no ha sido homogéneo, como por otra parte ha sucedido en otros muchos movimientos sociales y políticos. Esta diversidad es positiva, pues genera debates en torno a problemas complejos y gracias a ellos se han logrado avances, como otorgar al feminismo de una mayor interseccionalidad (incorporar el componente racial y de clase, la pobreza o el ecologismo). Pero también entrañan la dificultad de establecer posiciones claras a trasladar a la esfera política, como ha sucedido recientemente con la prostitución, a tenor del intento de legalización del sindicato OTRAS, con posicionamientos bien distintos entre abolicionistaslegacionistas.

Pero quizás uno de los retos más importantes del movimiento feminista provenga precisamente del crecimiento de apoyo al mismo. A él, tradicionalmente vinculado a la izquierda en España, parecen haberse sumado, al menos formalmente, un volumen nada desdeñable de votantes de partidos del espectro ideológico de la derecha. El 38% de los votantes del PP y de Ciudadanos se proclaman feministas, según el BF, aunque el mayor porcentaje lo encontramos entre los votantes de partidos de izquierdas (56,7% del PSOE y 74,1% de Podemos).

Esta capacidad aglutinadora es interpretada como un éxito para algunas feministas, pero paras otras supone una perversión del mismo si se desvincula de sus raíces ideológicas arraigadas en la lucha contra el patriarcado y su estrecha alineación con el capitalismo. Un debate magistralmente expuesto por Cristina Monge y que se puso de manifiesto a tenor de la publicación de un artículo de Ana Botín en el que se proclamaba feminista, provocando el elogio pero también la crítica en el movimiento. El debate, por otra parte, se está produciendo también en EE.UU. en torno al conocido como Feminismo del 99%, encabezado por Nancy Fraser, preocupado por conducir al movimiento hacia posiciones más a la izquierda política y alejarse del Feminismo corporativo, próximo al neoliberalismo.

El feminismo se enfrenta, pues, a una disyuntiva: presentarse como un movimiento más aglutinador a costa de perder su esencia ideológica, o ser fiel a él mismo, pero a riesgo de perder parte del respaldo social de los colectivos menos críticos ideológicamente con el capitalismo y el modelo patriarcal.

Los éxitos del feminismo son incuestionables. Su arraigo entre la población más joven es sintomático; será difícil volver atrás. Ahora bien, el ritmo y alcance de los avances están aún por ver, más todavía con el ascenso de VOX, que puede suponer una amenaza, pero también un acicate para el movimiento, como ha sucedido en Estados Unidos ante la llegada del presidente Trump.

Entretanto, sería conveniente conocer su afianzamiento social mediante la elaboración de un barómetro feminista con carácter periódico, pero que se realizara, eso sí, por un organismo público como el CIS a fin de que se le otorgue institucionalmente la importancia política, social y económica que se merece.

(Agradezco los comentarios y sugerencias de Paula Cirujano Campano)

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